Sinopsis

Un hombre atormentado por su pasado, quien se encuentra en un cementerio mientras reflexiona sobre la muerte, la venganza y los remordimientos que lo consumen. En medio de la quietud nocturna, Taloko García, vestido con largos ropajes y sosteniendo una pala, comienza a hablar sobre la naturaleza silente de la muerte, que no entiende de lamentos ni de palabras. A través de su discurso, revela su profundo sufrimiento por la frustración de no haber podido vengarse antes de que esa persona muriera. Su obsesión por la venganza lo lleva a revivir una serie de recuerdos dolorosos relacionados con una traición, lo que lo empuja hacia un estado de delirio en el que la idea de matar a su víctima, incluso después de su muerte, lo consume completamente. Con un tono cargado de rabia y desesperación, Taloko enfrenta su propio vacío emocional y el remordimiento de no haber actuado en el momento oportuno. A medida que el monólogo avanza, su odio se intensifica y se convierte en una obsesión por destruir a su enemigo, incluso en la muerte. La muerte, para él, es una presencia callada que lo acecha, y su venganza se convierte en un acto que lo redefinirá, como si fuera la única manera de encontrar la paz. En su mente trastornada, la venganza es su única salvación, y la muerte de su enemigo no será suficiente, ya que planea matarlo de nuevo, incluso después de su partida. El personaje se debate entre la rabia, el remordimiento y la necesidad de cumplir su venganza. En su delirio, llega a la conclusión de que la muerte y la venganza son inseparables, y sólo cuando logre cumplir su deseo de venganza, podrá encontrar una forma de morir en paz. La obra explora los límites de la locura humana y el impacto destructivo de no poder perdonar ni liberarse del dolor del pasado.
***

Un cementerio. Se escucha el sonido de los grillos. De vez en cuando un búho o un perro lejano que aúlla. Con una pala en la mano y vistiendo largos ropajes un hombre sale de entre las tumbas.
Taloko García: (Mirando a las tumbas) La muerte es muda. Muda. No hay más que eso. Cuando llega, no habla. No tiene voz, no tiene rostro. (Apoya la pala en una lápida, enciende un cigarrillo, sacude el fosforo y lo lanza al suelo) La muerte… ¿qué es la muerte? Muda. Silenciosa. Es como un dolor denso que se cierne, sobre todo, sobre todos. (Se sienta en una banqueta improvisada) En los velorios, le colocan gritos y silencios, como si eso pudiera cambiar algo. Como si gritar por la pérdida fuera a devolver lo que se ha ido, o callar fuera a devolverlo a la vida. Pero no. La muerte es muda, no entiende de lamentos, de lágrimas ni de palabras. (Saca una petaca de su bolsillo y se da un trago. Escucha un ruido, saca una pistola, se pone de pie, mira a todos lados, luego se sienta nuevamente) Por un momento pensé que habían venido por mí. Volviendo a lo de la muerte, no importa cuánto griten, cuánto lloren, ella sigue allí, implacable, sin responder. Como si los lamentos pudieran devolver a los muertos o borrar su ausencia. Pero no, la muerte no tiene voz. Sólo se queda, observando en su callada presencia, mientras nosotros nos retorcemos en la angustia. Y nos duele, nos quema el pecho, porque hay algo que no dijimos, algo que no dimos, algo que quedó atrás, flotando en el aire. Y ese vacío se convierte en lágrimas, en ese llanto que no se calma, que no se borra.
(Toma una escoba y barre en silencio, se detiene y se apoya en la escoba)
¿Qué se hace con esto? (Dándose con el puño en el pecho) ¿Con el remordimiento de no haberlo dado todo? ¿De no haber dicho todo lo que debía? Ese dolor que no cesa, que se convierte en llanto, en lágrimas… ¡tantas lágrimas! (Apretando el puño con rabia) ¿Por qué no lo hice? ¿Por qué no lo maté cuando pude? (Ríe con amargura) Pero ahora… ahora estoy aquí, solo con este recuerdo de rabia líquida, que no puedo contener. Se me escapan por los ojos, y aunque intento controlarlos, no puedo. Se han desbordado. (Estrellando la escoba contra el suelo)
(Empieza a caminar, lento, como meditando)
Ese desgraciado… murió primero. Murió antes que yo, y lo hizo para recordarme que yo también voy a morir. (En tono sarcástico) Como si no lo supiera. Como si no lo viera venir. ¡Maldito! Pensó que iba a escapar de mí, de mi venganza. Pero no. (Limpiando una lápida) Aquí está, muerto, sin poder escapar de mí. Esos recuerdos líquidos de rabia, esos que no puedo retener en los ojos, esos que se derramaron por mis pupilas, me siguen atormentando. Los veo, los siento. En su mirada estaba el miedo, la desesperación. Y yo… yo no pude hacer nada para matarlo antes de que se muriera. (Grita con rabia) ¡Nada!
(Susurra mientras se agacha, como si hablara consigo mismo y sosteniendo la pistola contra su cabeza)
Para apagar esos recuerdos, para apagar todo este dolor, un disparo sería suficiente. Solo uno. Uno bien dado y todo esto se acabaría, el remordimiento, el sufrimiento. Pero no, no lo haré no le daré el gusto (Guardando la pistola y poniéndose de pie). Para vengarse de mí, ese desgraciado… murió primero. (encendiendo otro cigarrillo y sentándose en el taburete improvisado) Se dejó morir. Para ir a investigar lo que hay del otro lado, al otro lado de este velo tridimensional. (Sonríe de manera cruel) Claro, allá debe estar, diciendo mentiras sobre mí, sonsacando al diablo, haciéndole promesas, para que no me deje entrar al infierno. (Escupe a una tumba) ¡Qué cobarde! Se dejó morir para que yo no lo matara, para que no tuviera la satisfacción de ver su sangre correr por mis manos. (Ríe, amargamente)
(Pausa dramática, se pone de pie, toma la pala y comienza a excavar en una de las tumbas)

Aunque se haya muerto… aunque ya no esté entre nosotros, voy a matarlo de nuevo. Porque la venganza no sabe de resignaciones. No sabe lo que es el perdón. El perdón pesa demasiado, y yo no tengo alma para perdonar. (Saca la pistola y dispara dos veces sobre la tierra de la tumba que excava) Cuando el alma arde, las palabras se quedan enmudecidas, se ahogan, no salen. Porque no hay valor para perseguir tanta cobardía. Ese desgraciado… ¿se fue primero para recordarme que yo también voy a morir? ¿Para que no lo olvidara, para que no pudiera escapar de la sombra de su muerte, de la condena que me ha dejado? ¿Quién lo sabe? Pero ahí está, y su cadáver sigue siendo una lección que me arde en el alma. (Soltando la pala) La resignación, esa es la muerte lenta. La muerte que llega sin que te des cuenta, como una peste que te va matando por dentro. Solo te queda ir, como oveja al degolladero, esperando que la cuchilla llegue sin que puedas hacer nada. No… yo no voy a ser una oveja.
(Pausa, se detiene y mira al frente, se agacha y toma la pala en la mano)
Nos vamos gastando, ¿sabes? En cada beso, en cada deseo, en cada momento de placer, nos vamos gastando poco a poco, perdiendo lo que somos, nuestra esencia. (Clavando la pala nueva vez en la tumba) Pero cuando desentierre su cuerpo, cuando lo saque de esta tumba para matarlo de nuevo, mi alma renacerá. Sí. La venganza me devolverá la vida. Porque cuando el frasco del miedo se rompe en el pecho… se respira la muerte. Y eso es lo que quiero. (En tono esquizofrénico y delirante) Necesito respirar la muerte, necesito sentirla, porque el deseo de venganza cura todas las enfermedades. Me cura a mí.
(Se ríe, una risa maníaca)
Cuando lo mate, moriré tranquilo. No habrá más dudas, no habrá más rencores. Lo haré, lo mataré y entonces moriré en paz. Daré a comer su carne podrida a los perros callejeros. (Ríe a carcajadas) Qué irónico, ¿no? Él que creyó que escapaba de mí, ahora será la comida de esos perros. Y su cara… su cara putrefacta, me alegrará el momento. (Grita sujetando una calavera) ¡Muere, desgraciado! Le diré, mientras le arranque la cabeza con la pala. (Se agacha como si la tuviera en las manos) Lo enterraré en varios lugares, para que su alma maldita no pueda descansar. No quiero que duerma tranquilo. No lo merece.
(Pausa, respira hondo)
El que no sirve para matar, sirve para que lo maten. Cuando los encontré, sobre mi cama, mi corazón se apagó. (Susurrando) Escuchaba sus gritos, sus malditos gritos de placer. (Grita de placer intentando recrear aquella escena) Pero sabía que pronto serían gritos de dolor. (Sacando la pistola) Y cuando saqué la pistola, cuando preparé el arma para abrir agujeros en sus cuerpos… (Se toca la nuca, como si reviviera el golpe) un golpe seco en la nuca me lo impidió. Un golpe que me detuvo, un golpe que no esperaba. Y entonces, todo se oscureció.
(Pausa larga, susurra, mirando al vacío)
La maldad es la compañera eterna de las mujeres. Y las corazonadas, esas malditas corazonadas, son su alimento diario. La muy desgraciada no estaba con un hombre sino con dos. (Con rabia) Mi pecho arde y no me imagino cómo diablos lo voy a matar a un difunto, si yo también estoy muerto. (Gritando de rabia las luces se apagan)
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