Volver es el verbo. Pero, ¿realmente volvemos?
Dejamos raíces, vestigios, donde nos detenemos. Nos aferramos al retorno y, aunque sea en fragmentos, creemos que volvemos. Y ese regreso quiere ser un reencuentro, un deseo de abolir la dispersión.
Dispersarse es alejarse, quizá de la inocencia, tal vez de la canción, para llegar probablemente a la sapiencia triste y al ruido ubicuo.
Dispersarse es continuar desde lejos. Y allí nos quedamos –de alguna manera- tal vez para siempre, tal vez para nunca. Pero siempre hay un pero que nos invita a volver.
La literatura de la diáspora refleja el origen. Dibuja la infancia. Anhela la reunión de los pedazos. Se alimenta de nostalgia. A veces resulta muy cruda; otras, muy frágil, excesivamente lírica, golpeante:
"Señor, no me dejes envejecer en Nueva York. Haz que esta pared tan noble, donde apoyan los heridos la sombra de su alma antes de caer vencidos, ruede hacia el fondo del cielo, cerca del sol, para que yo pueda ver la ciudad de mi infancia. Haz que algo de sal ocurra en mis venas, algo de cuchillo en mi silencio, algo de soledad en mis entrañas huecas de tanto mirar los edificios con sus ventanas humanas empañadas de reflejos, con su castigo inocente de cerraduras, con su suicida cayendo eternamente como una fruta agotada. Señor, yo no pertenezco a este invierno, a este ruido espantoso de cosas que se alejan, a este rostro que siempre llega tarde a la dicha. No, no me dejes morir en Nueva York".
Este poema es la canción que sin conocerla muchos cantan todos los días en silencio lejos de su tierra natal.
José Acosta simplemente ha usado la lengua –con la imaginación y la sensibilidad que lo distinguen-para regalarnos y regalarse este morriñoso y esperanzador himno del inmigrante que reside en ese mundo cargado de adjetivos llamado Nueva York. Ese Nueva York que es una metáfora de la dispersión, de la diáspora. Y que está en cualquier parte del mundo.
Ojalá que este poema –esta canción, este himno, esta plegaria- sea cantado cada segundo por una voz diferente. Amén.
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