Las relaciones internacionales, al margen de nuestras maneras de pensar, están atravesadas por profundas asimetrías de poder. Sin embargo, la desigualdad económica, política y militar entre los Estados no debe conducir inevitablemente a la subordinación de los más débiles. La dependencia condiciona las decisiones, pero no las determina ciegamente. Entre la confrontación y la obediencia existe un espacio para la negociación, cuya amplitud depende tanto de las condiciones materiales como de las concepciones políticas y culturales desde las cuales cada nación interpreta su lugar en el mundo.

El pensamiento social latinoamericano ha dedicado una parte importante de su reflexión a comprender las relaciones entre dependencia y poder. Desde Raúl Prebisch hasta Fernando Henrique Cardoso y Enzo Faletto, distintas corrientes han mostrado que estas relaciones no pueden explicarse exclusivamente por las presiones externas. También intervienen las estructuras internas, los intereses económicos y las orientaciones ideológicas que vinculan a las sociedades periféricas con los centros de poder mundial. La dependencia, por tanto, es una relación histórica que se reproduce mediante mecanismos económicos, políticos y culturales.

Esta perspectiva permite comprender por qué países sometidos a importantes condicionamientos internacionales desarrollan comportamientos diplomáticos diferentes. La dependencia constituye una condición estructural, mientras que la subordinación política representa una de sus posibles expresiones. Confundir ambas dimensiones conduce a considerar inevitable aquello que también depende de decisiones históricas, concepciones ideológicas y capacidades de negociación.

La experiencia latinoamericana ofrece ejemplos que ayudan a comprender esta distinción. México, Brasil y Colombia, desde condiciones históricas y económicas diferentes, han desarrollado posiciones frente a Estados Unidos que permiten observar cómo la defensa de los intereses nacionales puede coexistir con relaciones económicas, comerciales y diplomáticas estrechas con Washington.

México constituye un caso particularmente significativo. Su economía está profundamente integrada a la estadounidense, comparte una extensa frontera con Estados Unidos y mantiene vínculos comerciales, migratorios y financieros de enorme importancia. Sin embargo, tanto Andrés Manuel López Obrador como Claudia Sheinbaum han sostenido una concepción de las relaciones bilaterales basada en la cooperación sin subordinación. Frente a las presiones comerciales, migratorias y de seguridad, México ha procurado combinar la negociación con la defensa de sus competencias soberanas. Su experiencia muestra que la integración económica no elimina necesariamente la posibilidad de sostener posiciones dignas como nación.

Brasil ofrece una experiencia diferente. Su dimensión territorial, económica y demográfica le proporciona recursos de negociación que no poseen los países pequeños. Bajo la conducción de Luiz Inácio Lula da Silva, Brasil ha procurado diversificar sus relaciones internacionales mediante su participación en los BRICS y una mayor presencia en los espacios multilaterales. Frente a las presiones estadounidenses, su política exterior ha reivindicado la capacidad de mantener relaciones con diferentes centros de poder sin quedar subordinada a uno de ellos. Esta orientación responde a una visión estratégica de su posición en un escenario internacional marcado por la competencia entre potencias. Como expresó el presidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva ante la 81.ª Asamblea General de las Naciones Unidas, en septiembre de 2026, «Brasil no cabe en el patio trasero de nadie», una afirmación que resume el sentido de negociar con dignidad, incluso en un mundo marcado por profundas desigualdades de poder.

Colombia, durante la gestión de Gustavo Petro, aporta otra dimensión al debate. Su relación histórica con Estados Unidos ha estado estrechamente vinculada con la seguridad, la cooperación militar, la lucha contra el narcotráfico y el comercio. En ese contexto, Petro ha cuestionado determinadas orientaciones de Washington y ha defendido posiciones propias sobre migración, política antidrogas y asuntos internacionales. Las tensiones diplomáticas producidas muestran tanto las posibilidades como los costos de esas decisiones, especialmente cuando las diferencias desembocan en negociaciones y concesiones.

Estas experiencias presentan alcances y limitaciones diferentes. México ha debido aceptar compromisos en materia de seguridad y migración; Brasil dispone de un peso geopolítico considerable; y Colombia ha enfrentado las consecuencias de sus desacuerdos con Washington. Ninguno de estos casos representa una independencia absoluta. Más bien muestran que las relaciones internacionales requieren combinar principios, intereses y pragmatismo, incluso cuando las partes disponen de capacidades muy desiguales.

Pero el problema de la dependencia tiene una dimensión que trasciende las relaciones económicas, comerciales y militares. También se expresa en las concepciones políticas y culturales mediante las cuales tanto los grupos de poder como los sectores excluidos interpretan su lugar en el mundo. Las relaciones desiguales se reproducen cuando las ideas y prioridades de las grandes potencias son asumidas como referencias naturales para definir los intereses nacionales. En esas circunstancias, decisiones que responden a relaciones de subordinación terminan presentándose como expresiones normales de racionalidad política. Se configura así una forma de sometimiento más profunda, en la que la dominación llega a ser aceptada como algo natural y se debilita incluso la conciencia de la propia dignidad.

La dependencia no se explica únicamente por la capacidad de las grandes potencias para imponer determinadas decisiones. También interviene la manera en que las instituciones, los sectores dirigentes y las sociedades interpretan sus relaciones con los centros de poder internacional. Cuando determinadas concepciones adquieren la condición de verdades incuestionables, se reducen los espacios para imaginar alternativas. La influencia externa puede entonces reproducirse mediante decisiones aparentemente independientes, aunque respondan a marcos de interpretación construidos dentro de relaciones históricas de desigualdad.

Para los países pequeños del Caribe, esta discusión adquiere especial relevancia. Su proximidad geográfica con Estados Unidos, sus vínculos comerciales y migratorios y su inserción histórica en las estructuras económicas internacionales configuran relaciones profundamente desiguales. Estas condiciones hacen indispensable desarrollar capacidades diplomáticas, fortalecer las instituciones y construir una visión estratégica de los intereses nacionales.

La República Dominicana forma parte de esa realidad. Sus relaciones con Estados Unidos tienen una importancia económica, histórica, política y cultural que trasciende cualquier coyuntura gubernamental. La presencia de una numerosa comunidad dominicana en territorio estadounidense, el peso de las remesas, las exportaciones, el turismo y los vínculos familiares hacen de esta relación un componente fundamental de nuestra vida nacional. Sería poco realista desconocer su importancia o construir una política exterior sobre la confrontación permanente con Washington.

Precisamente porque la relación es tan importante, necesita sustentarse en una comprensión de largo plazo que reconozca los intereses compartidos y preserve espacios para la definición de prioridades propias. La amistad entre Estados no exige coincidencia en todos los asuntos. La cooperación tampoco elimina las diferencias, y el reconocimiento del poder del otro no obliga a renunciar a los intereses nacionales.

La prudencia es una virtud diplomática cuando permite negociar con inteligencia, pero pierde su sentido cuando se convierte en renuncia anticipada.

La República Dominicana tiene intereses propios en materia migratoria, comercial, turística, ambiental y de seguridad. Comparte una isla con Haití y enfrenta consecuencias directas de su prolongada crisis institucional, económica y social. Mantiene relaciones con Europa, China, América Latina y el Caribe. Esta diversidad de vínculos requiere una diplomacia capaz de articular diferentes intereses y ampliar las oportunidades de actuación del país.

En ese contexto, fortalecer las capacidades de negociación implica diversificar las relaciones internacionales, desarrollar competencias técnicas y construir posiciones nacionales sustentadas en información, conocimiento y visión estratégica. La soberanía no depende exclusivamente de declaraciones políticas. También requiere instituciones sólidas, profesionales preparados y una comprensión de las transformaciones que experimenta el orden internacional.

La experiencia latinoamericana invita a superar una concepción de la soberanía limitada a sus expresiones jurídicas y ceremoniales. Su ejercicio también se manifiesta en la capacidad de construir criterios propios, participar en los espacios multilaterales y defender intereses nacionales dentro de un sistema internacional marcado por relaciones desiguales.

Los países pequeños enfrentan restricciones que sería ingenuo ignorar. Pero el tamaño de una economía, la extensión de un territorio o la capacidad militar no agotan sus posibilidades de actuación internacional. La dignidad de una nación también se expresa en la manera en que representa sus intereses y construye sus relaciones con los demás Estados.

Negociar con dignidad significa comprender las desigualdades del mundo sin asumir la subordinación como destino. Porque ser un país pequeño es una condición histórica y geográfica; convertir esa condición en una renuncia anticipada a decidir por sí mismo es una cuestión política y cultural.

Bernardo Matías

Antropólogo Social

Bernardo Matías es antropólogo social y cultural, Master en Gestión Pública y estudios especializados en filosofía. Durante 15 años ha estado vinculado al proceso de reformas del sector salud. Alta experiencia en el desarrollo e implementación de iniciativas dirigidas a reformar y descentralizar el Estado y los gobiernos locales. Comprometido en los movimientos sociales de los barrios. Profesor de la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra, la Universidad Autónoma de Santo Domingo –UASD- y de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales –FLACSO-. Educador popular, escritor, educador y conferencista nacional e internacional. Nació en el municipio de Castañuelas, provincia Monte Cristi.

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