‘’Lo único que debemos temer es al miedo mismo’’- Franklin D. Roosevelt
Hay historias que parecen comenzar con una fórmula sencilla: «Había una vez». Tres palabras pequeñas que abren una puerta enorme hacia la memoria. Tres palabras que parecen pertenecer al territorio de los cuentos infantiles, de las noches junto a la cama, de las voces familiares que inventan mundos antes de que el sueño llegue. Sin embargo, en ‘’Había una vez… en una isla tropical’’, de Eleanor Grimaldi Silié, esas palabras adquieren otra dimensión. El «había una vez» no solamente anuncia una historia: anuncia un tiempo que pasó, una infancia que quedó atrás y una memoria que se resiste a desaparecer.
La novela juvenil, ilustrada por Verouschka Freixas y publicada en 2024 por Editora Búho, reconstruye la vida de Tomás y su familia en una isla tropical marcada por la belleza de la naturaleza, pero también por la sombra de una dictadura. La obra se mueve entre dos paisajes aparentemente opuestos: el mundo luminoso de los niños y el mundo oscuro de los adultos. Mientras los primeros juegan, estudian, corren, escuchan a los pájaros, se bañan en la lluvia y sueñan con lugares maravillosos, los mayores hablan en voz baja, temen ser escuchados y conocen peligros que los niños apenas pueden comprender.
Esa contradicción constituye una de las mayores riquezas de la obra. La infancia aparece como una ventana abierta hacia la alegría, pero detrás de esa ventana existe un país que vive con miedo. Los niños no comprenden completamente la palabra «dictadura», pero perciben sus consecuencias. No necesitan conocer las estructuras políticas del poder para reconocer que los adultos tienen miedo, que algunas personas desaparecen y que existen conversaciones que deben interrumpirse cuando ellos entran a una habitación.
Tomás es, quizá, el corazón más luminoso de esa contradicción. Es curioso, imaginativo, juguetón y sensible. Pregunta porque todavía no ha aprendido que algunas preguntas pueden resultar peligrosas. Su imaginación intenta construir un refugio frente a aquello que no comprende. Por eso sueña con vivir en un oasis, en una cueva, en el hueco de un árbol o en una isla donde solamente existan personas buenas. Su fantasía infantil no es simple escapismo: es también una manera de imaginar la libertad.
En el pensamiento de Tomás hay una verdad profunda: cuando la realidad se vuelve incomprensible, la imaginación puede convertirse en una forma de resistencia. El niño todavía no tiene las palabras políticas para explicar la opresión, pero tiene las palabras del deseo: quiere hablar, correr, jugar, abrazar árboles y vivir sin miedo. Su concepto de libertad es sencillo porque nace de la infancia. Ser libre, para él, significa poder ser niño.
Y quizás allí se encuentra una de las preguntas más hermosas que deja la novela: ¿qué significa crecer cuando el mundo que rodea a un niño está lleno de cosas que los adultos intentan ocultarle?

La respuesta no es sencilla. Crecer significa comenzar a descubrir que detrás de los silencios existen historias, que detrás de las advertencias existen peligros y que detrás de las ausencias existen dolores que nadie sabe cómo explicar. Sofía, la amiga de Tomás, representa uno de los momentos más dolorosos de ese descubrimiento. La desaparición de su padre introduce en el universo infantil una palabra que parece pertenecer al mundo de los adultos, pero que de pronto se instala en el patio de la escuela, en las conversaciones telefónicas y en el corazón de una niña.
Sofía deja de jugar como antes. Se aísla. Camina triste. Los demás niños, por temor de sus propios padres, comienzan a alejarse. El dolor de una niña se convierte así en una especie de frontera invisible: todos pueden verla, pero pocos se atreven a acercarse. Tomás, en cambio, intenta comprenderla y consolarla.
‘’Tomás le dijo: ¡oh por eso no veo que te va a buscar a la escuela! Sofía, bajó la cabeza afligida. Ella muy triste, no sabía que responder. Parece que tenía instrucciones de su familia de no hablar sobre el tema’’ (página 49)
La novela muestra de esta manera que la violencia política no afecta únicamente a quienes participan directamente en ella. También penetra en las casas, en las escuelas, en las amistades y hasta en los juegos. El miedo se transmite de los adultos a los niños como una herencia que nadie desea recibir.
Uno de los elementos más conmovedores de la novela es la manera en que el juego convive con el temor.
Los niños juegan con trompos, canicas, muñecas, mariquitas de papel, patinetas, bicicletas y juegos de mesa. Se bañan con las mangueras, disfrutan de la lluvia, corren por las calles, observan los pájaros y se inventan aventuras. El mundo infantil está construido con objetos sencillos, pero esos objetos adquieren una enorme dimensión imaginativa. Una escoba puede convertirse en un caballo; una vaina del flamboyán puede transformarse en un pequeño barco; una calle puede ser escenario de una aventura.
Es una infancia que sabe encontrar belleza en lo cotidiano.
El agua, los árboles, los animales y las calles son compañeros de juego. La naturaleza no aparece simplemente como paisaje, sino como parte de la experiencia emocional de los niños. Los pájaros vuelan sobre las casas y los balcones; los niños los observan, los curan cuando están heridos y luego los dejan continuar su vuelo. Existe aquí un símbolo particularmente hermoso: el pájaro herido que vuelve a volar.
El niño cura, pero no encierra.
Lo cuida para devolverlo a la libertad.
Ese gesto puede leerse como una imagen silenciosa de lo que la propia novela desea para sus personajes: que el miedo no consiga convertirlos en prisioneros permanentes.
No sabía Tomás
cómo se llamaba la libertad,
pero la veía pasar
con alas pequeñas
sobre el techo de su casa.
La veía en los pájaros,
en la lluvia descalza,
en el árbol que abría sus brazos
cuando nadie le decía
por dónde crecer.
Él quería una isla
dentro de la isla,
un lugar donde las palabras
no tuvieran que esconderse
debajo de la mesa.
Y cuando encontraba un pájaro herido,
no preguntaba quién tenía la culpa:
lo tomaba entre sus manos,
le acomodaba las plumas
y esperaba.
Esperaba el instante
en que el cielo volviera a llamarlo.
Quizás por eso Tomás entendía,
sin saber explicarlo,
que amar también era dejar volar.
Y que una jaula,
aunque estuviera hecha de oro,
seguía siendo una jaula.
La belleza de estos juegos contrasta con los ruidos que aparecen posteriormente en la narración. Los niños escuchan sonidos que los asustan, mientras la madre les pide silencio. Descubren que algunos ruidos provienen de vehículos vinculados al servicio de inteligencia del régimen. El miedo, entonces, adquiere sonido. No siempre tiene rostro; a veces es simplemente un motor que pasa frente a una casa durante la noche.
La infancia comienza a aprender que no todos los sonidos anuncian una aventura.
Algunos anuncian peligro.
En ‘’Había una vez… en una isla tropical’’, el silencio parece tener vida propia. Camina por las habitaciones, se sienta a la mesa, acompaña las conversaciones y se instala entre padres e hijos.
Los adultos dicen a los niños que no hablen. Les recomiendan no mencionar al dictador. Les advierten que tengan cuidado con las personas. Incluso los teléfonos dejan de ser espacios completamente seguros, pues existe el temor de que las conversaciones sean vigiladas.
De esta manera, el silencio deja de ser ausencia de palabras y se convierte en una forma de supervivencia.
Pero existe una paradoja: cuanto más se intenta callar una realidad, más preguntas nacen.
Tomás pregunta.
Víctor pregunta.
Los niños observan.
La curiosidad se convierte en una pequeña lámpara encendida dentro de una habitación oscura.
La novela reconoce que los niños no comprenden inicialmente la dimensión política de aquello que ocurre. Sin embargo, su sensibilidad les permite captar las emociones de los adultos. Saben cuándo la madre está preocupada. Saben cuándo el padre habla seriamente. Perciben la tristeza de Sofía. Comprenden que ciertas preguntas hacen que los adultos cambien de tema.
El niño no siempre comprende la historia, pero comprende el miedo.
Y quizá esa sea una de las formas más dolorosas de crecer: descubrir que los adultos, esos seres que parecían tener respuestas para todo, también tienen miedo.
La casa de Tomás es mucho más que un espacio físico. Es una pequeña patria familiar.
Tiene patio, árboles, aljibe, cocina, escaleras, habitaciones, juegos y voces. Allí ocurren las pequeñas ceremonias de la vida: las comidas, las tareas, el Rosario, los juegos, las historias de la madre y las visitas de los abuelos. La descripción de la casa y del vecindario permite reconstruir una época en la que la vida cotidiana transcurría con otros ritmos y otras costumbres.
La familia constituye así un refugio frente a un mundo exterior amenazante.
Pero incluso ese refugio tiene grietas.
La familia no puede proteger completamente a los niños de la realidad. La desaparición del padre de Sofía atraviesa las paredes de la casa y obliga a los adultos a hablar de aquello que intentaban ocultar.
En este punto, la obra adquiere una dimensión profundamente humana: la historia política deja de ser una sucesión de acontecimientos y se convierte en una experiencia familiar.
Una persona desaparece.
Una niña deja de sonreír.
Una madre espera.
Un teléfono suena.
Una familia decide marcharse.
La historia se vuelve íntima.
El abuelo ocupa entonces un lugar especial. Su presencia conecta generaciones. Él representa la memoria de otros tiempos y transmite a los nietos relatos sobre la vida, la política, la sociedad y las transformaciones del país. Fue militar, sindicalista y hombre de ideas avanzadas; conoció de cerca los peligros de los gobiernos autoritarios y comprende que la familia necesita abandonar la ciudad.
‘’Los hombres hacían pactos quitándose pelos del bigote para sellar documentos, ya que la gente confiaba más en la palabra que en un documento legal para avalar pactos y convenios’’ (página 45)
El abuelo es, en cierta manera, un puente entre la memoria y el presente.
Mientras los niños representan lo que todavía está aprendiendo a comprender, el abuelo representa lo que ya ha vivido y recuerda.
Y entre ambos extremos se encuentra la madre, que intenta proteger a sus hijos sin negarles completamente la verdad.
La casa sabía los nombres
de todos los que entraban.
Sabía el ruido de las escaleras,
el peso de los pasos,
la hora del Rosario,
el secreto de las conversaciones
que bajaban la voz.
Sabía cuándo mamá estaba triste
aunque sonriera.
Sabía cuándo papá miraba la puerta
antes de cerrar.
Sabía que los niños jugaban
sin saber que afuera
la noche tenía miedo.
En el patio, el aljibe guardaba agua;
en las paredes, la casa guardaba historias.
Y cada ventana parecía decir:
—Todavía estamos aquí.
Hasta que un día
la familia tuvo que guardar la vida
dentro de unas cajas.
No cabía el miedo.
No cabían los recuerdos.
No cabía el barrio entero.
Entonces dejaron la casa
con las luces apagadas
y se llevaron solamente
lo que ninguna mudanza puede empacar:
la memoria.
Cuando la familia llega al campo, el paisaje cambia. Aparecen las montañas, los ríos, los árboles, la vegetación exuberante, los animales y el aire abierto. Los niños descubren un mundo distinto al de la ciudad.
El río se convierte en uno de los espacios más luminosos de la novela. Allí los niños pueden bañarse, jugar, comer frutas, conversar y disfrutar de la naturaleza. El agua representa una pausa frente al miedo.
Después de tantas páginas dominadas por el silencio, aparece el sonido del río.
Después de los vehículos que vigilan, aparecen los campesinos.
Después de las puertas cerradas, aparece el espacio abierto del paisaje.
La naturaleza no elimina la realidad política, pero ofrece a los personajes un espacio de respiración.
El viaje hacia el campo, sin embargo, no es presentado como una solución absolutamente sencilla. Los niños aman su ciudad, sus amigos, su escuela y sus juegos. Mudarse significa abandonar una parte de sí mismos. La familia se desplaza buscando seguridad, pero también lleva consigo la nostalgia.
La mudanza es física, pero también emocional.
La familia deja una casa y entra en otra etapa de su vida.
El viaje nocturno bajo la lluvia funciona como una especie de frontera narrativa: antes del viaje está la ciudad del miedo; después, el campo del abuelo, la montaña y el río.
Y mientras el vehículo avanza, los niños contemplan el paisaje. Los adultos piensan en los peligros del presente; los niños descubren la belleza del camino.
Dos miradas viajan dentro del mismo automóvil.
Los adultos miran hacia atrás.
Los niños miran hacia adelante.
La noche estaba llena de lluvia
cuando la familia partió.
La ciudad quedó atrás
como una fotografía
que todavía estaba húmeda.
Papá miraba el camino.
Mamá miraba a los hijos.
Y los hijos miraban las montañas
sin saber todavía
todo lo que estaban dejando.
El automóvil avanzaba
entre la oscuridad y el agua.
Cada gota golpeaba el cristal
como si alguien quisiera entrar.
Pero más allá de la lluvia
aparecieron los pinos,
las montañas,
el verdor recién lavado
por la tormenta.
Entonces Tomás comprendió,
sin comprenderlo del todo,
que existen viajes
que comienzan por miedo
y terminan encontrando
un pedazo de esperanza.
Y mientras el padre
buscaba un lugar seguro,
la infancia, desde el asiento trasero,
seguía mirando el paisaje
como quien descubre
que el mundo todavía puede ser hermoso.
Uno de los grandes valores de la obra se encuentra en su capacidad para relacionar la memoria individual con la memoria histórica.
Tomás comienza siendo un niño que no entiende. Al final de la novela, él y sus hermanos han comenzado a formular preguntas mucho más profundas. Víctor pregunta por la dictadura, por la patria y por las razones que permiten que un gobernante permanezca en el poder. La maestra también cumple una función importante al explicarles a los estudiantes qué es un dictador y cómo llegó al poder aquel gobernante.
‘’Ya sabemos cuál es la razón por la que hay tanta gente que no es buena ni leal, y que no ama a su patria. Y también nos ha hecho comentarios sobre las dictaduras y porqué ocurren’’ (página 75)
La educación aparece entonces como otra forma de abrir las ventanas.
Lo que la familia no puede explicar completamente, la escuela comienza a nombrarlo.
Y nombrar es importante.
Porque aquello que no puede nombrarse puede convertirse en un miedo sin forma.
Cuando la maestra explica la historia, el pasado deja de ser únicamente un conjunto de rumores y comienza a adquirir significado.
La novela, en este sentido, puede leerse como una invitación a recordar. No para vivir atrapados en el pasado, sino para comprenderlo. La memoria no aparece como una cadena, sino como una lámpara.
Recordar es iluminar, es decir que aquellas personas existieron, es reconocer que detrás de cada acontecimiento histórico hubo familias, niños, madres, padres, amigos y sueños.
La historia no ocurre solamente en los grandes edificios del poder.
También ocurre en los patios.
En las escuelas, cocinas, teléfonos.
En las habitaciones donde alguien escucha una noticia y decide bajar la voz.
La novela no construye un universo completamente oscuro. Incluso en los momentos más difíciles aparecen pequeñas formas de esperanza.
Está la familia, el abuelo, la amistad de Tomás y Sofía, la maestra, la naturaleza, los juegos, la imaginación.
Y está, sobre todo, la capacidad humana de seguir soñando.
Quizás por eso la imagen de los pájaros resulta tan significativa. Los pájaros recorren toda la experiencia infantil de Tomás: están en los patios, en los árboles, en los juegos, en los recuerdos y en la imaginación. Vuelan sin pedir permiso. No necesitan saber qué significa una dictadura para saber qué significa el cielo.
El pájaro se convierte así en una metáfora natural de la libertad.
Algún día
el sol volverá a entrar
por las ventanas.
No preguntará
quién tuvo miedo,
quién guardó silencio,
quién tuvo que marcharse.
Simplemente entrará.
Se posará sobre las mesas,
sobre los juguetes olvidados,
sobre las fotografías
que guardaron tantos años
el rostro de quienes ya no estaban.
Algún día
los niños podrán preguntar
sin que los adultos
miren primero hacia la puerta.
Podrán decir patria
sin bajar la voz.
Podrán nombrar la historia
sin temerle a su sombra.
Y los pájaros,
que nunca aprendieron a callar,
volverán a cantar sobre los techos.
Entonces alguien recordará a Tomás,
a Sofía,
a los abuelos,
a las madres que rezaban,
a los padres que buscaban caminos.
Y comprenderá que la libertad
no llegó de repente:
estuvo esperando,
como una semilla,
debajo de la tierra.
‘’Había una vez… en una isla tropical’’ es, en última instancia, una obra sobre el paso del tiempo. Tomás comienza siendo niño y la narración nos recuerda que llegará a ser hombre. Esa transformación permite mirar la infancia desde la distancia de la memoria.
Lo que para el niño era simplemente un juego, para el adulto puede convertirse en recuerdo.
Lo que para el niño era un ruido extraño, para el adulto puede convertirse en una señal de una época.
Lo que para el niño era una mudanza, para el adulto puede ser entendido como una decisión tomada para proteger a la familia.
La memoria reorganiza los acontecimientos.
El pasado adquiere nuevos significados cuando se contempla desde el presente.
Por eso el título resulta tan sugerente. Había una vez es una expresión que suele utilizarse para introducir cuentos, pero aquí funciona también como una puerta hacia la historia. Es una invitación a recordar que hubo una vez una familia, unos niños, una ciudad, una casa, un río, un abuelo, una amiga llamada Sofía y un país atravesado por el miedo.
Pero también hubo una vez niños que jugaron.
Y esto es fundamental.
Porque la dictadura no consiguió ocupar absolutamente todo el territorio de sus vidas. No pudo impedir que los niños imaginaran, que jugaran con agua, que observaran pájaros, que se entusiasmaran con un caballo, que fueran al río, que escucharan cuentos o que encontraran alegría en las cosas pequeñas.
El poder puede intentar controlar las palabras, pero no puede controlar completamente la imaginación.
Puede vigilar una calle, pero no puede vigilar todos los sueños.
Puede producir miedo, pero no puede impedir que una semilla germine.
La obra de Eleanor Grimaldi Silié parece decirnos, desde su particular mezcla de memoria, relato infantil e historia, que la infancia posee una capacidad extraordinaria para encontrar luz incluso en los lugares donde los adultos solamente ven oscuridad.
Y tal vez esa sea una de las razones por las que la novela conmueve: porque no presenta la historia únicamente desde las grandes tragedias, sino desde la mirada de quienes todavía estaban aprendiendo a nombrar el mundo.
Al cerrar ‘’Había una vez… en una isla tropical’’, queda la sensación de haber recorrido una casa antigua llena de voces.
Se escuchan las risas de los niños.
El sonido de la lluvia.
Las campanas.
Las conversaciones de los adultos.
El ruido de los vehículos.
El canto de los pájaros.
El río.
La voz del abuelo.
Las preguntas de Tomás.
La tristeza de Sofía.
Y sobre todos esos sonidos permanece una pregunta: ¿qué hacemos con la memoria cuando el tiempo ha pasado?
Tal vez la respuesta sea sencilla: contarla.
Contar es una forma de conservar.
Escribir es impedir que el silencio tenga la última palabra.
Por eso el «Había una vez» de esta novela no debería entenderse como una despedida definitiva. No significa únicamente que aquello ocurrió y terminó. También puede significar que aquello debe ser recordado para que las nuevas generaciones puedan comprenderlo.
La novela convierte la infancia en una puerta hacia la historia y la memoria en una forma de conciencia. Nos recuerda que detrás de cada época existen seres humanos que sienten, aman, temen, esperan y sueñan.
Tomás quería vivir en un oasis.
Quizá ese oasis nunca fue solamente un lugar, una idea.
El deseo de un mundo donde nadie tuviera que esconder sus palabras.
Donde los padres no tuvieran que enseñarles a sus hijos a callar, y una niña pudiera hablar de su padre sin miedo, los pájaros pudieran volar, la escuela enseñara la historia para comprenderla y no para repetirla.
Y la familia pudiera permanecer unida sin tener que huir.
Ese oasis puede existir como una aspiración humana: un lugar interior y colectivo donde la libertad, la dignidad y la memoria puedan crecer.
Y entonces comprendemos que la verdadera fuerza de ‘’Había una vez… en una isla tropical’’ no está solamente en contar cómo vivieron unos niños durante una época difícil. Está en mostrarnos cómo, incluso dentro de una realidad marcada por el miedo, la infancia siguió encontrando caminos hacia la luz.
Porque los niños siguieron jugando.
Los árboles siguieron creciendo.
El río siguió corriendo.
Los pájaros siguieron volando.
Y algún día, como soñaba Víctor, el sol volvería a brillar sobre la patria.
Por eso todavía podemos decir:
Había una vez.
Y mientras alguien recuerde,
alguien cuente,
alguien lea,
mientras un niño vuelva a preguntar,
la historia seguirá teniendo una voz.
Y esa voz, aunque alguna vez haya aprendido a hablar en susurros, podrá volver a decirse en libertad.
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