No había que ser adivino para pronosticar las grandes posibilidades de triunfo electoral que tenía por delante el Partido Demócrata o Socialista Democrático de América en las pasadas elecciones congresuales del 3 de noviembre.

Al analizar de forma retrospectiva el comportamiento electoral de ese tipo de contiendas en los Estados Unidos, se lograba concluir que la tradición de que el partido en el poder perdiera el control legislativo era casi un hecho.

Por supuesto que, para que ello ocurriera, se necesitaban acciones gubernamentales que provocaran el disgusto o enojo de quienes de forma mayoritaria confiaron su voto en las elecciones de 2024 al candidato presidencial o partido que había prometido gobernar en defensa de los intereses de la mayoría de los estadounidenses.

El castigo electoral de despojar al presidente de uno de los dos poderes del Estado, o ambos a la vez, tiene éxitos muchas veces, pero otras veces no.

No es nada nuevo ni desastroso que un gobierno republicano o demócrata maneje los destinos de la nación sin el apoyo congresual.

Desde el año 1900, la oposición ha logrado conquistar casi de forma tradicional uno de los dos poderes del Estado, la Cámara de Representantes o el Senado.

Antes de la jornada electoral del pasado 3 de noviembre, los republicanos tenían 53 de los 100 escaños del Senado y los demócratas, 45.

En la pasada contienda se revertieron esos resultados y los demócratas tomaron el control total del Poder Legislativo con 54 escaños en el Senado, 253 en la Cámara de Representantes y la mayoría de las gobernaciones estatales.

Ahora el presidente Donald Trump se une a los expresidentes Harry Truman, Dwight Eisenhower, Bill Clinton y George W. Bush que vieron a su partido perder la mayoría en ambas cámaras en unas elecciones de mitad de período.

Las causas más visibles de esta derrota fueron la política económica implementada por la administración Trump rechazada por millones de estadounidenses y la persecución contra indocumentados por parte del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de los Estados Unidos (ICE, por sus siglas en ingles).

Los estrategas republicanos olvidaron que los hispanos son la fuerza electoral más pujante en las últimas dos décadas, aportando 39 millones de votantes.

Ignoraron que para estas elecciones “Midterns”, más de cuatro millones de latinos habían cumplido los 18 años, y que la mayoría iban a ejercer su derecho al voto por primera vez disgustados por el ICE haber deportado un familiar o amigo cercano.

Tampoco dieron importancia al ingreso masivo de extranjeros musulmanes y palestinos nacionalizados estadounidenses al Partido Demócrata.

La guerra de EE.UU. e Israel contra Irán ha sido otro hecho negativo y no el menos importante.

Cuando Trump anunció el 28 de febrero de 2026 que este conflicto solo duraría dos o tres semanas, el pueblo estadounidense le creyó. Han pasado más siete meses y esta no tiene visos de concluir.

Esta escalada militar en Oriente Medio ha sido el principal factor de los altos costos de la vida no solo en los EE.UU., sino a nivel global por causa del incremento de los precios del petróleo y el gas natural.

Perder una batalla no es perder la guerra, alegan hoy apesadumbrados los lideres republicanos.

Controlar el Capitolio no significa arrodillar de manera absoluta el poder en manos del presidente de los EE.UU.

Ante la derrota de su partido, Trump se hizo llamar con mucha inteligencia, Mr. Veto. Y eso tiene mucho significado.

Sabe que tiene en su poder los instrumentos legales y constitucionales para revertir las iniciativas de los demócratas en el Congreso si intentan torpedear su gobierno, y su principal arma se llama el veto presidencial.

Sobre la mecánica del veto, el Artículo I, Sección 7 de la Constitución indica que cualquier proyecto de ley o resolución aprobada por los demócratas en el Congreso debe pasar por la mesa del Presidente para su firma. Si él se opone, rechaza el texto y lo devuelve con sus objeciones.

Para que ese veto sea anulado la Constitución exige que ambas cámaras aprueben nuevamente el texto con una mayoría calificada de dos tercios. Y esto, en la actual composición congresual, a los demócratas le será imposible lograrlo.

Y como si fuera poco, Trump tiene la opción de gobernar por decreto si fuera necesario tal y como lo establece el Artículo II sobre órdenes ejecutivas.

Por lo tanto, los estadounidenses tendrán dos años de actividad política bulliciosa que solo servirán para llenar de titulares los medios de comunicación y plataformas noticiosas en las redes sociales, pero que no arrojarán soluciones a las grandes demandas en favor de los que votaron en contra de la actual administración.

Rafael Gómez

Periodista

Rafael Gómez, periodista dominicano. Residente en los Estados Unidos.

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