El extraño título de este artículo proviene de la novela póstuma Bouvard y Pécuchet (1881) de Gustave Flaubert y designa el síndrome de estudios inacabados e infinitos. En la novela, los personajes del mismo nombre deciden dedicarse al conocimiento. Y así, estudian agricultura, química, medicina, historia, literatura, filosofía, religión, pedagogía, etc. Cada área de estudio les despierta un nuevo entusiasmo, que los lleva de una tarea a otra sin completar ningún proyecto.
Este preámbulo explica el “bouvarpecuchetismo” de una mañana de octubre en mi vida de jubilado que paso a relatar. Y me hago la pregunta: ¿quién dice que los viejos no somos multitask (multitarea)? Sí, claro.
Sentado frente a mi computadora portátil, mientras saboreo el pan de telera mojado en café, escucho una canta de Bach. Y en medio de la música, la luz tamizada que entra por la ventana, , la ensoñación y el sabor del café, siento un movimiento “telérico”. El algoritmo de Youtube me sugiere la conferencia de Judith Butler “Pensamiento experimental en tiempos oscuros: Arendt, Benjamin, Kafka”, en la que analiza cómo estos tres intelectuales reflexionaron sobre el colapso de la modernidad en la primera mitad del siglo XX.
(En Uruguay, elaboran el Pan Papa León XIV con motivo de su visita.)
Mientras escuchaba a Butler hablando de los ensayos de Arendt sobre Kafka volví a pensar en Bach y cómo un procedimiento oftalmológico practicado por un charlatán lo dejó ciego; abandoné a Arendt, no sin antes guardar el video para más tarde, y puse la cantata “Gottes Zeit ist die allerbeste Zeit”; en eso sonó una alerta de WhatsApp: era mi amiga y ex colega Mary Vogl que me enviaba la referencia del libro Secuelas del refugio: Hogar, fantasmas y hambre de Ashwiny Kistnareddy, sobre escritores vietnamitas que reflexionan acerca del hambre: “Gastropolítica, gastrografía, nostalgia culinaria, identidades comestibles”. Busqué el título del libro en Amazon. Sí estaba, pero costaba 33 dólares. Entonces decidí pedirlo en formato ebook a través de JSTOR en la biblioteca virtual de mi universidad en Colorado. Le di las gracias a mi amiga y, a cambio, le envié el enlace de la conferencia de Butler.
(Me levanto del sillón y voy a la nevera. Parto un pedazo de arepa que compré con una transferencia bancaria en el parque de San Carlos, durante la celebración del cumpleaños de mi amiga Rossy, donde además leí mi poema “Oda al mangú”.)
Pauso a Bach y continúo escuchando la conferencia de Butler, al tiempo que abro un pdf del libro Museo negro de María Negroni, Inmediatamente me encontré con el concepto “literatura charrogne”; lo busqué en el chat GPT que me remitió al poema “Carroña” de Charles Baudelaire en Las flores del mal. Busqué el poema de Baudelaire traducido al español en Google y leí “esta dulce mañana”. Me pareció que en francés debía sonar mejor y busqué el original “Ce beau matin d’été si doux” de una belleza esplendente. La “b” oclusiva bilabial sonora y la “o” posterior cerrada de la palabra “beau” me hicieron pensar en el poema “Le Chat” del mismo autor “Viens, mon beau chat, sur mon cœur amoureux…”, que, sorprendentemente, Pedro Salinas alguna vez tradujo como “Ven, bello gato, a mi amoroso pecho”. El horror de la traición del traductor. La poesía es intraducible. El poeta es el lobo del poeta.
(Isis me habló de un poeta francomacorisano que está escribiendo poesía basada en el Tao Cuántico.)
Dan las 10 AM y me dispongo a preparar el café de media mañana. Puse la greca de sólo una taza, siguiendo las recomendaciones médicas. Mi sobrina Penélope me escribe por WhatsApp para pedirme una foto de mamá; quiere imprimirla y ponerla en su casa. Lo dejaré para más tarde. Habrá tantas fotos en los archivos de mi computadora. Pienso en mi madre, a quien tanto amé, y en su dulce sonrisa.
(En Boca Chica se escenificó una pelea de peces betas, con apuestas de hasta 100 mil pesos, que terminó en muertos y heridos.)
Regreso al pdf del Museo negro de Negroni y leo “Los poetas son seres del abismo del tiempo…criaturas absortas, aferradas al castillo en ruinas de sus proyecciones, exasperadas por ver vivir eternamente lo que no cesa de morir”. Hermosa frase, si fuera cierta, pero tal vez lo sea en el caso de Kafka o Baudelaire; pero no en aquellos poetas aferrados al poder, al dinero y a la fama, lo que me lleva a pensar en el fragmento de un ensayo que publiqué en Acento.com sobre la novela Lo demás es silencio de Augusto Monterroso. Busco en internet la publicación de Acento.com y aquí está: “Con su peculiar sonrisa, Monterroso parece sugerir que hay escritores que le dedican más tiempo y energía a buscar el reconocimiento que a escribir una obra más sólida que, con el paso del tiempo, no se convierta en silencio.” Hay poetas que no viajan a lo indecible, diría Negroni.
(Suena una notificación de WhatsApp. Es Youdelie parta invitarme a un concierto de la Sinfónica Nacional.)
No soy un “name-dropper”, que es como en inglés se conoce a los fanfarrones que para dárselas de inteligentes viven citando; pero Flaubert, Butler, Arendt, Kistnareddy, Benjamin, Kafka, Bach, Negroni, Monterroso, Baudelaire, Salinas, no son simples “nombres” (nomina) cuya función se limita a designar individuos particulares, sino que operan como significantes “mana”, capaces de arrebolar constelaciones de conceptos, imágenes y sonidos sobre las cabezas.
Cibernauta de una tibia mañana de octubre en Santo Domingo, ¿a dónde me llevará este bouvardpecuchetismo de jubilado? Posiblemente a las notas para un ensayo, tal vez a un poema o a la sempiterna novela de escritor retirado. No sé. De lo único que estoy seguro es de que se acercan las 12M (recuerdo la sirena -le decían el pito- de los bomberos y las campanas de la iglesia en La Vega) y como en un reflejo pavloviano me levanto a poner los plátanos para mi mangú del mediodía, oda a la infinita ternura de mi madre.
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