Faltan dos días. El martes 3 de noviembre, Estados Unidos cerrará una jornada electoral que en muchos estados comenzó semanas antes con el voto anticipado. Esa noche, en Santo Domingo, muchos seguiremos los resultados con la televisión encendida y el teléfono en la mano. La República Dominicana no decide quién controlará el Congreso estadounidense, pero necesita prepararse para trabajar con quienes resulten elegidos. Lo que está en juego para nosotros atraviesa el comercio, la seguridad regional, la conversación sobre Haití y la vida de nuestra diáspora.

Para un país tan vinculado a Estados Unidos como el nuestro, cada elección de esa potencia es una clase. Y las mejores clases no se estudian la mañana siguiente, con los resultados ya impresos, sino la víspera, cuando todavía hay tiempo de revisar la tarea.

La pregunta para la República Dominicana no es quién ganará el martes. Es cuánto de nuestra relación con Washington puede resistir un cambio de mayoría. Las encuestas ofrecen contexto y conviene leerlas con cuidado. Las seis lecciones que siguen valen cualquiera que sea el resultado.

Lo que dibujan las encuestas

Los sondeos y pronósticos de las últimas semanas favorecen al Partido Demócrata en la Cámara de Representantes. El 21 de octubre, los contratos del mercado de predicción Kalshi le asignaban 91 por ciento de probabilidades de controlarla, según su propio seguimiento. El Senado es más incierto. Una de las rutas hacia una mayoría demócrata pasa por cinco estados donde los sondeos publicados en octubre, recopilados por Forbes y, para Alaska, por Newsweek, muestran ventaja demócrata.

Estado Demócrata Republicano Sondeo citado
Texas James Talarico Ken Paxton 49 % a 43 % (CNN/SSRS, publicado el 29 de octubre)
Michigan Abdul El-Sayed Mike Rogers 49 % a 42 % (CNN/SSRS, publicado el 29 de octubre)
Maine Troy Jackson Susan Collins (en el cargo) 49 % a 45 % (CNN/SSRS, publicado el 29 de octubre)
Ohio Sherrod Brown Jon Husted (en el cargo) 47 % a 44 % (Suffolk University, publicado el 28 de octubre)
Alaska Mary Peltola Dan Sullivan (en el cargo) 50 % a 43 % (New York Times/Siena, publicado el 3 de octubre)

Michigan es un escaño demócrata que hay que retener; Texas, Maine, Ohio y Alaska son republicanos. Si los demócratas ganaran los cinco y conservaran el resto de los suyos, su bloque, hoy de 45 senadores y dos independientes que votan con ellos, pasaría de 47 a 51. Carolina del Norte y Kansas ofrecen otras rutas posibles. En Texas sería la primera victoria demócrata en una elección al Senado desde 1988.

Una proyección es una hipótesis con fecha de vencimiento. Varias de esas ventajas caben dentro del margen de error, y en 2016 y 2020 varios sondeos subestimaron el apoyo a Donald Trump en estados decisivos. Conviene leer este mapa como un escenario, no como un resultado.

En la Cámara, dos candidaturas interesan especialmente a la República Dominicana: la de Darializa Ávila Chevalier, en el distrito 13 de Nueva York, de sólida tradición demócrata, y la de Manny Rutinel, cuyo distrito 8 de Colorado pasó de contienda sin favorito a inclinación demócrata en la calificación de Cook Political Report del 23 de octubre. Volveremos sobre ellas.

Primera lección: en Washington el poder está repartido

Desde fuera, Estados Unidos suele parecer un país con una sola voz: la del presidente. Es una ilusión óptica, y las elecciones de medio término existen en parte para corregirla.

La Constitución de 1787 repartió la política exterior con una desconfianza deliberada. El presidente negocia, dirige la diplomacia y comanda las fuerzas armadas. Pero el artículo I entrega al Congreso la facultad de establecer impuestos y aranceles y de regular el comercio con las naciones extranjeras. El Senado aprueba los tratados con dos tercios de los senadores presentes y confirma a los embajadores. La Cámara origina las leyes de ingresos y, junto al Senado, aprueba y condiciona los fondos de ayuda exterior.

La historia de las elecciones intermedias es casi una ley de la gravedad: desde la Segunda Guerra Mundial, el partido del presidente ha perdido escaños en la Cámara en casi todas ellas. Las excepciones, 1998 y 2002, se cuentan con los dedos de una mano y sobran dedos. El electorado estadounidense suele darle al presidente un contrapeso a mitad de camino.

El 20 de febrero de 2026, la Corte Suprema resolvió, por seis votos contra tres, que la Ley de Poderes Económicos de Emergencia Internacional no autorizaba al presidente a imponer aranceles. La decisión recordó que esas facultades necesitan una base legislativa. El martes se decidirá quién se sienta en el Congreso que puede otorgarla o negarla. Si el Senado también cambia de manos, cambiarán las mayorías que examinan tratados y nombramientos.

Para un país pequeño, la consecuencia práctica es sencilla de enunciar y difícil de practicar: la relación con Estados Unidos no es una relación con la Casa Blanca. Es una relación con un sistema. Quien solo conoce la Casa Blanca conoce apenas una parte de quienes deciden, financian, autorizan o bloquean.

Segunda lección: los comités tienen memoria

Buena parte del trabajo que llega al pleno del Congreso se prepara en sus comités, y los comités trabajan con su personal.

En cada uno hay dos bancadas, cada una con su director de personal, sus asesores regionales y sus abogados. Son ellos quienes preparan las audiencias, redactan los memorandos, sugieren qué país merece una carta o una pregunta incómoda. Muchos permanecen en sus puestos durante décadas, mientras los legisladores van y vienen. Si el martes la mayoría cambia de partido, parte del personal de la minoría asumirá nuevas responsabilidades, más recursos y la capacidad de fijar la agenda.

De ahí una regla que cualquier diplomático con años en Washington aprende, a veces tarde: la minoría de hoy es la mayoría de mañana, y recuerda cómo fue tratada cuando nadie la necesitaba. Recuerda las visitas en que solo se citó a la otra bancada. Recuerda las recepciones a las que sus jefes de gabinete no fueron invitados. Recuerda también, con igual nitidez, a quien tocó su puerta cuando no era obligatorio hacerlo.

Esa memoria no es rencor. Es criterio. El personal de un comité aprende a distinguir entre los países que buscan relaciones y los que buscan fotografías.

La víspera electoral permite comprobar qué relaciones ya existen y cuáles se dejaron para la urgencia. En Washington, la política exterior se escribe muchas veces en la pantalla de un asesor de treinta y tantos años, un martes por la noche. Conviene saber, antes de este martes, cuántos de esos asesores conocen nuestro nombre por algo más que una fotografía.

Tercera lección: la neutralidad no es tibieza

La Convención de Viena sobre Relaciones Diplomáticas de 1961 establece en su artículo 41 que los agentes diplomáticos tienen el deber de no inmiscuirse en los asuntos internos del Estado que los recibe. Es una norma jurídica para embajadas y misiones, una de las más antiguas y menos glamorosas del oficio. Fuera de ese marco no hay un artículo que lo resuelva todo, pero rige algo igual de exigente: el costo político de tomar partido en la elección de otro país.

Este mismo mes, dos presidentes sudamericanos lo comprobaron. Grabaron videos de apoyo a una congresista republicana de Florida que busca la reelección. El demócrata de mayor rango del Comité de Asuntos Exteriores censuró ambos respaldos y, en el caso colombiano, advirtió que la intervención ponía en riesgo el apoyo de ambos partidos a la relación bilateral. Se trataba de aliados cortejados por Washington. Ni siquiera esa cercanía los protegió del reproche. Y quien lo formuló podría presidir ese comité a partir de enero.

La lección es más fina de lo que parece. Nadie pide a un gobierno extranjero que no tenga amigos en el Congreso. Se le pide que no intervenga para favorecer su elección. La línea entre cultivar una relación y tomar partido en una contienda es delgada, y se cruza con facilidad en las primarias, donde la competencia ocurre dentro de un mismo partido y donde cualquier apoyo visible se lee como una apuesta contra alguien que mañana puede ganar.

La contención protege en ambas direcciones. Un país que reclama respeto a su soberanía cuando se discuten su política migratoria o sus decisiones internas gana autoridad moral cuando practica esa misma contención afuera. La neutralidad electoral exige abstenerse de favorecer candidaturas desde el Estado; no exige silencio sobre los principios. Un gobierno puede felicitar a quien resulte elegido, expresar sus intereses y defender la democracia sin convertirse en actor de una campaña ajena. Esa contención es la forma más elegante de decir que uno trabajará con quien el pueblo ajeno elija.

Cuarta lección: la voz contratada y la voz propia

La legislación estadounidense exige revelar determinadas actividades realizadas en Washington por cuenta de gobiernos y otros intereses extranjeros. Los registros de la Ley de Registro de Agentes Extranjeros (FARA, por sus siglas en inglés), vigente desde 1938, permiten examinar a quién se contrata, para qué y con qué recursos. Cualquiera puede consultarlos, empezando por el personal de los comités.

Esa transparencia enseña algo que los gobiernos suelen olvidar: los contratos también comunican. Cuando todas las firmas que un país contrata pertenecen a la órbita de un solo partido, el otro partido lo lee como una declaración de preferencias. Puede no serlo. Pero en política la percepción tiene peso propio, y una cartera de un solo color que hoy parece astuta puede amanecer el miércoles mirando hacia la puerta equivocada.

La asesoría contratada tiene virtudes reales: abre puertas, traduce códigos, aporta conocimiento especializado. Su límite es que dura lo que dura el contrato. Por eso la diplomacia debe conservar la dirección de la relación, la memoria de los compromisos y la capacidad de sostenerla cuando el contrato termine. La credibilidad que un Estado construye con políticas coherentes y compromisos cumplidos no sustituye a la asesoría. Le da algo que decir.

Costa Rica, citada a menudo como ejemplo de prestigio diplomático, ilustra esa complementariedad. Su reputación descansa en decisiones de largo plazo y, aun así, en septiembre de 2025 contrató a una firma de Washington para asesorar a su Ministerio de Comercio Exterior frente a la política comercial estadounidense, según consta en el registro público. La voz contratada amplifica. El eco lo producen las políticas.

Lo que conviene no es un número de firmas sino tres condiciones: acceso comprobable a ambos partidos, objetivos definidos y resultados evaluables. Y una advertencia: trabajar con ambos partidos no garantiza que coincidan con nosotros. Exige conocer también las razones por las que cualquiera de ellos podría discrepar. Esa es la diferencia entre tener un teléfono y tener una red.

Quinta lección: la diáspora no es una embajada paralela

Según una estimación de la organización cívica Los Dominicanos Votan, recogida por Diario Libre, más de 1.2 millones de personas de origen dominicano podrían votar en Estados Unidos. En Nueva York, Nueva Jersey, Massachusetts, Rhode Island, Pensilvania, Maryland y Connecticut hay legisladores estatales y federales con raíces en la isla. Y si las encuestas aciertan, dos rostros nuevos llegarán a la Cámara de Representantes.

Darializa Ávila Chevalier tiene treinta y dos años, es hija de inmigrantes dominicanos y viene de la organización comunitaria del Alto Manhattan. Ganó la primaria de junio a un congresista de cinco mandatos y sería la primera mujer en representar el distrito 13 de Nueva York. Manny Rutinel nació en Los Ángeles, pasó sus primeros seis años en la República Dominicana, de donde es su madre, y disputa en Colorado uno de los distritos que pueden decidir la mayoría. Se sumarían a Analilia Mejía, que ya ocupa un escaño por Nueva Jersey desde abril.

Son trayectorias distintas entre sí. Responden a electorados diversos, formados en coaliciones donde conviven latinos, afroamericanos, haitianos, musulmanes y judíos, y a prioridades como la vivienda, el costo de la vida o los derechos de los inmigrantes, que no siempre coinciden con las de Santo Domingo. Esa pluralidad no es una anomalía. Es su mandato.

Es una fuerza extraordinaria, y precisamente por eso conviene entenderla bien. Un congresista de origen dominicano no es un representante de Santo Domingo en Washington. Es un legislador estadounidense que responde a sus votantes, a su partido y a su conciencia. Sus raíces pueden hacerlo más sensible a nuestras preocupaciones. No lo obligan a compartir nuestras posiciones, y pedirle que lo haga es la manera más rápida de perderlo como interlocutor.

La diáspora puede ser un puente formidable. Un puente permite transitar en ambas direcciones, y se agrieta cuando se lo usa como arma en las disputas internas de otro país. Respetar su autonomía es la condición para que esa fuerza, algún día, quiera caminar a nuestro lado.

Sexta lección: el tiempo de los países pequeños

Las potencias viven en ciclos cortos. Estados Unidos renueva su Cámara cada dos años, su presidencia cada cuatro, un tercio de su Senado cada dos. Las mayorías cambian, los presidentes de comité rotan, las prioridades se reordenan con cada noche electoral.

Los países pequeños, en cambio, necesitan relaciones de tiempo largo. Su geografía no cambia. Su comercio, su seguridad, su diáspora y sus vulnerabilidades permanecen de un ciclo a otro. Por eso no pueden construir su política exterior sobre la afinidad con un gobierno de turno. La afinidad es un clima. Los climas cambian.

De ahí un principio de calendario que conviene grabar en las paredes de cualquier cancillería: las relaciones se cultivan cuando no se necesitan. La puerta que se toca por primera vez el día de la urgencia se abre con cortesía, pero no con confianza. Una relación cultivada en la minoría permite conversar con más confianza cuando cambia la mayoría.

El calendario dominicano añade su propia urgencia. En agosto de 2028 termina un gobierno en Santo Domingo; en noviembre de ese año Estados Unidos elige presidente. Si los comités de Washington recuerdan, la Cancillería dominicana también debe hacerlo. Para que las relaciones sobrevivan, los contactos, los compromisos y las razones de cada posición deben quedar documentados. El próximo gobierno necesita recibir una agenda de trabajo y la memoria de cómo se construyó.

Antes del martes

Las relaciones que se construyan ahora deberían servir también a quienes gobiernen después. Para eso necesitan continuidad, memoria y una agenda que pueda transmitirse. La noche del martes mostrará quién tendrá la mayoría; también permitirá reconocer cuánto trabajo hicimos antes de conocerla.

Una buena política exterior no se mide por los amigos que un gobierno tiene. Se mide por los que le deja al siguiente.

Josué Fiallo

@josuefiallo

Josué Antinoe Fiallo Billini Portorreal (Santo Domingo, Distrito Nacional; 8 de mayo de 1980) es un abogado, académico, especialista en asuntos públicos y diplomático dominicano. Ha sido embajador extraordinario, y plenipotenciario de República Dominicana en Costa Rica y representante permanente ante la Organización de los Estados Americanos (OEA) donde fue presidente de su Consejo Permanente, presidente del Consejo Interamericano para el Desarrollo Integral (CIDI), de la Comisión de Asuntos Jurídicos y Políticos (CAJP), y del Comité Interamericano contra el terrorismo (CICTE). Además, fue coordinador político de la misión de República Dominicana ante el Consejo de Seguridad y también enviado especial ante los Organismos Internacionales con sede en Ginebra. A nivel doméstico participó en la reforma de la Constitución de República Dominicana en 2010, y posteriormente se involucró en reformas a la legislación nacional vinculadas con: derechos humanos, fuerzas armadas, policía, el sistema de justicia, la migración, contra terrorismo, el lavado de dinero y el control de armas.

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