«Tiempo mendigo que decidió borrarse el rostro»
—Felix Betances
El presente análisis se articula a partir del ensayo “Piedra de sol y el tiempo en Octavio Paz” del escritor Basilio Belliard, una entrada a la cosmovisión paciana y al sentido psicológico de ‘’Piedra de sol’’, una lectura que ilumina sin clausurar. Desde esa mirada, la concepción del tiempo en Octavio Paz se despliega como una exploración profunda de la conciencia, del yo escindido y de su anhelo de integración. El tiempo, en este marco, deja de ser una categoría abstracta para convertirse en una vivencia psíquica que estructura la identidad, la angustia y el deseo.
¿Existe en Paz una conciencia del tiempo ligada a la angustia existencial? Desde una perspectiva psicológica, el sufrimiento humano en su obra nace precisamente de esa conciencia temporal. Saber que el tiempo transcurre implica conciencia de finitud, sensación de pérdida y temor a la disolución del yo. Esta lucidez genera ansiedad, insomnio y desasosiego: estados mentales recurrentes en su poesía. El tiempo actúa así como una fuerza psíquica que erosiona la identidad.
El yo escindido y la figura del doble emergen como consecuencias de esta experiencia temporal. El sujeto poético se percibe fragmentado entre lo que fue, lo que es y lo que imagina ser. De ahí la presencia del doble, figura psicológica del desdoblamiento de la conciencia, cercana a Unamuno, Pessoa y al surrealismo. El doble es testigo de la angustia: el yo se observa a sí mismo al pasar.
El instante, en cambio, aparece como posibilidad de integración psíquica. En él cesa la rumiación del pasado, se suspende la ansiedad del futuro y la conciencia se unifica. Desde una lectura afín a la psicología fenomenológica, el instante es una experiencia de presencia plena, donde el yo deja de fragmentarse y se vive como totalidad.
El amor y el erotismo funcionan como mecanismos de disolución del yo aislado. Psicológicamente, el encuentro con el otro permite salir del encierro narcisista, aliviar la soledad ontológica y restaurar la continuidad del ser. El cuerpo amado actúa no solo como objeto de deseo, sino como espacio de integración.
El tiempo en Paz está íntimamente ligado a la memoria, y esta se revela como una fuente ambivalente: preserva la identidad, pero intensifica el duelo y la nostalgia. El pasado no es refugio, sino carga psíquica. Por ello, el poeta anhela un presente no contaminado por la pérdida.
El mediodía simboliza un estado mental de claridad, atención y equilibrio. Psicológicamente, representa un momento de máxima lucidez: la percepción se afina, el pensamiento se aquieta y el mundo se presenta sin distorsiones. Se aproxima a estados que hoy se describen como conciencia plena o atención abierta.
El sueño y el insomnio revelan la permeabilidad entre lo consciente y lo inconsciente. Paz explora esa zona liminal donde emergen imágenes arquetípicas, el tiempo se vuelve elástico y el yo pierde rigidez. En este punto, el poema funciona como una asociación libre controlada, cercana al método surrealista.
En ‘’Piedra de sol’’, el tiempo es una experiencia psíquica que fragmenta al yo y genera angustia, pero que también ofrece la posibilidad de integración. La poesía, el erotismo y el instante operan como estrategias de reparación psíquica, permitiendo al sujeto reconciliarse consigo mismo y habitar el presente sin desgarro. Desde una perspectiva psicológica, Paz propone que la salud del ser no consiste en dominar el tiempo, sino en habitarlo sin miedo, desde la plenitud del ahora.
El sentido metafórico del tiempo en ‘’Piedra de sol’’ y en la obra de Octavio Paz se construye como un sistema de imágenes simbólicas que traducen experiencias existenciales, espirituales y psicológicas. El tiempo no se nombra de manera abstracta: se encarna en metáforas que lo vuelven visible, sensible y vivible.
El sol, metáfora central, representa el tiempo absoluto. No alude únicamente a la luz o al día, sino al ritmo cósmico del devenir: es permanencia y movimiento, origen y desgaste, centro alrededor del cual gira la vida. En ‘’Piedra de sol’’, el sol no avanza, permanece, sugiriendo un tiempo que no progresa, sino que arde. La estructura circular del poema funciona como una metáfora formal del tiempo: el círculo simboliza el eterno retorno, mientras la espiral sugiere repetición con transformación.
El tiempo no pasa: gira.
Una espiral de luz
se muerde la cola
en el centro del día.
Todo avanza
para quedarse.
El instante se abre
como una herida solar:
no sangra,
alumbra.
Estoy aquí: dice el tiempo
y al decirlo
se desdice.
Presente sin orillas,
fecha viva:
un paso detenido
en el acto de caer.
El movimiento descansa
en su propio vértigo.
El tiempo retorna, pero nunca es idéntico: vuelve con una leve variación, como la conciencia. El río encarna el tiempo heracliteano: fluye sin detenerse, arrastra la memoria y borra las huellas del yo. A diferencia del sol, el río expresa la dimensión trágica del tiempo: lo que pasa no vuelve.
El fuego, por su parte, es metáfora del tiempo como fuerza devoradora: quema el pasado, disuelve el presente y anticipa la muerte. El tiempo no solo transcurre, consume. Por ello, el fuego aparece ligado a la angustia y a la destrucción del ser.

El mediodía simboliza el instante detenido: la luz es vertical, no hay sombras y el tiempo parece suspenderse. Metafóricamente, es el momento en que el ser coincide consigo mismo.
La mujer funciona como metáfora del origen y de la totalidad. La figura femenina representa el principio creador, centro del cosmos, espacio donde el tiempo se reconcilia. El cuerpo femenino no pertenece al tiempo histórico, sino al tiempo mítico, donde todo vuelve a comenzar.
La noche y el sueño son metáforas del inconsciente. La noche representa el tiempo interior: confuso, fragmentado y onírico. El tiempo se dilata, se rompe y se contradice; es el territorio del deseo y del recuerdo.
La piedra simboliza el tiempo petrificado, la duración inmóvil: memoria endurecida, permanencia silenciosa, resistencia al desgaste. Es el tiempo detenido que, paradójicamente, conserva la huella de todos los tiempos.
En síntesis, en ‘’Piedra de sol’’ el tiempo se expresa como sol que arde, río que huye, fuego que devora, círculo que retorna, mediodía que suspende y piedra que conserva. Paz no define el tiempo: lo hace visible. Cada imagen es una forma de decir que el tiempo no se piensa solamente, sino que se vive, se quema y se contempla al mismo tiempo.
En Octavio Paz, el tiempo es más que una categoría cronológica: es un problema del ser. El poeta no se pregunta cuánto dura el tiempo, sino qué significa existir en el. De ahí su afinidad con Heidegger: el tiempo no es algo externo al sujeto, sino la condición misma de la existencia humana. El hombre es tiempo porque es conciencia de su finitud.
Paz cuestiona la noción moderna y occidental del tiempo como línea progresiva (pasado, presente y futuro). Esta visión, heredada del cristianismo y de la racionalidad histórica, conduce a la angustia, a la espera infinita y a la alienación. El progreso no redime: solo posterga el sentido.
El tiempo mítico y cíclico, propio de las culturas prehispánicas y orientales, aparece como alternativa, aunque no como solución definitiva. Paz no idealiza el eterno retorno: advierte que la repetición infinita también puede convertirse en condena; el círculo puede transformarse en prisión.
La verdadera salida filosófica no es ni la línea ni el círculo, sino el instante: un presente absoluto, una “quietud en el centro del movimiento”, un punto de intersección entre devenir y eternidad. Aquí el tiempo se suspende sin desaparecer. No se niega el fluir, pero se lo atraviesa.
Este instante es experiencia estética, erótica y espiritual. El cuerpo, especialmente el cuerpo femenino, se erige como símbolo amoroso y principio cosmológico.
El tiempo es una piedra
que late.
Rueda sin avanzar,
regresa sin volver.
Historia y mito
se miran
en el espejo del cuerpo.
La mujer,
calendario vivo,
abre el círculo
con su respiración.
En su piel
el tiempo aprende
a demorarse.
Ni origen ni final:
el poema gira
como Venus en la noche clara.
El instante se incendia
y, al apagarse,
permanece.

El erotismo permite salir del tiempo histórico para ingresar en un tiempo pleno. Amar es habitar el presente sin residuos del pasado ni ansiedad por el futuro. El mediodía simboliza el momento en que el tiempo deja de proyectar sombras. Filosóficamente, representa la presencia pura, donde el ser coincide consigo mismo. Es el instante de claridad ontológica: no hay promesa ni memoria, solo ser.
El haiku, el tantrismo y el pensamiento oriental refuerzan esta concepción: el tiempo verdadero no es sucesión, sino presencia continua. “El presente es perpetuo” no es una metáfora, sino una tesis filosófica. La muerte no destruye al ser; destruye el tiempo. Frente a ello, la poesía se convierte en un acto de resistencia. Crear es suspender la muerte por medio del instante poético. El poema no vence al tiempo, pero lo fisura.
Desde esta perspectiva, ‘’Piedra de sol’’ propone que el ser humano sufre porque es consciente del tiempo. Ni la historia ni el mito salvan por sí solos. Solo el instante vivido plenamente erótico, poético y luminoso reconcilia al hombre con su plenitud. La poesía no explica el tiempo: lo encarna. En Paz, el tiempo deja de ser una medida para convertirse en una experiencia del ser.
Lo espiritual, en su poética, no consiste en escapar del tiempo, sino en atravesarlo. El tiempo ordinario, fragmentado, sucesivo, ansioso es una forma de exilio. La espiritualidad emerge cuando el poeta accede a un tiempo otro: un tiempo interior donde el presente se vuelve absoluto. No es cronológico, sino vivencial y revelador: un instante que ilumina.
El instante en Paz es una epifanía espiritual. En él, el yo se disuelve momentáneamente y accede a una totalidad: no hay pasado ni futuro, no hay carencia ni espera. Por eso puede afirmar: “ya soy eterno, en la plenitud del tiempo”. La eternidad no está después de la vida: habita el ahora.
El erotismo en ‘’Piedra de sol’’ no es profano, sino sacramental. El cuerpo amado funciona como umbral hacia lo absoluto. En la unión amorosa, el tiempo se suspende, el yo deja de estar solo y el mundo recupera su sentido. La espiritualidad no se opone al cuerpo; se encarna en él, en consonancia con el tantrismo y ciertas corrientes místicas orientales.
El poema recupera el tiempo mítico como memoria espiritual del origen. No se trata de nostalgia histórica ni de regresar a un estado primordial, sino de restaurar una unidad perdida, aquella en la que el ser humano no estaba escindido del cosmos. El mito devuelve una coherencia ontológica que la historia fragmenta.
El mediodía simboliza un estado espiritual de claridad plena. No es solo luz física, sino iluminación interior. La conciencia se aquieta, el mundo se vuelve transparente y el tiempo deja de pesar. Es un momento de revelación silenciosa, cercano a la experiencia mística.

El sol no camina.
Respira.
La luz cae vertical
sobre las cosas
y las despoja del ayer.
No hay sombra:
el tiempo ha soltado su reloj.
Un pájaro inmóvil
sostiene el aire
con un ala.
Todo ocurre ahora
y ahora es siempre.
El mundo se vuelve transparente:
una sílaba de fuego
pronunciada por el silencio.
Aquí,
la eternidad no promete:
presencia.
La influencia oriental permite a Paz pensar una espiritualidad no religiosa, desprovista de promesas de salvación futura. El sentido no está en otro mundo, sino en la presencia total en este. De ahí su afinidad con el haiku y la contemplación. Escribir poesía es, para Paz, un acto de despertar. El poema no predica ni explica: abre un espacio de presencia, un umbral donde el lector también puede experimentar la suspensión del tiempo.
A partir de ‘’Piedra de sol’’, Octavio Paz elabora una concepción del tiempo que no se limita a una reflexión estética, sino que se inscribe en una ontología de la experiencia. El tiempo aparece como la condición misma del sufrimiento humano en tanto conciencia de finitud, fragmentación y pérdida; sin embargo, también se revela como el espacio donde puede producirse la reconciliación del ser consigo mismo. Esta paradoja estructura toda la poética paciana: el tiempo hiere, pero también abre.
Ni la historia lineal ni el mito cíclico ofrecen, por sí solos, una salida definitiva. La historia conduce a la alienación del sentido; el mito, a la repetición que puede volverse clausura. Frente a ambas formas, Paz sitúa el instante como núcleo de resolución: un presente absoluto donde el devenir no se niega, pero se suspende, y donde la conciencia deja de escindirse. En ese punto de intensidad, el tiempo deja de ser sucesión para convertirse en presencia.
El erotismo y la poesía operan como vías privilegiadas de acceso a ese instante. No funcionan como evasión, sino como experiencia de integración: el cuerpo, lejos de oponerse a lo espiritual, se convierte en su mediación fundamental. En la unión amorosa y en el acto poético, el yo abandona su aislamiento, el tiempo histórico pierde su peso y el presente se vuelve habitable. Esta experiencia no promete salvación futura; ofrece, en cambio, plenitud inmediata.
Así, ‘’Piedra de sol’’ no propone una superación del tiempo, sino una forma distinta de habitarlo. La espiritualidad que emerge en la obra de Paz no se orienta hacia un más allá trascendente, sino hacia una intensificación del ahora. El instante erótico, poético, luminoso se afirma como lugar de revelación, donde el ser humano recupera, aunque sea fugazmente, su unidad perdida. En esa fisura del tiempo ordinario, la poesía no explica el mundo: lo restituye a su sentido.
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