La corrupción en República Dominicana no es un fenómeno aislado ni un simple desvío administrativo. Es una práctica sistemática que se ha incrustado en la cultura política y empresarial, convirtiéndose en un verdadero cáncer social que erosiona la confianza ciudadana y debilita las instituciones.
Así la ha descrito el psicólogo Luis Norberto Verges, en el artículo para Acento.com.do “Psicología de la corrupción: Radiografía mental de los depredadores silenciosos”, en el cual nos recuerda que detrás de cada acto corrupto existe una mentalidad depredadora, “un patrón psicológico que normaliza el abuso de poder y la manipulación de recursos públicos”. Para el especialista no se trata solo de delitos, sino de una forma de pensar que legitima la impunidad.
De una forma creciente, en República Dominicana, la corrupción se disfraza de astucia, se celebra como “viveza criolla” y hasta se tolera como si fuera inevitable. Esta aceptación social es tan peligrosa como el acto mismo, porque perpetúa un círculo vicioso donde los corruptos se sienten protegidos por la indiferencia colectiva.
El análisis psicológico que realiza Verges a los corruptos revela que estas personas se perciben como intocables, convencidos de que su poder los coloca por encima de la ley. Y, es precisamente esa mentalidad de superioridad la que debemos desmontar, porque ningún ciudadano, ninguna ciudadana, debería estar por encima de la justicia. Ahora bien, la justicia no debe tener ni sombras de los privilegios.
La corrupción también se alimenta de la complicidad silenciosa, como un pacto intra poder. Funcionarios, empresarios y ciudadanos que miran hacia otro lado se convierten en cómplices pasivos. Este silencio es el combustible que mantiene viva la maquinaria corrupta.
Es hora de que la sociedad dominicana deje de ver la corrupción como un espectáculo mediático y la entienda como una amenaza existencial, y en esto coincidimos plenamente con el doctor Vergés. No basta con indignarse en redes sociales: se necesita acción, vigilancia ciudadana y presión constante sobre las autoridades.
La educación juega un papel clave. Debemos formar generaciones que entiendan que la corrupción no es un camino hacia el éxito, sino una traición a la patria, una verdadera traición que ya Juan Pablo Duarte visualizaba en el proyecto de nación que nos legó.
¡La ética debe ser tan importante como las matemáticas en nuestras escuelas!
República Dominicana no puede aspirar a un desarrollo sostenible mientras la corrupción siga siendo la norma. Este es un llamado a la conciencia colectiva: reconocer la psicología de los depredadores silenciosos es el primer paso, y le agradecemos el trabajo intelectual al doctor Verges, pero el verdadero desafío es construir una cultura de integridad que expulse la corrupción de nuestras instituciones y de nuestras vidas.
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