En esta última entrega, nos adentramos en la obra literaria de René del Risco, un escritor cuyo universo creativo, como hemos podido apreciar, se caracteriza por la profunda exploración de la condición humana, la memoria y las complejidades de la vida cotidiana. A través de sus textos, del Risco teje un entramado de emociones, reflexiones y narrativas que invitan al lector a reflexionar sobre su propio ser y el mundo que lo rodea. En este artículo, se realizará un análisis detallado de varios de sus textos, donde la poesía se convierte en un vehículo para la expresión de sentimientos y los pensamientos más íntimos.
Antes de iniciar formalmente quiero felicitar el trabajo realizado por la fundación René del Risco Bermúdez y de sus directivos especialmente a Minerva del Risco. El trabajo de este equipo de hombres y mujeres es un fiel ejemplo de cómo se debe preservar la memoria histórica de un gran escritor.
La casa
La casa era de humilde madera provinciana
y en la terraza erguía su verde un limoncillo,
allí quedó tu nombre a punto de cuchillo
bajo las mariposas, la lluvia y las campanas.
Un pozo abandonado, con su brocal sencillo
a flor de tierra casi, a flor de tus mañanas,
se tragó tus pelotas, tus sueños, tus anillos
y ahogó quizás el rostro de tu niñez lejana.
Bajo la tierra aquella donde tú pisabas,
tras la puerta oscura que tu madre cerraba,
en el grave sonido de la lluvia en el techo,
hoy no hallarás, en cambio, nada de lo que esperas.
Todo ha ido muriendo lentamente en tu pecho
y seguirá muriendo, hasta que tú mueras.
Cuentos y poemas completos. 1981.
Fundación René del Risco Bermúdez
El poema «La casa» de René del Risco Bermúdez refleja la melancolía y la pérdida, utilizando el espacio doméstico y las imágenes asociadas a él, como símbolos de la memoria, el tiempo y la desaparición.
«La casa era de humilde madera provinciana
y en la terraza erguía su verde un limoncillo,
allí quedó tu nombre a punto de cuchillo
bajo las mariposas, la lluvia y las campanas.
Un pozo abandonado, con su brocal sencillo
a flor de tierra casi, a flor de tus mañanas,
se tragó tus pelotas, tus sueños, tus anillos
y ahogó quizás el rostro de tu niñez lejana».
El poema completo está compuesto por cuatro estrofas dos de cuatro versos y dos de tres, en las cuales se percibe una métrica regular y un ritmo fluido que se interrumpe sutilmente en algunos momentos, reflejando la misma irregularidad de los recuerdos y las pérdidas evocadas en el texto. El poema no sigue una rima fija en todos sus versos, lo que produce una sensación de flujo natural y de desorden gradual, similar a la forma en que el tiempo va borrando los recuerdos.
La casa, elemento central del poema, es representada como un espacio de la memoria y el origen. La «humilde madera provinciana» de la casa alude a la simplicidad de un pasado perdido, lo que también podría sugerir un contraste con la modernidad o las aspiraciones de un futuro que ya no es alcanzable. La casa se convierte en un símbolo de lo que fue y ya no es.
«…su verde un limoncillo»: el árbol de limoncillo, que se erige en la terraza de la casa, es una imagen vibrante de la vida que crece y permanece, aunque este se ve opacado por la descripción de la casa y el pozo. El verde del limoncillo podría sugerir una fuerza de vida que persiste, pero en el contexto del poema, también parece estar relacionado con la frescura de la niñez que se desvanece.
El pozo, que «se tragó tus pelotas, tus sueños, tus anillos», es un poderoso símbolo de la desaparición de la inocencia y la niñez. La imagen del pozo también está asociada con el olvido, el olvido de la vitalidad y los sueños que se fueron, representados por los objetos infantiles (pelotas, anillos) que ya no tienen valor. El pozo, como vacío, también podría estar relacionado con la falta de respuesta o la vacuidad del recuerdo a medida que se pierde la conexión con el pasado.
«Bajo la tierra aquella donde tú pisabas,
tras la puerta oscura que tu madre cerraba,
en el grave sonido de la lluvia en el techo,
hoy no hallarás, en cambio, nada de lo que esperas.
Todo ha ido muriendo lentamente en tu pecho
y seguirá muriendo, hasta que tú mueras.»
La lluvia y las campanas, son elementos sonoros que contribuyen al tono melancólico del poema. La lluvia puede verse como una metáfora de la tristeza o el lamento, mientras que las campanas evocan el paso del tiempo, una medida del ciclo inexorable de la vida y la muerte.
El poema aborda la muerte en un sentido simbólico y existencial. La «puerta oscura» cerrada por la madre representa un cierre definitivo, un rechazo a la posibilidad de regresar al pasado o de recuperar lo que una vez existió. La casa, como refugio y lugar de recuerdos, ya no ofrece consuelo, sino que está marcada por la ausencia: «Hoy no hallarás, en cambio, nada de lo que esperas». Aquí, del Risco sugiere que el tiempo se lleva no solo los objetos, sino las emociones y las ilusiones, lo que genera una profunda sensación de desesperanza.
La idea de que «todo ha ido muriendo lentamente en tu pecho» enfatiza la muerte no solo física, sino emocional y psicológica. Este proceso de «muerte lenta» se amplifica con la afirmación final de que este asunto continuará hasta la muerte misma. Este final es sombrío y resignado, sugiriendo que la pérdida es un proceso inevitable e irreversible.
El tono del poema es profundamente melancólico y reflexivo. Del Risco no solo lamenta la pérdida física de la niñez y de los recuerdos, sino también la desaparición de los sueños, las esperanzas y el sentido de pertenencia que alguna vez pudo haber brindado la casa. A lo largo del poema, se genera una atmósfera de nostalgia y resignación, mientras el hablante poético reflexiona sobre el paso del tiempo y la imposibilidad de recuperar lo perdido.
El lenguaje utilizado es sencillo pero cargado de simbolismo. Las metáforas que emplea, como el pozo que «se tragó» los sueños o la «puerta oscura» cerrada, son potentes y evocadoras, creando una sensación de pérdida tangible y emocional. La imagen de la casa, como lugar de los recuerdos, se convierte en una especie de mausoleo simbólico que guarda en su interior la muerte de la niñez, de los sueños y de las posibilidades.
La casa, de René del Risco Bermúdez es un poema que explora la relación entre el pasado y el presente, la memoria y la pérdida. A través de poderosas imágenes y símbolos, del Risco presenta una meditación sobre la muerte, tanto física como emocional, en la que la casa, el pozo y la lluvia se entrelazan para evocar una sensación de vacío e irremediable desaparición. El poema, por su estructura melancólica y su lenguaje evocador, invita a reflexionar sobre la fragilidad de la vida y la inevitabilidad de la pérdida.
El viento frío
Debo saludar la tarde desde lo alto,
poner mis palabras del lado de la vida
y confundirme con los hombres
por calles en donde empieza a caer la noche. Debo buscar la sonrisa de mis camaradas
y tocar en el hombro a una mujer
que lee revistas mordiendo un cigarrillo;
ya no es hora de contar sordas historias, episodios de irremediable llanto,
todo perdido, terminado…
Ahora estamos frente a otro tiempo
del que no podemos salir hacia atrás, estamos frente a las voces y las risas, alguien alza en sus brazos a un niño,
otros hay que destapan botellas
buscan entretenidamente alguna dirección, una calle, una casa pintada de verde
con balcones hacia el mar…
Debo buscar a los demás,
a la muchacha que cruza la ciudad
con extraños perfumes en los labios,
al hombre que hace vasijas de metal,
a los que van amargamente alegres a las fiestas.
Debo saludar a los camaradas indiferentes y a los que viajan hacia otra parte del mundo,
porque todo ha cambiado de repente y se ha extinguido la pequeña llama que un instante nos azotó, quemó las manos de alguien, el cabello, la cabeza de alguien.
Ahora se acaban aquellas palabras,
se harán ceniza del corazón, se quedarán para uno mismo…
Es hermoso ahora besar la espalda de la esposa,
la muchacha vistiéndose en un edificio cercano, el viento frío que acerca su hocico suave a las paredes,
que toca la nariz, que entra en nosotros y sigue lentamente por la calle,
por toda la ciudad…
Cuentos y poemas completos. 1981.
Fundación René del Risco Bermúdez
«El viento frío» de René del Risco Bermúdez es un poema que explora el contraste entre el pasado y el presente, la reflexión sobre el cambio y la transformación que ocurre tanto en la vida individual como en la colectiva. El hablante lírico comienza con una reflexión sobre la necesidad de salir del pasado, de dejar atrás la tristeza y las «sordas historias» para abrazar el presente con sus nuevas realidades, donde las voces, risas y actividades cotidianas llenan el espacio de lo vivido.
El poema tiene una estructura fluida, sin una métrica fija ni un patrón rítmico estricto. Esta fluidez refuerza la sensación de transformación y cambio que se experimenta a lo largo del texto. La forma libre del verso se ajusta al contenido temático: el movimiento y la mutabilidad del tiempo y las emociones humanas.
El lenguaje empleado es directo, pero cargado de simbolismos que evocan imágenes tanto de la cotidianidad como de la introspección. La idea de «saludar la tarde desde lo alto» sugiere una mirada distante o contemplativa, que se convierte en un testimonio en la búsqueda de la conexión humana y el intento de encontrar algo nuevo y renovador.
El poema refleja la tensión entre el pasado y el presente, el dolor de la transformación y la necesidad de adaptarse a los cambios. Del Risco Bermúdez utiliza la figura del viento frío para simbolizar el cambio inevitable, una fuerza que recorre la ciudad y toca las vidas de todos. La mención de lo cotidiano, como las sonrisas de los camaradas y las imágenes de la vida urbana, refuerza la sensación de que el hablante está inmerso en la realidad de su tiempo, aunque con una impresión de distanciamiento emocional, explorando la idea de la memoria y la pérdida, representadas por la «pequeña llama» que se ha extinguido. La llama podría simbolizar tanto una pasión personal o colectiva como la desaparición de algo que ya no se puede recuperar. El viento frío que se siente al final del poema puede verse como una metáfora de esta fragilidad humana: lo que una vez ardió con intensidad ahora se disuelve en el aire.
Entonces, ¿para qué?
Para qué cerrar los ojos
y andar a tientas bajo los letreros,
entre el ruido de la calle;
para qué apretarnos el cuello
y conservar lustrosos los zapatos,
cuidar cada detalle nuestro,
los botones, las cartas, las cuentas a cobrar, los agradables paseos cerca del mar;
para qué hablar con palabras suavizadas a propósito,
para qué pretender estar tranquilo,
ir mostrando ese rostro educado,
domesticado pacientemente
para no dar la nota discordante;
para qué querer ser el conforme, el ameno, el puntual, el útil, el sensato, el correcto; para qué este rosario de expresiones corteses, medidas, cautelosas,
y el gesto complaciente a cada paso,
y ser amablemente cómplice de todo veinticuatro horas al día,
cincuenta y dos semanas tranquilas cada año, doce meses de cobro puntual y sin protesta…
Para qué ejercitar esa admirable vocación
de servicio puesta a prueba en las campañas benéficas, en las colectas públicas,
en las generosas apelaciones de amor.
Para qué entonces si sabemos
que nada de esto bastará
para ocultar el cuchillo, para tapar la herida, la horrible cortadura
por la que viene desangrándose toda la humanidad toda la gente apretujada a nuestros pies
bajo nuestra cama,
bajo nuestra mezquina condición de seres educados, comidos, satisfechos, leídos, descansados.
Para qué entonces, si sabemos
que esta hoja de parra del amor mentiroso
se cae a cada instante y nos desnuda
y nos muestra tal como somos
hipócritas, cobardes, ingenuos a propósito,
verdugos,
lamedores a sueldo del látigo y el palo,
coro de los fusiles,
llaga de los enfermos,
terror de los que huyen,
dolor de los sufridos…
Para qué entonces tanta engañosa bondad,
tanto silencio, tanta camisa limpia, tantas manos lavadas, tanto perfume en las orejas,
tantos libros leídos,
si estamos atajando todo el lodo del mundo,
si pretendemos limpiarle el rostro al día,
aparecer correctos y tranquilos
para que no se sepa
que estamos gordos de sangre y agonía,
que estamos obedientemente “Cuatro, tres, dos, uno, ¡cero!” para que se dispare a la multitud innumerable,
porque hablamos de Cristo y humildad
para que no se sepa que somos cínicos voceadores de precios por las nubes,
“sufra” –decimos– sufra y calle.
Plátanos a diez centavos,
desaloje esa casa si no paga, esta camisa cuesta cinco pesos, no se puede vivir,
calle, sufra y calle,
señor, señora, niño!
Y entonces,
para qué tanto decir “amén”,
y tanto dar limosna y tanto sonreír a todas horas y tanta invitación a la esperanza,
tanto decir, “¡espere, no se muera!”
si somos eso, cómplices, amigos de los que rajan la barriga a los pobres,
caja de resonancia para engañosas palabras
pacientes mentirosos reclutados en las universidades, en las avenidas,
en los cenáculo,
en los cines,
en los partidos políticos,
en las fiestas,
en los periódicos,
en los televisores,
ante las vitrinas de las tiendas,
en el interior de los automóviles,
en las concentraciones públicas,
y entonces hablamos un día de libertad
y de justicia,
y queremos lavarnos la cara con orines,
y desplegar una bandera incolora,
mercenaria, pirata, traidora,
sobre tantas cabezas cortadas,
sobre tantas manos amarradas,
sobre tantos disparos
y tanto huir y tanto agonizar en sombras
en el mundo…
Para qué entonces esa cara,
para qué cerrar los ojos,
para qué esa sonrisa complaciente, para qué esa corbata,
si somos asesinos encubiertos,
conciliadores del muerto y de la bala…!
Septiembre 3, 1968.
Fundación René del Risco Bermúdez.
Este poema de René del Risco Bermúdez es una crítica feroz y desgarradora a la hipocresía social y política de un sistema que oculta la verdad detrás de una fachada de civilidad, tranquilidad y corrección. El texto refleja la contradicción entre la apariencia de una vida ordenada y respetable y la violencia, el sufrimiento y la injusticia que subyacen en las estructuras sociales y políticas de la sociedad. La voz poética cuestiona el propósito de los rituales sociales que parecen mantener un orden y una moralidad aceptables, pero que son en realidad vacíos e incapaces de ocultar las atrocidades que suceden en el mundo.
El tema central gira en torno a la alienación y el conformismo, donde el individuo se ve obligado a seguir las normas sociales, a «ser el conforme, el ameno, el puntual», mientras el dolor y la miseria de los demás quedan ocultos o ignorados. El poema también cuestiona las acciones altruistas y las gesticulaciones de bondad que, lejos de mejorar la situación, son simplemente una forma de distraer la conciencia ante la opresión y el sufrimiento que se vive, particularmente en el contexto de las sociedades latinoamericanas.
El texto se caracteriza por su tono interrogativo y desgarrado, lleno de preguntas directas y enérgicas («¿Para qué?»), que refuerzan el sentido de desesperación e impotencia ante un sistema que no cambia. La estructura es libre, sin rima fija, lo que permite que la voz poética fluya de manera más natural, como una corriente de conciencia que no se detiene a ordenar sus pensamientos, pero que alcanza su objetivo de manera profunda y visceral.
El lenguaje utilizado por René del Risco es directo, crudo y cargado de imágenes que revelan el contraste entre el plano superficial y la violencia subyacente de la realidad social. La repetición del «para qué» refleja la inutilidad de todas las acciones sociales que buscan mejorar las condiciones de vida, pero que en última instancia perpetúan la opresión y el sufrimiento. El poeta utiliza la ironía de manera efectiva al mencionar lo que se considera «correcto» en la sociedad, como las «expresiones corteses» o los «libros leídos», para mostrar cómo estos son solo mecanismos de disimular lo que realmente ocurre.
El poema hace una feroz crítica a la indiferencia y la complicidad de las personas ante el sufrimiento ajeno. A través de una visión pesimista y desilusionada de la sociedad, el autor expone cómo la apariencia de moralidad, orden y civismo es solo una máscara que oculta las atrocidades de un sistema que oprime a las clases más vulnerables. Las menciones de la guerra, la pobreza, la injusticia, la corrupción y la violencia (¡como en los versos «señor, señora, niño!» y «para que se dispare a la multitud innumerable») ponen de manifiesto la complicidad que todos tienen al mantener una estructura que permite el abuso de poder y la explotación, denunciando la paradoja de la bondad simulada, que se expresa en gestos superficiales como dar limosna o mostrar una sonrisa, mientras que detrás de esos actos se encuentra la misma indiferencia ante el sufrimiento humano. Este es un poema que no deja lugar a la complacencia, desafiando al lector a enfrentarse a la dura realidad de la opresión y a cuestionar sus propias actitudes ante las injusticias del mundo.
CONSIDERACIONES FINALES, A MODO DE CONCLUSIÓN E IMÁGENES[1] FINALES.
A pesar de que René del Risco Bermúdez vivió solo 35 años, su legado literario es una de las contribuciones más significativas a la literatura dominicana de la postguerra. La brevedad de su vida no restó la intensidad de su obra, la cual, aunque compuesta por un número reducido de textos, se caracteriza por su capacidad de conectar profundamente con el lector. René sabía capturar, con gran sensibilidad, las tensiones sociales, políticas y emocionales de su tiempo, lo que hace que su obra continúe siendo relevante hoy. La poesía y narrativa que nos legó están marcadas por una reflexión constante sobre el contexto histórico y personal, lo que la convierte en un espejo de las luchas y las vicisitudes de la sociedad dominicana de la época.

Desde sus primeros escritos, René del Risco mostró un firme compromiso con los problemas sociales de su país. La pobreza, la desigualdad y las injusticias del régimen de Trujillo son recurrentes en su obra, no solo como temas de crítica política, sino como parte esencial de la condición humana. A través de su literatura, René denuncia las condiciones de vida de los sectores más vulnerables de la sociedad, especialmente en el contexto de las dictaduras y las consecuencias de la opresión. En este sentido, su obra no solo tiene un valor estético, sino también un poder transformador, pues busca despertar la conciencia social y movilizar al lector hacia la acción y la reflexión.
La obra de René del Risco refleja una tensión constante entre lo urbano y lo íntimo, dos mundos que, aunque diferentes, están profundamente entrelazados. Por un lado, presenta una visión crítica y desgarradora de la ciudad, un espacio de conflicto, pobreza y alienación, pero al mismo tiempo, en sus textos también explora la dimensión personal e introspectiva de sus personajes. La ciudad, con sus contradicciones y su vida cotidiana, es el contexto donde las historias se desarrollan, pero son las emociones, los recuerdos y las vivencias más personales las que dan vida y profundidad a esas historias. Esta dualidad en su obra refleja cómo lo social y lo íntimo no se excluyen, sino que se entrelazan de manera compleja.

A diferencia de muchos de sus contemporáneos, René del Risco adoptó un estilo de escritura claro, directo y accesible, lo cual le permitió conectar con un público amplio. En su poesía, la sencillez y la transparencia se convierten en vehículos para transmitir mensajes profundos y complejos. Su capacidad para comunicarse de manera sincera y sin artificios hizo que su obra fuera entendida tanto por los lectores más académicos como por aquellos más ajenos a los círculos literarios. La sinceridad de su voz y la claridad de sus expresiones permiten que los temas abordados, como la pobreza, el amor y la pérdida, lleguen de manera profunda al lector, creando un lazo emocional inmediato.
El exilio de René del Risco en Puerto Rico, producto de su participación activa en la resistencia contra la dictadura de Trujillo, tuvo una influencia determinante en su visión literaria. Este alejamiento temporal de su país le dio una nueva perspectiva sobre la realidad dominicana, lo cual enriqueció y complejizó su obra. A través de su exilio, René pudo reflexionar sobre su nación con mayor distancia, pero también con una profunda nostalgia y un compromiso inquebrantable con las luchas sociales de su pueblo. Sus escritos reflejan, por un lado, la angustia del exiliado, pero también la claridad de quien ve con mayor objetividad las contradicciones de su país.

La dictadura de Rafael Leónidas Trujillo, no solo marcó la historia de la República Dominicana, sino que también fue una influencia fundamental en la vida y obra de René del Risco. Como militante del Movimiento Revolucionario 14 de Junio, René no solo se comprometió con la lucha política, sino que su activismo también nutrió su escritura. La autocracia, el miedo, la censura y la represión fueron experiencias vividas por René, las cuales se reflejan en la dureza y la crítica de su obra. La literatura de René se convierte en un medio de resistencia frente a la dictadura, denunciando las injusticias del régimen, pero también visibilizando las cicatrices que la represión dejaba en la sociedad.
La nostalgia es un tema constante en la obra de René del Risco, especialmente en su cuento «Ahora que vuelvo Ton». La nostalgia no solo se manifiesta como un sentimiento de pérdida por la juventud o por el país, sino como un vehículo para explorar la identidad. René utiliza la memoria, el regreso a lo perdido, para reflexionar sobre el paso del tiempo y las transformaciones de la sociedad dominicana. En muchos de sus textos, la nostalgia es también una crítica a la realidad presente, ya que el regreso al pasado revela las heridas abiertas y las injusticias que persisten. Este enfoque nostálgico, a la vez que personal, tiene una fuerte resonancia colectiva, porque conecta la memoria individual con la memoria histórica de la nación.

René del Risco es una de las figuras más destacadas del costumbrismo urbano en la literatura dominicana, especialmente en un momento histórico marcado por las tensiones de la posguerra. A través de sus relatos, captura la vida cotidiana de la ciudad y sus habitantes, describiendo con detalle los espacios urbanos, las costumbres y las contradicciones sociales. A diferencia de otros autores que se enfocaron en la vida rural o en la literatura más formal, René se sumergió en el corazón de la ciudad, reflejando la urbanización creciente de la República Dominicana en su tiempo. Esto le permitió explorar las complejidades de la vida urbana y sus desigualdades, mientras retrataba con realismo y sensibilidad las emociones y aspiraciones de las personas en ese contexto.
La obra de René del Risco Bermúdez es fundamental para entender la literatura dominicana de la postguerra, pues sus escritos son testimonios de los efectos de la dictadura de Trujillo y la Revolución de Abril de 1965. A través de su trabajo, René refleja la compleja situación política y social del país después del final de la dictadura, con una visión crítica y profundamente humana. Su escritura tiene una gran carga histórica, pues se sitúa en un momento en que la sociedad dominicana comenzaba a reconstruirse tras años de represión. Su voz fue crucial en la consolidación de una literatura que no solo buscaba la belleza estética, sino también el compromiso con las luchas sociales y políticas del país.

Aunque René del Risco murió joven, su obra ha trascendido el tiempo y sigue siendo estudiada y leída. Su legado se mantiene vivo no solo en las generaciones que lo conocieron, sino también en las nuevas generaciones de escritores y lectores, quienes encuentran en su trabajo una referencia clave de la literatura dominicana y latinoamericana. Los temas universales de su obra, como la justicia social, la memoria y la identidad, continúan siendo relevantes hoy en día, lo que asegura que su voz sea escuchada. Además, las instituciones culturales, como la Fundación René del Risco Bermúdez, desempeñan un papel fundamental en la preservación de su legado, asegurando que su trabajo siga siendo una fuente de inspiración para futuras generaciones.

[1] Imágenes: Archivo General de la Nación.
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