El vigía sobre el torreón de la fortaleza se entretuvo mirando casi una hora la mancha platinada que bajaba despacio por el río. Las aguas del Higuamo en el intenso verano escaseaban de corrientes, disipándose en remolinos de vapor. Al principio pensó en un cardumen de guabinas que chapoteaba reverberando entre las jaibas del estero. Tras una mirada curiosa advirtió que el bulto como que se sumergía y regresaba de inmediato a la superficie, en un bamboleo que produjo los fulgores que a trescientos y tantos metros llamaron su atención. Sin pensarlo de nuevo repiqueteó la campana poniendo en alerta al regimiento.

―Es un ahogado. Ya lo sacan del río ―dijo el soldado que se adelantó con la noticia―. No parece de por aquí.

La gente comenzaba a arremolinarse. El cuerpo se hallaba bocabajo, enredado entre los jacintos y las raíces sumergidas de los nenúfares. Cuando lograron acercarlo con una vara arrastró las plantas zarandeando sus flores lilas y amarillas, descubriendo sus raíces en un hedor de aguas fangosas que contaminó el aire. Al darle la vuelta vimos que se trataba de un muchacho. Lo que nos llamó la atención fue la plaquita que colgaba de su cuello. Tal vez fue eso lo que produjo los reflejos que divisó el vigía.

―Ese muchacho no se ahogó ―dijo el viejo al observar la sangre en la camisa. Una fina línea roja adherida al torso como una senda irregular de hormiguitas comenzaba medio palmo por debajo de la axila izquierda y bajaba hasta la cintura. Se iniciaba en un hematoma, una magulladura producida por la perforación, al parecer de un estilete, que al separar el pellejo entre las costillas hubiera pinchado el corazón―. Esa herida parece un puyón de lenguaemime.

―Esa averiguadera no es cosa mía. No me importa de qué se panquió. Eso será problema de su familiare. A este se le acabó la fieta –dijo el raso que lo sacó del río, incómodo por haberse mojado las botas, de las que manaba agua maloliente a sicote y mazamorra. Era del tipo aburrido, con la actitud de un banilejo sin cuartos. Una verruguita pelosa le ensuciaba la cara.

El viejo calló. Dudaba si valía la pena responder. Sin embargo, todo el pueblo estaba allí mirando el cadáver y atento a las palabras. Su vocación de maestro no iba a dejar pasar la oportunidad de corregirlo.

―Se equivoca. Uno se muere cuando su nombre no rueda más en la lengua salivosa de los otros. Pero venga, écheme una mano. Veamos si tiene su cédula o algún carné que lo identifique.

Se llamaba Emiliano Saquí y tenía veinte años recién cumplidos. Eso lo supimos tras llegar sus familiares al conocerse la noticia por los pueblos vecinos. Por una foto lo identificamos. La mamá se quebró cuando supo de la puñalada. No le dijimos del letrero en la placa de metal, suficiente tormento había tenido visitando cuarteles y hospitales. El muchacho era de por allá arriba, de los campos de Yerbabuena, donde el Higuamo culebrea cerca de su nacimiento. Lo más que pudieron averiguar fue lo que les dijo el mayor de la fortaleza: el cadáver apareció flotando en el río y él dio la orden de llevarlo al dispensario rural. El médico pasante también se deshizo del problema despachándolo en una ambulancia hacia la morgue.

Por aquellos días de junio de 1970 fui a parar al hospital. Aquel fue el mes de la gran inundación. Había llovido durante semanas y era tanta la humedad que apenas se podía respirar sin sentir los pulmones con pececitos dentro de uno. El Soco, correntoso, se salió de su cauce y se juntó con el Higuamo y aquellas avenidas de aguas arroparon Macorís. Si uno miraba de un extremo a otro no se podía distinguir dónde comenzaban las aguas ni dónde terminaba el pueblo. Entre sopas, sudores de fiebre y chorritos que se colaban por las grietas del techo y se derramaban sobre los pisos del pabellón de tísicos fui enterándome poco a poco, igual que un suero intravenoso, pero así también de forma parcial y coja de los detalles. No fue sino años después cuando completé los retazos de aquella historia.

La ambulancia llegó al caer la tarde con su ulular funerario, en una accidentada travesía. La sirena sobresaltó a la gente que en sus casas oteaba el chaparrón que se veía avanzar frente a la costa. El cadáver estaba muy maltratado y en la emergencia nadie quiso cargar con un problema de ese tamaño. Los de la ambulancia, cansados de discutir que si lo dejaban, que si se lo llevaban, finalmente lo tiraron en la morgue sobre una pileta de baldosas blancas con rastros de sangre entre las junturas. Desde afuera se podía percibir el olor del formol que señala la ruta de los cadáveres. Aquel recinto de ventilación deficiente y peor iluminado marcó el destino de las enfermeras que fueron llegando una tras otra a mirar los ojos grandes y amarillos de Emiliano. Ojos de chivo que se negaron a cerrarse y que extrañamente no fueron devorados por los camarones y los cangrejos del río. Ojos fresquitos, gelatinosos y mansos que al mismo tiempo daban miedo porque aun muertos parecían seguir mirándolo todo.

El jefe del servicio forense comentó sin mucho empeño la idea de hacerle una autopsia. No se atrevió a ponerlo por escrito por esa falta de carácter que tienen los médicos legistas cuando comienzan las presiones de la policía. La mañana siguiente un poli de los que uno debe cuidarse se presentó a indagar qué estaban esperando para llenar el acta de defunción del ahogado, poniendo el peso de la pregunta en esa última palabra. Al día siguiente vociferó en la sala de urgencias si no era tiempo de haberlo despachado al cementerio. Y al tercer día le zumbó bajito al legista, pegándosele a una oreja, que se estaba buscando que lo enterraran en algún lugar por ahí perdido junto al tufo del muerto. El médico tragó arena, se le metió un tembleque y perdió el habla, recuperándola unos segundos después al juntársele las palabras en una bola de sílabas tartamudeantes. “A-as-fixia po-por in-inmerrr-sión”, escribió, con mano convulsa y negada, en original y tres copias a carbón cuando llegaron los familiares reclamando el cadáver.

Yo, Toñito Sepúlveda Trejo, cabo pensionado de la Policía Nacional, puedo asegurarle que fue un puyón de lenguaemime. Yo, que era un descreído, desde esa noche pienso que nadie se libra de los misterios.

Andábamos de patrulla muy tarde en el camino vecinal. La luna aluzaba mucho de lo llena que estaba. Yo era algo más que un muchacho cuando me enganché. Duré nueve años siendo raso y doce como cabo. A esos súmele cuatro que llevo pensionado, así que imagínese cuánto tiempo hace de esos sucesos. Esa noche a la vera del cruce de Manchado vimos algo moverse entre la yerba crecida, a la altura de media pierna. Lo que fuera se desplazaba rápido, pero no avanzaba recto, sino que daba bandazos como si caminara de lado, deslizándose sin producir ningún ruido. Nos miramos.

―Al ladrón de vacas que esté ahí, que salga pa’ lo claro si no quiere morirse esta noche ―advirtió el cabo Núñez.

Esperamos un ratico, cosa de medio minuto. El cabo repitió la orden con igual resultado. A su señal nos metimos al yerbal con los revólveres amartillados. A mí, que me picaba la mano cuando agarraba la cacha de un revólver, se me metían unas ganas de empezar a largar tiros. A la gente no hay por qué tenerle miedo, pero al enemigo malo sí. Y lo que fuera que anduvo por allí tenía todos los colores de que se trataba de eso. Nos acercamos al lugar donde vimos la yerba moverse. No había nada; el único rastro era las hojas maltratadas, aplanadas por las pisadas. Había muchas huellas, como si su dueño tuviera una docena de pies. Nos miramos de nuevo. Aquello no era nada bueno. Al ratico sentimos que algo se alejaba como a cien metros de donde estábamos. Solo alcanzamos a ver un bulto prieto y enano, abriéndose paso como un bólido entre la sabana peinando la yerba crecida.

Como a uno lo fueran a tildar de embustero, el cabo nos ordenó callar. Sin embargo, la siguiente noche el raso Lépido andaba por los potreros de don Quintín, medio enamorao, y sintió que alguien caminaba a su lado moviéndose como él lo hiciera, o sea como si se tratase de sí mismo frente a un espejo. Volteó la cara y lo miró (se miraron, se vio a sí mismo). Hacía los mismos movimientos que él, movía los brazos igualitico como él; tenía su pinta: la propia chemba de Lépido y los ojos vidriosos y saltones de borracho, aunque el otro era deforme, paticorto, chiquito y jorobado. Al raso se le cayó la quijada, se puso frío, en tanto el otro ―él mismo, la imagen deformada de sí mismo, o de lo que fuera― le miraba con una sonrisa llena de dientes. De una sola carrera el raso llegó al cuartel a reportar lo sucedido, sin saber bien qué era lo que debía reportar. Entonces se le soltó la lengua al cabo Núñez.

―Umjú. Parece que volvió. Seguro que es el galipote que caminaba enantes por estos campos ―dijo el sargento, el poli con más antigüedad en el puesto.

―¿El qué? ―preguntó Lépido, acezante.

―¿Usté no sabe lo que es un galipote? Un engendro del demonio. Puede ser hombre y se convierte en mulo; puede ser pájaro y se vuelve piedra. Se transforma en cualquier cosa que se le antoje: gente, animal o mata; un doble de lo que él quiera, igualitico. Hasta puede hacerse invisible, que se le pone por delante y usted no lo ve aunque perciba su presencia. Uno le larga un machetazo y no lo corta; si le tira con el revólver, la bala lo atraviesa sin hacerle nada. Una cosa que mete miedo.

La noticia se regó hasta el último caserío. La gente se recogía temprano, antes de oscurecer. Menos Emiliano. Ese muchacho nunca creyó en aparecidos. Los comunistas le enseñaron a no creer en supercherías, a renegar de esas creencias, estúpidas, decía él, contrarias al materialismo histórico y alejadas de la más sencilla comprobación científica, entre otras pendejadas que le metieron en la cabezota.

Emiliano tenía novia. Se habían conocido en el liceo y aunque Marianela no terminó el bachillerato, él sí porque quería ir a la universidad. Su partido ya le gestionaba una beca en los países socialistas. Se hablaba de matrimonio cuando a un teniente, el jefe de la Banda en Hato Mayor, le gustó la muchacha. Ahí comenzaron los problemas de Emiliano.

Primero lo mandó a detener por no portar la cédula. El cabo Núñez, encargado de cumplir la orden, torció la boca en un gesto de reproche por esa nimiedad. De lejos se notaba que era un abuso porque el muchacho no era un desconocido. Emiliano había crecido allí. Pero las órdenes son para cumplirlas, por más estúpidas que sean, y no para llevarles la contraria. Así que el cabo lo mantuvo detenido hasta el día siguiente. En otra ocasión el propio teniente lo metió en chirona por violación de la ley contra la vagancia. Aunque era una ley inicua y hacía más de veinte años que a nadie se le aplicaba, el teniente no encontró nada exagerado en desempolvar ese instrumento leguleyo de la antigua dictadura para fastidiarlo. Además, si bien el muchacho no tenía empleo fijo no podía decirse que fuera un vago porque trabajo no le faltaba cuando llegaba el tiempo de preparar los conucos, o cuando sonaba el pito del ingenio que anunciaba el inicio de la zafra. Entonces solía vérsele dirigiendo las carretas cargadas de caña hacia el puesto de pesaje. El ayudante del fiscal lo puso en libertad.

Frente a aquellos abusos, Emiliano se tragaba la rabia. Pero lo que hizo que se le calentara la sangre y se le juntara toda la saliva en la garganta fue…

Aguante esa lengua, timacle, que esa parte se la cuento yo. Y váyase pa’ su casa que allá anda buscándolo la vieja del san.

Asigún le iba diciendo mi compadre el cabo, el muchacho perdió la serenidá con el teniente en las patronales de Hato Mayor. En una carrera el teniente lo tumbó del caballo. Pensábamos que se había matado, pero Emiliano se puso de pie, sacudiéndose la ropa. La gente pasó del estupor a la burla. Emiliano hubiera querido que se abriera un hoyo ahí mismo y que no quedara ni un pedacito de él. Sin embargo, la tierra seguía firme bajo sus pies. Tenía raspones en los brazos y la cara, la ropa sucia y rotosa y más que todo, mucha vergüenza.

Pasaron los días y Emiliano no se dejaba ver. Terminó los amores. Se enganchó un puñal buscando desquitarse. Pero era difícil porque el teniente andaba armado en todo momento. El muchacho comenzó a recorrer los potreros de noche, camina que camina. Regresaba al amanecer con ampollas en los pies. Cuando ya estaba a punto de abandonar regresó cierta madrugada antes de la una, con media sonrisa en la cara. Había encontrado al Innombrable. Fue una noche en la que ni los cocuyos volaron. Los animales mugían en los potreros lejanos, asustados por los relámpagos que rajaban el cielo. Sin embargo, no cayó ni una gota.

Hasta de pensarlo se me pone la carne de gallina. Mejor bríndeme otro trago, pa’ coger ánimo, que borracho no le tiene miedo a na’ y a lo mejor le termino el cuento. ¡Ah, pero qué romo que está bueno!

Mi viejo decía que filo con filo no corta porque se embotan los machetes. El teniente era un tipo bellaco. Pero hasta el diablo tiene sus límites y cierta decencia al hacer sus cosas.

Un atardecer, a eso de las cinco, al teniente lo llamaron de la Central. Debía presentarse de urgencia en Macorís. El coronel le acababa de arruinar una apuesta de gallos, ese bizco azaroso. Aún le dio tiempo de pasar por la barbería. No podía presentarse con esa facha de perico lambío ante el superior exponiéndose a que le echara quince días de arresto.

Arrellanándose tras el volante del Chevrolet Impala de segunda mano, el teniente salió de Hato Mayor. Hacía mucho calor. Tardaría como media hora. Seguro que recibiría el encargo de romperle la crisma a algún comunista. Ya habían pasado las elecciones y se organizaban rebuses contra el gobierno del Doctor. Nada mejor que partir un par de pescuezos para que las cosas se encarrilaran. ¿Para qué otra cosa lo llamaría el coronel? No se le ocurría nada distinto. Únicamente por eso se saltaba el trámite de impartirle la orden por radioteléfono.

El Impala se desplazaba amortiguando los baches del asfalto roñoso. El teniente transpiraba. El sudor era visible bajo sus sobacos y a lo ancho de su espalda. Por lo regular le gustaba sentir el calor sobre su piel de lagarto embutida en el uniforme gris con las mangas cerradas hasta los puños. Pero aquel día la temperatura había subido de forma inusual hasta que por fin se decidió a encender el acondicionador de aire. El interior del Impala fue refrescándose hasta provocarle una sensación de quietud y abandono, como la de los presos que él desangraba hasta morir al colocarles un catéter abierto en una arteria. El Impala, sin mando al volante, se internaba por los sembradíos y doblegaba las cañas de azúcar. Se detuvo al chocar contra los durmientes de la vía férrea del ingenio Consuelo.

Con el golpe brusco abrió lentos los ojos. No supo cuánto había dormido, sería un lapso breve. Se hallaba en una región nunca vista, de paisaje arisco donde los últimos rayos de sol se evaporaban antes de tocar el suelo. Terminó de despertar con el desasosiego de no saber dónde se hallaba. Puso la reversa para retornar a la carretera, al último punto que recordaba. Imposible: una llanta se había desinflado al golpear contra el riel y un trozo de caña sobresalía clavado en el serpentín del radiador.

También padece el miedo un hombre desalmado y siniestro. Echó a andar entre las cañas. Después se encargaría del Impala. Se orientó por el ruido de los vehículos en la carretera. En ese momento solo pensaba abandonar el lugar y presentarse ante el coronel, que con seguridad ya estaría cagándose en él y en su rango porque ese teniente de mierda parece incapaz de cumplir hasta la orden más simple.

Tenía que encontrar el camino. No podía estar lejos. Cada vez el rumor de los vehículos era más fuerte. De golpe había caído una oscuridad densa como petróleo. No podía siquiera verse las manos, pero tal vez estaba cerca de la vía. Los faros de los vehículos a lo lejos se movían lentos. Caminaba de prisa, jadeante. Haría detener al primer conductor que encontrara y lo obligaría a llevarle a la comandancia en Macorís. Al cabo de un cuarto de hora se detuvo. Aguzó el oído. Le pareció que el ruido provenía de otra dirección, y hacia ese lugar se encaminó. Anduvo otros cientos de metros y volvió a contenerse. Estaba enredado, perdido en compañía de su miedo. Las luces ahora parecían venir desde el oeste, aunque su intuición le dijera que la carretera no estaba en ese punto. De ese modo desandaba sus huellas, volviéndolas a rehacer. Confundido por el eco que rebotaba en las sombras de aquel paraje duro y reseco como la piedra, se dejó caer exasperado y vencido.

―Asina mismo lo quería jallar a usté. Ahora no se pued’ ir hasta que a mí me dé la gana.

Era la voz de Emiliano. Tenía el mismo tono de amenaza que cargaba en sus ojos, y sin embargo no podía verlo. ¿Dónde estaba? Percibía que muy cerca, incluso podía sentir casi pegadas de su cara esas palabras ríspidas que le llegaban casi sin vuelo acompañadas por un aliento de herrumbre de siglos. Cuando quiso responder se le selló la boca, se le atragantaron sus palabras y se le devolvió la voz hacia adentro.

―Tampoco pue’ hablar a meno’ que yo le diga que hable. ―Y con el ligero movimiento de una mano produjo una luz lánguida que apenas permitía ver el contorno de las cosas.

Desafiante, estaba de pie frente a él. Aun cuando no podía verlo claramente, desde las hojas de la caña donde se hallaba lo perfilaba, lo intuía a través de esa luz minúscula como una semillita de guayaba. Lo que tenía enfrente era como Emiliano, era una copia de Emiliano; era un Emiliano de mentira, con su odio, aunque duplicado.

―Entonce asigún dicen usté e’ el matatán de estos la’os. Dende hacen par de día yo tengo un asunto que arreglar con usté. Y a mí no me gusta barajar los encargo. ―Y mirándolo le aflojó el nudo invisible con que le había apretado el cogote sobre la nuez de Adán.

El teniente se había puesto de pie. Tosió, le lagrimearon los ojos y enseguida vomitó un chorro de palabras. Trató de justificarse, carraspeando:

―Yo… yo cof… no… cof cof… soy… lo que… cof… usté dice… cof…

―¡Cállese la jeta! ―le interrumpió―. ¿Usté se cre’ que yo soy un pendejo? Yo me conozco su vida enterita hasta mejor que usté mismo. Dende hace tiempo sepamos el bollo de gente a la que usté le ha estericao la lengua y a los que ha sacao con los pie para adelante. ―Y le recitó los nombres de sus víctimas, las fechas y los lugares de sus crímenes en una lista interminable. Cuando terminó, el teniente estaba achicado.

Le había hecho recordar sus primeros asesinatos, toscos y sangrientos, con decapitaciones y un reguero de brazos y piernas esparcidos por las calles, con los que consiguió el ascenso a cabo. Y más tarde su metamorfosis hasta convertirse en un asesino de métodos que confundían a los forenses y hombres de ciencia, que le auparon al rango de sargento mayor; y finalmente la forma en que había llegado a teniente primero, cuando aprendió a disolver cadáveres, evitándose los escándalos que llenaban de rojo las portadas de los diarios que mortificaban a sus superiores.

―Qué quiere de mí ―dijo un teniente resignado. Sabía que sus intentos para disuadirlo eran inútiles. Tal fuerza de convicción no podría ser forzada ni burlada con engaños baratos. Y sabía que cualquier castigo que le impusiera, cualquier venganza, sería poca para redimir sus deudas.

―¿Usté ve? Ya ’tamo llegando a donde vamo’. ―Y acercándose le habló al oído.

Lo que pasó después nadie puede afirmar que lo sabe. El propio teniente contó a su manera lo ocurrido antes de morirse y lo que no nos contó lo llenamos con suposiciones, porque si no no se entiende y uno se vuelve loco. La mente tiende a pensar en unidades lógicas, como los engranajes de un reloj se ajustan en un movimiento perpetuo que da la hora exacta.

Se había acercado lo suficiente, tanto que sintió su aliento de azufre quemándole la oreja cuando le secreteaba una frase incomprensible y maldita, un conjuro que lo fue debilitando mientras cruzaba por su conducto auditivo. Un hormigueo comenzó a subirle por los pies, desde el suelo, impidiéndole moverse. Al poco sus piernas comenzaron a solidificarse en dos columnas pesadas. Ya no sentía las pantorrillas. La rigidez continuaba ascendiendo poco a poco, hasta llegar a las corvas.

El teniente intuía que de subir al torso sería su fin. Reunió las fuerzas que aún le quedaban, concentrándolas en su brazo derecho. Aferró el puñal buscándole el corazón, si es que tenía, o algún órgano vital. Era su arma de resguardo. Lo hundió con fuerza. El estilete, no obstante, se derritió sin causar ningún daño, ni siquiera un rasguño en el pellejo del falso Emiliano. Como una barra de plomo se deshace al ser tocada por la llama de un soplete, la hoja del lenguaemime caía fundida, hecha goterones de plata humeante sobre las hojas de la caña. La sacarosa y el alcohol hicieron el resto incendiando el cañaveral.

Las llamas se encumbraban hasta las nubes. Demás está decir que la oscuridad se disipó. Algunos dijeron que a lo lejos lograron ver a dos luchando a muerte, abrasados por los latigazos de las llamas. Cuando se terminó hallaron los cuerpos en el centro del campo ennegrecido. El teniente todavía tenía un chorrito de vida, con el uniforme achicharrado y pegado a su piel. Se supo quién era por las insignias de bronce. Logró decir algo, con dificultad. El humo se le había metido en los pulmones.

Lo sorprendente fue que lejos de allí Emiliano sintió cómo entraba la hoja empujada por una mano temblorosa, abriéndose paso entre sus costillas, desgarrándole la piel tostada por el sol. Había pasado la tarde sobre la yola preparando las nasas para los cangrejos y desenredando el chinchorro. Ya herido se dio cuenta de cómo la sombra, algo muy parecido al teniente, le sujetaba por la camisa sobre los botones que cierran el pecho evitándole caer todavía, mientras le susurraba aquellas mismas palabras, aquel mismo conjuro. Se le iba la vida, las fuerzas le dejaban, se le oscureció la visión mientras seguía escuchando el credo del infierno en un farfullar sobre las aguas del Higuamo. Finalmente lo dejó caer. Se hundió hasta el fondo.

―¿Y, por fin, qué decía la plaquita? ¿Qué pintaba el poli del hospital? ―pregunté.

Ah, se me olvidaba. El poli era pariente del teniente. Culpaba a Emiliano de esa desgracia. Comentan por ahí que la plaquita se la colocó el Innombrable. Decía algo en latín: Eram quod es, eris quod sum (Yo era lo que eres, tú serás lo que soy).

Víctor de Frías

Abogado y escritor

Víctor de Frías es abogado y escritor. Algunos de sus cuentos han sido premiados.

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