Cuando ciertos intelectuales dominicanos se empeñan en pronunciar la zeta, pero siguen diciendo papa (no ‘patata’), ustedes hablan bien (y no ‘vosotros habláis bien’), su intento resulta no solo risible, sino también incoherente e incompleto.
En sentido general, los dominicanos revelan una actitud de pesimismo al enfrentarse con la realidad de los graves problemas económicos, políticos y sociales que han sufrido generación tras generación. Durante décadas, el devenir de diversos acontecimientos históricos y políticos del país parece haber creado en la mente de muchos ciudadanos un sentimiento de frustración que los lleva a pensar que los problemas nacionales no tienen solución, que ‘esto no hay quien lo arregle’. A veces se llega, incluso, a una especie de fatalismo religioso. En un reciente noticiario de televisión en el que se ofrecían las opiniones de varios choferes del transporte público urbano (concho) en Santo Domingo con relación al aumento del costo de la vida en el país, uno de ellos expresó lo siguiente: ‘Yo le voy a decir algo. Fíjese. Esto es cuestión de profecía, cumpliéndose. Eso es parte de la Biblia. O sea, que nadie va a resolver esto. Ningún presidente.’
Desde hace muchos años, esta visión pesimista de las cosas ha encontrado eco en varios intelectuales dominicanos, entre los que se destaca José Ramón López, quien en la primera mitad del siglo XX escribió La alimentación y las razas. Y, recientemente, en el ensayo Los intelectuales dominicanos en el siglo XX, publicado en Internet ‘Letras Dominicanas’, Andrés L. Mateo concluye que “los intelectuales dominicanos en el siglo XX libraron su combate. Pesimistas, en la mayoría de los casos”.
En estas circunstancias, luce comprensible el deseo de una gran cantidad de dominicanos de emigrar a otros países cueste lo que cueste, como también la creencia generalizada de que lo extranjero es superior a lo nativo. No resulta inverosímil suponer que este estado de cosas haya ocasionado algún efecto en la percepción que tiene la población sobre la modalidad de español que habla. Hace años, González Tirado planteó la idea de que muchos dominicanos tienen un tipo de complejo de inferioridad lingüística que los mueve a preferir las formas no hispánicas por considerarlas más prestigiosas que las castizas. Afirma que en el país se acogen con facilidad los préstamos del inglés, no solo en el habla corriente, sino en las narraciones deportivas y en la prensa escrita (money player —‘jugador de dinero’—, implementar un acuerdo, teacher).
Este sentimiento de inferioridad lingüística de los dominicanos se revela también con relación a otras variedades del español, es decir, con respecto al español hablado en otras partes. Es bien sabido que muchos dominicanos muestran una actitud negativa hacia su propia manera de hablar y la consideran inferior, menos correcta, que la de otros países hispánicos. Entre estos países donde ‘se habla mejor’, se suele citar como ejemplo a España, Colombia y Costa Rica. La situación anteriormente descrita ilustra con claridad el fenómeno que los sociolingüistas denominan inseguridad lingüística, que ocurre cuando el hablante cree que su modo de hablar no es correcto y, como consecuencia, existe una discrepancia entre las formas que considera adecuadas y las que en efecto utiliza en su habla espontánea.
En un sondeo realizado hace unos años se pedía a un grupo de 138 universitarios de Santo Domingo y de Santiago que expresaran su acuerdo o su desacuerdo con este enunciado:
‘El español que hablamos los dominicanos es peor y menos correcto que el que se habla en otros países, como España y Colombia’.
Los encuestados, estudiantes del Recinto Santo Tomás de Aquino de la PUCMM en Santo Domingo y de la sede central de Santiago de la misma universidad, debían seleccionar dentro de una escala valorativa su grado de aprobación o desaprobación del enunciado anterior:
1. Muy de acuerdo, 2. De acuerdo, 3. En desacuerdo, 4. Muy en desacuerdo.
Según los resultados de la encuesta con respecto a la citada afirmación, el 62% de los estudiantes manifestó que estaba de acuerdo, lo que confirma la idea tantas veces reiterada de que muchos dominicanos no juzgan positivamente su manera de hablar el español. En otras palabras, se verifica la presencia en la conciencia lingüística de la mayoría de los encuestados de cierta dosis de inseguridad, ya que revelan la existencia de un desajuste entre las formas que ellos consideran correctas y las que realmente utilizan al hablar. Es importante notar, además, que dentro del 62% que comparte la creencia expresada en el enunciado, la mayoría (el 75%) no solamente está de acuerdo, sino que manifestó estar muy de acuerdo con ella.
Parecería lógico pensar que los dominicanos que tienen inseguridad lingüística, es decir, los que creen que su modo de hablar es inferior al de otros, traten de abandonar las formas propias, que juzgan incorrectas, para reemplazarlas por las ajenas, que evalúan como superiores. Sin embargo, no es eso lo que sucede. Las personas que consideran su modo de hablar inadecuado o poco elegante siguen hablando igual y raras veces lo sustituyen por otro. ¿Cómo se explica esta aparente contradicción?
La respuesta a este dilema se encuentra en el hecho de que la conducta verbal constituye un acto mediante el cual los hablantes afirman su identidad, no solo desde el punto de vista individual, sino también como miembros de un grupo social, como residentes en una región y como ciudadanos de una nación. Este valor social del habla como indicador de la identidad y lazo de unión entre los miembros de un grupo fomenta en los hablantes el desarrollo de un sentimiento de lealtad lingüística que los ata al modo de hablar de su comunidad. Como resultado de ello, se produce un choque entre dos posiciones encontradas: la inseguridad y la lealtad. La fuerza negativa de la inseguridad queda neutralizada por el poder positivo de la lealtad y esta antítesis genera un equilibrio dinámico que permite la actuación natural de los hablantes como usuarios competentes de su dialecto. En definitiva, parece confirmarse aquí el sentido de la sentencia de José Martí: Nuestro vino es agrio, pero es nuestro vino. El valor de la identidad social y de la lealtad al grupo (la idea de lo propio, lo nuestro) pesa tanto o más que la admisión de debilidad o el reconocimiento de la miseria (la conciencia de lo agrio).
No hay que ser sociólogo para entender que la pertenencia a un grupo impone un compromiso que por lo general no se puede ignorar fácil e impunemente. La relación armoniosa con los demás miembros de la comunidad exige una naturalidad, una espontaneidad y una llaneza que son innegociables. Por eso la lealtad lingüística constituye un factor que favorece fuertemente el mantenimiento de los dialectos y de las hablas populares por más desprestigiados que estén.
Renunciar a la propia forma de hablar para adoptar una ajena implica incurrir en un desacato que la comunidad no suele tolerar: la deslealtad lingüística. Casi siempre, esa sustitución es considerada por los demás como un acto de arrogancia y de traición al grupo, a la región, al país. Consecuentemente, la condena social no se hace esperar y la persona afectada recibe como sanción las burlas y el rechazo de familiares, amigos, vecinos y de la comunidad en general.
Por otra parte, en el caso de que alguien intentara imitar el modo de hablar de otro lugar, nada garantiza que su esfuerzo sería exitoso. No basta con la voluntad de querer hacer algo: hace falta tener la capacidad y el entrenamiento necesarios para poder hacerlo. La adquisición de un nuevo dialecto puede ser una tarea menos difícil que el aprendizaje de una segunda lengua, pero no deja de ser un asunto complejo que envuelve el dominio de un sistema completo, con distintas formas de pronunciación y curvas de entonación, otras estructuras sintácticas y diversas unidades léxicas. Supuesta la capacidad, el manejo adecuado de todo esto requiere una enorme inversión en esfuerzo y en tiempo. Desde esta perspectiva, se entiende con mucha claridad que no es tan fácil dar el paso y decidirse a sustituir su manera de hablar por la de otros. Sencillamente, el riesgo de hacer el ridículo es demasiado alto. Cuando ciertos intelectuales dominicanos se empeñan, por ejemplo, en pronunciar la zeta, pero siguen utilizando su entonación habitual y diciendo papa (no patata), Lo conozco desde niño (no Le conozco desde niño), Ustedes hablan bien (no Vosotros habláis bien), su intento resulta no solo risible, sino también incoherente e incompleto.
Resulta altamente significativo el hecho de que la opinión de la inmensa mayoría de los encuestados es muy positiva cuando la cuestión o el enunciado resalta de forma explícita la capacidad del dialecto de servir como símbolo de la nacionalidad. Una de las afirmaciones sometidas a evaluación fue la siguiente:
‘Nuestra manera de hablar el español nos identifica como dominicanos; por eso no se justifica el tratar de imitar el habla de otros países.’
La reacción suscitada por este enunciado fue abrumadoramente favorable. El 87% de la muestra de estudiantes está de acuerdo, y más de la mitad está muy de acuerdo, con el valor del español dominicano como marcador de la identidad nacional.
Se puede concluir que el ‘complejo de inferioridad’ (la inseguridad) que padecen muchos dominicanos no se fundamenta en causas lingüísticas, sino en creencias motivadas a veces por la ignorancia y otras veces por realidades extralingüísticas, como el menor prestigio social, el bajo nivel de educación de los hablantes, etc. Por otra parte, dicho estado mental es compatible con la presencia en la conciencia de los ciudadanos del orgullo por su forma de hablar, que constituye el medio más efectivo para expresar solidaridad y lealtad a su grupo, a su comunidad, a su país.
El modo de hablar su lengua es un factor importante en la configuración de la identidad cultural de las personas de cada país. El habla representa la más visible tarjeta de presentación con que cuentan los ciudadanos de cualquier nación. En tal sentido, los dominicanos se distinguen de los chilenos o de los salvadoreños, por ejemplo, no solo por sus tradiciones, por su música, sino, especialmente, por su manera de hablar el español. Y si parece bien que les guste y se sientan orgullosos del merengue, también es muy legítimo que ejerzan plenamente su derecho de hablar como hablan, porque el uso de la lengua constituye una forma de comportamiento social, como los hábitos alimenticios, la manera de vestir y las tradiciones de los pueblos.
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