"Veo gente muerta. Caminan como gente normal. No saben que están muertos"
Cole Sear, en "El sexto sentido" (1999), interpretado por Haley Joel Osment, película escrita y dirigida por M. Night Shyamalan (India, 1970)
¿En cuál de mis vidas he empezado a escribir éste artículo? ¿O en cuál de mis muertes? Estas preguntas las haría un apóstata o un devoto o un completo desmemoriado. Pero no se trata de mí, que ni siquiera sé lo que soy. Y que ahora, después de leer "El jardín vacío" de Juan José Millás y el cuento "Viaje a la nada" de Gustavo Olivo Peña, la confusión de mi existencia en vez de disminuir se ha extendido de forma inconmensurable.
"Desde un costado de la (des) memoria", Río de Oro Editores, 2025, es el segundo libro de cuentos publicado por el destacado escritor y periodista dominicano Gustavo Olivo Peña (San Francisco de Macorís, 1958). Entre sus relatos es en un "Viaje a la nada" donde la simplicidad se transforma en un complejo laberinto de situaciones insalvables. Situaciones que perviven en la narración asincrónica del destacado escritor español Juan José Millás (Valencia, 1946), en su novela "El jardín vacío", Editorial Alfaguara, 1981. La edición que llegó a mis manos es la de Editorial Planeta Mexicana, 2012. Aquí los personajes viven una especia de limbo donde la oscuridad reina en todo su esplendor:
"[…] La oscuridad, como la habitación, es rectangular […] Los cristales actúan como límite bastante preciso entre la negrura de afuera y la de la habitación. El encuentro entre estas dos oscuridades de distinto tono produce sombras en el vidrio, lo que lo convierte en un lugar especialmente apto para ser utilizado como pantalla de alguna de las alucinaciones visuales con las que Román alimenta su vigilia". (Pag.34)
En tanto, en el relato de Olivo Peña, los personajes, pocos pero perfectamente suficientes, viven entre luces. Sin embargo, ello los convierte en sombras:
"-Bien- respondió Raúl, sin emoción, el saludo matinal de la compañera de labores. Le daba lo mismo callar o rendirse al rito protocolar. Su mirar apagado, las oscuras ojeras y el caminar cabizbajo desmintieron la afirmación de bienestar". (Pag.43)
La familia, a pesar de algunos pasajes con tintes de unión, es solo un recuerdo en una memoria que se ha quedado en ningún lado. Millás, despoja de toda fe, de toda creencia a los sujetos que habitan un pueblo, que como ellos, ha quedado en ruinas. La apostasía, la falta de respeto por las tradiciones eclesiásticas son el día a día de la vida o de la muerte de estos personajes:
"Entre tanto, mi hermano Luis y yo hemos llegado a las puertas del colegio, dos hojas de hierro altas y oxidada por las que se entra directamente a la tortura. El colegio es de una orden religiosa que se estableció allí antes de la especulación. No me acuerdo del nombre, aunque sí del himno del colegio y de las estampas azules del fundador. Era un colegio para pobres, por lo menos hasta que santificaron al de las estampas, que entonces subieron los precios y muchos se tuvieron que ir o dejar de pagar, como hicimos nosotros. Allí pasábamos las horas entre las clases y el recreo huyendo de la Bestia Ensotanada o provocándola ocultamente, sin lograr nunca quedar por encima de ella.
Los domingos nos obligaban a ir también para participar en sus ritos, pero éste no era el peor día de la semana, porque reducían la vigilancia, y solíamos aprovecharlo para recorrer a escondidas la zona prohibida del colegio. Esta parte estaba situada encima de la iglesia y tenía una escalera propia que conducía a los diversos pasillos donde estaban las habitaciones de los curas. A esa hora ellos se dedicaban a confesar a los fieles o arbitrar los partidos de fútbol con las sotanas remangadas; de manera que era fácil entrar en sus dominios y descubrir sus secretos". (Pág.79)
Olivo, sin embargo, hace de su personaje un devoto del silencio. Un ser creyente en lo que la mayoría no cree, en mundo solitario donde el encuentro con él mismo es la base de su fe:
“La idea de dejar atrás todos los sensato, deshacerse de la rutina que constituye el sostén de su existencia, iba y venía como una atracción fatal, pero no se decidía. Ese día, la jornada de trabajo fue infructuosa. La pesadez le hizo quedarse una hora más de lo habitual sin hacer nada". (Pág.43)

Don Juan José, por su parte, desmorona el silencio. Lo hace insoportable, húmedo, frio. El silencio es un exceso de la memoria. Millás desconecta la vida de su fuente primaria, la hace muerte sin que la misma se dé cuenta, no tiene recuerdos y lo tiene, no tiene aliento y lo tiene, es una agonía constante:
"El silencio posterior a este recuerdo vino reforzado por una pesadez como de tormenta. El calor había disminuido y la luz caía torcida sobre el barrio, cuyas casas, ante el considerable aumento de las zonas de sombra, parecían recobrar algo de vida. Pero era una vida agónica, como tomada para completar una muerte no llevada a cabo por el exceso de debilidad; una vida provisional obligada a actuar entre dos luces y carente de otro sentido fuera del de acelerar un proceso de descomposición interrumpido o retardado por las características mismas de la sustancia eliminar. Pero a esta hora marcada por la renuncia o el declive, el barrio recuperaba su estertor y se entregaba al discurso de los moribundos. La piel de las paredes se enfriaba y las piedras se cubrían de sudores viscosos. En el interior de las casas, o en los rincones callejeros más actos para la protección o el encuentro, las manchas producidas por desechos orgánicos y deshidratadas por el sol se llenaba de humedades antiguas y ensanchaban el cerco dibujado sobre el ladrillo o la cal". (Pág.107)
Y tras la búsqueda constante de ese "yo" que se esconde tras bambalinas, Olivo, con su técnica magistral del retrato, dibuja los contornos del alma de su personaje principal:
“Raúl se enfrentaba de nuevo al insondable vacío, al abismo de su yo. Entró a la oficina, encendió las luces, el acondicionador de aire y se sentó frente a la computadora. Revisó las labores en proceso. Tomó la taza que, minutos antes en la pequeña cocina, surtió de café, sin esperar a que se lo sirviesen. Quería mantenerse despierto. En su hogar, cuando empezaba a dormir, sufría horripilantes pesadillas, y si permanecía en desvelo entraba en el laberinto de recurrentes elucubraciones sobre la vida, el tiempo y la muerte… sin hallar respuestas. Las horas de vigilia ya no le brindaban placidez; sobre la cama, permanecían libros con lecturas detenidas, páginas dobladas". (Pág.43)
El Premio de las Letras Valencianas 2022, nos envía un mensaje. Mensaje que luego se devuelve al remitente. Juan José Millás, le da vida a un personaje que no sabe que la tiene. Se llena de preguntas que la contesta él mismo. Sin embargo, su incredulidad lo hace dudar hasta de sus propias conclusiones:
"Qué raro estar aquí como si uno se muriera, pero tuviera todo el tiempo del mundo para hacerlo; como si esta demora fuera un modo de existencia, una forma de vida, por cierto, bien simple, aunque precisa en sus leyes: yo no me puedo morir y tú no puedes irte mientras me dure la agonía. No sufriré pensando que mañana o pasado mañana podría enloquecer al intentar recuperar tu voz. Tu vestido". (Pág.138)
La pérdida desencadena otras pérdidas y lo que podría ganar el perdedor es reconocerse vencido. El Premio Nacional de Cuentos José Ramón López 2022, Gustavo Olivo Peña, destroza los sentimientos del sujeto y lo hace perder, con el solo objetivo de ver cómo éste, a su vez, reacciona:
“Regresó a la biblioteca. Entre sorbos de café, lecturas diversas y apuntes apuró la madrugada. Cuando la claridad anunciaba la salida del sol, pensó que Nínive había olvidado programar la alarma que cada día le avisaba que era hora de sus caminatas. Empezó una caricia suave en el rostro de su esposa para despertarla sin brusquedad; sintió su piel fría, no respiraba. Quedó paralizado, sentado en la cama lloró en silencio sin saber qué hacer. Ahora estaría solo sin su compañera de un cuarto de siglo". (Pág.44)
Pero ¿qué perder, cuando todo se ha perdido? Millás desciende hasta el fondo del fondo, como una gran perforadora de almas. El individuo se desmorona con la ciudad y se mantiene destruido en el tiempo, ni siquiera la muerte es un premio posible:
"[…] No había olor o, en el caso de haberlo, era un olor estable producido por una emanación de intensidad continua y proveniente de un cuerpo ubicuo, habitante de aquella especie de sentina a la vez que parte importante de ella: caudal y cauce de sí mismo. Aquello no debía de ser el infierno, pero tenía alguno de sus atributos, sobre todo en lo referente a ser lugar de olvido y vida disminuida, y también porque hacía un frío helado que no congelaba la sangre ni entorpecía el movimiento de los dedos". (Pág.161)
El autor de "Un hombre discreto", hace ascender al personaje, quizás a ritmo del "Oh, fortuna" de la cantata "Carmina Burana" del compositor alemán Carl Orff (1895-1982). Olivo dirige la banda sonora y el guion continúa su rodar entre "lluvias y truenos"; "derrumbes y socavones"; "terremotos y aviones repletos de viajeros que caían de la nada":
"Se hizo de ropa ligera, solo conservó un bulto con algunas camisetas, pantalones y calzados deportivos. Empezó a caminar sin plan, sin rumbo. Recorrió las zonas que más le agradaban de la ciudad. Luego, abandonó la urbe, sus pasos lo llevaron por carreteras, senderos y montañas. Pernoctaba en cualquier sitio, se detuvo en lugares solitarios y oteaba sin prisa, no sabía del pasar de las horas, apenas no estaba transición de la noche al día". (Pág.44)
El también periodista hijo de unos de los inventores españoles más destacado del siglo veinte, Vicente Millás Mossi (1909-1991), advierte señales carfológicas, como su personaje "El Carfólogo", traduce los movimientos del lector en una trama que nos mantiene en los linderos del desconcierto, en los bordes afilados que separan la vida de la muerte:
“Aliviado por lo que parecía una promesa que, si no iba a poner fin a las desdichas, podría al menos convertirla en algo manipulable y personal, juntó los párpados Y al poco quedó en reposo la imaginación. Entonces el cuerpo comenzó a sudar y como resultado de esa exhalación se paralizaron algunos de los movimientos espontáneos y remitió también la lucha que había venido manteniendo en las últimas horas la sangre y los humores del debilitado organismo. Cuando se despertó, volvió a ver el reflejo de una llama sobre la pared humedecida, y adivinó a su espalda la doble presencia que en otro momento se había ocupado de él. Intentó encontrar ese momento, mas no le fue posible por sentirse incapaz de aplicar a su memoria las reglas que determinan la mediación de los sentidos en la representación de las impresiones exteriores". (Pág.185)
Ambos, Olivo Peña y Juanjo Millás, desenlazan sus historias enlazando las emociones del lector. Ahora, cada quien elige la forma de seguir viviendo o de no:
Olivo escribe:
“Como tenía tiempo de sobra, decidió aprovechar la mañana para visitar la tumba de Nínive. Pensó que la hallaría descuidado llena de malezas, pero no: estaba limpia y ordenada. Llamó su atención un ramo de flores frescas y tres en base de reluciente color bronce. Lo destapó. Estaban llenos de un polvo blancuzco, cenizas. Uno tenía el nombre de Nínive, otro al de su perrita Lala y el tercero…" (Pág.46)
Y Millás dice:
"[…] Román cerró los ojos y respiró profundamente, haciéndose daño en los costados. Mientras perdía la conciencia, imaginó que se asomaba un agujero a través del cual vio su hermana que, inclinada sobre la fuente, abría la boca el chorro de agua que caía, roto, al suelo salpicándole las piernas y el vestido. Entonces dijo, como se recitara una lección: "Todas las causas que puedan disminuir el oxígeno y aumentar el ácido carbónico de la sangre que riega al centro respiratorio ocasiona movimientos inspiradores y espiradores más profundos y acelerados […]" (Pág.208)
Y nos dejan como Cole Sear del "Sexto Sentido", caminando hacia un "Viaje a la nada" y sentado en "El jardín vacío" junto a personas que creen, perpetuamente, estar allí.
Compartir esta nota