¡Pisa fuerte, habla duro, busca foco! …Apretada síntesis teórica. Las técnicas actorales del más grande de nuestros dramaturgos, de Franklin Domínguez.

Ya salió de escena, hizo mutis de fondo, pero perseguido por brillantes luminarias; ocurrió a las 3 de la mañana de este caluroso 26 de agosto del 2025, el actor dominicano que estuvo en tablas dos siglos de vidas tantas, don Franklin Domínguez.

Nacido para artista en Santiago de los Caballeros, República Dominicana, en 1931. El jovencito Franklin, adolescente, interno novicio de un seminario católico, desde sus primeros años de consciente existencia se encontró formando parte de un teatro, de un escenario enorme (cual Pedro Calderón de la Barca); era el asombroso mundo, continuamente cambiante, en el que descubrió a tiempo su forma de expresión por excelencia.

Por eso sembró y cultivó el arte teatral en las diversas maneras en que este puede existir. Entonces, Franklin Domínguez, a partir de entonces, se erigió dramaturgo (presente y referente sin igual en el país de origen), con decenas de títulos para contar y temas que abarcan las más disímiles y variopintas cuestiones, achaques y pasiones humanas, en modo literario-dramaturgico.

En las composiciones frank-dominicanas proliferan los asuntos humorísticos, satíricos, la estampa y el costumbrismo, pero también en su obra es notable el doble sentido, la crítica mordaz, el humor fino, el gag cómico y el deforme espejo social, la política y el ridículo, las costumbres, maneras, luchas y convivencia política entre lúmpenes y oportunistas; la culta y la popular existencia de los dominicanos y sus religiosidades, la alta y la baja comedia, así como el drama filosófico, existencial y el psicológico.

Los ciudadanos y el estado de cualquier país del mundo, con ideas del significado de los valores culturales para construir y narrar su existencia y su memoria, vivirían siempre orgullosos de poseer a un escritor con los envidiables méritos y talentos de Franklin Domínguez.

Hasta el momento, sólo Juan Bosch y Franklin han podido captar y plasmar en sus obras (en el cuento, el primero, en el drama, el segundo), el alma dominicana en su justa medida, sin desmeritarla, sin idealizarla, quitarle ni añadirle, lo han hecho; la obra de Franklin vale mucho, no solo por el alcance cuantificable de sus composiciones, sobre todo por la calidad trascendente e intangible, por la pertinencia histórica y sociológica de su discurso artístico, persistente y permanente; por demás, de un arte como el teatro, seguramente el más difícil de cultivar mirado desde el ángulo técnico literario, como por sus complejidades y complicaciones para la producción y la puesta en escena de este modo literario- espectacular.

De ahí y otros criterios de valoración es que la obra de Franklin sea harto conocida. Seguramente, más actual y difundida, fuera de la República Dominicana, que entre nosotros. Ya, desde principios de los años sesenta, la obra de Franklin era conocida en Francia, Estados Unidos, España, en China y en Rusia, siendo el mismo Franklin, miembro de la Asociación de Autores Dramáticos de Francia, para su capítulo de Hispanoamérica.

Tres grandes del teatro dominicano, Haffe Serulle, Franklin Domínguez e Iván García.

En Italia tuve la oportunidad de ver (tener en mis manos) la antología de Piero de Cassio, de 1971, donde estaba la obra “Se busca un hombre honesto” de Franklin, junto a otras de autores argentinos, peruanos, chilenos y mexicanos. De escritores dramáticos insulares, solo Franklin ostenta ese alto mérito, al menos para la compilación referida.

Contó varias veces el primer director teatral dominicano, con estudios especializados, que en la entrevista hecha por los maestros rusos que evaluaron su interés para estudiar dirección dramática, lo recibieron con el siguiente comentario: "Usted, señor Villalona, viene de la tierra de Franklin (con tilde en la i) Domingo".

Hablar de nuestro dramaturgo por excelencia es una tarea de gran compromiso. A raíz de un encargo que me hicieran desde Bellas Artes/Ministerio de Cultura, debí entrevistarlo en tres sesiones de interactiva densidad conversativa. Ahí conocí a profundidad al Franklin Domínguez, escritor, al intelectual y al humano.

Desde la figura de Franklin y su dedicación sin pausas al oficio y la hacienda teatral, podemos construir la imagen más acabada de lo que significa en toda amplitud ser dramaturgo. El mismo concepto, dramaturgo, amplía para mí su campo semántico y derivaciones cuando alguien como Franklin es el paradigma.

Ahí, ser dramaturgo significa más, mucho más que ser escritor de obras teatrales, pues si el dramaturgo es Franklin Domínguez, entonces un dramaturgo es, además del escribidor de la obra, el montador-director, el actor-intérprete, el utilero, el escenógrafo, el acomodador de público, el maestro que enseña a los demás el oficio de construcción de la obra, el productor de la obra teatral, aquel que tiene la capacidad para vender la obra y hacer, crear público para el teatro y hacer que la gente venga a ver la obra de teatro y que vuelva gustoso a mirarla.

Y es que el designado por la providencia para esas funciones en República Dominicana, Franklin Domínguez, engrandece este oficio e industria en virtudes de ángeles por ser poseedor de una naturaleza humana cuasi divina, con la que se nace destinado y nada más.

Eso y mucho más hizo Franklin con y por sus obras, por el teatro dominicano, día por día de su dilatada y fructífera vida de “dos siglos”. Lo hizo por toda la isla. Franklin tenía habilidades de pícaro y de héroe sobreviviente.

Fue perseguido político, calumniado, apocado, ninguneado. Escapó ileso a la tiranía del Jefe, siendo a veces disidente, otras indiferente y aliado, y la más difícil, la neutralidad. Sobrevivió como creador teatral a las injurias y las envidias, a la miseria e ignorancia negativa de patrocinadores y gobiernos de “mataperros”; fue tratado aquí con brutalidad propia de las mezquindades de los renegados y de las diatribas disfrazadas de crítica artística de gran parte de los medios, padeció los intentos de anulación de los mejores establecidos y presumidos.

Franklin Domínguez.

Luego tuvieron, ya tarde, que otorgarle el Premio Nacional de Literatura. Claro que lo celebró. Porque Franklin sabía tener de unas y de todas las otras. Todo conciliaba con estoicismo. A veces se burlaba de sus detractores.

Como Botrain, ese mefistofélico personaje de Balzac, por poco consigue también burlar a la muerte. Afirmo que pocas personas, al menos conocidas por mí, dominaban, tan de primera mano, la cultura artística y los costurones y entresijos costumbristas de los diversos grupos y extractos sociales del pueblo dominicano; lo sabía de haberlo mamado y vivido, lo conocía en llanezas y en profundidades.

Él lo narraba desde su amena oralidad, como anécdotas coloquiales y como fábulas literarias en niveles conversacionales testimoniales e imaginativos. Sólo Fradique Lizardo, el inmenso coreógrafo, director e investigador folclórico, me viene a la memoria cuando pienso en el Franklin Domínguez juglar, y culto aeda, en el dominicano con mayor fluidez, gracia y expansión de espíritu para ser documento y testimonio vivo del espíritu, de la identidad y la idiosincrasia dominicanas.

Tuve el privilegio de viajar con Franklin un par de veces a realizar servicios culturales-pedagógicos a pueblos del interior, durante la dirección del ministerio de Cultura del distinguido y eminente don José Rafael Lantigua.

En aquellos autobuses desde Montecristi a Santo Domingo (ida y vuelta) a veces desde Puerto Plata, con otros notables profesores de las especialidades artísticas, en labores educativas para el Plan Decenal de Educación, la compañía de Franklin era una fiesta interminable. Porque Franklin era “una cura” edificante, buena onda, generoso, divertido, lúdico y lúcido, infantil y glotón. Para aderezar la plática, comía hasta gofio y maíz tostado. Yo le hacía la contraparte en ambas.

Nunca, ningún compañero profesor mostró incomodidad ni cansancio; rubor, sí, mucho rubor, porque ambos estábamos en claves sanamente libertarias. Era imposible enterarse de la lentitud e incompatibilidad entre tiempo, velocidad y distancia si Franklin estaba presente.

A petición de Lantigua y del maestro y filósofo Domingo de los Santos, director a la sazón del Sistema Nacional de Formación Artística Especializado (SINFAE), y de otra alta funcionaria, entonces amiga, me encomendaron escribir un estudio crítico a la primera edición de la publicación de la obra completa de Franklin Domínguez.

Así se hizo; la Editora Nacional lo hizo. 35 páginas fueron publicadas de un ensayo que originalmente me salió de 88. Lo leí todo en el acto de puesta en circulación del primer libro de obras conjuntas del más sobresaliente dramaturgo nuestro. "Se buscaba un dramaturgo", es el nombre que dio título a mi estudio sobre el autor de “Se busca un hombre honesto”.

Franklin estuvo de muy buen gusto por mis críticas y exegéticas sobre sus obras. Me sentí satisfecho por contentarlo. Era un sabio muy agradecido. Le encantaba comentar que Radhamés Polanco lo había reconocido y designado como un dramaturgo de dos siglos.

Un gran gesto de los servicios culturales oficiales lo constituye el que la Compañía Nacional de Teatro de la República Dominicana, encabezada en la actualidad por su joven director, Fausto Rojas, haya montado y presentado —estando Franklin vivo y saludable— la que es posiblemente su obra más ambiciosa, aquella obra con la que ganó el premio Cristóbal de Llerena 1975, Secretaría de Estado de Educación, Bellas Artes y Cultos en aquel entonces, y, más importante aún, un accésit al premio dramático de Palermo en Italia 1983.

Esa obra que parecía imposible escenificar en el país por los componentes técnicos que exige su puesta en escena y por el costo de la producción en Santo Domingo de las calamidades en que sobreviven de manera heroica los valores. Estamos hablando de Omar y los demás, obra que se desmarca de otras esferas de las capacidades literarias dramáticas de nuestro autor, demostrando con ella la profundidad, complejidad y consistencia del pensamiento y las capacidades artísticas e intelectuales de nuestro dramaturgo bandera nacional, el dramaturgo que necesitábamos los dominicanos para que durara dos siglos, edificándonos, narrándonos, concienciándonos y alegrándonos.

27 de agosto del 2025.

Radhamés Polanco

Dramaturgo y profesor de teatro

Radhamés Polanco, doctor en artes, dramaturgo, actor y escritor. Es profesor de teatro. Autor del libro Mitotes del Extraviado, del Desasitiado y de la Prieta Clara.

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