Los fundadores de la Constitución de los Estados Unidos decían que todos los hombres comparten las mismas fragilidades de la naturaleza humana caída y que había que vigilar más al guardián que al ciudadano común.

La historia ha demostrado que las personas tienden a corromperse cuando tienen poder y también a explotar a los demás cuando los perciben que se encuentran en una posición de vulnerabilidad e indefensión.

En relación al fenómeno complejo de la corrupción, es triste la posición de indefensión de la población, debido a las triquiñuelas estructurales que facilitan prácticas depredadoras y engañosas que parecerían no ser aisladas sino más bien sistemáticas.

Independientemente del sigilo con que ocurren los actos de corrupción, su impacto negativo deja serias laceraciones morales, que normalizan en el tiempo formas de comportamientos donde el engaño y la depredación de lo público son asimilados como conductas tradicionales, modelando de esta forma un patrón repetitivo de manifestaciones de este tipo, en todos los peldaños de la pirámide social.

Las consecuencias de la corrupción son tanto materiales, morales como emocionales, y dentro de estas manifestaciones se encuentran:

  • Desfalco de recursos tanto públicos como privados en detrimento de la confianza de la población.
  • Empobrecimiento de víctimas directas y colaterales de los desfalcos.
  • Menos recursos disponibles para actividades de desarrollo humano (salud, educación, derechos humanos, esperanza y calidad de vida de la población, entre otros).
  • Promoción de la cultura del desfalco que se expande cada vez mas
  • Desmoralización e impotencia de la población, provocando el peligroso fenómeno de la desesperanza e indefensión aprendida.
  • Aumento del enojo y la frustración de la población
  • Desconfianza en las instituciones y los actores que las dirigen
  • Acumulación silente de ingredientes explosivos que con el tiempo se pueden traducir en acciones violentas para repudiar la corrupción.

Dadas las anteriores manifestaciones y el costo social que representan, es que me animo a desarrollar en este artículo una de las primeras propuestas para el análisis psicológico de este fenómeno, tomando en consideración que abarca a todos aquellos con poder, entre ellos: autoridades estatales, los poderosos de las grandes corporaciones, organizaciones religiosas, funcionarios de todo emprendimiento empresarial, y todo aquel que de alguna forma no rinde cuenta por administrar aquello que no les pertenece.

La corrupción en términos psicológicos, es una derrota de la capacidad humana ante la promesa de un sistema de recompensas que promete felicidad, dicha y prosperidad inmediatas, características que resultan irresistibles para aquellas personas de mentalidad de corto plazo, que solo buscan las recompensas del momento, sin importarles el impacto de sus acciones en toda la población a mediano y largo plazos.

Después de observar y estudiar el fenómeno de la corrupción durante unos 30 años, y como ciudadano siendo dañado por el mismo, me animo a proponer un sistema taxonómico que nos ayude a entender desde el punto de vista psicológico estos personajes tan comunes en nuestro entorno. De igual forma, avanzaré algunas características que comparten en común, entre ellas:

  • Suelen ser hábiles para ganar el favor y la confianza de la gente.
  • Contemplan en sus maquiavélicos presupuestos, la bondad fingida para compartir algo de lo que depredan con aquellos que necesitan como cómplices.
  • Apelan al populismo y la fragilidad emocional de quienes inicialmente confían en ellos para que los validen en sus puestos.
  • Venden ternura, compasión y un discurso altisonante cargado de una retórica moralista de gente “intachable”.
  • Muestran una doble fachada que se expresa con dos vidas contrapuestas: 1) la imagen privada que pocos conocen hasta que estallan los escándalos y 2) la imagen pública de gente solidaria, colaboradora, afectiva y popular, que ofrece abrazos y caricias a las personas del mismo pueblo que, con sus acciones depredadoras su pobreza logra perpetuar.
  • En sus mentes predomina un sesgo de bajo impacto, es decir, una idea distorsionada de que nunca sus acciones serán descubiertas.
  • En su imaginario no se ven como personas depredadoras sino más bien merecedoras; entienden que desfalcar el erario más que un acto de maldad es una gran oportunidad para sus vidas y de sus secuaces.
  • Toman el pulso a la población y concluyen que esta solo reacciona cuando se roba demasiado, así que por un buen tiempo solo roban “lo normal”.
  • Cuando son atrapados, juzgados o procesados, sienten que son objeto de una gran injusticia, por lo que se le dispara el cortisol debido al estrés y se enferman con facilidad.
  • Tienen inteligencia promedio, la cual les permite comprender la falta de idoneidad de sus acciones, así como también la debilidad de una estructura burocrática que deja serias brechas de las que luego se aprovechan o explotan.
  • La mayoría suelen ser bastante peligrosos, llegando incluso a la violencia extrema cuando presienten que pueden ser descubiertos o no pueden comprar el silencio de sus potenciales delatores.
  • Aunque su inteligencia cognitiva es promedio, su inteligencia moral es mínima, llegando a carecer de la empatía necesaria para inhibirse ante las tentaciones.
  • Tienden a sobreestimar su capacidad de engañar a los demás, a la vez que subestiman a los ciudadanos creyendo que son tontos que nunca reaccionarán ante sus acciones.
  • Se perciben a sí mismos como parte de una casta dominante y a los demás como prisioneros que reaccionarán de forma pasiva ante sus estrategias de dominación.
  • Estas personas desarrollan un sesgo de posesividad que les lleva a asociar de forma automática la palabra poder, con un permiso social para enajenar el erario público o empresarial como algo propio y con lo cual pueden hacer lo que quieran.

Así como están presentes las antes citadas características compartidas, también hemos identificado tipos de personas corruptas con características más particulares. Los casos que más resaltan de la taxonomía que propongo son:

El corrupto psicopático

Es quien depreda el erario sin ningún tipo de remordimiento. Su inteligencia promedio le permite saber que está violando normas y dañando a otros, pero no le importa. Para estas personas solo interesan aquellos que favorecen sus intereses. Los seres humanos son simples instrumentos que cobran sentido para sus vidas siempre y cuando complazcan sus caprichos.  Suelen ser bastante peligrosos cuando están a punto de ser descubiertos, así como cuando hacen propuestas indecentes y no son complacidos. Muchos de ellos apelan al ultimátum criminal de “plata o plomo”. El solo hecho de darse cuenta que están haciendo algo reñido con las leyes y las buenas costumbres les genera una sensación placentera.

El corrupto altruista o solidario

Es el que desfalca sin piedad y luego reparte algo de lo robado. Es una especie de expiación de culpa que al distribuir una porción de lo robado a manera de ayudas “solidarias,” convierte en cómplices pasivos a sus receptores. Es como si estuvieran orgullosos de ser “corruptos buenos” “sensibles y preocupados” por su pueblo.

El corrupto compulsivo

Es el que roba para calmar su ansiedad. Tiene profundos vacíos emocionales, así como una vida carente de significado, el cual tratan de encontrar a través del poder, el estatus y la competencia desenfrenada orientada a igualarse con quien puede y tiene más. Los actos de corrupción para estas personas son una fuente de dopamina cuya activación placentera depende de que cada vez sustraigan cantidades de dinero más altas. Se tornan más insaciables debido a que en su imaginario perverso entienden que solo sustrayendo y desfalcando calmarán la angustia de vivir una vida vacía de significado. Convierten el dinero sustraído en instrumentos para conquistas superficiales (seducción y compra de sexo, hacer ostentación de grandeza económica, idealización de pertenecer a una casta social elevada y de estatus especial).

El corrupto colectivista

Es el que roba a nombre de una causa de grupo o partidaria. No suelen tener remordimiento porque la responsabilidad se disipa alegando que otros grupos o partidos han robado igual o más. Las mentalidades colectivistas llevan a estas personas a emprender actos de corrupción desenfrenados, inspirados por la percepción sesgada de que “ya que voy a robar, es mejor coger mucho” “no vale la pena embarrarse por poco” “si los otros lo hicieron por que los nuestros no”. Suelen ser los corruptos más estratégicos y por tanto los que hacen los mejores amarres. Aprovechan muy bien las conexiones y suelen recibir un gran espaldarazo de gente que mira para el otro lado cuando están emprendiendo sus acciones.

El corrupto narcisista

Es el que depreda el erario para lograr un estatus por encima de los que no lo hacen; se sienten más grandes que los demás, no tan solo por el poder que viabiliza el dinero, sino por la osadía de hacer algo que muchos no se atreven. Tienen una propensión a humillar a los demás, lo cual no podrían hacer sin contar con el medio que aporta el dinero y las posiciones que ocupan. Suelen ser personas que vivieron unas vidas muy carenciadas y con los actos de corrupción logran eclipsar de su memoria los malos recuerdos de un pasado carenciado y sin estatus. Sin embargo, en algún momento descubren que el dinero no siempre les devuelve lo que el pasado de sus vidas les negó. Esto aumenta su frustración, la cual descargan con rabia, consumiendo emocionalmente a quienes están a su alrededor.

El corrupto histriónico

Es quien incurre en actos de corrupción para llamar la atención de los demás, ostentando teneres y, siendo el centro de atención al verse involucrado en excesos que los lleva a estar en boca de todos. Los corruptos histriónicos suelen pertenecer al perfil más fácil de detectar de parte de investigadores o representantes de la ley, puesto que el gran premio del botín que sustraen es exhibirlo. Cuando no logran impresionar, la falta de sonido en relación a su persona les deprime de tal forma, que para salir de ahí hacen cualquier cosa con tal de ser notados.

El corrupto hedonista

Es el que roba por el placer de robar. Aprende a ver los actos de corrupción como acciones divertidas y retadoras que generan un gran placer. Viven momentos de tensiones cuando por alguna razón están a punto de ser descubiertos. La descarga de adrenalina temporal que esto les produce los pone en alerta para dar paso a la activación de dopamina, con la consiguiente sensación placentera cuando logran salirse con las suyas y, terminan viviendo esto como si fuese un logro personal.

El corrupto nepotista

Es el que incurre en actos de corrupción para beneficiar a miembros de la propia familia, con quienes actúan en muchas ocasiones en complicidad. Las estrategias de nepotismo transitan desde medios directos como asignación de posiciones importantes en el tren estatal, hasta el beneficio indirecto, al favorecer con privilegios y ventajas competitivas a parientes cercanos y lejanos. El aspecto crucial de su psicología es la imposibilidad de romper la fusión y lealtad rígida a la familia, a quienes se les quiere demostrar fidelidad a cualquier precio.

El corrupto generalista

Es el que tiene rasgos de todos o algunos de los perfiles combinados antes mencionados; es el más difícil de detectar y neutralizar. Sabe nadar en todas las aguas.

A manera de conclusión y a partir de la taxonomía de nueve tipos que propongo para analizar desde el punto de vista psicosocial a las personas corruptas, es importante que reflexionemos en relación a las siguientes preguntas:

  1. ¿Es posible terminar con los actos de corrupción?
  2. ¿Podría una persona corrupta dejar de serlo?
  3. ¿Hasta qué punto las mismas estructuras institucionales creadas para combatir la corrupción evidencian brechas que no permiten neutralizar las acciones de estas personas? ¿Cómo vigilar a quienes vigilan?
  4. ¿Acaso la inteligencia moral de muchos dominicanos ha colapsado hasta el punto que se hace difícil asimilar las claves éticas que regulan el comportamiento que impida los actos de corrupción?

Independientemente de las respuestas a estas preguntas, lo cierto es que el silencio es el principal cómplice de las acciones corruptas; hay verdades silenciadas que como dijera Nietzche, se convierten en veneno.

La corrupción no es un acto aislado; es un sistema abusivo; los sistemas abusivos de este tipo colapsan cuando suficiente gente se niega a participar; se debilitan o desaparecen cuando suficiente gente se convence de que no es correcto; porque una cantidad de personas valientes documenta la verdad; estos sistemas abusivos desaparecen cuando a nadie se le ocurre justificar o excusar sus acciones. Cuando retiramos nuestra aprobación y nos convencemos de que el bienestar de la población importa más que seguir encubriendo injusticias. En conclusión, los actos de corrupción desaparecerán cuando nos podamos convencer de que debemos dejar de cubrir con el manto de lo normal o tradicional todo aquello que nos roba la dignidad.

Luis Norberto Verges

Soy psicólogo clínico y terapeuta familiar y de pareja; doctorado en Ciencias de la Salud; coordino varios proyectos sociales a través del Centro Profesional Psicólogos Unidos Inc.

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