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“Todo en el mundo existe para terminar en un libro”.Stéphane Mallarmé
El libro, ese artefacto creado por la inteligencia humana para preservar la memoria y compartirla, tiene cada año en República Dominicana una fiesta mayor. No la única. Sí la más importante, no solo local, sino regional: La Feria Internacional del Libro de Santo Domingo, este año en su XXVII edición. Buen momento para hablar sobre la creación humana más valiosa y trascendental para sacarnos del salvajismo y civilizarnos: el libro y sus dos fundamentos: la escritura y la lectura.
¿Qué es un libro?
Un libro es un formato de organización de información, una estructura expositiva que facilita la lectura.
Muchos confunden el libro con su soporte: piedra, hueso, corteza, pared, papiro, seda, metales, monumento, tablilla de arcilla, tablilla de cera, pergamino, códice, papel, pantalla, papel electrónico, etc., pero los libros han tenido muchos soportes físicos: y hoy también tenemos los electrónicos, sin que eso los defina. Y esos mismos soportes han servido para recopilar y contener otros tipos de contenidos que no son libros en la acepción que hoy le damos al concepto, aunque lo parezcan (Una guía telefónica o un catálogo de productos no son un libro, por ejemplo).
Los más antiguos textos literarios de los que tengamos evidencia y noticia se escribieron bajo los acadios, quienes había adoptado ese invento sumerio: la escritura. Bajo Sargon I comenzaron a aparecer, después del 2334 a.C., himnos a los dioses, canciones con súplicas al rey, cantos fúnebres de culto y exorcismos de espíritus malignos.
Los escribas acadios hicieron suyos no solo la escritura sumeria, también sus mitos. Uno de ellos, cuyas tablillas nos llegaron, conmemora el viaje de la diosa Inanna al inframundo. También estos escribas preservaron el orden divino sumerio del mundo. Los relatos de los reyes de Uruk, Enmerkar, Lugalbanda y, especialmente, Gilgamesh, dominaron el género épico.
La escritura sumeria-acadia transmitió la diversidad y riqueza de los géneros orales: épico, legal, médico, culinario, astronómico, matemático, histórico, religioso, poemas de amor y muchos más, entre ellos la poesía didáctica.
El libro más antiguo conocido es La Epopeya de Gilgamesh, rey de Uruk, obra literaria en tablillas mesopotámicas del siglo XVIII a.C., pero el libro impreso más antiguo que nos ha llegado es El Sutra del Diamante, texto estampado en madera mediante la técnica xilográfica, hecho en China en el 868 a,C.
Ordenadores del universo
Los sumerios llamaban a quienes catalogaban bibliotecas “ordenadores del universo”. ¿Habrá un calificativo más honroso?
Aunque muchos reyes fueron analfabetos, hubo uno, el rey asirio Asurbanipal, quien en su capital, Nínive, reunió una enorme biblioteca cuneiforme de cerca de 25,000 tablillas de arcilla con inscripciones.
Asurbanipal veneraba la escritura. Él mismo sabía leer y escribir y se jactaba de poder “leer tablillas escritas antes del Diluvio”, refiriéndose sin dudas a textos antiguos que se habían conservado por siglos.
Cuando leí el excelente libro de Irene Vallejo, El Infinito en un Junco, y su impactante inicio, pensé en las comitivas enviadas por Asurbanipal a todos los confines de la Mesopotamia en busca de tablillas para la biblioteca del palacio.
Una carta personal suya a un funcionario llamado Shadanu es reveladora en ese sentido:
“Busca y tráeme las preciosas tablillas, de las cuales no existen transcripciones en Asiria. Acabo de escribir al supervisor del templo y al alcalde de Borsippa que tú, Shanadu, debes guardar las tablillas en tu almacén y que nadie se negará a entregártelas. Si sabe de alguna tablilla o texto ritual adecuado para el palacio, búscalo, consérvalo y envíalo aquí.”
El propio Asurbanipal escribió en una tablilla encontrada en su biblioteca estas palabras:
“Palacio de Asurbanipal, rey de todo el mundo, rey de Asiria, a quien (los dioses) Nabu y Tashmetum dieron amplia sabiduría, que adquirió ojos agudos: Lo mejor del arte de escriba, obras como ninguno de los reyes que me precedieron habían aprendido jamás, remedios desde la coronilla hasta las uñas de los pies, selecciones no canónicas, enseñanzas ingeniosas, todo lo que pertenece al dominio medio de (los dioses) Ninurta y Gula, lo escribí en tablillas, lo revisé y cotejé, y lo deposité en mi palacio para examinarlo y leerlo”.
Los libros eran atesorados (porque eran eso: tesoros) en palacios y templos y su acceso estaba restringido a funcionarios y sacerdotes, personal académico y la realeza. Los colofones en textos religiosos y científicos suelen llevar la restricción “Aquel que es competente (o conocedor) debe mostrar esto solo a alguien que sea también competente, pero no puede mostrárselo a los no iniciados”.
La invención de la escritura comenzó en Sumeria, un pueblo al sur de lo que hoy es Irak. Se estima que se inventó en la ciudad de Uruk, en el 3,300 a.C., por los vestigios que nos han llegado. Otras regiones, como Egipto, India y China, crearon luego sus propias maneras de llegar registros y de cristalizar las ideas en formas gráficas y legibles.
La invención sumeria, la escritura cuneiforme (del latín cunei = cuña), se empleó al menos en media docena de idiomas: sumerio, acadio, hitita, hurrita, hatic, elamita, así como en formas relacionadas, en el ugarítico y persa antiguo. Y ya desde el 2,500 a.C. se empezó a emplear para escribir literatura poética.
Atrapar la voz
Inicialmente se escribía para ser leído y de ahí la importancia de que quien leyera fuera fiel al mensaje escrito.
De ahí proviene, como veremos, el principio de castigar “el falso testimonio”, al lector que traicionaba y adulteraba el texto escrito, en una época en que la mayoría carecía del privilegio de saber leer y dependía de aceptar como buena y válida la interpretación que el lector daba del mensaje que leía.
El lector era, ante la sociedad, un testigo, alguien que daba testimonio de lo que otra persona, la que escribió o encargo el texto, mandó a decir por su intermedio. Leer, entonces, equivalía a “decir en voz alta”. Al final de una de las cartas que se enviaban a Asurbapinal, el secretario real, quien habitualmente revisaba el correo entrante dirigido al monarca, encontró la siguiente súplica: “Quienquiera que seas, escriba, quien va a leer esta carta, no ocultes nada al Rey, mi Señor, para que los dioses Bel y Nabucodonosor hablan amablemente por ti al Rey”.
Ese rol de testigo del escriba en su calidad de lector y vocero de otros está en la base del “no levantar falso testimonio”. El rey babilonio Hammurabi, quien gobernó del 1792 al 1750 a.C., famoso por el conjunto de leyes, 282 en total, que se conocen como Código de Hammurabi, exigía para quien diera falso testimonio, la muerte, una ley dirigida principalmente a los escribas, los principales testigos de la sociedad, que luego fue adoptada por la ley mosaica judía.
La práctica de escuchar a alguien leer en voz alta en público también está atestiguada en tiempos del imperio romano por una inscripción funeraria en la que se lee la frase “titulumque quicumque legerit aut legentem auscultaverit” (Y quien lea el título o escuche la lectura).
El valor de la escritura en la época antigua era tal, que un burócrata egipcio, Dua-Khety, aconsejó a su hijo Pepy hacia más de 4,000 años, mientras navegaban hacia el sur por el Nilo rumbo a una escuela de escribas:
“Concentra tus pensamientos solo en la escritura, pues he visto a gente salvarse gracias a su trabajo. He aquí, no hay nada más grande que la escritura. Es como una barca en el agua. Permíteme hacer que ames la escritura más a tu madre. Permíteme guiar su belleza ante tus ojos. Porque es mayor que cualquier oficio. No hay nada igual en la tierra”. La profesión de escriba egipcio podía ser “una profesión principesca”, como sostenía Dua-Khety. “Sus materiales de escritura y sus rollos de libros traen placer y riqueza”.
En sus inicios, leer significa “hablar”, “recitar”, “decir”. La escritura originalmente era tenida como la voz humana convertida en piedra. Steven Roger Fisher en su magnífica A History of Reading nos recuerda que “Leer siempre ha sido diferente a escribir. La escritura prioriza el sonido, ya que la palabra hablada debe transformarse o deconstruirse en signos representativos. La lectura, en cambio, prioriza el significado. La facultad de leer tiene, de hecho, muy poco que ver con la habilidad de escribir”.
Y nos dice: “El lector utiliza los símbolos para guiar la recuperación de la información de su memoria y, posteriormente, utiliza esta información para construir una interpretación plausible del mensaje del escritor”. En esencia, la lectura es “la simple facultad de extraer información visual de cualquier sistema codificado y comprender el significado correspondiente”.
El signo leer en sumerio, también significaba “contar, calcular, considerar, memorizar, recitar, leer en voz alta”. La tablillas sumerias “hablaban” por aquellos cuyos sellos estaban impresos en ellas. El lector era igualmente, en sus comienzos, un recitador, alguien que prestaba su voz para hacer oír la voz del que originalmente escribió o de quien, en la mayoría de los casos, mandó a escribir el texto.
De las tablillas sumerias a la tablet y el hipertexto
El libro ha tenido un largo trayecto en sus soportes y también en su formato.
Todo eso lo celebramos desde el 25 de septiembre al 5 de octubre en esa fiesta de la palabra escrita, la lectura, el arte y la cultura que es nuestra XXVII Feria Internacional del Libro Santo Domingo 2025.
Cientos de autores nacionales e internacionales compartirán con sus lectores. Nos visitan 38 autores internacionales invitados por la FILSD, pero muchos otros más vienen a esta fiesta regional del libro, desde más de 19 países. Es, sin dudas, el evento cultural más importante no solo de nuestro país, sino de Las Antillas, del Caribe.
Y todos los autores, tanto internacionales como locales, nativos y extranjeros, vienen a compartir con sus lectores.
Una hija del rey Sargón I de Acadia, nacida alrededor del 2300 a.C., la princesa Enheduanna, poeta, fue la primera autora en la historia conocida que firmó una obra literaria con su nombre. Como suma sacerdotisa de Inanna, diosa sumeria mesopotámica del amor, la guerra, la fertilidad y la belleza, compuso una serie de canciones en alabanza de dicha diosa, también conocida como Ishtar en los imperios acadio, babilonio y asirio, y venerada como Reina del Cielo y la Tierra, registrando debidamente su propio nombre como autora-escriba al final de sus tablillas.
Y los colegas de Enheduanna, venidos desde distintos países y de distintas provincias del país y sectores, vendrán a la Plaza de la Cultura a poner sus libros en circulación, a firmarlos, a dar conferencias, talleres, conversatorios, a compartir el pan de la palabra.
Una de las novedades de esta XXVII edición de la FILSD 2025 es la presencia de una editorial digital, Bubok, la más importante de España, que abre por igual su presencia en República Dominicana con un dominio propio.
Evolucionamos, pues, de las tabletas de arcilla originarias a las tablets y al hipertexto, a las facilidades del ebook y del print-on-demand, que son tan importantes para los autores dominicanos, dado que somos una isla y sacar nuestros libros de la isla se torna prohibitivo por los costos.

Las estadísticas de inicio, ofrecidas en pasado martes 26 de agosto por el viceministro de Identidad Cultural y Ciudadanía, Pastor de Moya, y por el director de la Feria del Libro, Joan Ferrer, son impresionantes y el programa equilibrado y rico en opciones, es llamativo y apela a una variedad de audiencias.
La escogencia de Frank Moya Pons como autor homenajeado ha sido celebrada y valorada. Méritos le sobran. Es más que aplaudible que a nuestros autores renombrados se les homenajee en vida. Las referencias a la historia del libro en este artículo son un implícito homenaje a él como historiador e intelectual.
El eje temático de la XXVII FILSD 2025 es la literatura infantil y juvenil, lo que pone el foco en lo que más nos conviene cultivar: la relación de niños y jóvenes con la lectura, fundamental para sus posibilidades de éxito futuro.
Y como invitada de honor estará la red de ferias y festivales del libro de Latinoamérica es una celebración de los eventos más importantes a nivel cultural que se dan en nuestro ámbito y que ya han ganado un renombre en todo el planeta por su envergadura y alcance.
La FILSD recibió en el 2023 la certificación marca país. Esta XXVII edición en sus proyecciones profundiza los logros alcanzados en las dos últimas ferias y trae importantes avances en beneficio de nuestra literatura, del libro, la lectura y la cultura.
Lo otro es el prepararnos para disfrutar a fondo esta fiesta. Quise decir feria, pero ¿acaso no es lo mismo?
* Aquiles Julián. Director general del Libro y la Lectura
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