Posfascistas resentidos

Desde hace tiempo vengo investigando sobre el resentimiento social, en sus múltiples manifestaciones, puesto que se ha convertido en una fuerza que resquebraja los cimientos de la democracia en el siglo XXI. Este sentimiento, a menudo interpretado como una respuesta a la injusticia, podría considerarse una forma de energía social que moviliza tanto a individuos como a grupos.

En La genealogía de la moral, Nietzsche (2016), en una especie de bisturí conceptual, disecciona el resentimiento, desplegando por parte la reacción propia de quienes carecen de los medios necesarios para exteriorizar su fuerza y responder de manera inmediata a aquello que los oprime. El opositor es definido como perverso, mientras quien padece la ofensa se atribuye una superioridad fundada en su sufrimiento. El agravio deja entonces de ser una emoción momentánea y se transforma en una manera de interpretar la realidad donde se pueden juzgar las acciones humanas y construir identidades.

Para Nietzsche, la reacción deviene en respuesta propia de quien se siente incapaz de actuar frente a aquello que le causa daño, frustración o humillación. En lugar de cambiar la situación mediante la acción, el sujeto resentido conserva interiormente su malestar y termina reinterpretando los valores para convertir su impotencia en una supuesta superioridad moral.

Lo más lúcido de su enfoque filosófico es que vincula este sentimiento con la moral de los esclavos, que es una fuerza reactiva de valoración que necesita oponerse a una realidad exterior para afirmar su propia identidad: «La rebelión de los esclavos en la moral comienza cuando el resentimiento mismo se vuelve creativo», cuando la impotencia deja de limitarse a una reacción y se transforma en producción de valores. En ese desplazamiento, aquello que antes representaba fuerza, afirmación y poder pasó a ser condenado y reinterpretado moralmente, pues «la moral de los esclavos, para surgir, requiere siempre un mundo opuesto y exterior» (Nietzsche, 2016, pp. 469-470).

La creación de valores que brota de esta disposición reactiva depende, según él, de la presencia de un adversario. El sujeto resentido adquiere conciencia de sí mediante la negación del otro, pues necesita identificar una figura culpable que explique su padecimiento y otorgue sentido a su impotencia. Su identidad queda vinculada a la herida que conserva, a la memoria de la ofensa y a la imagen de quien considera responsable de su degradación. En vez de afirmar su existencia desde sus propias capacidades creadoras, termina definiéndose a partir de aquello que rechaza. El agravio deja de ser una experiencia pasajera y se convierte en el principio desde el cual interpreta su vida, organiza sus argumentos y construye sus valores posfascistas.

El posfascismo adquiere relevancia a través de las nuevas derechas radicales, que combinan rasgos autoritarios, nacionalistas y conservadores con discursos populistas, excluyentes y hostiles al pluralismo. Aunque estas fuerzas políticas no reproducen de manera exacta los fascismos históricos del siglo XX, tampoco pueden comprenderse completamente al margen de esa tradición. Su desarrollo pertenece a un contexto posterior, pero conserva elementos ideológicos, culturales y políticos que remiten a la experiencia fascista y a la memoria histórica de estos tiempos transidos y cibernéticos.

Enzo Traverso (2018) sostiene que las nuevas derechas del siglo XXI no pueden identificarse en su totalidad con el fascismo histórico, debido a que han transformado su lenguaje, sus formas de acción y su relación con las instituciones democráticas. Por ello propone la categoría de posfascismo, que permite señalar tanto las continuidades con la matriz fascista como las rupturas producidas por las condiciones políticas de estos tiempos cibernéticos y transidos.

Para este pensador, algunas de estas nuevas derechas se han distanciado del fascismo clásico como identidad política explícita, aunque conservan elementos de esa tradición como fundamento histórico: «En la mayoría de los casos, lo conserva como matriz» (Traverso, 2018, p. 18). De acuerdo con su planteamiento, las bases ideológicas del «posfascismo parten de una matriz antifeminista, negrófoba, antisemita, homofóbica» (Ibid., p. 45).

El posfascista resentido busca transformar frustraciones dispersas en especificidad colectiva organizada alrededor de una pérdida, una humillación o una promesa social incumplida. Su estrategia política apunta a la negación del otro y a la división social entre víctimas y culpables, excluidos y privilegiados, humillados y responsables de la humillación.

Max Scheler afirma:

«El resentimiento es una autointoxicación psíquica con causas y consecuencias bien definidas. Es una actitud psíquica permanente, que surge al reprimir sistemáticamente la descarga de ciertas emociones y afectos, los cuales son en sí normales y pertenecen al fondo de la naturaleza humana» (Scheler, 1998, pp. 19-20).

Esta reflexión permite comprender el resentimiento como una disposición psicológica persistente que transforma la manera en que los sujetos interpretan su realidad, construyen sus juicios y establecen relaciones con los demás. Su formación está vinculada con la acumulación de frustraciones, humillaciones, sentimientos de impotencia y experiencias de agravio que permanecen arraigadas en la conciencia individual.

Es por eso que el posfascismo se articula a partir de discursos de exclusión dirigidos contra distintos grupos sociales y minorías, contribuyendo a la construcción de fronteras simbólicas entre quienes son considerados parte legítima de la comunidad y quienes son presentados como una amenaza o como sujetos ajenos a ella.

Estas emociones pueden adquirir una dimensión política totalitaria cuando encuentran expresión en discursos que atribuyen las dificultades económicas, sociales y culturales a determinados grupos considerados responsables del deterioro de las condiciones de vida, de los antivalores y de todo tipo degradación social.

Scheler profundiza en las consecuencias que produce esta disposición emocional sobre la percepción de los valores:

«Tiene por consecuencia ciertas propensiones permanentes a determinadas clases de engaños valorativos y juicios de valor correspondientes. Las emociones y afectos que debemos considerar en primer término son: el sentimiento y el impulso de venganza, el odio, la maldad, la envidia, la ojeriza, la perfidia» (Scheler, 1998, pp. 19-20).

La importancia de este planteamiento radica en que el resentimiento modifica los criterios mediante los cuales los sujetos valoran su entorno y juzgan las acciones de los demás. Las emociones acumuladas influyen en la construcción de representaciones sociales atravesadas por la desconfianza, la hostilidad y la búsqueda de responsables de las experiencias de frustración. Típico del sujeto posfascista resentido, que se vive por la posverdad, por la seudociencia y los deepfakes, que son: imágenes o videos manipulados a través de la inteligencia artificial, en los que hacen parecer a determinado sujeto diciendo o haciendo algo, que en realidad nunca hizo ni tampoco lo dijo.

Derrotar los movimientos posfascistas es reducir a su mínimo efecto el discurso de odio, de envidia, de venganza que envuelven y circulan estas identidades políticas organizadas contra la democracia y la pluralidad política. Estos movimientos han adquirido relevancia en la primera década del siglo XXI. Sus discursos suelen apelar a sentimientos de pérdida, desplazamiento social, inseguridad y amenaza cultural para construir una representación idealizada de la nación y establecer fronteras simbólicas entre quienes son considerados integrantes legítimos de la comunidad política y aquellos que aparecen identificados como amenazas para su estabilidad.

El filósofo Manuel Cruz, en el texto Resabios y resentidos. El eclipse de las ilusiones en el mundo actual, expresa que la exaltación extrema del resentimiento de nuestro tiempo no puede ser leída como coyuntura o como momento político  pasajero, dado que este tipo de sentimiento es transversal a las sociedades, y de hecho  «ha contribuido a la formación de un espíritu capitalista», por lo que «las sociedades capitalistas están estructuradas alrededor del resentimiento (…).El resentimiento social, según Scheler, no brota simplemente de la desigualdad, sino de especificidades, combinaciones de desigualdades y aspiraciones de igualdad»(Cruz, 2025, p. 349).

Es a partir de ahí que Cruz afirma que el populismo es el mejor registro emotivo del resentimiento durante la segunda década del siglo XXI, ya que la derrota y el sentirse culpable no es una interiorización tan solo en el ámbito individual, sino también entre sujetos, en fin, en lo colectivo:

«Así, pues, el virus del resentimiento no sólo ha acabado por infectar a la sociedad en su conjunto sino también a todos y cada uno de sus miembros, entre otras razones porque las desigualdades les sirven como coartada, además de no dejar de aumentar en general, no ha dejado de diversificarse. La combinación del individualismo rampante y de la creciente tendencia a la comparación refuerzan el convencimiento de la desigualdad entre individuos» (Cruz, 2025, pp. 352-353).

En el marco de lo político, esta interpretación transforma los sentimientos de agravio individuales en descargas narrativas colectivas de revancha que persisten en el tiempo. Las experiencias de desigualdad, precariedad económica, pérdida de reconocimiento y desconfianza institucional pueden ser reinterpretadas mediante discursos que presentan a determinados sectores sociales, minorías, inmigrantes, élites políticas o adversarios ideológicos como responsables de una crisis generalizada. A través de este proceso, el resentimiento adquiere una función movilizadora al incorporarse a las explicaciones ideológicas, supuestamente convincentes, sobre el origen de los problemas colectivos y al ofrecer la posibilidad de recuperar un orden social representado como legítimo y amenazado.

Sin embargo, tenemos que curarnos en salud filosófica para no caer en un reduccionismo en cuanto a que los movimientos posfascistas son producto en totalidad del resentimiento; hay otros componentes que tienen que ver con la innovación y tradición, que es el punto para aterrizar, sin ruptura y exclusión de uno de estos dos componentes.

La filósofa Delsol, en Populismos. Una defensa de lo indefendible explica que no se puede atribuir el rechazo o las críticas contra la modernidad a sentimientos de frustración o de resentimiento únicamente. Ella expresa: «Hay algo de cierto en ello, a condición de no generalizar» (Delsol, 2015, p. 137).

Partiendo de esto, el posfascista resentido es una realidad como discurso, pero no se puede convertir este discurso en verdad y totalidad en cuanto a que su comportamiento político y social gira solo sobre el resentimiento, puesto que hay otros factores que influyen en su decir-hacer en prácticas nacionalistas, excluyentes, discriminatorias y autoritarias.

Sin embargo, tal como apunta el psiquiatra y psicólogo médico, Enrique Rojas: (…) «es el resentimiento, el estado de ánimo de pesadumbre debido a una herida o sufrimiento padecido que ha significado un impacto no superado y que está ahí, actuando de forma negativa y que significa literalmente sentirse dolido no olvidar» (Rojas, 2025, p. 41).

Esta definición es el punto de partida para que este pensador distinguir dos tipos de resentimiento.  El primer se encuentra entre «los límites normales y que ha sucedido en situaciones de abuso de poder, en el que una persona ha sido maltratada objetivamente con intención de hundirla y ha sido injusta, arbitraria, caprichosa, injustificada como consecuencia de un abuso de poder» (ibid.)

Este sentimiento es normal y legítimo, pues en él entran los movimientos de protestas escenificados por los jóvenes europeos: acceso a la vivienda, contra el coste de la vida, la corrupción y mejor educación. Tales manifestaciones de injusticia recorren países como Francia, España, Alemania, Italia, Bélgica, Portugal y Albania.

El segundo tipo de resentimiento es el patológico. Este resentimiento «es enfermizo y no arranca de situaciones claramente injustas ni debido a algo real, objetivo, sino que sobre algún hecho negativo de mediana o escasa importancia esa persona deforma la percepción de la realidad y le da una importancia excesiva, extraordinaria» (ibid. p. 41).

En este resentimiento es que entran los de ultraderecha, quienes utilizan esta reacción como recurso de movilización política y de exaltación de agravios históricos que contribuyen al fortalecimiento de identidades excluyentes y la construcción de enemigos internos y externos.

El posfascista resentido es de por sí parte de esa patología que aborda Rojas, ya que convierte al adversario en enemigo, deslegitima la oposición y construye un liderazgo que promete ejercer el poder en nombre de una voluntad popular homogénea contra los valores de convivencia democrática. De ahí, que la quiebra de la democracia y sus instituciones se va erosionando de manera progresiva, en la medida en que se impulsa el resentimiento patologico para debilitar la confianza pública, cuestionar la legitimidad de los procedimientos electorales y reducir los espacios de deliberación pluralista.

Frente a este escenario, resulta necesario formar, en todas sus dimensiones, conciencia de ciudadanía y de ciudadanía digital en los jóvenes amantes de las redes sociales y del ciberespacio para que los discursos posfascistas y de tinte ultraderechista no sigan permeando los cimientos de las democracias y haciendo creer que el culto y la exaltación del líder mesiánico son lo que los salva del caos. Hay que recuperar la esperanza política democrática y dialógica: es a través de esta que se lucha contra las injusticias sociales, contra el neoliberalismo y por la construcción de horizontes compartidos de igualdad social.

Andrés Merejo

Filósofo

Profesor e investigador de la escuela de filosofía de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD): PhD en Filosofía. Coordinador del Master Filosofía en un mundo global UASD-UPV/EHU (País Vasco). Especialista en Ciencia, Tecnología y Sociedad (CTS). Miembro de Número de la Academia de Ciencias de la República Dominicana. Premio Nacional de ensayo científico (2014). Profesor del Año (UASD). Fundador del Instituto Dominicano de Investigación de la Ciberesfera (INDOIC). Fundador del Observatorio de las Humanidades Digitales de la UASD (2015). Miembro de la Sociedad Dominicana de Inteligencia Artificial (SODIA). Miembro fundador e integrante de la Junta Directiva de la Asociación Iberoamericana de Filosofía de las ciencias y las técnicas (AIFCYT). Director de fomento y difusión de la Ciencia y la Tecnología, del Ministerio de Educación Superior Ciencia y Tecnología (MESCyT). Autor de varias obras: La vida americana en el siglo XXI (1998), Cuentos en NY (2002), Conversaciones en el Lago (2005), El ciberespacio en la Internet en la República Dominicana (2007), Hackers y Filosofía de la ciberpolítica (2012), La era del cibermundo (2015), La dominicanidad transida: entre lo real y virtual (2017), Filosofía para tiempos transidos y cibernéticos (2023), Cibermundo transido: Enredo gris de pospandemia, guerra y ciberguerra (2023), El oficio de pensar. Diálogos filosóficos (2025), vol. I y II, y Filosofía política de la inteligencia artificial. Poder, técnica y futuro humano (2026). Email: merejoandres@gmail.com

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