Los imperios necesitan ejércitos, bases militares en otros países, armas y, en nuestros días, incluso armas nucleares para mantener bajo control sus dominios. Pero necesitan también algo menos visible y quizá tan o más importante: obediencia de los aliados. Y, si es posible, obediencia ciega.
A lo largo de la historia, imperios como Roma, Persia, España, Francia, Gran Bretaña, la Unión Soviética y Estados Unidos han comprendido la misma verdad: gobernar no consiste únicamente en derrotar enemigos. Consiste también en conservar el respaldo, sin reservas, de quienes se consideran aliados.
Los enemigos son previsibles. De ellos se espera cualquier hostilidad. Los aliados, en cambio, están llamados a respaldar, justificar y acompañar las decisiones del poder dominante, preferiblemente sin cuestionarlas. Al menos, así suelen concebirlos los imperios.
Por eso, cuando un aliado rompe filas y expresa públicamente su desacuerdo, especialmente en momentos decisivos, el impacto político suele ser mayor que el provocado por cualquier adversario. Los imperios reaccionan con irritación, ejercen presiones y, cuando pueden, convierten el castigo en una advertencia para los demás. El objetivo siempre es el mismo: impedir que la rebeldía se vuelva contagiosa.
Sin embargo, la historia demuestra que, de vez en cuando, aparecen líderes que deciden no aceptar ese papel de aliados obedientes. Son líderes que recuerdan que una alianza no debe confundirse con una relación de subordinación.
Tres ejemplos europeos ilustran esa actitud: Charles de Gaulle, Olof Palme y, en el presente, Pedro Sánchez.
En 1966, Charles de Gaulle decidió retirar a Francia de la estructura militar integrada de la OTAN y recuperar el control pleno de su política de defensa. No estaba rompiendo con Occidente ni abandonando la alianza atlántica. Estaba reivindicando la autonomía estratégica de Francia.
Era en plena Guerra Fría. Estados Unidos libraba una creciente guerra en Vietnam y necesitaba cohesión dentro del bloque occidental. La decisión de De Gaulle fue interpretada en Washington como un desafío político. Con el paso del tiempo, sin embargo, muchos la vieron como una afirmación de soberanía nacional.
A finales de los años sesenta y comienzos de los setenta surgió otra voz incómoda para el mundo occidental: la del primer ministro sueco Olof Palme.
Mientras numerosos gobiernos europeos medían cuidadosamente sus palabras para evitar fricciones con Washington, Palme denunció con una claridad poco común la guerra de Vietnam. Sus discursos recorrieron el mundo y convirtieron a Suecia en una referencia moral mucho más allá de su peso militar o económico.
Como De Gaulle, Palme ganó prestigio y autoridad. También acumuló adversarios.
Hoy la historia parece repetirse. El genocidio en Gaza, las guerras en Irán y en el Líbano, las tensiones en Oriente Medio y el Golfo Pérsico, y las divisiones dentro del bloque occidental han colocado nuevamente a varios gobiernos ante el mismo dilema. Entre ellos destaca España, bajo el liderazgo notable del presidente Pedro Sánchez.
Las fuertes críticas de Sánchez a Benjamín Netanyahu y sus diferencias con Donald Trump en relación con Oriente Medio han provocado tensiones visibles dentro de la alianza occidental.
Desde la perspectiva de quienes, como Donald Trump, consideran que los aliados deben mantener un respaldo sin fisuras, esas posiciones representan una incomodidad, un desafío inaceptable. Desde la perspectiva española de Pedro Sánchez, en cambio, constituyen el ejercicio legítimo de una política exterior que reivindica autonomía y apela al derecho internacional y a los principios humanitarios.
Ese ha sido siempre el dilema de los países aliados: respaldar incondicionalmente a la potencia dominante o ejercer el derecho —y, en ocasiones, el deber— de expresar desacuerdos cuando consideran que determinados principios están siendo vulnerados.
No existe una respuesta única. La política internacional rara vez enfrenta el bien absoluto contra el mal absoluto. Sin embargo, existe una constante histórica: toda superpotencia espera lealtad; toda nación soberana aspira a conservar, en la medida de lo posible, su capacidad de decisión.
Entre esas dos fuerzas se desarrolla una tensión permanente que explica buena parte de la historia contemporánea.
No es casual que muchos de los dirigentes más recordados sean precisamente aquellos que, en algún momento, se atrevieron a contrariar al poder dominante de su época.
No porque siempre tuvieran razón.
Sino porque estuvieron dispuestos a asumir el costo de defender públicamente aquello en lo que creían.
Charles de Gaulle terminó dejando el poder en 1969 tras perder un referéndum, pese a ser un héroe de la Segunda Guerra Mundial. Olof Palme fue asesinado en 1986, un crimen que aún sigue rodeado de controversias y cuyo impacto marcó profundamente a Suecia y a Europa.
¿Qué ocurrirá con Pedro Sánchez? Nadie puede saberlo.
Lo que sí parece evidente es que sus posiciones le han ganado respeto y admiración en muchos sectores, pero también adversarios y enemigos de gran influencia internacional, y que matan como masticar un chicle.
Le toca cuidarse mucho, porque hay cosas que los imperios no perdonan a un aliado.
Compartir esta nota