El avance a pie de una multitud de guerreros primitivos con instrumentos rudimentarios como hachas de piedra, arcos de bejucos y flechas de madera ingenuamente amasada frente a un ejército feudal armado de artillería, caballería e infantería provisto de instrumentos tan mortíferos como la arcabucería, auguraban de antemano el trágico balance y la costosa derrota aborigen, al batirse en una lucha desigual contra sus opresores. Al ver caer a los suyos, heridos o muertos ante sus ojos, al ser rechazadas sus acometidas de manera despiadada por la soldadesca española, los desconcertados guerreros aborígenes fueron presa de un terrible pánico y una extrema confusión se apoderó de sus filas. En esa situación y como contrapartida, la artillería de los soldados españoles destruía al numeroso ejército indígena, la infantería los fusilaba impunemente y la caballería hundía sus espadas en sus cuerpos, a la vez que los perros de presa clavaban sus colmillos en su piel, devorando a aquellos seres impotentes. Esa horrible matanza de miles de indígenas daría origen a la fábula fabricada por los conquistadores españoles de la aparición de la Virgen Nuestra Señora de las Mercedes, quien supuestamente bendijo con su presencia el triunfo de los españoles frente a la cruz que ordenó construir el almirante Cristóbal Colón.
Si bien es cierto que Cristóbal Colón y su gente fueron recibidos con una actitud de sumisión por el cacique Guacanagarix y los pobladores aborígenes del cacicazgo de Marién, no es menos cierto que encontró una actitud de resistencia activa o pasiva en los caciques y los habitantes de los demás cacicazgos de la isla de Santo Domingo.
Las características y las dimensiones de la resistencia realizada estaban matizadas por el origen de la población que habitaba cada cacicazgo, por su nivel de desarrollo económico-social y cultural, por la expansión político-militar alcanzada, así como también por el tipo de liderazgo y por la ubicación geográfico-territorial estratégica que poseían.
Es importante destacar que a los conquistadores españoles, muy a pesar de su superioridad técnico-militar, no le fue tan fácil someter a la población aborigen de la isla de Santo Domingo a sus caprichos y voluntades, por el conocimiento profundo que tenían los nativos del territorio, por las bajas significativas que les infringieron en diversos combates y por los importantes reveses que sufrieron con las diferentes tácticas implementadas tanto por los caciques como por la población en general.
1.- Actitud del cacique Guacanagarix y la población del Marién ante Colón y su gente
Tras descender de Cuba, Cristóbal Colón navega en dirección nordeste a la isla de Santo Domingo y llega a los territorios que ocupaba el cacicazgo de Marién, que se extendían por toda la porción noroeste de la isla, con su asiento en un lugar conocido como El Guárico, cerca de la actual ciudad de Cabo Haitiano, en el norte de Haití, y estaba dividido en 14 nitainatos. El cacicazgo abarcaba los siguientes territorios, en la actual República Dominicana (Dajabón, Montecristi, Santiago Rodríguez y Valverde) y en la actual República de Haití (Artibonito, Departamento Centro, Departamento Nordeste, Departamento Noroeste y Departamento Norte).
El cacique principal, Guacanagarix, obsequió regalos a los recién llegados, cenó con ellos y se puso enteramente a su servicio. Ante esa actitud benévola, Colón correspondió a su fiel servidor, ordenando a sus acompañantes realizar ejercicios militares, deslumbrando a los nativos, pero muy especialmente a su cacique, quien vio en la soldadesca española a un aliado fuerte ante las constantes incursiones punitivas del cacique Caonabo y de la etnia de los Caribes.
Al estrellarse la nao Santa María contra un arrecife coralino, el cacique Guacanagarix y su pueblo apoyaron a Cristóbal Colón y a su gente de manera servil e incondicional, al ayudarle a construir la primera fortaleza militar de los europeos en América, el Fuerte La Navidad, cuyos trabajos concluyeron el 25 de diciembre de 1492, día de La Navidad, en las proximidades de la actual Bahía de Cabo Haitiano. Esto obligó a Colón a dejar 38 hombres de su comitiva, a cuyo frente quedó el alguacil de la Armada, Diego de Arana, con la misión de explorar el territorio para conseguir oro, especias y algodón.
Desde entonces, Guacanagarix asumió una actitud de sumisión total ante los españoles. Esto, unido a las acciones depredadoras, de abuso y violación cometidas por los conquistadores españoles ante la población nativa tanto del cacicazgo del Marién como del Maguana, motivó al cacique Caonabo a organizar una liga de caciques para tomar por asalto y quemar el Fuerte La Navidad, así como eliminar a los que lo custodiaban y a quienes encontraron a su paso, incluyendo a Diego de Arana y a los lugartenientes Pedro Gutiérrez, repostero de estrado del rey Fernando II de Aragón, y al segoviano Rodrigo de Escobedo, escribano mayor de la Armada. De igual modo, eliminaron a todos los pobladores nativos que los enfrentaron, quedando Guacanagarix gravemente herido en una pierna.
Al regresar Colón en su segundo viaje, desembarcó en el lugar donde había construido el Fuerte La Navidad, recibiendo informaciones de lo ocurrido de Guacanagarix, quien acusó a Caonabo y a su gente de la destrucción de la fortaleza y de la muerte de los 39 españoles, queriendo ocultar con ello las acciones depredadoras realizadas por los peninsulares. Durante varios días Colón hizo un reconocimiento de los muertos y una inspección de los daños causados por Caonabo y sus aliados. Posteriormente, decidió seguir navegando hacia el este y en las inmediaciones del río Bajabonico, en Puerto Plata, decidió construir la Villa de la Isabela, en homenaje a su mentora, la reina Isabel de Castilla.
Al enterarse Guacanagarix de que Colón partiría nuevamente hacia España, se presentó junto a su hermano y otros seguidores para hacerle una nueva entrega de oro y algunos aborígenes de origen Caribe que habían capturado al realizar incursiones en su territorio. Esta acción y las denuncias de los planes punitivos que estaban fraguando Caonabo, Guarionex, Bohechío y otros caciques de hacer una gran alianza caciquil para enfrentar a los españoles, son una muestra extrema de hasta dónde llegó la sumisión y el servilismo del cacique Guacanagarix hacia quienes vinieron a la isla a sembrar el terror, la opresión, la humillación y el exterminio de su etnia.
2.- El retorno de Colón a España y la resistencia del Golfo de la Flecha
Cuando Colón retornaba a España de su primer viaje por las Indias, la carabela La Niña en que viajaba el Almirante bordeó las costas de la isla en dirección Este. Al acercarse a la bahía y la península de Samaná el 13 de enero de 1493, Colón dispuso que los miembros de su tripulación se bajaran del barco y procedieran a comprarles sus arcos y sus fechas a los aborígenes que encontraran a su paso. Tras lograr que algunos indígenas intercambiaran algunas de sus armas por espejos, cuentas de vidrio, paños y cascabeles, otros reaccionaron de forma violenta, procediendo a atacar a los conquistadores españoles con sus arcos y flechas, razón por la cual el propio Colón llegó a denominar este episodio con el nombre de Golfo de las Flechas.
Estos aborígenes, que la historiografía dominicana denomina ciguayos y macorixes, no manifestaron el mismo temor que los demás grupos de nativos que había encontrado Colón en el cacicazgo de Marién. Después de interrogar a los españoles, les permitieron desembarcar e intercambiar sus baratijas por las armas indígenas. Sin embargo, los ciguayos y macorixes muy pronto cambiaron su actitud inicial y trataron de capturar a los recién llegados con una lluvia de flechas, desatándose así el primer conflicto armado entre aborígenes y cristianos en el Nuevo Mundo. Este incidente único durante aquel primer viaje dejó una profunda impresión en Colón, pues pensaba que realmente había entrado en contacto con la etnia de los caníbales Caribes, de los que tanto había escuchado hablar, razón por la cual se preocupó por los hombres que había dejado en el Fuerte La Navidad.
De esta forma se describe el propio Colón en su Diario de Navegación de Colón, al llegar a este lugar:
“Envió la barca a tierra en una hermosa playa para que tomasen de los ajes para comer, y hallaron ciertos hombres con arcos y flechas, con los cuales se pararon a hablar, y les compraron dos arcos y muchas flechas y rogaron a uno de ellos que fuese a hablar al Almirante a la carabela; y vino, el cual dice que era muy disforme en la catadura más que otros que hubiesen visto. Tenía el rostro todo tiznado de carbón, puesto que en todas partes acostumbran a teñirse de diversos colores. Traía todos los cabellos muy largos y encogidos y atados atrás y después puestos en una redecilla de plumas de papagayos, y él así desnudo como los otros.
Juzgó el Almirante que debía ser de los caribes que comen los hombres, y que aquel golfo que ayer había visto que hacía apartamiento de tierra y que sería isla por sí. Preguntóle por los caribes y señalóle al Este, cerca de allí; la cual dice que ayer vio el Almirante antes que entrase en aquella bahía, y díjole el indio que en ella había muy mucho oro, señalándole la popa de la carabela, que era bien grande, y que pedazos había tan grandes. Llamaba al oro tuob y no entendía por caona, como le llaman en la primera parte de la isla, ni por nocay, como lo nombran en San Salvador y en las otras islas. Al alambre o a un oro bajo llaman en La Española tuob.
De la isla de Matinino dijo aquel indio que era toda poblada de mujeres sin hombres, y que en ella hay mucho tuob, que es oro o alambre, y que es más al Este de Carib. También dijo de la isla de Goanin, adonde hay mucho tuob. De estas islas dice el Almirante que por muchas personas hace días había noticia.
Dice más el Almirante; que en las islas pasadas estaban con gran temor de Carib, y en algunas le llamaban Caniba, pero en La Española Carib; y que debe de ser gente arriscada, pues andan por todas estas islas y comen la gente que puede haber. Dice que entendía algunas palabras, y por ellas dice que saca otras cosas, y que los indios que consigo traían entendían más, puesto que hallaba diferencia de lenguas por la gran distancia de las tierras. Mandó dar al indio de comer, y dióle pedazos de paño verde y colorado y cuentezuelas de vidrio, a que ellos son muy aficionados, y tornóle a enviar a tierra y díjole que trajese oro si lo había, lo cual creía por algunas cositas suyas que él traía.
En llegando la barca a tierra, estaban detrás de los árboles cincuenta y cinco hombres desnudos, con los cabellos muy largos, así como las mujeres los traen en Castilla. Detrás de la cabeza traían penachos de plumas de papagayos y de otras aves, y cada uno traía su arco. Descendió el indio en tierra e hizo que los otros dejasen sus arcos y flechas, y un pedazo de palo que es como una macana… muy pesado que traen en lugar de espada; los cuales después se llegaron a la barca, y la gente de la barca salió a tierra y comenzáronles a comprar los arcos y flechas y las otras armas, porque el Almirante así lo tenía ordenado.
Vendidos dos arcos, no quisieron dar más; antes se aparejaron de arremeter a los cristianos y prenderlos. Fueron corriendo a tomar sus arcos y flechas donde los tenían apartados y tornaron con cuerdas en las manos para dice que atar a los cristianos. Viéndolos venir corriendo a ellos, estando los cristianos apercibidos, porque siempre los avisaba de esto el Almirante, arremetieron los cristianos a ellos, y dieron a un indio una gran cuchillada en las nalgas y a otro por los pechos hirieron con una saetada, a lo cual, visto que podían ganar poco, aunque no eran los cristianos sino siete y ellos cincuenta y tantos, dieron a huir que no quedó ninguno, dejando uno aquí las flechas y otro allí los arcos. Mataran dice que los cristianos muchos de ellos si el piloto que iba por capitán de ellos no lo estorbara.
Volviéronse luego a la carabela los cristianos con su barca, y, sabido por el Almirante, dijo que por una parte le había pesado y por otra no, porque haya miedo a los cristianos, porque sin duda, dice él, la gente de allí es dice que de mal hacer y que creía que eran los de Carib y que comiesen los hombres, y porque, viniendo por allí la barca que dejó a los treinta y nueve hombres en la fortaleza y Villa de la Navidad, tengan miedo de hacerles algún mal. Y que, si no son de los caribes, al menos deben ser fronteros y de las mismas costumbres y gente sin miedo, no como los otros de las otras islas, que son cobardes y sin armas fuera de razón. Todo esto dice el Almirante y que querría tomar algunos de ellos. Dice que hacían muchas ahumadas como acostumbraban en aquella isla Española.”[1]
Esto significa que el Golfo de las Flechas es el lugar donde ocurrió el primer enfrentamiento armado contra la invasión europea al continente americano y a la isla de Santo Domingo. Los indios ciguayos de la bahía y península de Samaná, dirigidos por el cacique Mayobanex, fueron quienes utilizaron por primera vez los arcos y las flechas contra el almirante Cristóbal Colón y sus acompañantes, convirtiéndose así en pioneros de la lucha por la libertad de América.
En torno a la significación de este hecho en la relación entre aborígenes y españoles, Fray Bartolomé de las Casas dice:
“Y esta fue la primera pelea que hubo en todas las Indias, y donde hubo derramada sangre de indios, y es de creer que murió el de la saetada, y aún el de las nalgas desgarradas no quedaría muy sano. Entre indios y cristianos, buenas, aunque chicas primicias, fueron estas de la sangre que de ellos por los cristianos fue después derramada.”[2]
Este hecho no impidió que Colón continuara su viaje hacia España y posteriormente hizo grandes esfuerzos por atraer a los ciguayos y macorixes, con quienes celebró las paces, después de grandes esfuerzos, trabando ¨amistad¨ con el cacique Mayobanex, jefe de numerosas tribus en la parte nordeste de la isla o bahía y península de Samaná, a donde iría a refugiarse el gran cacique Guarionex, tras protagonizar varias incursiones fallidas contra los españoles.
3.- La resistencia del cacicazgo de Maguana
El cacicazgo de Maguana que poseía 21 nitainatos y lo dirigía el gran cacique Caonabo, ocupaba el centro de la isla, teniendo su asiento principal en el lugar denominado Plaza Ceremonial de los Indios o Corral de los Indios, en Juan de Herrera, perteneciente a la actual provincia San Juan de la Maguana. Este cacicazgo abarcaba las provincias de Elías Piña, San Juan de la Maguana, Azua, San José de Ocoa, Peravia y San Cristóbal, además, las zonas montañosas de las provincias de Santiago, La Vega y Monseñor Nouel, en la actual República Dominicana.
3.1.- Acción contra el Fuerte La Navidad
De las personas que había dejado Colón en el Fuerte La Navidad, una cuadrilla encabezada por los oficiales Pedro Gutiérrez y Rodrigo de Escobedo penetró al territorio del cacicazgo de Maguana, siendo apresado y ejecutado en el acto por fieles del cacique Caonabo.
Más adelante, el cacique Caonabo enterado del hecho y de la servil colaboración de Guacanagarix, organizó una liga de caciques con Mairení, su hermano Maniocatex, Guarionex y Bohechío, logrando así realizar una exitosa incursión armada que culminó con el asalto e incendio del Fuerte La Navidad, en el que murieron el capitán Diego de Arana y los que se habían quedado con él cuidándolo.
De esta manera describió Fray Bartolomé de las Casas lo ocurrido en el Fuerte La Navidad:
“Dijeron que, luego que el Almirante se apartó de ellos, comenzaron entre sí a reñir é tener pendencias, y acuchillarse, y tomar cada uno las mujeres que quería y el oro que podía haber, y apartarse unos de otros; y que Pedro Gutiérrez y Escobedo mataron a un Jacome, y aquellos, con otros nueve, se habían ido con las mujeres que habían tomado y su hato, a la tierra de un señor que se llamaba Canabo, que señoreaba las minas (y creo que está corrupta la letra, que había de decir Caonabo, señor y Rey muy esforzado de la Maguana, de quien hay bien que decir abajo), el cual los mató a todos diez u once; dijeron más, que, después de muchos días, vino el dicho rey Caonabo con mucha gente a la fortaleza, donde no había más de Diego de Arana, el Capitán, y otros cinco que quisieron permanecer con él para guarda de la fortaleza, porque todos los demas se habían esparcido por la isla, y de noche puso fuego a la fortaleza y a las casas donde aquellos estaban, porque no estaban, por ventura, en la fortaleza, las cuales, huyendo hacia la mar, se ahogaron.
El rey Guacanagarí salió á pelear con él por defender los cristianos; salió mal herido, de lo que no estaba sano. Esto concordó todo con la relación que trajeron otros cristianos, que el Almirante había enviado por otra parte á saber nuevas de los 39 cristianos, y llegaron al pueblo principal de Guacanagarí, el cual vieron que estaba malo de las heridas susodichas, por lo cual se excusó que no pudo venir á ver al Almirante y darle cuenta de lo sucedido, despues que se partió para Castilla; y que la muerte de ellos había sido, porque luego que el Almirante se fué comenzaron a rifar y a tener discordias entre sí, tomaban las mujeres a sus maridos y iban a rescatar oro cada uno por sí.”[3]
En estas acciones punitivas lideradas por Caonabo fue eliminada la soldadesca española dejada por Colón en el Fuerte La Navidad, el cual había sido construido con los restos de la nao Santa María durante su primer viaje, así como una parte de los aborígenes de Guacanagarix y el propio cacique, el cual resultó gravemente herido en una pierna cuando intervino en favor de los españoles. Esta constituyó la primera gran victoria obtenida por los aborígenes frente a los conquistadores españoles, pasando a ser Caonabo, a partir de entonces, el objetivo principal del almirante Colón, muy a pesar de saber que los pobladores nativos tenían toda la razón al actuar como lo hicieron ante sus hombres malvados y depredadores.
3.2.- Acción contra el Fuerte Santo Tomás
Mientras Alonso de Ojeda y sus soldados custodiaban el Fuerte Santo Tomás, Caonabo trabajaba noche y día en la formación de una gran liga de caciques con la participación de Mairení, Maniocatex, Uxmatex, Guarionex, Cotoy y Mayobanex, entre otros, para hacerles frente a los invasores. En poco tiempo logró reunir un ejército de miles de aborígenes para asaltar e incendiar el fortín militar que los españoles habían construido en la zona de Jánico, en Santiago de los Caballeros, durante el segundo viaje de Colón.
Los indígenas, armados de arcos y flechas, se lanzaron al ataque frontal en varias oleadas sucesivas y suicidas contra las mortíferas arcabucerías de Ojeda y sus soldados. Además de estar advertidos de la acción, por información recibida por Colón de parte de Guacanagarix, los españoles estaban atrincherados en el fortín, rodeado de fosos profundos y defendido por arcabuces, bayonetas, espadas y sables, que mantenían a raya a los guerreros aborígenes.
En los siguientes términos narra Fray Bartolomé de las Casas lo ocurrido con respecto al sitio que Caonabo hizo de la Fortaleza Santo Tomás y la decisión adoptada por el Almirante Cristóbal Colón:
“Tornando a tomar donde la historia dejamos, estando en estos principios de sus tribulaciones y angustias el Almirante, vínole un mensajero de la fortaleza de Sancto Tomás, enviado por el capitan Mosen Pedro Margarite, avisándoles como todos los indios de la tierra se huían y desamparaban sus pueblos, y que un señor de cierta provincia, que se llamaba Caonabo, se apercibía para venir sobre la fortaleza y matar los cristianos.
Oidas estas nuevas por el Almirante, acordó enviar 70 hombres de los más sanos, y la recua cargada de bastimentos y armas, y otras cosas necesarias; los 25 para guarda de la recua, y los restantes para engrosar los que la fortaleza guardaban, y, de camino, hiciesen camino por otra parte, porque por el que habían comenzado a ir era muy áspero. Junto con esto deliberó enviar toda la gente que no estaba enferma, y la que podía andar, aunque no del todo muy sana, dejando solamente los oficiales mecánicos, y dióles por Capitan a Alonso de Hojeda, para que los llevase hasta la fortaleza de Sancto Tomás, y los entregase al dicho Mosen Pedro Margarite, para que con ella anduviesen por la tierra y la allanasen, mostrando las fuerzas y poder de los cristianos para que los indios temiesen y comenzasen a enseñarse a obedecerlos, mayormente por la Vega Real, donde, dice el Almirante, que había innumerables gentes, y muchos Reyes y señores (y así era gran verdad, como se dijo en el cap. 90), y así también andando, se hiciesen los cristianos a comer de los mantenimientos de la tierra, pues ya todos los de Castilla se iban acabando, pero el Hojeda quedase por Alcaide de la dicha fortaleza.”[4]
Consciente Caonabo de las grandes bajas sufridas por sus fuerzas, de la firme defensa que hacían los españoles del fortín y de la imposibilidad de tomar el Fuerte Santo Tomás, se decidió por cercarlo, asediarlo y mantenerlo sitiado, cortándole la comunicación y el abastecimiento, al tiempo que resguardaba a sus guerreros en los bosques cercanos de la arcabucería de Ojeda.
Durante 30 días se mantuvo el sitio del Fuerte Santo Tomás, lo que sembró el desconcierto en la soldadesca española, no sólo por la capacidad militar del jefe nativo, sino porque al pasar de los días veían llegar al límite las cuantiosas reservas que recientemente le había suministrado Colón y extenuada su resistencia ante el interminable asedio, lo que hacía predecir un desenlace del combate en favor de los aborígenes.
Las fuerzas de Caonabo también sentían los efectos del largo asedio y el guerrero aborigen constataba la indisciplina e impaciencia que primaba en sus filas al no producirse una victoria militar inmediata, lo que le obliga a levantar el cerco, tomando la decisión de retirarse con su gente a las montañas.
Posteriormente, Caonabo trató de reunir nuevamente la liga de los caciques con la participación de Bohechío y Guarionex, a lo cual se negó este último por temor a represalia de los españoles y sus aliados nativos. Ante esta negativa, muchos de sus antiguos seguidores decidieron realizar por su cuenta incursiones armadas en los territorios que ocupaba Guarionex, incendiando varias aldeas y afectando a los fieles del cacique de Maguá.
De todas maneras, Caonabo continuó realizando esfuerzos de cara a reiniciar los ataques contra el Fuerte Santo Tomás, hasta eliminarlo de los límites de su territorio, como parte de su estrategia orientada a expulsar a los invasores.
3.3.- Captura y prisión del cacique Caonabo
Cuando Colón regresó de las exploraciones de Cuba en septiembre de 1494, procedió a reforzar el Fuerte Santo Tomás ante el asedio de Caonabo. De igual manera, le ordenó al capitán Alonso de Ojeda su captura o muerte. Ojeda pasó por las aldeas del cacique Guarionex, donde no sólo logró la neutralidad del cacique de Maguá, sino también un acuerdo para la construcción inmediata del Fuerte La Concepción, en el lugar denominado Guarícano, próximo a la sede principal de este cacique.
Mientras se levantaba el Fuerte La Concepción, Colón le ordenó a un grupo de marinos encabezados por Alonso de Valencia que construyeran una gran cruz de madera, que hizo plantar en la cima del cerro, a cuyos pies estaba la ciudadela de La Vega Real. Esta cruz serviría de base a la fábula religiosa difundida por la historiografía tradicional en torno a la aparición de la Virgen de las Mercedes en el combate que escenificaron los indígenas y los españoles en el denominado Santo Cerro de la Vega Real, donde se reúnen cientos de feligreses los 24 de septiembre de cada año para rendirle tributo.
Una vez se logró el reforzamiento del Fuerte Santo Tomás para evitar nuevos ataques del cacique Caonabo, Ojeda cumplió al pie de la letra la orden que Colón le había dado de la captura o muerte del cacique rebelde del Maguana.
Para cumplir la orden del Almirante, Ojeda se planteó tenderle una celada al valiente cacique para reducirlo a prisión. Por tal motivo se hizo acompañar de una reducida tropa de caballería y marcha en son de paz hacia el asiento del cacique en Maguana. A los nativos fieles que encontró en su trayecto les planteó que su objetivo era lograr una entrevista con el cacique de esa demarcación. Fue así como, al cabo de un tiempo, logró llegar a la proximidad de la sede del cacique rebelde, mientras les hacía saber a sus avanzadas que venía a ofrecerle su amistad y a entregarle unos regalos que el almirante Colón le había enviado, razón por la cual le solicitaba tuviera a bien recibirle.
Informado Caonabo de la llegada de la misión española, en principio rehusó recibirla, pero al enterarse de que Ojeda andaba con una pequeña tropa, le dio acogida. Accedió, además, por el hecho de que estaba en su territorio y era el jefe de la defensa del Fuerte Santo Tomás quien vino a ofrecerle su amistad, a traerle regalos y a fumarse con él la pipa de la paz.
Al ser recibido por Caonabo, Ojeda le ofreció su amistad, le mostró los regalos que Colón le había enviado y lo invitó a la Villa de la Isabela a hacer la paz con Colón. Caonabo aceptó la invitación con la condición de trasladarse con todos sus guerreros hasta esa ciudad. Ante esta idea de Caonabo, el capitán Ojeda le planteó que al tratarse de un acto de paz, no era necesario ir con un contingente militar tan grande.
En realidad, Caonabo se planteó firmar una tregua o un alto a las hostilidades con los españoles, pero nunca aceptaría la autoridad española en el territorio de la isla y no se rendiría ante un poder extranjero. Su cacicazgo estaba en pie de guerra, ya que su territorio no había sido dominado y no permitiría que sus habitantes fueran sometidos al pago de tributos, como había ocurrido con otros cacicazgos.
Caonabo necesitaba una corta tregua para reorganizar sus fuerzas, superar la neutralidad del cacicazgo de Maguá y su jefe Guarionex, levantar la moral combativa del cacicazgo de Jaragua y proceder a formar, que era su línea estratégica central, una gran confederación de caciques y cacicazgos para darle la batalla definitiva a la soldadesca española.
Ojeda, como parte de su plan, ofreció al cacique Caonabo y a su gente una muestra de ejercicios militares con su pequeña tropa de caballería para deleite de los presentes. Mientras se desarrollaban los ejercicios militares, Ojeda entregó a Caonabo los regalos que Colón le había enviado: unos grilletes para los pies y unas esposas para las manos, ambos elaborados con hierro reluciente.
Estos regalos impresionaron enormemente a un hombre primitivo como el cacique Caonabo, quien, sin pensar en la trampa que se le tendía, vio en estas joyas preciosas algo que podía despreciar. En efecto, Ojeda le propuso ponérselas para que las luciera montado a caballo, tal como lo hacían los reyes de España en las grandes celebraciones del reino.
Completamente impresionado y con toda la candidez del mundo, el cacique Caonabo hizo todo lo que le indicaba de forma maliciosa el capitán Ojeda. Una vez montado en un caballo que le proporcionó, Ojeda le colocó los grilletes y las esposas de hierro y salió a todo galope con su pequeña tropa del territorio del cacicazgo de Maguana, llevándose prisionero al águila de la montaña, como llamaban sus compañeros al cacique Caonabo.
3.4.- La Batalla del Santo Cerro
Preso Caonabo, cundió el pánico y el desconcierto entre los aborígenes del cacicazgo de Maguana, situación que controlaría rápidamente el cacique Maniocatex, valeroso hermano del cacique rebelde. En poco tiempo reagrupó sus fuerzas, contando con el apoyo de los caciques subalternos, pero no con el apoyo del cacique Guarionex y su gente del cacicazgo de Maguá, por la neutralidad que asumió al ser instalada la Villa de la Isabela en su territorio, ni con la colaboración de Bohechío y el cacicazgo de Jaragua por estar ubicado en el extremo occidental de la isla.
En estas nuevas circunstancias, al objetivo central de la guerra, que era la expulsión de la soldadesca española de la isla, se sumaba otro de capital importancia: liberar a su jefe supremo de las ergástulas del poder extranjero.
Maniocatex y sus guerreros lanzaron un nuevo ataque contra el Fuerte Santo Tomás, combatiendo con arrojo para lograr su objetivo, pero fue rechazado por la guarnición. El fortín, además de esperar este ataque, había sido reforzado con hombres, pertrechos y aprovisionamiento por parte de Colón, que recién había llegado de Cuba.
Maniocatex, luego del asedio del fortín de Santo Tomás, adoptó la decisión suprema de marchar hacia la Isabela para intentar, en una acción suicida, tomarla por asalto para liberar al cacique Caonabo y a otros prisioneros aborígenes. En su trayecto hacia la Isabela, Maniocatex sumó fuerzas en el cacicazgo de Maguá, reuniendo alrededor de 7 mil guerreros a pie y armados de hachas, arcos y flechas.
Colón, advertido de lo que se avecinaba, reunió a los mejores hombres de su tropa y marchó el 24 de marzo de 1495 hacia La Vega Real. En el trayecto encontró los refuerzos y la caballería de Ojeda que venían desde el Fuerte Santo Tomás y completó la organización de un selecto ejército integrado por cerca de 300 hombres: 200 eran infantes de arcabucería, 50 de caballería, 25 artilleros e igual número de ballesteros, así como 20 feroces perros de presa.
Maniocatex y sus guerreros, como era su tradición, para resistir la ofensiva de la soldadesca española y oponerle un frente más amplio de resistencia, se agruparon tumultuosamente en un vasto semicírculo. Los aborígenes lanzaban gritos de guerra roncos y salvajes, marchando a cortas jornadas.
Colón, temiendo el ataque suicida de los indígenas, estimulados por la presencia de su jefe prisionero Caonabo, tomó la hábil decisión militar de salir a su encuentro para trabar el combate lejos de la Villa de La Isabela. Esta decisión implicaba detonar la guerra en lo más profundo del Valle de La Vega Real, pues de esa manera podría contar con el yunque de los tres fuertes militares que habían entre la Villa de la Isabela y el cacicazgo de Maguana: el de La Concepción, que estaba en el pie del Cerro donde se desarrollaría la batalla; el de La Magdalena, que estaba ubicado en la ribera del río Yaque del Norte, entre La Concepción y Santiago, que detendría el posible apoyo de los indígenas de Guatiguaná, y el de Santo Tomás, levantado en la Cordillera Central, que cortaría la retirada de los guerreros del cacicazgo de Maguana.
Colón, persuadido por su hermano Bartolomé, desestimó la opción de llevar la artillería ordinaria que hubiese hecho más pesada y lenta su marcha; en cambio, llevó espíndargas montadas en cureñas ligeras pero sólidas y muy efectivas. De igual modo, dividió su ejército en varias columnas de ataque, colocando a Bartolomé al frente de la infantería y a Ojeda en la caballería, haciendo avanzar a su ejército con destreza mientras batían los tambores y las trompetas sonaban a cargas.
Mientras avanzaban hacia La Concepción o La Vega vieja, a los españoles se les unió el cacique Guacanagarix y miles de seguidores para reforzar el ejército de ocupación. Al llegar al Cerro, en cuya cima hacía un mes que Colón había hecho plantar una gran cruz mientras construía el Fuerte La Concepción, se encontraron los dos ejércitos. Cuando los aborígenes detectaron el avance del ejército español, le lanzaron miles de flechas, con muy pobre resultado militar, debido a la distancia, razón por la cual los españoles no respondieron en el primer ataque.
Sin embargo, cuando los españoles llegaron a tiro de fusil de los indígenas, la caballería se lanzó en tropel con la espada en mano, la infantería hizo llover sobre ellos una granizada de balas y movilizó la artillería de pedreros que surcaban en toda dirección los cuerpos de la multitud nativa que hacía acometidas con coraje y bravura, como herederos que eran de la etnia Caribe.
El avance a pie de una multitud de guerreros primitivos con instrumentos rudimentarios como hachas de piedra, arcos de bejucos y flechas de madera ingenuamente amasada frente a un ejército feudal armado de artillería, caballería e infantería provisto de instrumentos tan mortíferos como la arcabucería, auguraban de antemano el trágico balance y la costosa derrota aborigen, al batirse en una lucha desigual contra sus opresores. Al ver caer a los suyos heridos o muertos ante sus ojos, al ser rechazadas sus acometidas de manera despiadada por la soldadesca española, los desconcertados guerreros aborígenes fueron presa de un terrible pánico y una extrema confusión se apoderó de sus filas.
En esa situación y como contrapartida, la artillería de los soldados españoles destruía el numeroso ejército indígena, la infantería los fusilaba impunemente y la caballería hundía sus espadas en sus cuerpos, a la vez que los perros de presa clavaban sus colmillos en su piel, devorando a aquellos seres impotentes. Esa horrible matanza de miles de indígenas daría origen a la fábula fabricada por los conquistadores españoles de la aparición de la Virgen Nuestra Señora de las Mercedes, quien supuestamente bendijo con su presencia el triunfo de los españoles frente a la cruz que había ordenado construir el almirante Cristóbal Colón.
Los aborígenes que sobrevivieron a esta infernal acción de los conquistadores se dieron a la fuga cuando les favoreció el cansancio de los verdugos y la caída de la noche. El terreno quedó regado de muertos y la mayoría de los caciques subalternos, entre ellos Maniocatex, fueron hechos prisioneros. Guacanagarix y sus seguidores fueron encargados de la vigilancia y el traslado de los prisioneros aborígenes hacia la Isabela.
Después de la masacre de la Batalla del Santo Cerro, Colón continuó con la soldadesca española desarrollando una guerra cruel y despiadada, con la cual aplastaba la resistencia de todos los caciques y de todos los pueblos que no le obedecían y se postraban a sus pies. Esta campaña duró alrededor de 10 meses de exterminio e imposición de tributos en oro, algodón, cáñamo y alimentos para sustentar a su ejército.
En medio de la campaña militar del año 1495, llegó a La Isabela el comisario colonial de los Reyes Católicos, Juan de Aguado, con instrucciones de investigar la administración de Cristóbal Colón. Esto, como consecuencia de las denuncias realizadas en la Corte española por el padre Boíl y el oficial Pedro Margarit. Esta situación obligó a Colón a partir de nuevo a España para defenderse de los cargos que le imputaban sus acusadores.
Antes de partir a España, entregó a su hermano Bartolomé la dirección del gobierno colonial y le ordenó cumplir con las siguientes tareas:
-Fundar una nueva ciudad en los terrenos mineros del sur, descubiertos por Miguel Díaz de Aux, la cual sería construida en la margen oriental del río Ozama el 4 de agosto de 1496 con el nombre de Nueva Isabela.
-Construir nuevos fuertes militares en los distintos puntos de La Vega, el Cibao, el Extremo Sur y el Este. Estos nuevos fuertes serían los de La Esperanza, Santa Catalina, Bonao, Buenaventura (Haina) y la Torrecilla (Santo Domingo).
Maniocatex, al igual que su hermano Caonabo, el cacique de Maguana, y otros indígenas, fueron convertidos en prisioneros de guerra y se disponían a llevarlos a España. Pero en el trayecto hacia la península Ibérica, un huracán hizo zozobrar la embarcación en que iban y los nativos murieron junto a toda la tripulación que le acompañaba.
En marzo de 1496 Colón fue a España a responder las acusaciones que se le imputaban, produciéndose en su ausencia la rebelión del Alcalde Mayor de la Isabela, Francisco Roldán Jiménez, quien exigía para él y los demás españoles que vivían en la Isla de Santo Domingo, les permitieran amancebarse o casarse con las indígenas, se les otorgaran tierras y les repartieran indios para que trabajasen en su beneficio. De igual manera, que a los españoles que querían regresar a España, se les dieran facilidades, entre otras reivindicaciones.
Tras su regreso a la isla La Española, Colón se vio obligado a negociar con Roldán y, posteriormente, los Reyes Católicos enviaron a Francisco Bobadilla a la isla La Española para que realizara una nueva investigación sobre la administración colonial. Las situaciones encontradas motivaron a Bobadilla a enviar a Colón en calidad de prisionero a España. Luego, la reina Isabel de Castilla lo indultó y pudo realizar su tercer y cuarto viaje a las Indias Occidentales, pero sin el apoyo de la corona española y con la salvedad de que no podía tocar tierra en la isla de Santo Domingo.
4.- La resistencia del cacicazgo de Maguá
El cacicazgo de Maguá, al llegar los españoles a la isla, era gobernado por el cacique Guarionex y estaba dividido políticamente en 21 nitainatos. El territorio de este cacicazgo era el nordeste de la isla de Santo Domingo. Guarionex tenía su asiento principal en las proximidades del actual Santo Cerro, en La Vega. Este cacicazgo comprendía las provincias de Puerto Plata, Espaillat, Salcedo, Duarte, Sánchez Ramírez, María Trinidad Sánchez, Samaná, y partes considerables de las actuales provincias de Santiago, La Vega y Monseñor Nouel.
Antes este territorio estuvo poblado por los ciguayos y macorixes, quienes ocupaban principalmente la actual provincia de María Trinidad Sánchez y la península de Samaná. Según expresa Fray Bartolomé de las Casas en su Historia de las Indias, el idioma ciguayo estaba en estado moribundo hacia el año 1502 y extinto hacia el año 1527. De las Casas aclara que la lengua de los ciguayos era diferente de la lengua de los taínos y de los macorixes, que se hablaba más al sur.
Cuando Colón inició la campaña militar contra Caonabo, contando con el apoyo de Guacanagarix, puso en práctica la táctica de neutralizar al cacique Guarionex y a su gente del cacicazgo de Maguá. Su territorio era el paso obligado para el transporte de tropas, el abastecimiento de alimentos y la comunicación en la ofensiva contra Caonabo y el cacicazgo de Maguana.
La táctica consistió en no tocar militarmente a la gente del cacicazgo del Maguá, al tiempo que envió a Fray Ramón Pané de la Orden de los Jerónimos y a Fray Juan Borgoñón de la Orden de los Franciscanos, en el año 1495, a convivir con los aborígenes para evangelizarlos y al mismo tiempo aprender su lengua, conocer su cultura, sus costumbres, su cosmovisión mítica, así como sus ritos y creencias religiosas. Pané había hecho lo mismo durante todo el año 1494 entre los indios ciguayos y macorixes ubicados en las proximidades del Fuerte de la Magdalena (Macorix Abajo), quienes estaban bajo el liderazgo del cacique Guanaoboconel. Pané y Borgoñón residieron en las inmediaciones de la fortaleza de La Concepción con el cacique Guarionex y, transcurridos dos años, se trasladaron al cacicazgo de Mabiatué.
Es importante destacar que la misión de ambos frailes iba más allá del simple aprendizaje de la lengua de los nativos y el conocimiento de sus creencias. El objetivo principal de su convivencia con los aborígenes era ideologizarlos para que asumieran una actitud pasiva y de apoyo al proyecto colonial de Colón. En efecto, una vez se instalaron en las inmediaciones del Fuerte La Concepción, situado en el cacicazgo de Maguá, los frailes instalaron un oratorio cristiano en la aldea del cacique, desde donde desarrollaron una ardua labor ideológica para destruir las creencias indígenas y sus cemíes. De igual modo, procedieron al adoctrinamiento religioso de Guarionex, sus ayudantes y familia, con el marcado propósito de alinear su pensamiento y sus creencias con las de los conquistadores y neutralizar así un posible apoyo al cacique Caonabo.
La estancia de Fray Ramón Pané durante más de dos años entre los taínos le valió el encargo del almirante Colón de que compilara las tradiciones y la mitología de los indios de La Española. Hacia 1498 terminó de escribir y entregó al almirante el original de su manuscrito “Relación acerca de las antigüedades de los indios”. Esta relación es el resultado de lo que veía y escuchaba sobre las costumbres, los ritos y las creencias de los taínos, en una especie de observación participante.
La obra de Pané consta de veintiséis capítulos, donde están consignados los nombres, atributos y funciones de la cultura taína, el papel del behique o chamán como intermediario entre los dioses y los hombres, las ceremonias de carácter mágico-religioso, los orígenes del Sol, la Luna, las aguas, los peces, el hombre, la mujer, la yuca, su alimento fundamental, así como las características de sus viviendas, el linaje, el comportamiento de su gente y las relaciones sociales, entre otros aspectos de su vida cotidiana.
4.1.- Acción contra el Fuerte La Magdalena
Para mediados del año 1494, una de las bandas de soldados que se insubordinó contra la autoridad de Colón llegó hasta las orillas del gran río Yaque del Norte, donde estaba situada la aldea del nitaíno Guatiguaná, cacique subalterno de Guarionex. Esa pequeña banda militar cometía todo tipo de abusos y arbitrariedades contra los aborígenes, pero fue enfrentada por Guatiguaná y su gente, quienes mataron a 10 españoles a flechazos, quemaron a varios de ellos en una choza y se dispusieron a asaltar el Fuerte La Magdalena, recién establecido por orden de Colón, próximo a la aldea del referido cacique nitaíno.
En esos momentos, los españoles estaban en guerra contra Caonabo y Colón se apersonó hasta la aldea de Guarionex para excusarse por los sucesos del Fuerte La Magdalena, al tiempo de expresarle que si el cacique Guatiguaná en lugar de combatir a los peninsulares, se hubiese quejado ante la autoridad española, habría evitado su represalia y persecución. Colón, además de no exigirle la entrega de Guatiguaná, le obsequió regalos y acordó con Guarionex un pacto de no agresión a cambio de su neutralidad en el combate a Caonabo y su gente, así como la construcción del Fuerte La Concepción, próximo a la sede de este cacique.
4.2.- La rebelión frustrada de Guarionex
La neutralidad de Guarionex y su gente se convirtió en un hecho, ante la ofensiva ideológica desarrollada por los frailes Pané y Borgoñón, así como en virtud del acuerdo suscrito por el cacique con Cristóbal Colón.
Encontrándose Bartolomé Colón en el Fuerte La Concepción, tras fundar los fuertes La Esperanza y Santa Catalina (situados entre Santiago y Mao), recibió la denuncia de uno de los frailes de que un grupo de indios de Guarionex había incendiado su capilla. Sin pérdida de tiempo mandó apresar al grupo que se consideraba culpable de la acción y los hizo quemar vivos en la plaza pública, bajo el alegato inquisidor de “sacrilegio contra la religión católica”. Luego Bartolomé continuó su marcha hacia la comunidad de Bonao, donde fundó el Fuerte Bonao.
Guarionex estaba pagando un alto precio por su neutralidad. Muy tarde caía en la cuenta de la estratégica labor ideológica que realizaban los frailes con la consecuente destrucción de sus creencias y divinidades y el cruel sometimiento de su pueblo por parte del invasor. La opresión de los aborígenes de Maguá elevaba cada día más el sentimiento de rebeldía, hasta el punto de exigirle a Guarionex una rebelión contra el pago de los tributos en oro y los crímenes cometidos, para que abandonara así su neutralidad ante los conquistadores. Pero fue el rapto y posterior violación de la esposa del cacique por parte del Alcalde Mayor de La Isabela, Francisco Roldán Jiménez, el hecho que precipitó la decisión del cacique Guarionex de rebelarse contra los españoles.
Guarionex, intentando sacudirse de la influencia ideológica colonialista, al ver la cruda realidad de servidumbre a la que era sometido su pueblo y al vivir en carne viva la desconsideración del alcalde Roldán Jiménez, convocó al Consejo de Caciques de su cacicazgo, que decidió tomar por sorpresa el Fuerte La Concepción y aniquilar a sus ocupantes.
Sus hombres quedaron convocados para la proximidad del Bonao Viejo, desde donde partirían en una marcha guerrera hacia el Fuerte La Concepción. Un espía avisó a la fortaleza del plan, razón por la cual los miembros de la guarnición pidieron refuerzos al adelantado Bartolomé Colón, quien llegó subrepticiamente y se instaló en el lugar. La noche antes del día fijado para el asalto del Fuerte La Concepción, Bartolomé, al mando de 500 hombres, salió a buscar a Guarionex y su gente, sorprendiéndolos y tomando a sangre y fuego su campamento. El balance fue de cientos de indígenas muertos, la huida de la gran mayoría y el apresamiento del cacique junto a 14 de sus ayudantes y caciques subalternos o nitaínos.
Los prisioneros fueron amarrados y conducidos al Fuerte La Concepción, donde Bartolomé Colón ordenó la ejecución de los caciques subalternos más aguerridos. Alertada la población del cacicazgo de Maguá del apresamiento de su jefe, marchó hacia la fortaleza cercándola, lo que motivó que Bartolomé Colón liberara al cacique Guarionex.
4.3.- Nueva rebelión y retirada de Guarionex
Las incitaciones de Roldán y sus seguidores para que los indígenas pagaran los tributos en oro, casabe y algodón, estimularon a varios caciques, entre ellos Guarionex, a planear un nuevo asalto al Fuerte La Concepción, lo que puso a la población del cacicazgo de Maguá en pie de guerra contra la soldadesca de Diego y Bartolomé Colón.
Guarionex y sus caciques subalternos, junto a miles de indígenas, decidieron asaltar e incendiar el Fuerte La Concepción, pero la desesperación de un cacique subalterno puso en estado de alerta a la guarnición, que resistió el asedio hasta que recibió ayuda de Bartolomé desde La Isabela, logrando así aplastar la rebelión. Tras estos intentos frustrados y la pérdida de miles de indios, el apoyo a Guarionex quedó prácticamente reducido a su familia y una minoría de sus guerreros, al producirse la estampida de miles de los nativos a las regiones montañosas, aterrorizados por las derrotas sufridas y por la persecución despiadada de la soldadesca española.
En esas condiciones, Guarionex y sus seguidores buscaron refugio en las montañas de Cigual, tierra del cacique subalterno Mayobanex, quien habitaba junto a los ciguayos y macorixes la zona nordeste, más específicamente la costa norte desde Sabaneta de Yásica en Puerto Plata hasta la Bahía y Península de Samaná.
Bartolomé, consciente de la disposición para la lucha y la agresividad en el combate de los indios ciguayos y macorixes, ordenó la persecución de Guarionex, tras su internamiento en el territorio de Mayobanex, para lo cual puso en práctica la siguiente táctica: producir descargas de arcabucería a intervalos determinados por cada trecho de terreno recorrido.
Con esta táctica buscaba provocar la huida de los aborígenes ante el pánico que producía la explosión concentrada de esas mortíferas armas y ante el supuesto hecho de creerse descubiertos en sus líneas avanzadas. Esta situación le permitía a Bartolomé prevenir a sus soldados ante un ataque sorpresa, al tiempo que desorganizaba la fila de los ciguayos. Muy a pesar de lo planeado por Bartolomé, los españoles se vieron obligados a entablar varios combates y escaramuzas, que les causaron algunas bajas, pero seguían manteniendo la superioridad por su tecnificación militar y la calidad de las armas utilizadas.
Al llegar Bartolomé y su ejército a los límites del área habitada por Mayobanex y su pueblo, envió varios emisarios para que le entregara a Guarionex a cambio de un armisticio. Esta propuesta fue rechazada enérgicamente por Mayobanex, quien defendió con altivez el derecho a proteger al cacique, bajo el argumento de que era un hombre bueno y que luchaba dignamente por la defensa de su raza.
Al enviar nuevos emisarios para presionarlo con la entrega del cacique fugitivo a cambio de su amistad como gobernador español, Mayobanex reiteró su negativa, amenazó con ejecutar a otros emisarios que le enviara y reafirmó su determinación de luchar contra todo aquello que estuviera dirigido a destruir a su pueblo y echar a los extranjeros de su territorio.
Al tomar el territorio que ocupaban los ciguayos y macorixes, al mando de Mayobanex, los españoles dejaron convertidas en hoguera todas las aldeas que encontraban a su paso. Los conquistadores implementaron la táctica de coexistir con los aborígenes sometidos al pago de tributos en oro, cazabe y algodón hasta ganar su confianza.
Tras ganar la confianza de algunos aborígenes, los persuadieron para así dar con la guarida del cacique Mayobanex. Fue así como un grupo de españoles e indios, con sus armas disimuladas, fueron conducidos por algunos ciguayos hasta la caverna en que se escondía Mayobanex, el cual fue hecho prisionero y llevado amarrado hacia el Fuerte La Concepción.
Transcurrido cierto tiempo, varios indígenas descubrieron el refugio de Guarionex y lo detuvieron, conduciéndolo hasta el Fuerte La Concepción, con el ingenuo propósito de cambiarlo por Mayobanex. Craso error: ambos fueron mantenidos con grilletes y encarcelados bajo la acusación de rebeldes y fugitivos de la autoridad española. Al darse cuenta del engaño, los partidarios de Mayobanex organizaron una rebelión para liberarlo, la cual fue sofocada violentamente por Bartolomé Colón y su ejército, con lo cual llegó a su fin la resistencia del cacicazgo de Maguá.
[1] Colón, Cristóbal. Diario de Navegación y otros escritos. Santo Domingo: Fundación Corripio, 1994, pp. 200-202.
[2] De las Casas, Fray Bartolomé. Historia de las Indias, Tomo I. Madrid: Imprenta de Miguel Ginesta, 1875, pp. 233-234.
[3] De las Casas, Fray Bartolomé. Historia de las Indias, Tomo II. Madrid: Imprenta de Miguel Ginesta, 1875, p. 16.
[4] Ibidem, pp. 32-33.
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