Es el aniversario más ominoso de la sociedad dominicana. Ocurrió el 8 de abril de 2025, a las 12:44 minutos de la medianoche, en la discoteca Jet Set, ubicada en el sector El Portal, de Santo Domingo.

Centro de perfil alto, para personas que gustaban de disfrutar la música en vivo, un ambiente de alegría, grupos musicales de fama, de República Dominicana y otras naciones caribeñas. Allí todo era alegría, y ese día amenizaba la orquesta del merenguero Rubby Pérez, la más alta voz del merengue dominicano.

En el lugar disfrutaban y trabajaban alrededor de 500 personas. Fragmentos del techo caían con frecuencia. Un antiguo cine estuvo en ese lugar, los propietarios reorganizaron para permitir más espacios y una buena pista de baile, con luces en su base.

Esa madrugada intensa, repleta de alegría y goces, mientras Rubby Pérez interpretaba su merengue De Color de Rosa, el techo comenzó a ceder. Grandes y pesados altavoces soportaban un techo de cimientos débiles, que cargaba planta eléctrica de emergencia, tanques de almacenamiento de agua y otros objetos de gran peso. Y aquello cayó encima de la multitud.

La noche más trágica de la historia dominicana. Por lo menos 236 personas murieron aplastadas o como consecuencia de la caída del techo. Otras 180 personas resultaron lesionadas, mutiladas o con heridas en el cuerpo y en el alma.

Cada fallecido, cada mutilado, cada ser humano que estuvo en la tragedia, o que debió acudir para escarbar entre los escombros, buscando familiares hijos, padres, murió de algún modo, como lo sintió y lo sufrió la sociedad en su conjunto. La tristeza se convirtió en pesar, en dolor, en depresión colectiva, como fue registrado por los profesionales de la salud mental. No es cierto que la tragedia solo afectó a los que estaban allí y a sus familiares. Afectó al país. Y cada historia personal trágica se hizo colectiva.

Y cada día, desde hace un año, ha sido una tragedia vivida en particular por los deudos, por los hijos huérfanos, los padres y madres sin forma de reconciliar el sueño o las esperanzas. Cada ciudadano de República Dominicana se recogió, y al entrar en centros de alta concentración miraba hacia arriba, preguntaba por la solidez del techo. Muchos establecimientos debieron comenzar a revisar las cargas que colocaban sobre sus edificaciones.

Y luego llegaron las autoridades y las investigaciones, y los estudios de las estructuras, y los análisis de cemento fraguado, y las columnas eliminadas, y las grabaciones y testimonios de advertencias a los propietarios del centro de diversión.

Y el Ministerio Público decidió calificar la responsabilidad de los propietarios como homicidio involuntario. Y los dramas de los familiares y deudos sufriendo la lentitud de la justicia, la parsimonia de los jueces, las estratagemas legales de los abogados defensores… Nueva tragedia.

Todo ciudadano tiene derecho a la defensa, a la presunción de inocencia, a ser tratado con decencia en lo que un tribunal decide su responsabilidad al algo tan doloroso.

¿Y los hijos huérfanos? ¿Y los padres y madres de jóvenes, mujeres y hombres, muertos aplastados? ¿Y los abuelos y su dolor inmenso? ¿Y los hermanos y hermanas de las 236 personas? ¿Quién garantiza el derecho a la justicia? ¿Quién se atreve a tomar decisiones para que jamás vuelva a ocurrir un descuido tan inmensamente cruel, por ganarse unos pesos de más, en un lugar de alto consumo y que garantizaba seguridad, desde la entrada hasta la salida, con guardias de seguridad fortachones?

El primer año de la tragedia nos vuelve a atravesar el alma. Es un dolor que jamás olvidaremos, ni los familiares, ni los testigos, ni los que sentimos que perdimos parte de nuestro ser con esa tragedia, aunque no se encontrara allí ningún familiar. Como bien dijo Terencio, “nada humano me es ajeno”.