Hay preguntas que sobreviven a los siglos porque no pertenecen a ninguna época. Una de ellas es: ¿qué relación existe entre la palabra y aquello que nombra?
Guillermo de Ockham se hizo esa pregunta en el siglo XIV. Ludwig Wittgenstein volvió sobre ella seis siglos después. Y José Mármol —no solo poeta, sino filósofo— la convierte, desde la poesía contemporánea, en experiencia del lenguaje.
No hay aquí una genealogía que haga de Mármol discípulo tardío de Ockham o de Wittgenstein. Hay algo más interesante: tres maneras distintas de desconfiar de la ingenuidad con que solemos relacionar las palabras y las cosas.
Ockham pregunta qué existe realmente.
Wittgenstein, qué hacemos cuando usamos las palabras.
Mármol, qué nos ocurre cuando las palabras intentan decir lo real.
Y entre los tres se abre una cuestión que sigue siendo nuestra, desde tiempos del relato sacerdotal o ‘elohísta’ del libro del Génesis: ¿nombramos el mundo o, al nombrarlo, también lo reconstruimos?
Ockham: Cuidado con convertir los nombres en cosas
Ockham fue el gran nominalista medieval. Su posición es más precisa que la versión escolar que dice que “los universales no existen”. Para él, no existen como entidades metafísicas independientes; existen como conceptos y, derivadamente, como términos lingüísticos, pero no como cosas universales fuera de la mente.
La consecuencia es enorme. Cuando decimos “humanidad”, “belleza” o “justicia”, no debemos imaginar que detrás de cada palabra existe una entidad instalada en algún lugar del ser.
Hay hombres concretos. Hay cosas bellas. Hay acciones que llamamos justas. Pero el universal no aparece en el mundo como aparece este hombre o aquella acción.
Ockham introduce una sospecha saludable frente a la tentación de sustantivar abstracciones. El nombre no garantiza la existencia de aquello que nombra. La palabra ‘humanidad’ no crea una humanidad aparte de los seres humanos. La palabra ‘justicia’ no demuestra que exista una Justicia flotando por encima de las acciones.
De ahí la importancia de su teoría de la significación. Para él, los términos no son etiquetas pasivas: significan, suponen, permiten construir proposiciones sobre el mundo. La filosofía empieza por una disciplina de la palabra. No todo lo que podemos nombrar merece convertirse en una cosa.
Esa es la primera lección de Ockham.
Wittgenstein: ¿Qué significa “significar”?
Seis siglos después, Wittgenstein desplaza la pregunta. Ya no basta preguntar qué entidad corresponde a una palabra. Hay que observar cómo funciona.
El primer Wittgenstein buscaba esclarecer la relación entre lenguaje, pensamiento y mundo mediante el análisis lógico. El segundo rompe con la idea de que comprender consiste en encontrar detrás de cada palabra una esencia. En las Investigaciones filosóficas, el significado se examina a partir del uso.
Una misma palabra puede ordenar, preguntar, prometer, describir, ironizar. El lenguaje no es una colección de etiquetas, sino una actividad humana. De ahí los juegos de lenguaje y su relación con las formas de vida. La filosofía deja de buscar una esencia única del significado para observar sus usos concretos.
Si Ockham nos obligó a preguntar: ¿qué existe detrás del nombre?, Wittgenstein nos exige preguntar: ¿qué hacemos con ese nombre?
Esa segunda pregunta es decisiva para acercarnos a Mármol.
Mármol: cuando la palabra deja de ser instrumento
Mármol entra en esta conversación desde otro lugar y otra perspectiva. No desde la lógica medieval ni desde la filosofía analítica, sino desde una poesía que ha hecho del pensamiento una de sus materias expresivas. Poesía y pensamiento no son en él dos actividades que se visitan de vez en cuando. Son programáticas: su discurso de ingreso en la Academia Dominicana de la Lengua se tituló Pensamiento y poesía, una relación dialógica interminable.
La palabra poética no llega después del pensamiento para adornarlo.
La palabra piensa.
Si Ockham nos previene contra la ilusión de que cada nombre corresponde a una entidad, y Wittgenstein nos enseña que el significado depende del uso, Mármol nos sitúa ante una tercera instancia: hay dimensiones de la experiencia que solo se vuelven pensables cuando encuentran una forma verbal capaz de decirlas.
La poesía no se limita a describir una realidad previamente conocida. Puede ser una forma de conocimiento. No porque invente una realidad arbitraria, sino porque descubre relaciones y tensiones que el lenguaje instrumental deja fuera.
He ahí el verdadero punto de encuentro y de contrapunteo entre los tres autores de referencia.
El espacio entre la palabra y la cosa
Los tres, cada uno a su manera, abren un espacio entre el nombre y la cosa. Ese espacio no es un vacío. Es precisamente el lugar donde el pensamiento está actualizado y presente.
Cuando digo “árbol”, la palabra no es el árbol. Pero tampoco es irrelevante. Cuando digo “libertad”, la palabra no designa una cosa que pueda colocarse sobre una mesa. Pero organiza experiencias, conflictos, instituciones y esperanzas. Cuando digo “amor”, la paradoja es mayor: la palabra no es el amor, pero sin esa palabra quizá no podríamos reconocer ni transmitir algunas de las experiencias que llamamos amor.
La palabra no posee la realidad, pero tampoco es exterior a nuestra experiencia de ella. Ese es el territorio donde Mármol resulta singularmente sugerente.
De la navaja a la poesía
Conviene recuperar la navaja de Ockham con cuidado. No es un mandamiento de escribir corto ni una invitación genérica a simplificar. Es una exigencia filosófica: no introducir compromisos ontológicos innecesarios.
Podríamos decir, metafóricamente, que Ockham poda. Mármol, en contraposición, abre. Pero sería un error convertirlos en enemigos, de lo uno o de lo otro.
Ockham quiere impedir que el pensamiento fabrique realidades ficticias. Mármol quiere impedir que una realidad compleja quede reducida por un lenguaje demasiado pobre. Uno teme la inflación del ser. El otro, la reducción del sentido. Ambas advertencias siguen siendo necesarias e indispensables.
Nuestro tiempo padece los dos excesos a la vez. Por un lado, inventamos entidades mediante palabras: “el mercado” decide, “la sociedad” quiere, “la historia” exige. Por otro lado, creemos que definir algo equivale a haberlo comprendido. Nombramos una experiencia y suponemos que ya la conocemos. Ockham nos pide cortar. Mármol nos pide mirar lo que queda después del corte.
El lenguaje no es inocente
Las palabras nunca llegan solas. Traen historias, memorias y valores. Pueden incluir o excluir, iluminar u ocultar. Nombrar de una manera modifica nuestra relación con lo nombrado. Por eso la lucha por las palabras no es frivolidad académica. Quien impone un nombre, impone a veces una interpretación.
Pero el extremo contrario es igualmente ingenuo: creer que basta cambiar el nombre para cambiar la realidad. Cambiarle el nombre a la injusticia no la elimina. Cambiarle el nombre al dolor no lo cura.
Uno corta. Otro observa. Otro escucha
La lectura conjunta de dichos tres autores nos permite escapar de dos simplificaciones. La primera dice que las palabras son etiquetas de una realidad que ya conocemos. La segunda, que la realidad no es más que lenguaje.
Ninguna nos calza ni alcanza.
Hay mundo antes de que lo nombremos, pero el mundo humano nunca aparece separado de nuestras formas de nombrarlo. No vivimos solo entre cosas. Vivimos entre significados. Y los significados no flotan: se encarnan en prácticas, instituciones, memorias y decisiones.
Ockham nos recuerda la resistencia de la cosa.
Wittgenstein, la movilidad del significado.
Mármol, la potencia creadora de la palabra cuando es dicha.
Entre el nombre y la cosa
Ockham leído desde Mármol deja de ser solo el filósofo de la navaja y se vuelve advertencia: no todo nombre merece una ontología. Mármol leído desde Ockham deja de ser solo poeta y aparece como pensador de la distancia entre lenguaje y realidad.
Entre ambos, Wittgenstein funciona como bisagra: el significado no está escondido detrás de la palabra como una cosa detrás de una cortina. Está en el uso, en la práctica, en la forma de vida. Y la poesía lleva ese uso hasta el límite donde deja de comunicar lo que ya sabíamos y nos permite entrever lo que aún no sabemos decir.
Ahí está la grandeza de la palabra poética. No porque diga más, sino porque hace más visible una cosa precisamente cuando renuncia a poseerla.
Así, pues, Ockham corta. Wittgenstein observa. Mármol, escucha. Tres siglos y una misma humildad: entre el nombre y la cosa hay una distancia que el pensamiento no debe abolir y que la poesía no necesita cerrar.
Y ahí aparece la pregunta que los hermana y hace universal a Mármol sin dejar de ser eso que es por ser dominicano: ¿consiste la verdad del lenguaje en eliminar esa distancia o en aprender a habitarla?
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