¿Por cuáles razones y en qué fecha decides establecerte en Estados Unidos?
Las razones sociopolíticas que me impulsaron a emigrar de mi país fueron el descalabro de la sociedad dominicana debido a la crisis de principios de los 80 y que arreció en 1984 imponiéndole a nuestro pueblo un funesto acuerdo con el FMI. Esas circunstancias despojaron a la juventud dominicana de sus posibilidades para forjarse un mejor futuro y avanzar hacia el logro de sus metas generacionales. En mi caso, necesitaba crecer más allá de las limitaciones impuestas por los sectores de poder que sólo piensan en explotar al pueblo dominicano para ellos acumular riqueza. En 1982, mi hermano Enrique Abreu hizo todas las diligencias de lugar para que yo pudiera emigrar hacia New York. Desde 1983 decidí establecerme definitivamente en Manhattan y desde entonces allí he estado integrado a la labor cultural y comunitaria nuestra. ¡Eso es más de la mitad de mi vida!
Partiendo de que eres un escritor multifacético, ¿cómo tú te identifica como artista?
Me considero un artista que se expresa a través de diferentes medios artísticos. Me encanta la hibridación cultural y la riqueza que eso le brinda al alma. Trato de exponerme a todo y consumir lo que más llene mi espíritu de ese todo. Mi obra toda está permeada de esa exposición a la hibridación cultural.
Desde el libro Para mujeres sin maquillaje hasta Katanga y Erótiko, ¿cómo ha evolucionado y qué ha dejado atrás conceptualmente Diógenes Abreu?
Antes de Para mujeres sin maquillaje, publiqué mi libro de poesía Poemas para los vivos. Desde ese libro de poesía a Katanga (narrativa) existe todo un largo trayecto creativo recorrido en múltiples escenarios socioculturales, así como por el paso por algunas academias universitarias de los Estados Unidos. En ese camino he ido despojándome de muchos flecos estéticos, conceptuales e ideológicos que marcaron visiblemente mi trabajo desde un principio. Esa experiencia de vida me ha permitido pulir estética y conceptualmente mi obra en todas sus manifestaciones. Obviamente, en mi caso, ese es un proceso de permanente búsqueda y reajustes porque para mí el poema es vivir en la palabra. ¡Nadie es más que crítico de mi trabajo que yo mismo porque eso me obliga a crecer constantemente!
Las artes plásticas dominicanas, desde Silvano Lora hasta acá, han sido zarandeadas por Bienal Marginal y premiaciones cuestionadas. ¿Cuál es tu opinión al respeto?
Silvano Lora pertenece a la estirpe de Gilberto Hernández Ortega y artistas que, como ellos, saben que la función del artista va mucho más allá de la mera decoración de paredes o producir objetos artísticos que combinen con el juego de muebles de quienes los compran. Quienes hemos vivido fuera del país y nos hemos expuesto a múltiples expresiones artísticas sabemos que el mercado del arte es una trampa peligrosa para todo artista que desee trascender más allá del modismo y los sofismas estéticos contemporáneos. Lora y Hernández Ortega aún siguen siendo referentes para muchos de nosotros porque supieron trascender la putrefacción de la gloria momentánea que actualmente doblega a gran parte del arte contemporáneo.
En nuestro país hay gente en el mundo de las artes visuales que piensa y actúa como si estuviera innovando en los renglones de las instalaciones, el arte conceptual y el performance. Lucen ignorar que hace muchos años anterior a ellos ya hubo una práctica artística que tiene su historia y trayectoria. Lo triste del caso es que algunos críticos y curadores de arte se prestan para servir de megáfonos de esa cantata de la mediocridad cultural.
Las consecuencias de esas engañifas han provocado, en parte, que la bienal de artes visuales organizada por el Ministerio de Cultura de la República Dominicana implosione debido a la reverencia al modismo y algunas sandeces del arte contemporáneo. En nuestro país se ha creado una superestructura cultural que trata a los artistas visuales como simples peones al servicio de supuestos “genios”, suya labor está por encima de la obra de arte y su autor. Esa cúpula de simuladores pretende convencernos de que el artista y su oficio son meros pretextos para la consumación sacrosanta del mercado del arte local. Sólo artistas con una recia formación ideológica pueden escapar a la poderosa maquinaria de la prostitución mercadológica del arte contemporáneo. Esa estirpe de artista, como Silvano y Hernández Ortega, logrará ser referente para generaciones futuras.
¿Cómo artista que ha vivido y creado dentro y fuera de la isla, ¿qué le falta urgentemente a nuestra cultura y a nuestra política cultural para estar a la par con los tiempos modernos?

Nuestro país adolece, hace mucho, de verdaderas y efectivas políticas culturales de Estado. Muchos de nuestros gobernantes, funcionarios y culturólogos confunden política cultural con agenda y programación cultural. La política cultural es ideología, visión, misión. No es un calendario lleno de actividades o fajos de pronunciamientos sobre “dominicanidad” y nacionalismo. La política cultural que no defina visión y misión carece de una ideología sobre la cultura y su enraizamiento en el pueblo dominicano. Hablo de todo el pueblo dominicano, no solamente de las élites que por décadas se han entroncado en el poder para imponernos sus valores e ideologías.
Entonces, ante la carencia de verdaderas y efectivas políticas culturales, podemos entender por qué el Estado dominicano es tan inservible cuando se trata de invertir en la promoción y apoyo de los artistas y su oficio. Los grupos de poder que controlan nuestro Estado sólo encuentra suficientes recursos para la labor cultural cuando les conviene a sus apetencias de perpetuarse en el poder. De lo contrario, supuestamente nunca hay recursos para, por ejemplo, remunerar la labor cultural al servicio de instituciones estatales, pero sí los hay para pagarles a empleados botella activistas del partido de turno en el gobierno.
La urgencia es desmantelar toda esa estructura clientelar y corruptora que despilfarra nuestros recursos y nos impide desarrollarnos positivamente como país.
Tu posición como artista y creador en torno a nuestra identidad ha sido vista muchas veces como haitianófila. ¿Qué tanto te ha afectado este punto de vista de algunos sectores culturales en la promoción y colocación de tu obra?
Todo intelectual que no se convierta en megáfono amplificador de la historia oficial, debe estar preparado para pagar un precio que muchas veces implica ser descalificado, discriminado, censurado, vejado, vilipendiado y hasta agredido física y verbalmente. En mi caso he probado el ramalazo amargo de casi todas esas manifestaciones de la Santa Inquisición ideológica que se empeña en manufacturarnos el consentimiento a fuerza descalificarnos como traidores a la patria y antidominicanos.
Mi concepto de dominicanidad no encaja en la historia oficial que pretende construirnos una identidad en oposición al pueblo haitiano y sus valores culturales. Me siento tan orgulloso de mi herencia española, judía, taína como de mi herencia haitiana. Soy de los que reivindican nuestra africanía entendiendo que gran parte de ella nos viene legada a través de nuestra hermandad con el pueblo haitiano. El afán por desprendernos lo haitiano de encima no encaja con la función del catolicismo Congo impregnado en ambos pueblos. Eso lo demuestran la historia de Lemba y de Romain Riviere (La Profeta). Cercenar ese importante legado de nuestra dominicanidad es pisotear pilares fundamentales de nuestra negritud.
Sostener semejantes posturas ha provocado que algunos sectores me censuren y pretendan bloquear mi trabajo en el país. Mis libros han sido excluidos de ciertos círculos dominicanos y otros han pretendido descalificar mis argumentos con meras historietas patrioteras. Sin embargo, a pesar de semejantes pretensiones, he contado con el apoyo, colaboración y motivación de un conjunto de gente sumamente importante para mi labor intelectual. Esa red de solidaridad va desde simples lectores comunes a encumbrados intelectuales dominicanos con sólida labor sociocultural en el país y en el extranjero. Esa es la red que me permite seguir hacia adelante y produciendo según mi concepto de la función del intelectual en la sociedad. ¡Vaya para todos ellos mi más ferviente agradecimiento!
¿Qué opinión te merece la literatura hecha por los dominicanos fuera de la isla?
La literatura nuestra fuera del país es como la música nuestra en el mismo lar: variopinta, multifacética y de niveles estéticos distintos, pero es nuestra. Fuera del país hemos hecho una labor literaria impresionante, tanto en su calidad como en su cantidad. Recuerdo que a principios de los 80 desde el país se argumentaba que no existía una literatura dominicana en el exterior. Todavía hoy puede aparecer alguien que sostenga semejante desacierto. El problema fundamental de ese descarrilamiento apreciativo es que muchos de los premios literarios del país son ganados por escritores de la diáspora. Tenemos un corpus escritural con vida e identidad propia, capaz de competir de tú a tú con cualquier otra producción literaria.
Lamentablemente, la mezquindad de algunos grupos, y a veces hasta la envidia, no les deja aceptar el hecho de que nuestra producción literaria constituye un aporte innegable a la literatura del país. No hay manera de escribir la historia de la literatura dominicana sin incluirnos a nosotros, a pesar de que algunos aun persistan en publicar antologías que nos excluyen.
¿Cuál es tu valoración de la literatura hecha por escritores entre los 30 y 40 años?
Me encanta mucho la literatura joven. Siempre estoy atento a ella y trato de ser lo más solidario y colaborador con los escritores jóvenes porque yo también estuve ahí en ese momento de mi creación literaria y sé lo importante que fue para mí haber tenido el privilegio de trabajar de cerca con don Manual del Cabral. Bebí de su sabiduría y sensibilidad, de su visión como escritor y como ser humano. Cabral me transmitió cosas que ningún curso universitario hubiera podido darme. Creo que eso queda plasmado en mi obra literaria. ¡Soy cabraliano de formación y praxis!
Mi relación con Cabral me demostró que los escritores jóvenes deben exponerse a todo y absorberlo todo para que en el momento creativo puedan cedacear la paja del grano y quedarse solamente con la masa madre de donde surgirá el pan de su labor estética.
Desde tu pasión por los temas de investigación de la historia dominicana contemporánea, ¿cuáles temas están pendientes para ser escrito?
Creo que el mayor de ellos es el de nuestra negritud. Seguimos siendo ignorantes de los fundamentos cosmogónicos de la africanía que forjó uno de los pilares de nuestra identidad como pueblo. Nos han esfumado el impostergable análisis histórico sobre la maldición de la esclavización, enarbolando el mito del esclavo feliz y una supuesta mancomunidad armoniosa con los esclavistas coloniales. Nos han amplificado tanto la miopía histórica que todavía hoy no existe en la República Dominicana un museo dedicado a documentar la esclavitud y sus estragos en nuestra población indígena y africana. ¡Esto a pesar de que allí fui donde inició todo el proceso de colonización europea del continente! ¡Nos niegan a propósito ese impostergable encuentro con la verdad histórica!
¿Cómo se logra tener el mismo estándar de calidad en espacios tan heterogéneos, como poesía, narración, teatro, pintura, instalación de artes plática, ensayo histórico, negritud e identidad?
Mi empeño principal siempre es no olvidar que estoy produciendo un objeto cultural que debe sobrevivirle a su época. Eso, por supuesto, muchas veces implica desestimar los galanteos del supuesto “éxito” y “fama” contemporáneos. El vicio del efectismo contemporáneo es un peligro para la calidad cuando el artista/autor se embelesa con las nimiedades de los modismos y se olvida de la posteridad.
En tu opinión, ¿por qué la escritora Rhina Espaillat no ha sido tomada en cuenta para el Premio Nacional de Literatura o el Premio Pedro H. Ureña?
Doña Rhina Espaillat constituye un tesoro literario e intelectual para nuestro país. Privilegiados somos todos aquellos que hemos sido acogidos en su santo seno como mentora, traductora, crítica, consejera y camarada en el oficio cultural. Todos los premios que ella ha ganado fuera del país demuestran que su obra transciende las fronteras culturales y que ha realizado una labor literaria de altura.
No debe asombrarnos que a ella la ignoren en el país para galardonarla con semejantes premios literarios. Esa postura es consistente con el desprecio hacia nosotros como colectivo dominicano residente en el exterior. Por más logros y calidad que tenga nuestro trabajo, aun persisten algunos en menospreciarnos y considerarnos como bagazo sociocultural que sólo sirve para aportar remesas a la nación.
¿Qué tan lejos estamos los dominicanos de tener un escritor galardonado con el Premio Cervantes o el Nobel de literatura?
Considero que estamos lejos de alcanzar ese logro. Muchos de esos premios, como ya vimos con el Nobel de la paz, están muy atados a los vicios de la geopolítica mundial. Luce que la calidad y trayectoria literaria son consideraciones secundarias cuando los intereses geopolíticos se imponen. Recuerdo que en los 80 los dominicanos sentimos mucha posibilidad de que a don Manuel del Cabral le dieran un premio de esa categoría, pero no lo vimos materializarse.
Por supuesto, nuestro parnaso literario debe estar consciente de que, premio a no premio, nuestra literatura es tan valiosa como cualquier otra. ¡Ya nos llegará el momento en que la misma sea valorada en su justa dimensión! En lo que eso llega, debemos seguir produciendo sin distraernos con el ruido de la exclusión.
Compartir esta nota