Toda mi vida he criticado el autoritarismo, especialmente cuando proviene de gobernantes que buscan imponer agendas inconsultas, desconectadas de la voluntad de sus pueblos. La experiencia histórica demuestra que el autoritarismo, sin importar su signo ideológico, termina erosionando la legitimidad del poder, debilitando las instituciones y fracturando el tejido político y social.
Sin embargo, hoy no puedo permanecer en silencio ante una manifestación distinta y potencialmente más peligrosa de ese fenómeno: el autoritarismo ejercido a escala global. Aquel que no se limita a la política doméstica, sino que pretende reescribir, desconocer o desmontar acuerdos, normas, tratados y alianzas internacionales que han sido pilares fundamentales de la estabilidad global desde el final de la Segunda Guerra Mundial.
Conviene hacer una distinción fundamental. Esta deriva no representa necesariamente la voluntad ni los valores de las mayorías en los Estados Unidos, un país con profundas tradiciones democráticas, institucionales y multilaterales. Se trata, más bien, de una expresión concreta del autoritarismo contemporáneo, que tiende a personalizar el poder, a deslegitimar los contrapesos y a confundir liderazgo con imposición. Ignorar esta diferencia sería tan injusto como políticamente peligroso.
La historia ofrece precedentes claros y aleccionadores. El Imperio Romano, en su etapa tardía, confundió poder con coerción y sustituyó consensos políticos por imposición militar, acelerando su fragmentación interna y la pérdida de control sobre sus periferias. El Imperio Español del siglo XVII, convencido de su supremacía, ignoró el agotamiento fiscal, el aislamiento diplomático y la progresiva pérdida de aliados estratégicos, iniciando un largo proceso de declive. Más recientemente, el Imperio Británico comprendió tras la crisis del Canal de Suez que la hegemonía sin legitimidad internacional ni alianzas sólidas era insostenible en un mundo cada vez más interdependiente.
Hoy observamos señales inquietantemente similares. Estados Unidos, bajo este enfoque unilateral, no solo tensiona el principio de soberanía de otros Estados, sino que debilita el multilateralismo como mecanismo esencial de equilibrio, cooperación y contención de conflictos. La creencia de que una potencia puede sostener su liderazgo ignorando reglas compartidas y subordinando alianzas históricas a decisiones unilaterales ha sido desmentida repetidamente por la experiencia histórica.
El distanciamiento con Europa resulta particularmente revelador. Las alianzas transatlánticas no fueron simples arreglos circunstanciales, sino construcciones estratégicas diseñadas para evitar el retorno de un sistema internacional regido por la ley del más fuerte. Al erosionarlas, Washington empuja a Europa a replantear su arquitectura de seguridad y a explorar contrapesos en otras potencias, incluyendo a China, alterando un equilibrio que durante décadas favoreció, en primer lugar, a los propios Estados Unidos.
Este reacomodo del sistema internacional se observa también en decisiones recientes fuera del eje tradicional atlántico. El acuerdo alcanzado entre el MERCOSUR y la Unión Europea, más allá de los debates internos que aún genera, envía una señal inequívoca: mientras algunos actores se repliegan hacia el unilateralismo, otros apuestan por reglas, acuerdos y cooperación estructurada. El mundo no se detiene; se reorganiza.
El caso de Canadá refuerza esta advertencia. Un aliado histórico, profundamente integrado a la economía estadounidense, que ante la creciente incertidumbre y la politización de la relación bilateral ha comenzado a diversificar activamente sus vínculos comerciales y estratégicos, incluyendo un mayor acercamiento pragmático con China en sectores clave. Cuando incluso los socios más confiables sienten la necesidad de buscar alternativas, el problema deja de ser coyuntural y se vuelve estructural.
Para América Latina y el Caribe, este escenario plantea riesgos adicionales. Una potencia hegemónica menos comprometida con el multilateralismo y más inclinada a la imposición unilateral reduce los márgenes de maniobra de países medianos y pequeños, incrementa la presión geopolítica y reabre espacios de competencia entre grandes potencias en la región. La experiencia histórica regional es clara: cuando las reglas se debilitan y los consensos se rompen, los más vulnerables suelen pagar el mayor costo.
La paradoja histórica es evidente. Las grandes potencias no pierden influencia cuando cooperan, sino cuando confunden hegemonía con imposición. Los imperios no colapsan por exceso de normas, sino por la arrogancia de creer que pueden prescindir de ellas. Y si la historia sirve de guía, el mayor riesgo para Estados Unidos hoy no es el ascenso de otras potencias, sino la posibilidad real de terminar más aislado, con menos aliados, menor credibilidad y una capacidad de liderazgo cada vez más limitada en un mundo que ya no responde a órdenes, sino a equilibrios.
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