En tiempos donde la prisa, las pantallas y el consumo fragmentado dominan la vida cotidiana, resulta pertinente preguntarnos qué espacios estamos creando, o defendiendo, para el encuentro familiar. No solo para estar juntos, sino para pensar juntos, imaginar juntos, reír juntos. El teatro, cuando asume este reto con honestidad artística, se convierte en uno de esos pocos territorios compartidos donde pequeños y grandes pueden coincidir sin jerarquías.
En ese contexto vuelve a escena Alicia en el país de las maravillas, una obra que suele ser reducida, erróneamente, a la categoría de “cuento o novela infantil”. Sin embargo, basta una mirada atenta para comprender que se trata de un texto profundamente filosófico, una exploración lúcida sobre el lenguaje, la lógica, el tiempo, la identidad y el sinsentido del mundo adulto.
Su autor, Lewis Carroll, fue una figura de gran ingenio. Matemático, lógico y narrador, construyó un universo donde el juego no es evasión, sino método; donde lo absurdo no es vacío, sino crítica; y donde la imaginación funciona como una forma legítima de conocimiento. En Alicia, las preguntas importan más que las respuestas, y la curiosidad se erige como valor ético.
Desde esta perspectiva, los personajes que pueblan el País de las Maravillas son figuras fantásticas, que plantean preguntas encarnadas y dialogan con el espectador, sin importar su edad.
Alicia representa la mente curiosa que aún no ha sido domesticada. Psicológicamente, es la infancia que pregunta; filosóficamente, el sujeto que busca sentido sin aceptar respuestas prefabricadas.
Necesitamos más espacios culturales donde las familias no solo consuman, sino dialoguen; donde una función teatral se prolongue en preguntas camino a casa
El Conejo Blanco encarna la ansiedad del mundo adulto. Vive atrapado en el tiempo, siempre tarde, siempre corriendo. Psicológicamente, representa la prisa y la angustia productiva; filosóficamente, es la metáfora de una sociedad que corre sin preguntarse hacia dónde va. No es casual que sea él quien arrastre a Alicia, y al espectador, a la madriguera inicial: entrar al País de las Maravillas implica detenerse y mirar aquello que normalmente evitamos.
La Reina de Corazones encarna el poder sin reflexión: la autoridad impulsiva que confunde mandar con tener razón. Es la caricatura del autoritarismo y del miedo disfrazado de control.
El Sombrerero Loco rompe la lógica del tiempo y la utilidad. No es locura clínica, sino pensamiento divergente: la creatividad que incomoda a un mundo obsesionado con la productividad y la eficiencia.
El Gato de Cheshire es la conciencia irónica del relato. Nos recuerda que ningún camino tiene sentido si no sabemos a dónde queremos ir, y que incluso la desaparición puede dejar una huella, la del pensamiento.
Finalmente, el Gusano formula la pregunta esencial: “¿Quién eres tú?”. No ofrece respuestas porque la identidad no se hereda ni se impone, se construye.
Hablar de teatro para toda la familia no significa simplificar los contenidos, sino construir capas de lectura. Significa ofrecer una experiencia donde el niño se maravilla, el joven se identifica y el adulto reflexiona. El buen teatro familiar no subestima a la infancia ni infantiliza al adulto: los convoca a ambos desde la inteligencia y la sensibilidad.
Necesitamos más espacios culturales donde las familias no solo consuman, sino dialoguen; donde una función teatral se prolongue en preguntas camino a casa; donde el escenario sea un punto de partida para conversar sobre quiénes somos, cómo pensamos y por qué el mundo, a veces, parece tan extraño como el País de las Maravillas.
Representar Alicia en el país de las maravillas en el teatro es, en el fondo, defender el derecho de las familias a imaginar juntas, a reflexionar sin solemnidad y a reencontrarse desde el juego. Porque el teatro, cuando es honesto y riguroso, no separa edades, las reúne.
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