“No hemos llegado a eso”. La cortante respuesta del presidente Donald Trump sobre la situación de lo presos políticos en Venezuela es el resumen perfecto de lo que ha sido hasta ahora la posición de su gobierno sobre el avance hacia un cambio de régimen en el país sudamericano.

La captura del presidente Nicolás Maduro y el aparente relevo en primera persona de Trump, como él mismo lo ha afirmado, no parece haber abierto necesariamente un camino hacia una transición en un país en el que, de acuerdo con cifras de organizaciones de derechos humanos, hay más de 800 personas privadas de libertad por razones políticas.

Venezuela tampoco parece estar más cerca de un proceso electoral, ni mucho menos del reconocimiento de los resultados de la elección de 2024, en la que Edmundo González Urrutia habría dominado con más de dos tercios de los votos, de acuerdo con las actas de escrutinio recopiladas por la oposición, que nunca fueron validadas por el organismo electoral venezolano.

La asunción de la vicepresidenta Delcy Rodríguez y la disposición de la Casa Blanca a cambiar el tono de su relación con las facciones del chavismo que aún quedan en el poder marcan un escenario que expertos han calificado de “realpolitik”, una aproximación más pragmática y transaccional hacia el tema venezolano.

“No ha habido absolutamente ningún cambio en términos reales, salvo en las narrativas de las exigencias de Estados Unidos hacia los que han quedado al frente del ejecutivo nacional”, apunta Piero Trepiccione, politólogo y consultor de opinión pública.

Para Trepiccione, la acción militar de Estados Unidos en Venezuela ha representado “un duro golpe al multilateralismo, al abordaje multilateral de los conflictos nacionales e internacionales”, que ha puesto en crisis el equilibrio global.

“La primera baja ha sido el multilateralismo, porque esta acción inaugura una nueva era de elementos geopolíticos hegemónicos cuyas consecuencias están por verse. Hay que preguntarse cómo queda la democracia en el medio, si es la gran sacrificada en pro de los intereses de las grandes potencias y de los grupos políticos”, apunta el experto.

En este mismo sentido, el Departamento de Estado y la Casa Blanca publicaron el lunes un mensaje en sus redes sociales que alienta esta narrativa con un breve, pero contundente: “Este es NUESTRO hemisferio”, en relación a la región latianomericana donde Estados Unidos busca reimponer su preeminencia y expulsar a sus rivales geopolíticos como China o Rusia, tal como marca la nueva Estrategia de Seguridad Nacional dictada desde Washington.

Entendiendo a los personajes

Para María Corina Roldán, estratega política y directora ejecutiva de la firma de consultoría Elevation Group, entender el escenario que se plantea de ahora en adelante en Venezuela parte de comprender primero los perfiles de los involucrados.

“Trump no es un político”, advierte Roldán. “Es un hombre de negocios, esa persona que genuinamente no le importan demasiado los fundamentos democráticos o el bienestar social, sino los beneficios que pueda obtener en lo personal”.

Esos beneficios pueden verificarse en lo material, gracias a ese “acceso total” que ha demandado a Delcy Rodríguez sobre el petróleo venezolano, pero también como rédito político en un año que ha sido de fracasos económicos, a pesar de su narrativa de los billones de dólares de inversión atraída a Estado Unidos. Asimismo, podría usar la narrativa económica de cara a las elecciones de medio término de noviembre de 2026, en las que los republicanos estadounidenses se juegan las mayorías legislativas en Cámara y Senado.

Además, con su nombre peligrosamente involucrado en los archivos del depredador sexual Jeffrey Epstein, Trump necesita mostrar un resultado positivo en su gestión del tema venezolano, y Rodríguez podría ser la interlocutora que necesita para ello.

“Ella ha sido útil para el régimen trayendo estabilidad en las relaciones internacionales. Es una tecnócrata y eso lo reconocen desde los cuerpos diplomáticos hasta los gremios empresariales. Varios medios trataron de venderla como moderada para una posible transición en Venezuela y al mismo tiempo los cargos de confianza comenzaron a llenarse de leales a ella”, apunta Roldán.

“Ambos perfiles en algún punto se conectan: para Trump, es mucho más fácil transar sus intereses con Delcy Rodríguez que con cualquier otro perfil. Él ha encontrado cierta fascinación en ella, que logró llevar la producción petrolera de 400.000 barriles diarios con Tareck El Aissami a más de un millón. Eso la convirtió en un liderazgo funcional a sus intereses”, prosigue.

En este contexto transaccional, la democratización pasa de ser un valor republicano a convertirse en el telón de fondo para las inversiones petroleras que Trump trata de promover en Venezuela.

“Todas las empresas van a buscar estabilidad social, económica y política para poder operar, y eso pasa por la democratización, por aligerar el talante autoritario y poner fin a las decisiones económicas descabelladas”, destaca Roldán.

Con ella coincide la politóloga Betzabeth Jaramillo: “Esos objetivos de ‘recuperar lo robado’ y ‘tener acceso’ al petróleo que ha esbozado Trump no excluyen la democratización. Un régimen autoritario no da garantías para la inversión. Eventualmente, tendremos un proceso democrático”.

Para Jaramillo, el actual estado de cosas ya constituye un cambio en sí mismo, “aunque no lo parezca, porque el chavismo siempre sostuvo que nunca se doblegaría ante Estados Unidos, y esa tesis es difícil de sostener cuando ya hay una cooperación en marcha”.

Esa cooperación marca para los hermanos Rodríguez y para el chavismo una delicada amenaza existencial, según la apreciación de la consultora Carmen Beatriz Fernández, experta en comunicación pública.

“Delcy Rodríguez podría dar los pasos hacia una transición, pero ella está en una posición mucho más frágil que Nicolás Maduro: tiene que manejarse en una línea muy delicada entre satisfacer las peticiones de Trump y no quedarles mal a las bases oficialistas, más aún tomando en cuenta esa sombra de sospecha que tiene sobre sí, esa sombra de la traición que se asomó”, aprecia Fernández.

¿Machado fuera de la ecuación?

Donald Trump no dejó lugar a especulaciones cuando descartó la figura de la Premio Nobel de la Paz, María Corina Machado, de cualquier escenario de transición inmediata, una postura que los analistas revisan más allá de la evidente falta de simpatía hacia la lideresa venezolana.

“El entramado institucional venezolano a nivel militar y político está completamente alineado con el partido de gobierno y tiene profundas diferencias con la narrativa de María Corina Machado y Edmundo González. En la práctica, darles participación en este momento sería inviable políticamente hablando”, estima Piero Trepiccione.

Carmen Beatriz Fernández y María Corina Roldán coinciden, sin embargo, en que el escenario podría cambiar en cualquier momento.

“El propio 3 de enero, (el presidente francés, Emmanuel) Macron hizo una publicación a favor de Edmundo González, y Trump, en uno de esos rasgos de inconsistencia a los que nos tiene acostumbrados, compartió esa publicación”, recordó Fernández, para quien la aparente exclusión de Machado es una muestra de las áreas grises que persisten en la estrategia estadounidense.

“Esa impecable acción militar de la que tanto alardea Trump desde el punto de vista del trazado de la hoja de ruta política es absolutamente ambigua”, estima.

Roldán, por su parte, no descarta una contramarcha que vuelva a poner en el tablero a Machado: “Hemos visto la forma en que Trump cambia de opinión. Si Delcy le falla, si el chavismo le falla, que es altamente factible que lo haga, él va a buscar otro aliado para lograr sus intereses, y ahí es donde puede entrar la oposición liderada por María Corina Machado”.

Esa aparente exclusión no es necesariamente inconveniente para la ganadora del Nobel de la Paz, según Fernández: “En el mejor de los casos, luego de la transición tutelada podríamos ir a una elección a la que concurrirá Machado como candidata principal, no aspirando a ser vicepresidenta. Y si sale mal, los costos recaerán sobre todo en Trump”.

¿Tiene futuro el chavismo?

Un proceso de reinstitucionalización plantea inevitablemente la pregunta sobre las posibilidades de supervivencia de las facciones del chavismo.

Luego de 26 años de control hegemónico que derivó en la diáspora de más de ocho millones de personas y con un proceso en la Corte Penal Internacional por la presunta comisión de crímenes de lesa humanidad, ¿podría el chavismo volver a tener una opción que no se sostenga por la vía de la fuerza?

Los expertos creen que sí, pero antes será necesario “recuperar un mínimo de confianza entre los actores, entre las diferencias políticas internas y las diferencias geopolíticas externas”, como indica Piero Trepiccione.

Esta condición, según el experto, es ineludible para futuros procesos electorales, para que los resultados puedan ser aceptados por todos y esa aceptación permita un “mínimo de institucionalidad que permita un margen de gobernabilidad”.

“En Venezuela el tema de la gobernabilidad inclusiva es el gran tema, el chavismo puede estar debilitado a nivel de preferencias, pero sigue siendo una fuerza de control territorial. Ahora viene un capítulo de reconstrucción de esa mínima confianza. Se está tratando de evolucionar hacia un juego de suma variable, en el que los factores políticos puedan ganar o perder sin que eso signifique su fin”, explica Trepiccione.

“Todos los actores políticos necesitan participación en un proceso de transición para representar los intereses de todos en un escenario de reinstitucionalización”, apunta Roldán.

Betzabeth Jaramillo ve una posibilidad de supervivencia más allá de la necesidad coyuntural de gobernabilidad que garantiza Delcy Rodríguez.

“El chavismo a largo plazo podría mantenerse si logra reconfigurarse y cambia su modelo. Eso es algo que tal vez ya estamos viendo. La posición de Delcy Rodríguez hacia Estados Unidos ha sufrido un cambio radical. Al mismo tiempo, tratar de mirar a la población a la que ha vulnerado durante años también es un tipo de cambio”, apunta Jaramillo.

Para Carmen Beatriz Fernández, Delcy Rodríguez podría tener la llave de esa supervivencia: “Hay dos modelos de cambio político: el de borrón y cuenta nueva y aquel en el que un actor del régimen hace una ‘perestroika’, unas reformas desde adentro y hacia adentro, como lo que acaba de suceder en Bolivia con (el expresidente Luis) Arce. En ese esquema de transición tutelada, el puente es Delcy Rodríguez”.

Trump se refirió este 6 de enero a una “cámara de tortura en el centro de Caracas que están cerrando ahora”, en alusión al centro “penitenciario” Helicoide, en lo que parece sugerir un cambio de posición sobre los presos políticos.

Lo cierto es que el elemento de fuerza sobre el tablero tiene el pulso suficientemente firme para viabilizar una apertura a un cambio de régimen en Venezuela, más allá de la retórica del impulso a la recuperación económica.

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