En Nunca fue bueno tanto olvido, Daniel Beltré López plantea una premisa fundamental y urgente: olvidar no es un acto pasivo ni un simple desgaste del tiempo, sino una renuncia voluntaria a comprendernos. Es despojarnos deliberadamente de las huellas que tejen la identidad, que fundamentan la justicia y que garantizan el sentido de pertenencia. En esta obra, el olvido se revela no como un accidente, sino como una forma de empobrecimiento moral y político, una aquiescencia ante el borramiento que impone el poder o la incuria histórica. Frente a ello, la memoria se erige como un imperativo ético, la piedra angular desde la cual se construye una posibilidad de futuro.

La memoria como fuerza ordenadora del presente

Lejos de ser un mero archivo del pasado, la memoria en este libro se configura como una fuerza dinámica que ordena y da sentido al presente. Recordar, para Beltré López, no es anclarse en lo ido, sino iluminar críticamente el ahora. El yo poético se desplaza con fluidez —y a veces con dolorosa tensión— entre lo íntimo y lo histórico, entre la emoción personal y el destino colectivo. Este movimiento constante subraya una convicción profunda: toda biografía es un capítulo indispensable de la historia común. No hay relato personal que no esté surcado por las corrientes mayores de su tiempo.

Desde esta conciencia, que se niega a tolerar el borramiento, el poeta ejerce un acto de restitución permanente. Nombres, rostros, gestos mínimos y episodios silenciados regresan en sus versos con la fuerza de un testimonio que se resiste a la extinción. En este universo poético, nombrar es un acto de resistencia radical, y la palabra se transforma en un espacio de reparación simbólica. Así, la obra construye una poética donde el recuerdo no es una nostalgia paralizante, sino un movimiento de interrogación, vigilancia y demanda. La memoria no se celebra por lo que fue, sino por lo que aún exige de nosotros: verdad, responsabilidad y una humanidad más plena.

Frente al olvido —esa forma cómoda y perniciosa de la indiferencia—, la poesía de Beltré López se levanta como una voz tenaz, insistente e incorruptible. Porque en la visión del mundo que aquí se despliega, solo quien recuerda, quien asume el peso y la claridad del pasado, está en condiciones de cuidar auténticamente el futuro.

Memoria, palabra y resistencia: La arquitectura ética de 'Nunca fue bueno tanto olvido'

Análisis de fragmentos: Los pilares de una poética

La riqueza conceptual y simbólica del libro se condensa en imágenes de una potencia extraordinaria. Un análisis de sus fragmentos clave permite cartografiar la arquitectura ética de la obra.

  1. La guerra, la palabra, la escritura

El enunciado “la guerra no termina con el último disparo” funciona como una columna vertebral ética y filosófica. Amplía el concepto de conflicto más allá del evento físico, localizándolo en la memoria, el lenguaje, los cuerps marcados y la historia larga. Esta idea se corporiza en la metáfora de la “palabra convertida en trinchera”, donde el lenguaje deja de ser ornamento para volverse refugio, fortín y arma simbólica de supervivencia. Esta trinchera-verbal se puebla con figuras como Juan, que “vino solo, sin camello”, un símbolo que evoca referencias bíblicas y míticas, pero despojado de toda grandilocuencia: llega sin poder, cargado solo de cuadernos, es decir, de memoria, testimonio y futuro. El ciclo se cierra con la afirmación “en los que sigo escribiendo mis sueños”, donde la continuidad del verbo “sigo” afirma que la escritura es el acto mismo por el cual la vida se rehace y la esperanza se mantiene viva.

  1. El barrio, el río y la ética del cuidado

El poemario despliega una imaginería de extraordinaria humanidad, centrada en espacios comunitarios. El río emerge como un eje simbólico plurisignificativo: es naturaleza viva, archivo del barrio, espacio de memoria y una superficie moral donde los rostros persisten más allá de la desaparición física. Cuando se dice que “oficia de espejo”, el río se eleva de elemento paisajístico a sujeto ceremonial: no solo refleja, sino que consagra y valida. El barrio, llamado “galería”, se transforma así en un museo afectivo donde se exhibe la dignidad de lo cotidiano.

Esta ética del cuidado culmina en la figura de don Andrés Herrera, construida con una sobriedad conmovedora. El verso “quien jamás pudo verlo, quien jamás pudo vernos” abre una paradoja ética profunda: la ceguera física se transmuta en la cualidad de quien mejor ve —o mejor, siente y ejerce— el amor. El cierre, “alcanzamos a ser tocados por el amor que ejerció sin tregua”, desplaza el foco de la carencia a la plenitud, celebrando no lo faltante, sino el excedente de una presencia amorosa que perdura y transforma.

  1. Crear a pesar de todo: la persistencia silenciosa.

La figura del señor Svelti encarna la persistencia creadora como forma de resistencia. Su “no se da por vencido” no es un grito heroico, sino una decisión cotidiana y silenciosa frente al desgaste y la pérdida. Su acto de construir pájaros de papel —y de “animar su vuelo”— es una poética en acción: transforma la fragilidad (el papel) en potencia (el vuelo), lo efímero en trascendencia. El cierre, “hasta perderse, hasta posarse en el cielo”, captura la esencia del arte: una creación que se libera de su creador para pertenecer al mundo, manteniendo una ambigüedad entre la disolución y la consagración eterna.

  1. Contra la violencia del miedo: desmontar mitos.

En un gesto de clara justicia poética, el libro defiende a Enós desmontando los mitos que alimentan la crueldad: “No es verdad que vuele ni chupe niños”. La sencillez de la negación es devastadora. El verso final, “Una vez más la ignorancia crea inimaginables personajes”, actúa como un diagnóstico lúcido y una sentencia moral. El poema no apunta a un individuo, sino a un mecanismo social e histórico: la fabricación de chivos expiatorios por parte de una comunidad dominada por el miedo y el prejuicio, un monstruo más dañino que cualquier leyenda.

  1. Abrigar el mundo roto: la respuesta del poema.

Uno de los fragmentos de mayor potencia metafórica presenta una herencia de caos: “Un mundo de ovillos descuartizados legará a nuestro sueño don Julio Bazil”. Los “ovillos descuartizados” son los hilos del sentido, la continuidad y la historia, rotos. La herencia ya no es un orden, sino una herida que llega hasta el sueño, lo más íntimo.

Frente a esta fractura, la respuesta del poema es el cuidado: “la guata nos acurruca al despedirse el otoño”. El término “guata”, doméstico y corporal, junto con el gesto de “acurrucar”, establece un refugio contra la intemperie del tiempo y la historia. El otoño, estación del decline, se convierte aquí en un momento de protección. Este contraste define uno de los ejes más sólidos de la obra: frente a un mundo roto, la poética responde con abrigo, con calor compartido, con un amparo que es a la vez físico y moral.

Conclusión: Una épica íntima, una arquitectura moral

Nunca fue bueno tanto olvido logra una síntesis poco común: une la épica interior con la delicadeza íntima, la memoria histórica con la ternura, la denuncia con el cuidado. En sus páginas no hay retórica vacía, sino una voz que piensa con el corazón y siente con lucidez, una voz que recuerda para resistir y resiste para seguir recordando.

Se trata, en definitiva, de una poesía de conciencia, donde cada emoción se organiza alrededor de un sentido ético y donde cada imagen —la trinchera, el río-espejo, el pájaro de papel, el ovillo roto, la guata— contribuye a construir una misma arquitectura moral. Esta arquitectura tiene como cimientos la defensa de la vida, el sostenimiento de la memoria como un deber y la celebración del acto creador como gesto de esperanza, incluso —y sobre todo— cuando todo a nuestro alrededor parece instarnos a la desmemoria y al silencio. Daniel Beltré López nos entrega, así, un libro necesario: un antídoto poético contra la amenaza siempre presente del olvido.

Ike Méndez

Poeta, educador y ensayista

Ike Méndez es ensayista y metapoeta dominicano. Coautor de obras como *"San Juan de la Maguana, una Introducción a su Historia de Cara al Futuro"* (Primer premio en el Concurso Nacional de Historia 2000) y *"Símbolos de la Identidad Sanjuanera"* (Segundo premio en 2010). Ganó el Segundo premio en el Concurso de Literatura Deportiva “Juan Bosch” (2008) y colaboró en la serie *"Fragmentos de Patria"* de Banreservas. También coeditó las antologías *"Voces Desatas"* (poesía, 2012) y la primera antología de cuentistas sanjuaneros (2015). Ha publicado seis poemarios: *Al Despertar* (2017), *Flor de Utopía* (2018), *Ruptura del Semblante* (2020), *Baúl de Viaje* (2022), *Al Borde de la Luz* (2023) y *El Joyero de Ébano* (2024), que reflejan una evolución poética constante. E-mail: jemendez@claro.net.do

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