La esperanza necesita memoria, pero también método.

Una deuda de esperanza

Hace casi medio siglo participé desde Europa en una apuesta que muchos consideraban improbable: organizar vuelos chárter directos desde Ginebra y Zúrich hacia Puerto Príncipe y extender después aquella conexión a Santo Domingo. En una época en que expertos y operadores dudaban de que Haití y la República Dominicana pudieran convertirse en destinos regulares del turismo europeo, aquella iniciativa expresó una convicción sencilla: las posibilidades de ambos países eran mayores que la imagen que el mundo tenía de ellos.

La República Dominicana convirtió esa posibilidad en realidad. La apertura aérea hacia Europa, el turismo, las zonas francas, las carreteras, los aeropuertos y una continuidad institucional imperfecta, pero suficiente, produjeron resultados que entonces parecían remotos. Haití no pudo seguir el mismo camino. La inseguridad, la debilidad del Estado, la falta de continuidad y el deterioro de sus infraestructuras impidieron que aquella primera profecía se cumpliera también en su territorio.

De esa experiencia nace una deuda moral. No con un gobierno ni con una facción, sino con el pueblo haitiano que también formó parte de aquella primera visión. Esa deuda no consiste en prometer desde fuera lo que los haitianos deben realizar por sí mismos. Consiste en afirmar que Haití puede iniciar una segunda profecía, capaz de cumplirse mediante decisiones, instituciones y trabajo continuado.

La primera emancipación y su límite

La Revolución haitiana ocupa un lugar excepcional en la historia universal. Los esclavizados de Saint-Domingue destruyeron uno de los sistemas de plantación más violentos y productivos del mundo atlántico, derrotaron ejércitos europeos y proclamaron un Estado independiente. Negar esa grandeza sería empobrecer la historia de la libertad.

Pero la victoria militar y la abolición de la esclavitud, por decisivas que fueran, no podían producir de inmediato una sociedad integrada, instituciones compartidas ni una administración presente en todo el territorio. La soberanía exterior se conquistó; la soberanía interior quedó incompleta.

El nuevo Estado heredó una población heroica, pero profundamente diferenciada por regiones, lenguas, experiencias sociales y trayectorias africanas diversas. Esa diversidad no constituye una incapacidad esencial. Constituye una realidad histórica que el Estado debía reconocer, articular e integrar. La proclamación constitucional de una identidad negra común tuvo una función anticolonial comprensible, pero no bastó para reconciliar las regiones, democratizar la educación ni convertir la independencia en protección cotidiana para todos.

La segunda emancipación

Haití necesita hoy una segunda emancipación. No frente a una potencia colonial, sino frente a la captura interior del Estado, la dependencia permanente, la exclusión de la mayoría y la incapacidad de transformar la soberanía jurídica en ciudadanía efectiva.

Esa segunda emancipación no sería solamente política ni turística. Tendría que ser institucional, educativa, territorial y económica. Comenzaría cuando el Estado dejara de ser instrumento de facciones, minorías económicas, redes privadas, grupos armados o poderes exteriores, y volviera a pertenecer a la nación que debe proteger.

Por eso Haití no necesita solamente elecciones. Las elecciones son necesarias, pero no sustituyen el pacto capaz de establecer reglas comunes, desarmar poderes paralelos, acercar la administración a las comunidades y reconstruir la confianza. Sin Estado, la urna no crea autoridad. Sin reglas compartidas, el resultado electoral se convierte en un episodio más de una crisis que se reproduce.

Un poder obligado a deliberar

Una de las preguntas centrales es cómo impedir que el poder vuelva a concentrarse en una sola persona o sea capturado por una facción. Un ejecutivo colegiado podría contribuir a esa transformación. Un consejo pequeño, compuesto por un número impar de miembros iguales, con presidencia rotativa y responsabilidad colectiva, reduciría la concentración personal del mando.

No se trataría de repartir cuotas entre caudillos, sino de crear una institución obligada a deliberar, acordar y rendir cuentas. En sociedades donde la confianza ha sido destruida, la arquitectura institucional debe ayudar a producirla. Cuando ningún actor puede gobernar solo, el diálogo deja de ser una concesión y se convierte en una condición de supervivencia política.

Un Estado presente en el territorio

La colegialidad nacional tendría que complementarse con una descentralización real. Departamentos y comunas necesitan competencias efectivas, recursos identificables y autoridades responsables ante sus poblaciones. Un Estado que solo existe plenamente en Puerto Príncipe no puede integrar la nación ni gobernar el territorio.

Acercar la administración a las comunidades no significa fragmentar Haití. Significa reconstruirlo desde abajo, reconocer sus diferencias regionales y permitir que la ciudadanía encuentre al Estado en la escuela, el registro civil, la justicia local, la seguridad, la salud y la infraestructura básica.

La reconstrucción territorial debe ir acompañada de una verdadera revolución educativa. Ninguna emancipación será completa mientras la mayoría de la población permanezca alejada del conocimiento, de la formación técnica y de las lenguas que permiten acceder a la ciencia, la administración y los intercambios internacionales.

Esperanza con método

La segunda emancipación haitiana no vendrá de una consigna, de una intervención improvisada ni de una elección aislada. Exigirá un pacto nacional, instituciones que distribuyan el poder, autoridades locales responsables, educación para todos, seguridad sometida a la ley y cooperación internacional con control, continuidad y metas verificables.

La República Dominicana no puede sustituir al Estado haitiano ni asumir responsabilidades que corresponden a Haití y a la comunidad internacional. Pero sí puede defender una idea: la estabilidad del vecino no es una concesión humanitaria, sino un interés estratégico y una responsabilidad regional.

Hace casi medio siglo creímos que ambos países podían abrirse al mundo mediante la conectividad y el turismo. La República Dominicana demostró que aquella esperanza no era ingenua. Haití necesita ahora una esperanza nueva, más exigente y más profunda: no la promesa de que otros lo salvarán, sino la convicción de que puede reconstruir un Estado que pertenezca de verdad a su nación.

La primera emancipación liberó a Haití del dominio colonial. La segunda deberá liberarlo de la captura, la fragmentación y la dependencia. Esa tarea pertenece a los haitianos. Pero merece ser acompañada por quienes todavía creemos que las posibilidades de Haití son mayores que la imagen que el mundo tiene de él.

Alfredo Vargas Caba

Linguista, traductor, emprendedor

Alfredo Vargas Caba es ensayista dominicano. Nació en la República Dominicana, donde cursó su formación escolar hasta el bachillerato, que completó en los Estados Unidos. Realizó estudios universitarios en Francia y residió durante alrededor de tres décadas entre Francia, Suiza y Alemania, antes de establecerse en Texas, donde reside desde hace aproximadamente veinticinco años. Su trayectoria transatlántica informa su interés por la historia comparada, las fronteras imperiales, la cultura política y la ubicación hemisférica de la República Dominicana.

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