La presente investigación analiza el contexto político y militar de la República Dominicana durante la segunda mitad del siglo XIX, con énfasis en el ascenso político de Buenaventura Báez y en la oposición liberal encabezada por el general Gregorio Luperón. Este estudio toma como punto de partida la formación del triunvirato de Santiago de los Caballeros en 1866, integrado por Gregorio Luperón, Pedro Antonio Pimentel y Federico de Jesús García, en respuesta al proyecto anexionista promovido por Báez y a las negociaciones orientadas a ceder la bahía y península de Samaná a los Estados Unidos. De igual manera, analiza el surgimiento de la resistencia restauradora y el papel del liberalismo cibaeño en la defensa de la soberanía nacional frente a los intereses extranjeros. En este estudio se examinan las operaciones navales desarrolladas por Gregorio Luperón durante la Guerra de los Seis Años, que reflejan la importancia geoestratégica del nordeste dominicano y el control marítimo como elementos fundamentales del conflicto. Distritos marítimos como Puerto Plata y Samaná se convirtieron en centros militares y políticos clave de la resistencia antibaecista, además del simbolismo que encierra el barco de vapor El Telégrafo en representación del movimiento liberal y antianexionista norteamericano. En conjunto, la investigación demuestra que la lucha contra el baecismo constituyó una continuación ideológica de la Guerra Restauradora y fortaleció el nacionalismo dominicano en defensa de la independencia y la integridad territorial de la República Dominicana frente a los Estados Unidos de América.
Autores: -Dr. Juan de la Cruz. Teniente coronel (FARD) Manuel Antonio Féliz Luperón. Máster Esterlin de la Cruz Ravelo
La historia política de la República Dominicana durante la segunda mitad del siglo XIX estuvo marcada por profundos conflictos político-ideológicos, militares y geopolíticos relacionados con la defensa de la soberanía nacional frente a los proyectos anexionistas impulsados por sectores conservadores. En este contexto, el ascenso político de Buenaventura Báez generó una fuerte oposición entre los militares y líderes liberales restauradores, quienes consideraban que sus negociaciones con los Estados Unidos para ceder la bahía y península de Samaná representaban una amenaza directa contra la independencia nacional. Como respuesta a esta situación, en 1866 se organizó en Santiago de los Caballeros una Junta Militar integrada por Gregorio Luperón, Pedro Antonio Pimentel y Federico de Jesús García, quienes formaron un triunvirato político y militar para enfrentar el avance del baecismo y reorganizar la resistencia liberal.
La presente investigación analiza el contexto político y militar que dio origen al triunvirato restaurador, así como el desarrollo de las operaciones navales dirigidas por Gregorio Luperón durante la Guerra de los Seis Años. De igual manera, se estudia la importancia geoestratégica del nordeste dominicano dentro del conflicto, el control marítimo como mecanismo de resistencia frente al gobierno de Báez y el papel del barco El Telégrafo como símbolo del liberalismo antianexionista. A través de este estudio se busca comprender cómo los sectores restauradores defendieron la soberanía nacional frente a los proyectos de anexión ante los Estados Unidos y cómo la región nordeste se convirtió en uno de los principales escenarios políticos y militares de la lucha contra el baecismo.
1.Crisis política tras la Guerra de la Restauración
La Guerra de la Restauración (1863-1865) representó uno de los acontecimientos más importantes en la consolidación de la soberanía nacional dominicana frente al proyecto de anexión a España impulsado por Pedro Santana. Sin embargo, aunque la expulsión de las tropas españolas significó el restablecimiento de la independencia nacional en 1865, el país quedó sumido en una profunda crisis política, económica y militar que afectó la estabilidad del Estado dominicano durante las décadas posteriores.
Después de la Restauración, la República Dominicana enfrentó graves problemas estructurales derivados de la destrucción económica causada por la guerra, la fragmentación regional del poder político y la rivalidad entre los diferentes caudillos militares surgidos durante el conflicto restaurador. Las luchas internas entre los sectores conservadores y liberales debilitaron las instituciones estatales y provocaron una constante inestabilidad gubernamental caracterizada por golpes de Estado, revoluciones armadas y enfrentamientos entre facciones políticas regionales.
En este contexto, el liderazgo político y militar de Buenaventura Báez adquirió gran relevancia dentro del escenario político dominicano. Báez impulsó un proyecto político centralista, sustentado en alianzas con sectores comerciales y terratenientes, al tiempo de promover políticas de acercamiento hacia potencias extranjeras, especialmente los Estados Unidos. Estas iniciativas generaron una fuerte oposición de los sectores liberales y nacionalistas vinculados al movimiento restaurador, quienes consideraban que los proyectos anexionistas representaban una amenaza para la soberanía nacional.
La crisis política posterior a la Guerra de la Restauración también estuvo marcada por la debilidad económica del país. La destrucción de plantaciones, puertos y rutas comerciales durante la guerra provocó una disminución de los ingresos estatales y un incremento de la deuda pública. Como consecuencia, el gobierno dominicano buscó financiamiento extranjero y concesiones económicas que aumentaron las tensiones entre los grupos políticos nacionales. Estas dificultades económicas contribuyeron al fortalecimiento de conflictos regionales y al surgimiento de nuevas rebeliones armadas contra el gobierno de Buenaventura Báez.
Asimismo, la fragmentación del poder político permitió el fortalecimiento de líderes regionales y militares como Gregorio Luperón, quien emergió como una de las principales figuras de oposición al gobierno baecista. Luperón defendía los ideales restauradores, el liberalismo político y la defensa de la soberanía nacional frente a los proyectos de anexión extranjera promovidos por Báez. Esta confrontación ideológica y militar entre ambos líderes contribuyó al desarrollo de la Guerra de los Seis Años (1868-1874), conflicto que profundizó aún más la crisis política dominicana.
De acuerdo con Frank Moya Pons, el período posterior a la Restauración se caracterizó por una “lucha constante entre los grupos regionales y los proyectos políticos enfrentados que buscaban controlar el Estado dominicano”[1]. Esta situación convirtió al país en un escenario de guerras civiles y disputas caudillistas que limitaron la consolidación institucional de la República Dominicana durante el siglo XIX.
En esa perspectiva, Roberto Cassá sostiene: “Las contradicciones surgidas después de la Guerra Restauradora respondían no solo a conflictos militares, sino también a intereses económicos y regionales vinculados al control del comercio, los puertos y las relaciones internacionales del Estado dominicano”[2]. En consecuencia, la crisis política posterior a 1865 debe entenderse como el resultado de múltiples tensiones estructurales que afectaron la organización política y territorial de la República Dominicana.
En este escenario de inestabilidad política y militar, surgió la Guerra de los Seis Años, conflicto en el que Gregorio Luperón utilizó estrategias navales y militares, como el uso del barco El Telégrafo, para enfrentar el régimen de Buenaventura Báez y defender los ideales nacionalistas y restauradores en la región nordeste dominicana.
2.El ascenso político de Buenaventura Báez
El ascenso político de Buenaventura Báez estuvo profundamente relacionado con la crisis estructural que experimentó la República Dominicana después de la independencia de 1844. La debilidad institucional, la fragmentación regional y la dependencia económica permitieron que figuras caudillistas consolidaran espacios de poder sustentados en redes clientelares y alianzas internacionales.
Báez representó políticamente a los sectores hateros y comerciales del sur, particularmente de Azua y Santo Domingo. Desde sus primeros años en la vida pública mostró habilidades diplomáticas y una gran capacidad para negociar con potencias extranjeras. Según Rufino Martínez: “Buenaventura Báez poseía una extraordinaria inteligencia política para sobrevivir en medio de las crisis nacionales y convertir las debilidades del Estado dominicano en oportunidades personales.”[3]
El liderazgo de Báez se fortaleció durante los conflictos posteriores a la independencia. Su participación diplomática en Haití y, posteriormente, en Europa le permitió construir una visión política sustentada en la necesidad de buscar protección extranjera para garantizar la estabilidad nacional. Esta posición lo acercó progresivamente a proyectos anexionistas y protectorados internacionales.
Diómedes Núñez Polanco sostiene que: “Báez entendía que la República Dominicana carecía de recursos suficientes para sostenerse autónomamente en el sistema internacional del siglo XIX”[4]
Esta percepción lo condujo a promover acuerdos con Francia, España y, finalmente, con los Estados Unidos. El retorno de Báez al poder después de la Guerra Restauradora evidenció la persistencia de las divisiones internas del país. La destrucción económica provocada por la anexión española y la guerra restauradora dejó al Estado dominicano en una situación de extrema fragilidad. Báez aprovechó este contexto para presentarse como una figura capaz de garantizar estabilidad política y financiamiento internacional. Sin embargo, su proyecto político despertó fuertes críticas entre los sectores liberales del Cibao. Para muchos restauradores, Báez representaba la continuidad del conservadurismo entreguista que, históricamente, había intentado colocar el país bajo dominación extranjera.
Virgilio Ferrer Gutiérrez describe que: “El baecismo se convirtió en una maquinaria política sustentada en el personalismo, el militarismo y la dependencia exterior”[5]
La consolidación del liderazgo de Báez también estuvo vinculada a la fragmentación de los sectores liberales tras la Restauración. Muchos generales restauradores mantenían rivalidades regionales y personales que dificultaban la creación de un proyecto político unificado. Báez aprovechó estas divisiones para consolidar alianzas con sectores militares y comerciantes interesados en mantener la estabilidad económica. Su política económica se caracterizó por préstamos internacionales, concesiones comerciales y negociaciones diplomáticas con los Estados Unidos. El endeudamiento externo comenzó a convertirse en un mecanismo de dependencia financiera que, posteriormente, condicionaría la soberanía nacional.
En términos geopolíticos, Báez consideraba que la posición estratégica de la República Dominicana podía utilizarse como instrumento de negociación con potencias extranjeras. Esta visión sería determinante en el desarrollo del proyecto anexionista con los Estados Unidos a finales de la década de 1860.
3.La oposición liberal contra el anexionismo norteamericano
Para el año de 1866, en la ciudad de Santiago de los Caballeros, se formó una Junta Militar integrada por varios generales restauradores, la cual tenía como propósito estructurar un gobierno provisional en forma de triunvirato que pudiera enfrentar el avance político de Buenaventura Báez hacia la presidencia de la República. Dicho triunvirato estuvo encabezado por Gregorio Luperón, Pedro Antonio Pimentel y Federico de Jesús García, figuras representativas del movimiento restaurador y de los sectores liberales del Cibao.

La creación de esta estructura política y militar respondió al profundo temor existente entre los restauradores de que Buenaventura Báez impulsara nuevamente una política de dependencia extranjera similar a la anexión española de 1861. Los sectores liberales consideraban que el proyecto baecista amenazaba directamente la soberanía nacional, especialmente debido a las negociaciones orientadas a entregar la península y bahía de Samaná a los Estados Unidos como parte de un proyecto anexionista y estratégico en el Caribe. El establecimiento del triunvirato en Santiago de los Caballeros tuvo además un importante significado político e histórico. Santiago había sido el principal centro de la Guerra Restauradora contra España entre 1863 y 1865, por lo que los restauradores entendían esta ciudad como el símbolo de la defensa de la independencia nacional y del liberalismo cibaeño. Desde allí pretendían reorganizar el poder político nacional y desconocer la autoridad del gobierno baecista.
En términos geopolíticos, la península de Samaná poseía enorme valor estratégico para los Estados Unidos debido a su posición privilegiada en las rutas marítimas del Caribe y del Atlántico. El interés estadounidense en controlar esta bahía respondía a la necesidad de establecer una base naval y comercial en el Caribe insular durante el proceso de expansión norteamericana del siglo XIX. Por esta razón, muchos sectores dominicanos interpretaron las negociaciones de Báez como una amenaza contra la integridad territorial de la República Dominicana.
El triunvirato encabezado por Luperón, Pimentel y Federico de Jesús García representó entonces la continuidad ideológica de la Guerra Restauradora. Más que una simple oposición política, constituyó un movimiento nacionalista y antianexionista orientado a impedir la subordinación de la República Dominicana a intereses extranjeros. Esta resistencia marcaría posteriormente el desarrollo de la Guerra de los Seis Años y consolidaría el liderazgo político y militar de Gregorio Luperón en el movimiento liberal dominicano.
El proyecto anexionista impulsado por Buenaventura Báez representó uno de los episodios más controvertidos de la historia dominicana del siglo XIX. Después de la Restauración de 1865, muchos sectores nacionales aspiraban a consolidar la soberanía y reconstruir el país. Sin embargo, Báez retomó la idea de buscar protección extranjera como mecanismo para enfrentar la crisis económica y política. El proyecto de anexión a los Estados Unidos surgió en un contexto internacional marcado por la expansión imperial estadounidense en el Caribe. Washington observaba con gran interés estratégico la bahía de Samaná y la posición geográfica dominicana dentro de las rutas marítimas del Atlántico y el Caribe.
Así lo expresa la junta constitutiva de Santiago de los Caballeros:
“ Núm. 317.- ACUERDO del Consejo de generales, constituyendo un Triunvirato.
Dios, Patria y Libertad.- República Dominicana.
En la ciudad de Santiago de los Caballeros y en la noche del 1º de mayo de 1866, año 23º de la Independencia y 3º de la Restauración, reunidos en Consejo los generales que abajo firman, con el fin de organizar el movimiento popular generalizado en la mayor parte de la República, que proclama por legítimos caudillos de la patria a los héroes de Capotillo, desconociendo la autoridad del señor Buenaventura Báez; teniendo a la vista numerosos pronunciamientos y la comunicación del señor Báez, en que ofrece acatar la voluntad de los pueblos; vista la necesidad de crear un centro de acción que atienda a las operaciones de la guerra, si fuere necesario hacerlas, y que dé curso a los negocios que se presenten, han acordado lo siguiente:
Primero: Queda completamente desconocido el Gobierno del señor Báez, y todos los pueblos de la República no prestarán obediencia a otro Gobierno que al instalado en esta ciudad.
Segundo: El Gobierno de la República residirá momentáneamente en Santiago de los Caballeros, y lo compondrán, en clase de triunviros, los generales Pedro Antonio Pimentel, Gregorio Luperón y Federico de Jesús García. Uno de estos triunviros presidirá siempre el gobierno, no pudiendo ausentarse del centro los tres a la vez.
Tercero: Los triunviros, de común acuerdo, nombrarán cuatro o más secretarios particulares para la expedición de los negocios públicos.
Cuarto: Una vez pacificado el país, consumada la retirada del señor Báez, el Gobierno se trasladará a la capital de la República, donde dictará las medidas conducentes para darle un gobierno definitivo.
Quinto: Las disposiciones que anteceden tendrán toda su fuerza inmediatamente después de ser publicadas.
Firmados:
- Valverde, Manuel Tejada, Francisco A. Gómez, Prud’homme hijo, Manuel R. Objío, J. B. Curiel, José D. Valverde, José María Asel, José Gómez, Basilio Ureña, Julián Sued, P. Batista, Manuel Rodríguez, Eugenio Valerio.
Aceptado por el Triunvirato y la Junta Consultiva
- Luperón, F. de J. García, M. J. Ricardo, J. B. Gil, J. M. Closs, I. M. González, A. Ureña, D. A. Rodríguez, hijo”.[6]
Según Diómedes Núñez Polanco: “La anexión no fue simplemente una política exterior improvisada, sino un proyecto geopolítico articulado alrededor de los intereses expansionistas de los Estados Unidos y las necesidades políticas del baecismo.”[7]
Báez buscaba obtener reconocimiento internacional, apoyo militar y financiamiento económico mediante la incorporación de la República Dominicana a los Estados Unidos. Para justificar este proyecto argumentaba que el país no poseía recursos suficientes para sostenerse de manera independiente. La oposición liberal rechazó contundentemente esta política. Los restauradores interpretaban el anexionismo como una traición a los principios de la independencia nacional y de la Guerra Restauradora. El recuerdo de la anexión a España aún permanecía vivo en la memoria colectiva.
Rufino Martínez señala que: “Los liberales cibaeños entendían que el proyecto de Báez significaba la destrucción definitiva de la soberanía dominicana”[8].
El movimiento liberal comenzó a organizarse alrededor de figuras militares y políticas restauradoras. Entre ellas destacó Gregorio Luperón, quien emergió como el principal líder del nacionalismo antibaecista. Los sectores opositores desarrollaron un discurso político fundamentado en la defensa de la soberanía, el republicanismo y la resistencia contra la intervención extranjera. Esta ideología encontró amplio respaldo en las regiones del Cibao y Puerto Plata, donde existía una fuerte tradición liberal y comercial.
Virgilio Ferrer Gutiérrez afirma que: “La resistencia al anexionismo se transformó en una lucha por la supervivencia misma de la nación dominicana”[9]
El rechazo popular al proyecto anexionista provocó conspiraciones, levantamientos regionales y conflictos militares que desembocarían en la Guerra de los Seis Años.
4.Surgimiento de la resistencia dirigida por Gregorio Luperón
La figura de Gregorio Luperón emergió como símbolo de la resistencia nacionalista frente al proyecto anexionista de Buenaventura Báez. Veterano de la Guerra Restauradora y líder militar del Cibao, Luperón representaba el ideal liberal, republicano y soberanista. Luperón consideraba que la independencia nacional debía preservarse a cualquier costo. Su experiencia durante la anexión española reforzó su convicción de que toda intervención extranjera constituía una amenaza para la existencia de la nación dominicana.

Virgilio Ferrer Gutiérrez sostiene: “Luperón encarnó la continuidad ideológica de la Restauración y convirtió la defensa de la soberanía en el eje central de su acción política”[10].
La resistencia comenzó a estructurarse a través de redes regionales de militares restauradores, comerciantes cibaeños y sectores urbanos opuestos al baecismo. Puerto Plata se convirtió en uno de los principales centros de conspiración y organización política. El liderazgo de Luperón trascendió el ámbito militar. Su discurso político apelaba al nacionalismo popular y a la defensa de la dignidad nacional. Esta capacidad de movilización permitió consolidar un amplio movimiento opositor.
Diómedes Núñez Polanco explica que: “La resistencia luperonista logró articular una coalición política y militar que enfrentó simultáneamente el autoritarismo de Báez y el expansionismo estadounidense.”[11]
Luperón también desarrolló relaciones internacionales con sectores antillanistas y liberales del Caribe. Estas conexiones fortalecieron la dimensión regional de la resistencia dominicana. La oposición al anexionismo generó enfrentamientos armados constantes. Los levantamientos regionales y las campañas militares comenzaron a militarizar progresivamente el territorio nacional.
5.La importancia estratégica del nordeste dominicano en el conflicto
El nordeste dominicano desempeñó un papel estratégico fundamental durante la Guerra de los Seis Años. Su importancia geográfica, económica y militar convirtió a esta región en uno de los principales escenarios del conflicto. La bahía de Samaná poseía enorme valor geopolítico debido a sus condiciones naturales para operaciones navales y comerciales. Los Estados Unidos mostraban gran interés en controlar esta zona como punto estratégico en el Caribe.
Según Diómedes Núñez Polanco: “Samaná constituía el principal objetivo geoestratégico del proyecto anexionista debido a su ubicación privilegiada en las rutas marítimas atlánticas”[12]
Además de Samaná, las provincias del Cibao y el distrito marítimo de Puerto Plata eran esenciales por su capacidad económica y comercial. El control de estas regiones garantizaba recursos financieros y apoyo logístico para ambos bandos.
Rufino Martínez destaca que: “El nordeste se convirtió en el corazón militar y político de la resistencia antibaecista”[13]
La geografía montañosa y la red de caminos rurales favorecieron las tácticas guerrilleras utilizadas por las fuerzas luperonianas. Esto dificultó el control efectivo del territorio por parte del gobierno central. Puerto Plata funcionó como centro de abastecimiento militar y contacto internacional para los revolucionarios. Desde allí llegaban armas, recursos y apoyo político procedente del exterior. La militarización del nordeste también transformó la vida cotidiana de la población civil. Muchas comunidades quedaron atrapadas entre las operaciones militares de ambos bandos.
El nordeste dominicano constituyó uno de los espacios geopolíticos más importantes durante la Guerra de los Seis Años. Su posición geográfica, sus puertos atlánticos y sus conexiones marítimas con el Caribe otorgaban a esta región un valor estratégico excepcional tanto para el gobierno de Báez como para las fuerzas revolucionarias dirigidas por Luperón. La región del nordeste incluía zonas clave como Puerto Plata, Samaná, Nagua y parte del Cibao atlántico. Estas áreas permitían controlar importantes rutas comerciales y militares vinculadas al océano Atlántico y al Caribe septentrional.

Diómedes Núñez Polanco afirma: “El nordeste dominicano era esencial dentro del proyecto geopolítico de Báez debido a su cercanía con las rutas marítimas internacionales y particularmente por el valor estratégico de la bahía de Samaná”[14]
La bahía de Samaná despertaba enorme interés en los Estados Unidos debido a sus condiciones naturales para el establecimiento de bases navales y centros de abastecimiento marítimo. Para el gobierno estadounidense, el control de Samaná formaba parte de una estrategia más amplia de expansión en el Caribe durante el siglo XIX. Por su parte, los liberales dominicanos entendían que la pérdida del control sobre esta región implicaría una amenaza directa contra la soberanía nacional. Por ello, el nordeste se convirtió en uno de los principales bastiones de la resistencia antibaecista.
Virgilio Ferrer Gutiérrez sostiene que: “La defensa del nordeste era también la defensa de la independencia nacional frente al expansionismo extranjero” [15]
La configuración geográfica de la región favorecía las tácticas militares de guerra de guerrillas utilizadas por los restauradores. Así, las montañas, los bosques y los caminos rurales dificultaban las operaciones de las tropas gubernamentales y facilitaban la movilidad de los revolucionarios. Puerto Plata desempeñó un rol fundamental como centro político y logístico de la resistencia. Desde allí se coordinaban expediciones marítimas, actividades diplomáticas y movimientos militares contra el régimen baecista.
La importancia económica del nordeste también resultaba determinante. Las exportaciones agrícolas y comerciales de la región proporcionaban recursos esenciales para financiar las actividades militares y políticas de los sectores liberales. En términos estratégicos, el conflicto por el control del nordeste reflejaba una lucha más amplia entre dos proyectos de nación: uno orientado hacia la anexión y dependencia extranjera, y otro basado en la soberanía nacional y el liberalismo restaurador.
Lo que dice Gregorio Luperón en su obra Notas Autobiográficas constituye una reflexión crítica sobre la naturaleza de la resistencia política ante regímenes autoritarios, al tiempo que evidencia las profundas desigualdades que caracterizan a los procesos de cambio social y político en contextos territoriales diversos. La afirmación inicial «no impunemente se ejercían tantos desmanes», establece un principio fundamental: la arbitrariedad y el abuso de poder no son fenómenos aislados ni aceptados pasivamente, sino que generan, de manera inevitable, una respuesta organizada por parte de los sectores afectados. En este sentido, la lucha emprendida por los departamentos del Noroeste y el Suroeste no se presenta como un acto espontáneo o meramente reactivo, sino como una acción política deliberada, orientada a derrocar al poder establecido y a cuestionar la legitimidad de un gobierno caracterizado por la opresión y la violencia institucionalizada.
Sin embargo, lo que distingue este análisis es la atención que presta a las asimetrías en la capacidad de movilización y éxito de la resistencia, contrastando claramente la experiencia de ambas regiones. En el caso del Suroeste, se reconoce el esfuerzo y la determinación de sus actores, pero se señala que sus resultados fueron escasos o nulos: «fueron muy poco felices en sus combates». Este fracaso no debe interpretarse únicamente como una falta de voluntad, sino como el reflejo de condiciones estructurales desfavorables: una menor capacidad organizativa, escasez de recursos, debilidad en la cohesión social o vínculos más estrechos con las estructuras de poder centrales, factores que limitaron su capacidad para transformar la oposición en avances políticos o militares.
Por el contrario, el Noroeste representa el caso contrario: allí el movimiento revolucionario «tomó creces, se hizo pujante, arrolladora», lo que indica que en esta región confluyeron condiciones favorables mayor cohesión social, liderazgos consolidados, intereses económicos alineados con el cambio o una menor penetración del poder central que permitieron al movimiento adquirir una fuerza capaz de expandirse y desafiar el orden establecido. Esta distinción revela una realidad central en el estudio de los procesos revolucionarios: no existen experiencias homogéneas, sino que el éxito o fracaso de la resistencia depende de la interacción entre factores locales, regionales y nacionales.
El punto culminante de la reflexión radica en la identificación de Puerto Plata como el límite infranqueable de este avance. Al ser definida como un «baluarte», la ciudad adquiere un significado que trasciende su condición geográfica: se convierte en un símbolo de la resistencia del orden establecido, un punto estratégico donde convergen intereses económicos, militares y políticos que le permitieron actuar como barrera frente al cambio. Su capacidad para detener el avance revolucionario no es casual, sino que responde a su importancia como centro económico, comercial o administrativo, y a su papel como bastión del régimen o espacio donde los sectores vinculados al poder encontraron las condiciones para defender sus privilegios. En este sentido, Puerto Plata no solo marca el límite territorial del movimiento, sino también el límite de su capacidad de transformación, evidenciando que los procesos revolucionarios se enfrentan siempre a contrapesos y resistencias que definen su alcance y sus resultados finales.
Así lo argumenta Gregorio Luperón:
“Empero, no impunemente se ejercían tantos desmanes, pues los departamentos del Noroeste y Suroeste luchaban con denuedo por derrocar al tirano. No bastante, los esfuerzos de los que batallaban en el Suroeste, fueron muy poco felices en sus combates; pero no así podemos decir de los del Noroeste. La revolución en esta comarca tomó creces, se hizo pujante, arrolladora; pero en su camino encontró un baluarte, ese baluarte fue Puerto Plata”[16]
El texto constituye un análisis lúcido y crítico de la relación entre poder y resistencia. Muestra que la lucha contra la opresión es una respuesta inherente a la injusticia, pero que su desarrollo y resultados están condicionados por realidades regionales diferenciadas, por la capacidad organizativa de los actores y por la existencia de puntos estratégicos que concentran el poder y los intereses del orden vigente. Al contrastar éxitos y fracasos, y al identificar obstáculos concretos, el autor nos ofrece una perspectiva compleja y realista sobre cómo se desarrollan los procesos políticos, demostrando que la historia no es un avance lineal hacia el cambio, sino un escenario de tensiones, desigualdades y límites que definen el rumbo de la transformación social.
La trayectoria militar y política de Gregorio Luperón en la región nordeste de la República Dominicana revela una concepción estratégica del espacio geográfico, donde Puerto Plata constituye el eje fundamental de su plan de movilización y expansión de fuerzas. Esta dimensión estratégica se evidencia claramente en su desplazamiento desde la isla de San Marcos a bordo de su buque de vapor El Telégrafo, embarcación que no solo le otorgaba movilidad y autonomía, sino que simbolizaba su capacidad de operar tanto en el mar como en tierra.

Su objetivo al dirigirse a la fortaleza de Puerto Plata no era meramente logístico, sino político-militar: buscaba concentrar a sus adherentes, reunir refuerzos y consolidar su posición en una zona que, por su importancia comercial y militar, resultaba clave para el control del territorio. Esta acción confirma que, para Luperón, Puerto Plata no era un punto más en la geografía nacional, sino el centro neurálgico desde el cual proyectar su influencia y extender su causa revolucionaria.
Sin embargo, la intención de atracar en la ciudad se vio frustrada por la vigilancia estricta que las fuerzas baecistas mantenían sobre toda la costa nordeste, un hecho que pone de manifiesto la capacidad de respuesta y control territorial que tenía el bando contrario. Este obstáculo no representa un fracaso, sino más bien una prueba decisiva de la calidad de su liderazgo y su capacidad de adaptación ante la adversidad. Ante la imposibilidad de desembarcar, Luperón no abandonó su propósito, sino que reorientó su acción: se dirigió directamente a la fortaleza de San Felipe, la bombardeó y la recuperó bajo su mando. Esta operación demuestra una característica central de su estilo de dirección: la capacidad de transformar un contratiempo en una acción ofensiva, tomando el control de instalaciones militares clave y demostrando que su autoridad se imponía incluso en los espacios donde el poder establecido creía tener seguridad absoluta. Su capacidad para actuar con decisión ante lo imprevisto es, precisamente, lo que define su figura como caudillo y líder militar.
Así lo argumenta Filiberto Cruz:
“Por su parte, la expedición de Luperón salió de San Marcos con 45 oficiales a bordo del vapor El Telégrafo y se dirigió a la costa Norte del país, llegando al puerto La Isabela, donde "quiso reunir alguna gente en aquel punto, pero no le fue posible", debido a que "las costas estaban cubiertas de guardias, esperando la expedición" y después de algunos encuentros a cañonazos, "se presentó el 1 de junio de 1869 frente a la fortaleza de Puerto Plata, donde, después de dos días de bombardeo, fue a Samaná y tomó la plaza a vivo fuego"[17]
Desde Puerto Plata, ya con el control de la fortaleza de San Felipe, Luperón proyectó su movimiento hacia Samaná, otro punto estratégico de la geografía regional, que en ese momento funcionaba como un bastión fundamental para el bando baecista. La toma de Samaná, conseguida mediante combate directo, confirma su capacidad de expansión militar y su determinación de desmantelar las posiciones fuertes del régimen contrario. No obstante, este triunfo vino acompañado de una valoración crítica por parte del propio Luperón, quien calificó a los samaneses como «personas ingratas». Este juicio no es un simple comentario personal, sino una manifestación de la complejidad de las relaciones políticas locales. Revela que el apoyo popular no era homogéneo ni garantizado: aunque logró vencer militarmente, no contó con la adhesión o gratitud que esperaba por parte de la población, lo que evidencia que las lealtades regionales, los intereses locales y las percepciones sobre los líderes podían diferir de manera notable según la demarcación geográfica.
Así lo expresa Filiberto Cruz:
“En sus Notas Autobiográficas, Luperón sostiene que los habitantes de Samaná ´eran muy adictos´ al gobierno de Báez. Cuando les decía que él y los suyos ´venían a salvar la patria de las garras de los yanquees, a pesar de que los traté muy bien, dándoles raciones de dinero americano, vestido y calzados a los soldados…, se sublevaron al día siguiente, aclamando a Báez y a los Americanos. Se peleó duro durante 29 días en aquella ciudad.´”[18]
En síntesis, este recorrido desde su salida de San Marcos hasta sus acciones en Puerto Plata y Samaná permite comprender tres dimensiones esenciales de la historia dominicana de ese periodo: primero, cómo la geografía define las estrategias militares y políticas, haciendo de puertos y fortalezas puntos decisivos de poder; segundo, cómo el liderazgo de Luperón se construye tanto sobre la capacidad de planificar como sobre la habilidad de reaccionar ante obstáculos, demostrando control y autoridad en cada acción; y tercero, cómo las dinámicas locales y las relaciones entre los líderes y las poblaciones regionales estaban marcadas por tensiones, expectativas y desencuentros, tal como lo refleja su apreciación sobre los habitantes de Samaná. Su paso por estas ciudades no es solo una sucesión de hechos bélicos, sino una demostración de cómo se construye, se ejerce y se percibe el poder en un contexto de lucha por la soberanía y el control político.
6.El inicio de la Guerra de los Seis Años y la militarización del territorio dominicano
La Guerra de los Seis Años comenzó formalmente en 1868 como resultado de las tensiones acumuladas entre el gobierno de Buenaventura Báez y la oposición liberal encabezada por Gregorio Luperón. El conflicto estuvo directamente vinculado al proyecto anexionista y a las políticas autoritarias del baecismo. La resistencia armada surgió inicialmente como una serie de levantamientos regionales, pero rápidamente evolucionó hacia una guerra civil de alcance nacional.
Virgilio Ferrer Gutiérrez afirma: “La Guerra de los Seis Años fue una prolongación ideológica de la Restauración, ahora dirigida contra el anexionismo y el autoritarismo interno.”[19]
La militarización del territorio dominicano alcanzó niveles sin precedentes. El gobierno movilizó tropas, fortificó ciudades y estableció mecanismos represivos para contener la oposición. Por su parte, las fuerzas luperonistas implementaron tácticas de guerrilla y guerra móvil que aprovecharon el conocimiento del terreno y el apoyo popular.
Diomedes Núñez Polanco sostiene: “El conflicto transformó profundamente la estructura política y militar del Estado dominicano, consolidando la figura del caudillo regional armado.”[20]
La guerra también produjo graves consecuencias económicas y sociales. La producción agrícola disminuyó, las rutas comerciales fueron interrumpidas y numerosas comunidades rurales quedaron devastadas.
Rufino Martínez señala que: “La nación dominicana vivió uno de sus períodos más violentos e inestables desde la independencia”[21]
A pesar de la prolongación del conflicto, la resistencia logró debilitar progresivamente el proyecto anexionista de Báez. Finalmente, el fracaso de la anexión a los Estados Unidos y el desgaste militar del gobierno condujeron a la caída del baecismo. La Guerra de los Seis Años consolidó el liderazgo político de Gregorio Luperón y fortaleció el nacionalismo liberal dominicano. Asimismo, reafirmó la importancia de la soberanía como elemento central de la identidad política nacional.
7.Las operaciones navales de Gregorio Luperón durante la Guerra de los Seis Años
Durante la Guerra de los Seis Años (1868-1874), las operaciones navales dirigidas por Gregorio Luperón desempeñaron un papel fundamental en la resistencia contra el gobierno de Buenaventura Báez. La guerra no solamente se desarrolló en los espacios terrestres del Cibao y el nordeste dominicano, sino también en el ámbito marítimo, donde el control de las rutas navales se convirtió en un elemento estratégico para el abastecimiento militar, la comunicación política y la proyección internacional de la resistencia liberal.

Luperón comprendió que la geografía insular de la República Dominicana obligaba a desarrollar una estrategia naval capaz de enfrentar el poder del gobierno baecista y limitar la influencia extranjera vinculada al proyecto anexionista. Por esta razón, las fuerzas restauradoras organizaron operaciones marítimas dirigidas al transporte de armas, hombres y recursos desde las Antillas y otros puntos del Caribe hacia los puertos controlados por los liberales.
Según Diomedes Núñez Polanco: “La lucha contra Báez exigió el dominio parcial de las costas y de las comunicaciones marítimas, pues la guerra dependía tanto de las armas como de la capacidad de mantener abiertos los contactos internacionales”[22]
Las operaciones navales luperonianas estuvieron orientadas principalmente hacia las regiones de Puerto Plata, Samaná y las demás provincias de la costa nordeste. Desde estos puntos se organizaban expediciones revolucionarias, desembarcos militares y movimientos de aprovisionamiento que permitían sostener la guerra contra el gobierno central. Uno de los aspectos más importantes de estas operaciones fue el uso de embarcaciones rápidas y ligeras capaces de movilizarse entre las costas dominicanas y las islas del Caribe. Estas tácticas permitían evadir parcialmente el bloqueo gubernamental y mantener activa la resistencia militar.
Rufino Martínez señala que: “Luperón convirtió el mar en un escenario de combate político y militar, utilizando las costas del Atlántico como espacio de articulación revolucionaria”[23].
El carácter marítimo de la resistencia también permitió que los liberales mantuvieran vínculos con exiliados dominicanos, comerciantes antibaecistas y sectores antillanistas que simpatizaban con la lucha contra el anexionismo. Estas redes internacionales fortalecieron el movimiento revolucionario y ampliaron la dimensión geopolítica del conflicto.

Las operaciones navales impulsadas por Luperón representaron además una continuidad de las experiencias militares adquiridas durante la Guerra Restauradora contra España. Muchos de los combatientes restauradores ya tenían experiencia en el uso estratégico de las costas y de las rutas marítimas del Caribe. En consecuencia, las campañas navales no fueron simples acciones complementarias, sino una parte esencial de la estrategia militar liberal durante la Guerra de los Seis Años.
8.El control marítimo y la resistencia restauradora contra Buenaventura Báez
El control marítimo se convirtió en uno de los factores decisivos de la resistencia restauradora contra el gobierno de Buenaventura Báez. Debido a la condición insular de la República Dominicana y a la debilidad de las infraestructuras terrestres del siglo XIX, las rutas marítimas eran esenciales para el transporte militar, el comercio y las comunicaciones políticas. Gregorio Luperón comprendió rápidamente que la resistencia no podía sostenerse únicamente mediante campañas terrestres. Era necesario asegurar conexiones marítimas con el exterior para obtener armas, municiones y apoyo político internacional.
Rufino Martínez señala que: “Sin el dominio parcial de las costas y del mar Atlántico, la revolución liberal habría sido rápidamente sofocada por el gobierno de Báez”[24]
El gobierno baecista intentó controlar los principales puertos del país para impedir el abastecimiento de las fuerzas revolucionarias. Sin embargo, las tácticas navales utilizadas por Luperón permitieron mantener activa la comunicación entre los distintos focos de resistencia. Las embarcaciones revolucionarias desempeñaban múltiples funciones: transporte de combatientes, introducción clandestina de armas, evacuación de líderes perseguidos y enlace diplomático con sectores antillanos y extranjeros.
Virgilio Ferrer Gutiérrez afirma: “El mar fue para Luperón un espacio de libertad política frente al control territorial del Estado baecista.”[25]
El control marítimo también poseía una dimensión simbólica. Para los restauradores, dominar las costas representaba impedir que la República Dominicana quedara subordinada a intereses extranjeros. En consecuencia, la lucha naval adquirió un profundo significado nacionalista y soberanista. Las conexiones marítimas con otras islas del Caribe permitieron, además, que la resistencia dominicana formara parte de una red antillanista más amplia. Muchos revolucionarios caribeños observaban con preocupación el avance del expansionismo estadounidense y apoyaban la lucha contra el anexionismo de Báez.
El control marítimo contribuyó significativamente al desgaste político y militar del gobierno. A pesar de los esfuerzos represivos del régimen, la resistencia logró sostener la guerra durante varios años gracias a su capacidad de movilidad naval.
9.El Telégrafo como símbolo liberal y antianexionista en la lucha contra el baecismo
El barco El Telégrafo se convirtió en uno de los símbolos más representativos de la resistencia liberal y antianexionista durante la Guerra de los Seis Años. Asociada a las operaciones revolucionarias dirigidas por Gregorio Luperón, esta embarcación representó no solamente un instrumento militar, sino también un emblema político de la defensa de la soberanía nacional. Durante el conflicto, El Telégrafo fue utilizado para transportar combatientes, armas y recursos destinados a sostener la lucha contra el gobierno de Báez. Su movilidad permitía establecer comunicación entre los distintos núcleos revolucionarios ubicados en Puerto Plata, Samaná y otras regiones del país.
Diómedes Núñez Polanco sostiene que: “El Telégrafo simbolizó la capacidad de la resistencia liberal para mantener viva la lucha contra el proyecto anexionista de Báez”[26]
El barco adquirió, además, una dimensión propagandística dentro del movimiento liberal. Su presencia en las costas dominicanas representaba la continuidad de la resistencia restauradora y la voluntad de impedir una nueva subordinación extranjera. Gregorio Luperón utilizó la embarcación como parte de una estrategia militar flexible basada en la movilidad marítima y en la capacidad de sorprender a las fuerzas gubernamentales. Esta táctica permitió desarrollar operaciones rápidas contra posiciones baecistas y mantener abiertas las rutas de abastecimiento revolucionario.
Virgilio Ferrer Gutiérrez explica que: “El Telégrafo se transformó en un símbolo flotante del liberalismo restaurador y de la lucha nacionalista contra el entreguismo político”[27]
El simbolismo político del barco estaba estrechamente relacionado con la memoria de la Guerra Restauradora. Para muchos dominicanos, la resistencia contra Báez constituía una continuación de la lucha iniciada contra la anexión española en 1863. El Telégrafo también reflejaba la dimensión caribeña de la resistencia liberal. Las rutas marítimas conectaban la revolución dominicana con sectores antillanistas y exiliados políticos que compartían ideales republicanos y soberanistas. En consecuencia, esta embarcación trascendió su función militar para convertirse en un símbolo histórico de la defensa de la independencia nacional y de la oposición al anexionismo en la República Dominicana del siglo XIX.
Conclusión
La formación del triunvirato en Santiago de los Caballeros en 1866 representó una respuesta política y militar de los sectores restauradores frente al proyecto anexionista impulsado por Buenaventura Báez. La participación de Gregorio Luperón, Pedro Antonio Pimentel y Federico de Jesús García evidenció la continuidad ideológica del movimiento restaurador, al defender la soberanía nacional y rechazar cualquier intento de subordinación extranjera. En este contexto, la oposición liberal interpretó las negociaciones sobre la bahía de Samaná como una amenaza geopolítica que comprometía la integridad territorial de la República Dominicana y favorecía los intereses expansionistas de los Estados Unidos en el Caribe.
Asimismo, las operaciones navales dirigidas por Gregorio Luperón y el control marítimo de la resistencia restauradora demostraron la importancia estratégica del nordeste dominicano en la Guerra de los Seis Años. Regiones como Puerto Plata y Samaná se convirtieron en espacios fundamentales para el abastecimiento militar, la movilización revolucionaria y la articulación política del movimiento liberal. El barco El Telégrafo simbolizó la lucha antianexionista y la defensa de la independencia nacional frente al gobierno baecista. En consecuencia, este conflicto consolidó el liderazgo político de Gregorio Luperón y fortaleció el nacionalismo liberal dominicano como una de las principales corrientes políticas del siglo XIX.
Bibliografía
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Núñez Polanco, Diomedes. Anexionismo y Resistencia. Santo Domingo: Archivo General de la Nación, 2010.
[1] Roberto Cassá. Historia social y económica de la República Dominicana, tomo II. Santo Domingo. 2003. Editora: Búho. p. 214.
[2] Frank Moya Pons. Manual de Historia Dominicana. Santo Domingo: Caribbean Publishers, 2010, p. 312.
[3] Rufino Martínez, Gregorio Luperón e Historia de la Restauración. Santo Domingo: Editora Montalvo, 1971, p. 112.
[4] Diómedes Núñez Polanco, Anexionismo y Resistencia. Santo Domingo: Archivo General de la Nación, 2010, p. 54.
[5] Virgilio Ferrer Gutiérrez, Luperón: Brida y Espuela. Santo Domingo: Editora Taller, 1990, p. 88.
[6] Archivo General de la Nación. Fondo: Cesar Augusto Herrera Cabral. Año. 1866. It: 1702474.
[7] Núñez Polanco, Anexionismo y Resistencia, p. 77.
[8] Ibid., p. 167.
[9] Ibid., p. 154.
[10] Ferrer Gutiérrez, Luperón: Brida y Espuela, p. 133.
[11] Núñez Polanco, Anexionismo y Resistencia, p. 118.
[12] Núñez Polanco, Anexionismo y Resistencia, p. 231.
[13] Martínez, Gregorio Luperón e Historia de la Restauración, p. 203
[14] Diómedes Núñez Polanco, Anexionismo y Resistencia. Santo Domingo: Archivo General de la Nación, 2010, p. 143.
[15] Virgilio Ferrer Gutiérrez, Luperón: Brida y Espuela. Santo Domingo: Editora Taller, 1990, p. 201.
[16] Luperón, Gral. Gregorio. Notas autobiográficas y apuntes históricos, (tomo 2). (Santo Domingo: Central de Libros, C. por A., 1992), p. 135.
[17] Filiberto Cruz Sánchez. La Guerra de los Seis Años. Santo Domingo. 2005. Editora: Nuevo Diario. pp. 40-41.
[18] Ibidem. pp. 40- 41.
[19] Ibidem, p. 202.
[20] Núñez Polanco, Anexionismo y Resistencia, p. 231
[21] Martínez, Gregorio Luperón e Historia de la Restauración, p. 267
[22] Diomedes Núñez Polanco, Anexionismo y Resistencia. Santo Domingo: Archivo General de la Nación, 2010, p. 143.
[23] Rufino Martínez, Gregorio Luperón e Historia de la Restauración. Santo Domingo: Editora Montalvo, 1971, p. 112.
[24] Rufino Martínez, Gregorio Luperón e Historia de la Restauración, p. 228
[25] Ferrer Gutiérrez, Luperón: Brida y Espuela, p. 233
[26] Núñez Polanco, Anexionismo y Resistencia, p. 249
[27] Ferrer Gutiérrez, Luperón: Brida y Espuela, p. 241
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