A veces se escucha, en ciertos corredores del juicio literario, una frase que cae como pájaro muerto en las habituales aguas de la tradición: que Jorge Luis Borges es un mal poeta, o que su poesía es fría, demasiado cerebral, demasiado hecha de espejos y bibliotecas y no de sangre, de emoción, de ecuaciones preestablecidas. Cuando se escucha esa frase, no sabemos si estamos ante un malentendido, ante una lectura apresurada o ante esa dócil costumbre humana de confundir el silencio profundo con la ausencia de música. Porque Borges no es un escritor que grita; es un escritor que murmura desde una hondura donde el pensamiento se vuelve respiración, vibración de una experiencia que se expande hacia adentro. Y quizás por eso algunos creemos que su obra carece de calor humano: porque el fuego que la alienta no es el fuego inmediato de la manida emoción, sino ese otro fuego más lento y antiguo con el que arde la conciencia cuando descubre que el tiempo, la memoria y el destino son apenas distintos nombres de una misma interrogante que busca encontrarnos.

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Borges.

Decir que Borges es frío es como decir que el desierto no tiene vida porque no hace ruido. En la superficie puede parecer un territorio de piedra y de arena inmóvil, pero quien aprende a mirar descubre que bajo esa quietud laten las sustantivas corrientes del sentido que puede transformarnos. La poesía debe transformarnos, ese es su mayor sentido. Borges escribe desde esa región de la vivencia donde el hombre deja de narrarse a sí mismo como una biografía para comenzar a pensarse como un misterio. Y esa operación, que para algunos resulta demasiado abstracta, es, en realidad, una de las formas más profundas de la emoción humana: la emoción de saber que existimos en medio de un universo que no terminamos de comprender, porque cada vez lo hacemos más grande… Cuando Borges escribe sobre los laberintos, sobre los tigres, sobre los espejos o sobre la infinita biblioteca, no está jugando con vanos símbolos; está intentando decir algo que todos sentimos alguna vez y que rara vez sabemos nombrar: que la realidad es más vasta que nuestra mirada, que somos una red incapaz de contener sus límites, y que cada cosa que tocamos parece ser apenas la puerta de otra cosa que se aleja. Esa sensación, que algunos llaman metafísica, no es fría. Es, por el contrario, una de las experiencias más íntimas de la naturaleza humana.

Borges y la balanza del tiempo

Acusar a Borges de carecer de emoción es olvidar que la emoción no siempre se manifiesta en la exclamación. Hay emociones que se expresan en la serenidad, como el mar cuando parece meditar en las tardes que se ahondan más allá del silencio de los naufragios. Y, sin embargo, sostiene en su profundidad una fuerza inconmensurable, bajo el resplandor de una belleza que atemoriza cuando se mira por primera vez… Borges pertenece a esa tradición de escritores para quienes la literatura no es solamente un desahogo sentimental o un figurativo andamiaje del lenguaje, sino una forma de conocimiento, de ejercitación del pensamiento luminoso, consagrado al decirse en total redondez. Y conocer, cuando se conoce de verdad, es una experiencia tan conmovedora como amar… Hay en Borges una nostalgia que no se grita, pero que atraviesa la textura de su poética en singular frecuencia del sentido no siempre hallado en el plano de la poesía: el pesar por el tiempo perdido, la nostalgia de una patria que quizá nunca existió del todo, la impresión por el asomo de sus ancestros que no terminan de irse, mirar desde el recuerdo las espadas vencidas por el tiempo, los patios silenciosos donde el verano parece demorarse en las casas bajas de los límites entre el Buenos Aires de su juventud y los arrabales de la dilatada llanura de Las Pampas. Esa nostalgia no aparece como una lágrima explícita; aparece como una luz oblicua que ilumina su memoria. Y quizá por eso algunos lectores no la reconocemos: porque estamos acostumbrados a una literatura que nos diga directamente qué sentir.

Borges y la balanza del tiempo

Pero Borges no dicta emociones; abre espacios de conciencia. Su escritura se parece más a una puerta que se abre hacia dentro que a un discurso que procura ser validado. Uno entra en ella y de pronto descubre que está caminando por corredores donde el tiempo se bifurca, como lo hacen los senderos en aquel memorable jardín que de él ya sabemos, donde un hombre puede soñar a otro hombre que a su vez lo está soñando, donde un punto diminuto del espacio puede contener todos los puntos del universo, como en el Aleph de sus insomnios. Esa visión, que en manos menos precisas, de menores astucias habría sido mero artificio, en Borges adquiere una serenidad casi mística… Porque Borges, en el fondo, fue un contemplativo. Su obra está hecha de una atención radical hacia el misterio de existir. El universo para él no era solamente un escenario; era un enigma. Y la literatura era la manera de rodearlo con palabras sabiendo, desde el principio, que ninguna palabra bastaría. En esa expresión intelectual hay más humanidad de la que se nos ha dado comprender… Para Borges, la literatura es un sueño dirigido, un modo de ser y estar en la otra vigilia.

Borges y la balanza del tiempo

Además, quienes hablan de frialdad en Borges suelen olvidar la música secreta de su poética. Borges escribe como quien talla el aire. Cada frase suya parece haber sido pulida hasta quedar reducida a su forma esencial. No hay exceso, no hay estridencia, no hay el peso innecesario de lo que sobra. Esa economía del lenguaje, que algunos confunden con sequedad, es en realidad una forma de respeto por la inteligencia del lector… La emoción en Borges no estalla: se insinúa. Está en ese hombre que descubre un punto de luz y comprende que se le ha revelado demasiado. Está en ese bibliotecario que imagina una biblioteca infinita donde todos los libros posibles ya existen. Está en ese poeta que, ya ciego, sigue evocando tigres que sólo ha visto en la imaginación… ¿Hay frialdad en esa obstinación de seguir mirando el mundo cuando los ojos físicos se apagan? Al contrario: hay una ternura silenciosa hacia el acto mismo de pensar.

Quizás lo que ocurre es que Borges no escribe desde la temperatura emocional que domina gran parte de la literatura contemporánea. Su sensibilidad pertenece a otra tradición: la de los hombres que conversan con los siglos. Su obra dialoga con Shakespeare, con Dante, Cervantes, con Witman, con John Milton, con los filósofos griegos, con los místicos orientales. Ese diálogo no es frío: es vasto como las probabilidades del espacio cuántico de una gota de rocío tiritando en el centro de la mirada, al ser pulsada por el oro de la aurora… Y la vastedad, a veces, intimida. Porque Borges obliga al lector a abandonar la confort de una lectura puramente emocional para entrar en un territorio donde el pensamiento también siente y respira. Allí uno descubre algo que muchos olvidamos: que pensar puede ser una forma de estremecimiento, una pedagogía de autoexploración, en la cual el lector puede también reconocerse.

Borges y la balanza del tiempo

De modo que cuando alguien afirma que Borges es un mal escritor, quizá lo que en realidad está diciendo, sin darse cuenta, es que Borges le exige una expresión distinta de sensibilidad. No la sensibilidad inmediata del sobresalto, sino la sensibilidad lenta, pero sabía como los antiguos mandalas en que resuena la vibración del universo o la sentida hondura de la contemplación… Leer a Borges es como mirar el cielo en una noche sin luna. Al principio parece que no hay nada. Pero cuando los ojos se acostumbran a la oscuridad comienzan a verse las estrellas, como peces plateados en el telar del firmamento, como un cóncavo techo de lumbreras. Y entonces uno comprende que lo que parecía vacío estaba, en realidad, lleno de infinitud.

Borges pertenece a esos escritores que no buscan impresionar al lector, sino acompañarlo hacia una región más silenciosa del pensamiento. Allí donde la literatura deja de ser espectáculo y se convierte en una forma de meditación sobre la naturaleza y el destino humano. Por eso su obra no envejece. Porque mientras haya un hombre que se pregunte quién sueña a quién en este extraño laberinto que llamamos realidad, mientras haya alguien que sospeche que el tiempo no es una línea sino un círculo o campo vibrante, mientras alguien abra un libro y sienta que está entrando en una realidad más grande de aquello a lo que se le suele llamar vida, la voz de Borges seguirá diciéndose… Y quizás entonces comprenderemos que lo que algunos llamaron frialdad no era ausencia de emoción, sino otra forma del asombro: la emoción de mirar el misterio sin levantar la voz en la balanza del tiempo.

Ramón Antonio Jiménez

Poeta

Ramón Antonio Jiménez, natural de Valparaíso, San Francisco de (RD). Creador del ideario estético taocuántico cofundador y director de La Comunidad Literaria Taocuántica.

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