Cuando me casé con Willy lo hice muy enamorada. Primero, me escapé con él. Me dijo que era repartidor de remesas. Tenía una XL, lo veía tan mono en esa moto. Parecido quizás al actor Antonio Banderas, pero de menor estatura y sin la mirada profunda, porque la mirada de Willy apenas dura segundos. ¿Repartidor de remesas? Al principio era obvio que tenía que creerle, pero después, fueron muchas las cosas que me indujeron a comenzar a dudar. Porque con bastante frecuencia él amanecía con dinero en la casa, dizque de la compañía, y siempre mantenía un misterio con relación al papeleo de las entregas. A veces se iba de parranda por dos o tres días, y cuando regresaba había que añadirle otro día para la resaca. Parecía un príncipe en la habitación, y yo lo atendía en todo. Me encontraba extraño que de una agencia de envíos llamaran por teléfono tan poco a un empleado, y que él también llamara poco. Nunca llegué a conocer a ningún repartidor compañero suyo. Nunca advertí algo que lo vinculara a tal agencia. Y llegó el día que tenía que llegar: ¿Era Willy repartidor de remesas? No, nunca lo fue. Todo fue un prolongado engaño. Willy era ladrón y atracador. Después me enteré que desde jovencito estuvo envuelto en actos delictivos.
Crecí de fechoría en fechoría. Solo robaba en el barrio. Después, gradualmente fui llegando más lejos. Cuando tenía cuatro años de edad mi mamá se fue en yola para Puerto Rico y mi papá le cogió atrás, dejándome con una tía gruñona y binguera. Siempre sospeché que el marido de mi tía era un hombre de dudosa reputación. Cuando llegué a tener uso de razón me di cuenta a lo que Niní se dedicaba: formaba parte de una banda que se especializaba en falsificar dinero. A los cinco años de abandonar ilegalmente el país, mi madre regresó con unos dolaritos, y también regresó mi padre. No duró un año mi mamá conmigo en la casa de su hermana cuando decidió volver a Puerto Rico, y mi papá también. Cuando cumplí quince años hice un robo grande, grande para mí. Pero no llegué a disfrutar un solo centavo. Escondí el dinero en mi habitación y al otro día desapareció. Me imaginé que fueron cosas de mis tíos, por eso ni tan molesto reaccioné. Pensé que había echado mi cuerpo en su casa, y que mi madre poco mandaba de Puerto Rico. Digo mi madre, porque mi padre nunca mandó un centavo. Un día llegó la policía y se llevaron a Niní de mala manera. Duró un año enterito en la chirola, por el asunto de las falsificaciones. Salió por la “intervención” de unos socios. En lo que Niní estuvo preso, mi tía y yo la pasamos feo. Recuerdo, fue la primera vez que pasé hambre de verdad. Mi tía era muy mona con una crianza de conejos que había en el patio, pero no tuvimos más remedio que poco a poco comernos los conejos. Después de eso seguimos pasándola de mal en peor. Mi tía le mandó un SOS a mi mamá y ella nos mandó alguito, pero no fue suficiente. Solo cuando mi tía estaba de suerte en el bingo podíamos comer más o menos bien. Después de un año ya comenzaría a sentir la necesidad de irme de la casa. Cuando cumplí los diecisiete, recibimos una trágica noticia: mi padre asesinó a mi madre. Intentó escapar pero lo atraparon en el aeropuerto de San Juan. Ese mismo año me fui de la casa y renté una habitación.
Cuando Willy tuvo que admitir lo que era, jamás se volvió a hablar de remesas en la casa. Le rogué que se dedicara a otra cosa, que pensara en nuestra familia y que valorara su vida y su futuro, y el futuro de sus hijos. Me contestó que no, que nos moriríamos de hambre, que eso era lo que sabía hacer. Mi temor de que a Willy su torcida vida comenzara a cobrarle se hizo realidad. La policía impidió un atraco en una compraventa, en una acción en la que Willy participó: preso por primera vez. Le dije a los niños que a su papá lo habían metido preso por riña, pero ellos en la escuela supieron la verdad. Tuve que inventarme una historia y le expliqué que su papá era inocente, y ellos me creyeron. Cuando salió de la cárcel, nada, a lo mismo. La segunda vez que Williy cayó preso, ya los muchachos sabían lo que era vergüenza, y yo, cansada de padecerla.
La segunda vez que caí preso conocí a un coronel. Me dijo que quería hablar un asunto conmigo. Se trataba de un “trabajo fino”. Al otro día salimos para el dentista. ¿Cuál dentista? El coronel, de civil, me llevó a una ordinaria casa donde nos esperaba un hombre con aspecto de funcionario, y quedé a solas con él.
––¿En qué tipo de vehículo le gusta operar?
––Tenía una XL, pero en un atraco fallido me la quitó la policía.
––Tendrá una nueva para este “trabajo”, y se quedará con ella, aparte del pago.
––¿Y es al presidente que voy a matar?
––No, no es al presidente que usté va a matar, ni a ningún político, ni con narcotráfico tiene que ver nada de esto: se trata de un lío de faldas. El sujeto que usté va a matar no anda con guardaespaldas, aparentemente es un ciudadano común; solo tiene que ubicarlo y esperar el momento para despacharlo.
––¿Está armado?
––Siempre hay que suponerlo, pero suyo es el factor sorpresa.
––¿Algo que merezca algún detalle?
––Yo le avisaría. Antes de comenzar, como le dije: la moto y la mitad del pago.
––¿Y si el sujeto solo queda herido?, usté sabe, las circunstancias.
––Para qué pensarlo, le pago para matarlo y eso es lo que usté hará, ¿no?, cójase el tiempo que crea necesario, solo quiero que mande al infierno a ese fresco.
No me extrañó tanto que Willy saliera de la cárcel antes del tiempo previsto; sino que a los dos días de salir llegó a la casa en una moderna motocicleta. Me explicó que un amigo se la había dejado antes de regresar a Nueva York. Semanas después, una noche llegó borracho, contentísimo. Celebrando que se había sacado un premio de lotería, y hasta me enseñó el tique. Pero yo no le creí, tenía la corazonada de que Willy estaba en algo más grande de lo acostumbrado.
Después del “trabajo fino” me sentí como un delincuente de más categoría. De nuevo con una XL y una buena reserva monetaria. Ya estaba rankeado como un sicario.
Cuando sospeché que Willy había ascendido al sicariato llegué a la conclusión de que ya no podía seguir aguantando, y que ya no debía vivir con un hombre como él, que por dinero se dedicaba a quitarle la vida al prójimo. Agarré mis dos hijos y regresé a mi casa. Pero antes envié una prima a “anunciarme”. Y mi papá le dijo: “Aquí siempre habrá un rincón para la Nena”.
Mi mujer me abandonó, y yo me preguntaba, ¿cuántas mujeres decentes podrían vivir con un sicario como yo? Me sentí mal, sí, me sentí mal porque la amaba. La Nena es tierna y hermosa, de singularísima sonrisa. Yo la amaba, pero no como para dejar mi “profesión” por ella, ni por nadie ni por nada. Si se fue se fue, hay que aprender a vivir sin que lo amen a uno, cuando la vida de uno depende de otras cosas. Y de verdad lo digo: ojalá que mis hijos nunca lleguen a ser lo que soy, pero, ya soy lo que soy. Y si ella no quiere mi dinero mal habido como ella dice, que no lo coja. Aun así, mis hijos son mis hijos, y si me necesitan yo sigo siendo su papá.
Regresé a la casa de mis padres. Ellos nada me cuestionaron. Me dijeron que esa era mi casa, y que yo era su Nena. No pude evitar llorar, levemente, y ellos me consolaron. Un día Willy me visitó, quería ver a los muchachos. Llegó a pie. Le pregunté por la moto y me contestó que se la habían robado. Me vino un pensamiento, así de automático: "Ladrón que le roba a ladrón". Creo que, esa fue la última vez que supe de él. Tiempo después me casé con un buen hombre que me aceptó con mis hijos. Se llama Ricardo. Es ebanista y para ese tiempo consiguió un préstamo en un banco y montó su propio taller. Creo que salí embarazada de la primera acostada. Ricardo se había casado una vez y no tenía hijos. Nació una niña y él reventó de alegría. La bebé fue creciendo y Ricardo le puso el sobrenombre de la Nena, dizque porque se parecía más a mí. Yo le había puesto el nombre de mi abuela materna: Andrea. Pero todos en el barrio le llamaban la Nena. Y para establecer diferencias se referían a la Nena la mamá o a la Nena la hija… Y llegó a los quince años mi Nena. Cuando cumplió los 16, un jovencito de familia pudiente se enamoró de ella y comenzaron a tener “amore econdío”. Cuando ella cumplió 17 se fue con Steven a la casa de sus padres. Él le prometió que luego buscaría otro lugar para los dos. El único problema era una hermana de Steven llamada Miranda. Steven era un jovencito rebelde que vivía como “el chivo sin ley”. Tenía una súper motocicleta y se la pasaba echando carreras en el malecón de la ciudad. Un día se estrelló y murió en el acto. Mi hija tenía 6 meses de embarazo y los padres de Steven le propusieron que se quedara en la casa hasta algo después del parto. Pero en medio de una discusión, la Miranda esa le dijo a mi hija que sus padres solo estaban esperando que naciera la criatura para quedarse con ella. En esos días me visitó su mejor amiga.
––Andrea me comentó que… no aguanta más, me dijo que… quiere volver a casa.
––Aquí siempre habrá un rincón para la Nena ––le contesté yo con mucha nostalgia.
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