Pedro Henríquez Ureña, el intelectual dominicano más universal.

El universo intelectual de todo pensador está condicionado, en gran medida, por el contexto en que vive y desarrolla su formación en la infancia, adolescencia, juventud y adultez. Para mostrar una personalidad y un estilo propios es imprescindible que esa persona esté dotada de una cultura general que le sirva de fundamento, al tiempo de definir en qué área del conocimiento se especializará para profundizarla sistemáticamente, hasta convertirse, de esa manera, en una referencia obligada para sus coetáneos y generaciones posteriores.

Pedro Henríquez Ureña, aunque se vio obligado a vivir en diferentes contextos, cumplió con esos requisitos, ya que, desde muy temprana edad, definió su perfil intelectual en torno al ámbito de la literatura, el arte, la filosofía, la historia, la filología y el lenguaje; es decir, definió su universo intelectual en torno al ámbito de la cultura, desde una perspectiva crítica y filosófica.

Casa en que nació Pedro Henríquez Ureña el 29 de junio de 1884, actualmente situada en la calle General Luperón esquina avenida Duarte, que para entonces tenían los nombres de Esperanza y Los Mártires.
  1. Breve biografía intelectual de Pedro Henríquez Ureña

Pedro Henríquez Ureña nació en la amurallada ciudad de Santo Domingo, República Dominicana, el 29 de junio de 1884, en el seno de una familia con una destacada trayectoria en los ámbitos profesional, literario, educativo y político, lo que le permitió alcanzar muy tempranamente una formación intelectual integral.

Su padre, Francisco Henríquez y Carvajal, educador, abogado, médico y destacado político, dirigió el Ministerio de Relaciones Exteriores en el gobierno del presidente Juan Isidro Jimenes Pereyra y fue presidente de la República Dominicana, de forma interina, entre julio y diciembre de 1916, cuando la primera ocupación militar norteamericana le obligó a salir del poder legítima y constitucionalmente obtenido. Su tío, Federico Henríquez y Carvajal, fue educador, abogado, literato e historiador. Francisco y Federico, junto a otros intelectuales prestantes del país, fueron columnas de acero en el proceso de instalación en la República Dominicana de la Escuela Normal para la formación de maestros, con el impulso del filósofo, abogado, sociólogo y educador de origen puertorriqueño Eugenio María de Hostos, a partir del año 1879.

La familia Henríquez Ureña tuvo un rol muy trascedente en la cultura intelectual de República Dominicana, Cuba, México y Argentina.

Su madre, Salomé Ureña de Henríquez, poeta y educadora destacada del país, fue el soporte esencial de Hostos en la implementación del Instituto de Señoritas para la formación de las dos primeras promociones de maestras en la República Dominicana.

Sus hermanos, Max Henríquez Ureña y Camila Henríquez Ureña, fueron dos notables intelectuales con gran influencia tanto en su país de origen (República Dominicana) como en el país que le acogió benévolamente como su segunda patria (Cuba).

El intelectual español Luis Alfonso Escolano Giménez resume con sus palabras el itinerario personal y cultural de Henríquez Ureña en el marco del contexto familiar, sociohistórico y político en que le tocó vivir:

El destacado historiador español Luis Alfonso Escolano Giménez.
El destacado historiador español Luis Alfonso Escolano Giménez.

"Resulta imposible pasar por alto la enorme influencia que sobre la trayectoria vital y ante todo intelectual ejerció su núcleo familiar, entre cuyos miembros se encuentran figuras muy relevantes de la cultura y la educación dominicana, comenzando por sus propios padres, Salomé Ureña y Francisco Henríquez y Carvajal. En efecto, el papel desempeñado tanto en la política como en otras esferas de la vida pública del país queda demostrado por la gran cantidad de familiares que ocuparon altos cargos en la administración del Estado dominicano, fueron literatos reconocidos en su tiempo o profesionales de prestigio en diversos campos, desde la judicatura, hasta la historiografía o la medicina. Salomé Ureña fue considerada, y aún hoy suscita admiración prácticamente unánime, como una de las mejores poetas dominicanas, quien además fundó en 1881 la primera institución educativa superior para mujeres de la historia de su país, el denominado Instituto de Señoritas, que formó maestras normales hasta 1894, y cuyo modelo pedagógico estaba influido, al menos en parte, por las ideas positivistas del educador y pensador puertorriqueño Eugenio María de Hostos. Este había llegado a territorio dominicano en 1875, y “muy pronto entró en contacto con Federico Henríquez y Carvajal, cuñado de Salomé”, por lo que, cuando en 1880 “inició sus labores en Santo Domingo la Escuela Normal, fundada y dirigida por Hostos”, uno de los principales apoyos morales e incluso económicos que recibió, aparte del brindado por el general Luperón, fueron los de Salomé Ureña y los hermanos Francisco y Federico Henríquez y Carvajal".[1]

La notable escritora dominicana Flérida de Nolasco, de quien Henríquez Ureña era primo hermano, con quien mantuvo una considerable relación epistolar y de quien elogió su forma clara, llana e incisiva de escribir, resalta las cualidades más destacadas que le adornaron desde sus primeros años:

Flérida Lamarche de Nolasco, destacada historiadora de la cultura dominicana, fue prima hermana de Pedro Henríquez Ureña.

En Pedro Henríquez Ureña los rasgos del carácter, la vocación intelectual y la curiosidad incansable de conocer, se hacen evidentes desde sus tiernos años. Su natural inclinación a la universalidad del saber apunta francamente desde su infancia: interés por las ciencias, por la expresión escrita, por la poesía que pronto intenta ensayar, por los valores patrios…[2]

Estas cualidades las reafirma y profundiza el escritor Galindo Ulloa cuando describe y analiza en todos sus detalles las particularidades de la educación y el aprendizaje que adquirió Henríquez Ureña en el ámbito doméstico:

"La educación de Pedro se basa en la intuición y la curiosidad para aprender los conceptos elementales de las ciencias naturales; su mente es lúcida, piensa por sí mismo sobre la situación familiar y en su adolescencia lee desinteresadamente libros de literatura fantástica. Sus juegos de infancia son el estudio y la lectura. Como dice Rafael Gutiérrez Girardot: “Fue un discípulo de sí mismo, pero no autodidacta”. Es decir, enseña aprendiendo en una institución familiar cuyos medios son proporcionados por la misma madre, que además de ser ama de casa, ejerce el magisterio y la poesía en el sentido más humano y patriótico. Su instrumento es el mismo hogar en donde puede escuchar, observar, comentar y concebir el mundo desde un aprendizaje intuitivo, como un refugio también ante la ausencia del padre, que realiza estudios de medicina en París".[3]

Max Henríquez Ureña destaca el rol fundamental que jugó la figura paterna de Francisco Henríquez y Carvajal, con su autoridad y los conocimientos adquiridos en París, en el desarrollo intelectual suyo y de su hermano Pedro:

"Mi padre, que había ido a Europa a ampliar sus estudios de medicina, acababa de obtener el doctorado en la Universidad de París y se reintegraba a su patria y a su hogar. Su llegada transformó y amplió para mí el mundo circundante. Desde el primer momento comprendimos Pedro y yo que en él teníamos un guía y un mentor de gran autoridad, cuya voz magistral nos producía honda impresión. Y con nuestro hermano Fran ganamos un compañero de más edad y experiencia, a quien realzaba a nuestros ojos el prestigio de haber vivido cerca de tres años en París".[4]

Al referirse al proceso seguido por Henríquez Ureña en su formación intelectual, Galindo Ulloa señala las fuentes fundamentales de las que bebió este dominicano universal para apropiarse de una cultura clásica y de esa manera contribuir a forjar un espíritu crítico en la juventud latinoamericana de su época:

"En buena medida, la formación intelectual de Pedro Henríquez Ureña (1884-1946) se fundamentó en la lectura de los clásicos grecolatinos y de la diversidad de textos que comprende esa producción literaria, desde el género épico, lírico y dramático hasta el discurso filosófico. Era una necesidad para el ensayista dominicano difundir aquella cultura clásica en la enseñanza literaria y formar el espíritu crítico de los jóvenes en América Latina".[5]

La permanencia fugaz de Henríquez Ureña en su lar nativo, República Dominicana, nunca fue obstáculo para que mantuviera una relación profunda y fructífera con lo más granado y positivo de la cultura y las letras dominicanas, ahondando en su cultura colonial, en su cultura literaria y en su cultura política entre los siglos XIX y XX. Esto quiere decir que su presencia en territorio dominicano fue sumamente breve, si tomamos en cuenta que vivió entre Santo Domingo y Puerto Plata entre los años de 1884 y 1897, fecha en que su madre enfermó de tuberculosis y varios meses después falleció.

A finales de 1897 Henríquez Ureña se fue a vivir a Cabo Haitiano con su padre Francisco Henríquez y Carvajal, a donde éste pasó a ejercer la profesión de médico, dadas las diferencias políticas pronunciadas que tenía con la dictadura que presidía el general Ulises Heureaux (Lilís). Retornó a Santo Domingo en noviembre de 1899, posterior al ajusticiamiento de Lilís, cuando asumió la Presidencia de la República el comerciante cibaeño Juan Isidro Jimenes Pereyra, íntimo amigo de su padre, a quien designó en el cargo de Ministro de Relaciones Exteriores de su Gobierno.

El 17 de enero de 1901 Henríquez Ureña se fue a estudiar a Nueva York, donde permaneció hasta 1904, muy a pesar de que los partidarios del vicepresidente Horacio Vásquez le dieron un golpe de Estado al presidente Jimenes Pereyra en 1902 y se mantuvo en la gran urbe norteamericana por espacio de dos años más en el marco de la mayor precariedad económica que alguien se puede imaginar, teniendo que realizar trabajos muy duros para poder sobrevivir. Esto lo confirma Escalano Giménez en los siguientes términos:

"Pese a haber nacido en un entorno social privilegiado, al menos desde el punto de vista cultural y, por ende, en cuanto a su formación intelectual, la vida de Pedro Henríquez Ureña no fue precisamente cómoda ni fácil en lo material, ni tampoco en términos existenciales. De hecho, así se intuye a partir de la lectura de sus Memorias, comenzadas a una edad relativamente temprana, con solo 25 años, en 1909, poco tiempo después de haberse instalado en México procedente de Cuba, a donde llegó desde Nueva York, ciudad en la que había vivido entre 1900 y 1904, año que recibió “enfermo, inmóvil, y moralmente adolorido”. En cualquier caso, él mismo deja claro que su “mala situación pecuniaria y aun física” nunca había sido un “impedimento en lo relativo al teatro y los conciertos”, actividades que se convirtieron para él en “un ritual inevitable”, antes de enumerar uno por uno y con todo lujo de detalles los espectáculos a los cuales había asistido durante el año que acababa de terminar. Sin embargo, según sus palabras, no dejó Nueva York con pena, sino que sentía que “la gran ciudad” ya le había enseñado cuanto debía enseñarle “y que ahora su enseñanza, moral e intelectual”, debía servirle para vivir entre su propia gente".[6]

En 1904 Henríquez Ureña se dirigió a La Habana y Santiago de Cuba, donde vivía su padre, Francisco Henríquez y Carvajal. En 1905 publicó su primer libro intitulado Ensayos Críticos. A finales de 1906 se fue a vivir a Veracruz, México, donde laboró como periodista y en 1907 pasó a la Ciudad de México. En ese año Henríquez Ureña y los jóvenes intelectuales José Vasconcelos, Antonio Caso, Alfonso Reyes, Enrique González Martínez, Ricardo Gómez Rabelo, Jesús T. Acevedo, Julio Torri y Diego Rivera, fundaron el Ateneo, donde se dedicaron a estudiar profusamente la cultura helénica y el mundo griego en general. En el año 1909 Henríquez Ureña publicó en la Revista Moderna de México su obra teatral “El Nacimiento de Dionisos”, que reproduciría nuevamente en 1916 en Nueva York, lo que motivó a la experta cubana en Filología, doctora Miranda Cancela, a expresar:

"El nacimiento de Dionisos constituye su único acercamiento al teatro como autor, aunque, al parecer, nunca pensara en su representación. Más el hecho de que, escrita y publicada en la Revista Moderna de México en 1909, la editara siete años después en Nueva York, nos hace pensar que no se trataba de una empresa ocasional y de paso, sino que le confería cierta significación especial o, que al menos, era una de esas obras con la que el autor se siente identificado en alguna medida".[7]

Pedro Henríquez Ureña con sus amigos del Ateneo de México.

Los jóvenes ateneístas contribuyeron a crear, con sus reflexiones sobre la antigüedad clásica, su práctica educativa, así como a través de la recuperación de la historia e identidad del pueblo mexicano, las bases culturales de la Revolución Mexicana de 1910. Ese año Henríquez Ureña publicó en la ciudad de París su segundo libro Horas de Estudios, donde recoge un conjunto de reflexiones que le surgen a partir de la lectura de autores clásicos, modernos y contemporáneos en los ámbitos de la filosofía, la literatura, la historia y la filología.

Esta trascendente etapa de la vida de Henríquez Ureña en el México de los años del 1906 al 1914, Escolano Giménez la resume de forma magistral en el siguiente texto:

"Tras poco menos de dos años en La Habana, etapa que aprovechó para publicar su primera obra titulada Ensayos críticos (1905), Henríquez Ureña llegó a México en enero de 1906. Su primera residencia en este país, que se prolongó hasta 1914, resultaría decisiva para la biografía de Henríquez, así como para la propia historia mexicana que estaba a punto de atravesar por una de sus crisis más dramáticas con la caída del régimen de Porfirio Díaz en mayo de 1911, en medio y como primera consecuencia directa de la revolución desencadenada sobre todo a partir de los levantamientos ocurridos en noviembre de 1910. El contexto intelectual en que se inserta el joven Henríquez presenta unas características bastante definidas, al menos en lo relativo al combate contra el positivismo oficioso del denominado porfiriato. Él mismo había adoptado esta corriente de pensamiento como base ideológica de su sistema político, al igual que tantos otros regímenes latinoamericanos, cuya divisa de ‘orden y progreso’ se convirtió en paradigma de la lucha entre civilización y barbarie, entre la sociedad urbana y el mundo rural. Dicho conflicto es interpretado de forma particularmente exitosa por el argentino Domingo Faustino Sarmiento, cuya novela Facundo o civilización y barbarie (1845), ilustra a la perfección un combate de ideas que continuaba muy vivo años después".[8]

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Diploma de Abogado obtenido por Pedro Henríquez Ureña en México.

En 1914 Henríquez Ureña se graduó de Abogado en la Escuela Nacional de la Jurisprudencia de la Universidad Nacional de México -actualmente Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM)- con la tesis de grado titulada La Universidad. Posteriormente se trasladó a Washington y Minnesota, donde obtuvo la Maestría y el Doctorado en Letras. Mientras estudiaba en Minnesota, se produjo la primera ocupación militar norteamericana a la República Dominicana en el mes de noviembre de 1916, procediendo a escribir una serie de artículos bajo el seudónimo de P. Garduño, donde condenaba acremente esa acción que lesionaba la soberanía nacional del pueblo dominicano, que en varias ocasiones había luchado por mantener su independencia y libertad absolutas.

Entre 1916 y 1919, Henríquez Ureña se dedicó nuevamente a la actividad docente gracias a un contrato que como profesor de Lengua y Literatura Española había conseguido en la Universidad de Minnesota. Durante este periodo viajó a España en dos ocasiones, una muy breve en el verano de 1917 y otra más prolongada en España, desde octubre de 1919 hasta mayo de 1920, para trabajar en el Centro de Estudios Históricos de Madrid bajo la dirección de Ramón Menéndez Pidal. Tras obtener en junio de 1918 el título de Doctor en Letras, en 1920 Henríquez Ureña publica en forma de libro su tesis titulada “La versificación irregular en la poesía castellana”, en una edición de la prestigiosa Revista de Filología Española que había fundado en 1914 Menéndez Pidal, quien le escribió el prólogo.

Facsímil de la obra La Versificación Española Irregular, publicada en 1920 por la Revista de Filología Española que dirigía el Dr. Ramón Menéndez Pidal.

Henríquez Ureña retornó a México en 1921, donde pasó a colaborar con el Secretario de Educación Pública de México, su entrañable amigo José Vasconcelos, en la posición de Director General de Enseñanza, donde ambos realizaron un trabajo encomiable. En el año 1922 Henríquez Ureña publicó su primer libro en torno a la nación ibérica “En la orilla: mi España”, en el cual narró sus impresiones sobre su primer viaje a este país europeo. En ese mismo año dictó una conferencia en la Universidad de La Plata titulada “La Utopía de América”, que sería publicada en 1925 por Ediciones La Estudiantina.

El gobernador del Estado de Puebla, Vicente Lombardo Toledano, quien era cuñado de Henríquez Ureña, lo nombró Director General de Educación Pública del Estado de Puebla en 1924. Al cambiar la situación política en México decidió probar suerte ese mismo año en La Plata, Argentina, donde obtuvo tres cátedras de lengua castellana como maestro en el Colegio Nacional de la Universidad de La Plata, por gestiones de su amigo argentino Rafael Alberto Arrieta, pero donde las precariedades económicas asomaron nuevamente como una hidra de siete cabezas. Una vez en Argentina publicó dos textos muy trascendentes en su vida intelectual: Apuntaciones sobre la novela en América (1927) y Seis ensayos en busca de nuestra expresión (1928), entre otros, los cuales le darían un sitial indiscutible en las letras hispanoamericanas, por la originalidad y versatilidad de sus pensamientos en torno a la expresión original de nuestra cultura. En 1927 viajó a Chile a dictar una serie de conferencias de verano.

Pedro Henríquez Ureña, su esposa Isabel Lombardo Toledano de Henríquez y sus hijas, Sonia y Natacha.

Retornaría a su ciudad natal, Santo Domingo, el 15 de diciembre de 1931, en calidad de Superintendente General de Educación, en el recién instalado gobierno del general Rafael Leónidas Trujillo Molina, donde permanecería hasta el 29 de junio de 1933, en ocasión de su cumpleaños número 49. Amparado en una licencia de trabajo, salió a bordo del buque Macorís por la ciudad de Puerto Plata, República Dominicana, con destino a París, Francia, a donde les esperaban su esposa, Isabel Lombardo Toledano de Henríquez y sus dos hijas, Sonia y Natacha, a quienes previamente había sacado del país. Durante su estadía en la República Dominicana dictó múltiples conferencias sobre lingüística, literatura y cultura hispanoamericana, al tiempo que propuso la creación de la Facultad de Filosofía en la casi cuatricentenaria Universidad de Santo Domingo, sugerencia que fue acogida a unanimidad por su Consejo Universitario. En la actualidad ese edificio aloja a la Facultad de Humanidades de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD), y lleva por nombre el de su proponente, Pedro Henríquez Ureña.[9]

La razón probable de la retirada de Henríquez Ureña de la República Dominicana estuvo relacionada con la oleada de crímenes políticos que el general Rafael Leónidas Trujillo, a través de la banda de asesinos a sueldos denominada “La 42”, había comenzado a ejecutar entre sus antiguos aliados políticos que les hacían sombra y entre sus opositores confesos para asegurarse el poder absoluto del país. Los casos más sonoros fueron los de José Virgilio Martínez Reyna y su esposa embarazada Altagracia Almánzar de Martínez, los generales Cipriano Bencosme y Desiderio Arias, al tiempo que desató una tenaz persecución contra sus enemigos políticos Ángel Morales, Federico Velázquez, José Dolores Alfonseca, Juancito Rodríguez y Juan Isidro Jimenes-Grullón, entre otros. Asimismo, en virtud de las actitudes dictatoriales que asumió el general Trujillo ante él y ante muchos de los colaboradores personales y políticos que le rodeaban.

Henríquez Ureña tiempo después retornó a Buenos Aires, Argentina, donde obtuvo la plaza de maestro suplente de la Universidad de Buenos Aires, al tiempo de recuperar la posición de maestro en el Colegio Nacional de la Universidad de La Plata. Entre los años de 1936 y 1940 publicó cinco obras muy importantes en los ámbitos lingüístico y cultural: La cultura y las letras coloniales en Santo Domingo (1936), Sobre el problema del andalucismo dialectal de América (1937), Gramática Castellana I y II (1938), Plenitud de España (1940) y El español en Santo Domingo (1940). Esta última obra fue el resultado de una investigación exhaustiva que realizó en las diferentes regiones de la República Dominicana mientras vivió en el país entre diciembre de 1931 y junio de 1933. La Gramática Castellana la escribió junto al filólogo y lingüista español Amado Alonso, obra que influyó considerablemente en la descripción del castellano hablado y escrito en los diferentes territorios de Hispanoamérica.

En 1940 fue invitado por la Universidad Harvard para dictar una serie de conferencias entre octubre de 1940 y abril de 1941, dedicadas a su rector Charles Eliot Norton periodo para el cual solicitó una licencia en sus cátedras en la Universidad de Buenos Aires y en la Universidad de La Plata, Argentina, la cual le fue concedida. En el año 1945, la Universidad de Harvard publicó en idioma inglés el libro Literary currents in Hispanic América, que Henríquez Ureña “recibió con gran satisfacción.”[10]

El 11 de mayo de 1946, se produjo el deceso de Pedro Henríquez Ureña, mientras viajaba en un tren para dar sus clases habituales en la Universidad de La Plata, tras haber realizado un gran esfuerzo para alcanzarlo. La descripción de este hecho fatídico la hace su hermano Max en los siguientes términos:

"Estábamos ya en 1946. En una mañana de mayo se dirigió Pedro a la editorial, según costumbre, atendió allí diversos asuntos; y cuando el presidente de la empresa, Gonzalo Losada, lo apremió para que lo acompañara a un almuerzo que la propia editorial ofrecía ese día a distinguidos visitantes extranjeros, se excusó alegando que no debía faltar -a su cátedra en La Plata, ya que la víspera le había sido imposible ir por encontrarse algo indispuesto. Apresuradamente se encaminó a la estación del ferrocarril que había de conducirlo a La Plata. Llegó al andén cuando el tren arrancaba, y corrió para alcanzarlo. Logró subir al tren. Un compañero, el profesor Cortina, le hizo seña de que había a su lado un puesto vacío. Cuando iba a ocuparlo, se desplomó sobre el asiento. Inquieto Cortina al oír su respiración afanosa, lo sacudió preguntándole qué le ocurría. Al no obtener respuesta, dió la voz de alarma. Un profesor de medicina que iba en el tren lo examinó y, con gesto de impotencia, diagnosticó la muerte. Así murió Pedro: camino de su cátedra, siempre en función de maestro".[11]

En el año 1947, un año después de su partida física, fue publicado una de sus obras fundamentales: Historia de la Cultura en la América Hispánica, la cual había concluido tres días antes de su fallecimiento, tal como lo revela Max Henríquez Ureña en su texto Hermano y Maestro: “Estaba escribiendo una nueva obra: Historia de la Cultura en la América Hispánica, que terminó tres días antes de que lo sorprendiera la muerte”.[12]

Tres años después de su fallecimiento sería publicado en español el texto de las conferencias que el destacado intelectual dominicano había pronunciado en la Universidad de Harvard, ahora bajo el título de Las Corrientes Literarias en la América Hispánica, por parte del Fondo de Cultura Económica de México, en 1949, con la traducción de su amigo, Joaquín Diez-Canedo, ex embajador de España en la República de Argentina.

Los restos de Pedro Henríquez Ureña fueron exhumados el 26 de octubre de 1980 en el cementerio Chacarita, de Buenos Aires, Argentina, y llegaron a la República Dominicana el 8 de mayo de 1981 por disposición del entonces presidente de la República Antonio Guzmán Fernández, cuya urna fue colocada junto a la de su madre en la Iglesia Nuestra Señora de las Mercedes, ubicada en la calle Las Mercedes de la amurallada ciudad de Santo Domingo.

Para dar cumplimiento al traslado, el presidente Antonio Guzmán Fernández, designó una comisión encabezada por el entonces secretario de Educación de la República Dominicana, ingeniero Pedro Porrello Reynoso, e integrada por el doctor Flavio Darío Espinal, secretario de Estado Sin Cartera; Federico Henríquez Grateraux, director de Relaciones Públicas de la Presidencia, escritor y familiar cercano del extinto humanista; doctor Antonio Rosario, rector de la Universidad Autónoma de Santo Domingo -UASD-; monseñor, Agripino Núñez Collado, rector de la Universidad Católica Madre y Maestra -PUCMM-; doctor Juan Tomas Mejía Feliú, rector de la Universidad Nacional Pedro Henríquez Ureña -UNPHU-; licenciado Emilio Rodríguez Demorizi, presidente de la Academia Dominicana de la Historia; doctor Carlos Federico Pérez, presidente de la Academia Dominicana de la Lengua; licenciado Pedro Troncoso Sánchez, presidente de la Academia de Ciencias de la República Dominicana, y el profesor Juan Jacobo de Lara, editor de las obras completas de Henríquez Ureña.

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Momento en que el presidente Antonio Guzmán Fernández pronunció el discurso de rigor antes del traslado de los restos de Pedro Henríquez Ureña a la Iglesia Las Mercedes.

Años después, el 24 de agosto de 1988 los restos de Pedro Henríquez Ureña y los de su madre, Salomé Ureña, fueron exhumados, trasladados y depositados en el Panteón de la Patria de la República Dominicana, ubicado en la calle Las Damas esquina calle Las Mercedes en la zona colonial de Santo Domingo. Allí reposan también los restos de su padre, Francisco Henríquez y Carvajal, su hermano Max Henríquez Ureña y los de su tío, Federico Henríquez y Carvajal.

Los restos de Pedro Henríquez Ureña yacen el recinto sagrado del Panteón de la Patria desde el 24 de agosto de 1988.
  1. Formación de Pedro Henríquez Ureña en la Infancia y la Juventud

La formación intelectual de Henríquez Ureña se inició cuando tenía apenas seis años. Primero, con la lectura de cuentos de hadas, de brujas y romances. Más tarde, con el estudio de narraciones novelescas de aventuras y ciencia ficción, como las de Jules Vernes. Luego, con la lectura y, a veces, la representación de dramas teatrales y comedias de William Shakespeare, principalmente Hamlet, Romeo y Julieta, Sueño de una Noche de Verano y otros.

Por aquella época iba con frecuencia, junto a su hermano Max, a ver las representaciones de algunas obras teatrales y zarzuelas que distintas compañías españolas e italianas traían a Santo Domingo, como parte de las giras que organizaban por toda Hispanoamérica. Así lo revela claramente Max Henríquez Ureña, cuando expresa:

"Nuestra afición a las letras se había manifestado de manera precisa desde algún tiempo antes: Pedro contaba poco más de nueve años y yo ocho cuando leíamos la encomiable traducción que de algunas obras de Shakespeare había hecho el peruano José Arnaldo Márquez. Empezamos por la Comedia de equivocaciones, Como gustéis, Cuento de Invierno y Sueño de una noche de verano, para seguir con Las alegres comadres de Windsor, Coriolano y Julio César, avaloradas nuestras lecturas por comentarios y explicaciones que nos daba nuestra madre; pero nuestro mayor empeño era leer a Romeo y Julieta, Hamlet y Otelo, cuyos argumentos conocíamos por múltiples referencias. Llegó a poco un actor italiano, Luis Roncoroni, que recorría los pueblos de habla hispana del Caribe y que a pesar de su defectuosa pronunciación del español era muy popular por su excelente repertorio, en el cual figuraban esas tres obras. Cualquiera que fuese el mérito de Roncoroni, lo cierto es que este actor de la legua difundía a su paso el conocimiento de las grandes obras teatrales de todas las literaturas, y prestaba así un positivo servicio a la cultura general de los pueblos que visitaba. Pedro y yo asediábamos a nuestro padre para que nos llevara a las representaciones de Shakespeare, y él, que no gustaba de Roncoroni como actor, confió a nuestra tía Ramona el encargo de acompañarnos, ya que mi madre, cuya salud seguía siendo precaria, tampoco pudo ir con nosotros al teatro".[13]

Es más que evidente que tanto Pedro como Max Henríquez Ureña iniciaron a muy temprana edad su vínculo con la literatura universal, de la mano de uno de los clásicos de la dramaturgia inglesa, William Shakespeare. Esto es un indicador de que ambos estuvieron muy bien orientados tempranamente tanto por su madre como por su padre, dos intelectuales destacados de la República Dominicana, en relación con los grandes tesoros de la literatura universal pertenecientes al Cercano y Lejano Oriente, a la Grecia y Roma antiguas, a la Italia renacentista, a Francia, España, Alemania, Rusia, Inglaterra e Hispanoamérica.

Es importante destacar que Salomé Ureña, su madre, escribió un poema a Pedro Henríquez Ureña (en mayo de 1890), cuando éste apenas tenía seis años, donde destacaba su inteligencia precoz, oda que completaría en julio de 1896, meses antes de su fallecimiento en marzo de 1897, tras una lamentable y fatal enfermedad de tuberculosis, en que advertía el futuro promisorio que le esperaba a su amado hijo. Veamos:

                                     MI PEDRO

Mi Pedro no es soldado; no ambiciona
de César ni Alejandro los laureles;
si a sus sienes aguarda una corona,
la hallará del estudio en los vergeles.

¡Si lo vierais jugar! Tienen sus juegos
algo de serio que a pesar inclina.
Nunca la guerra le inspiró sus juegos:
la fuerza del progreso lo domina.

Hijo del siglo, para el bien creado,
la fiebre de la vida lo sacude;
busca la luz, como el insecto alado,
y en sus fulgores a inundarse acude.

Amante de la Patria, y entusiasta,
el escudo conoce, en él se huelga,
y de una caña, que transforma en asta,
el cruzado pendón trémulo cuelga.

Así es mi Pedro, generoso y bueno,
todo lo grande le merece culto;
entre el ruido del mundo irá sereno,
que lleva de virtud germen oculto.

Cuando sacude su infantil cabeza
el pensamiento que le infunde brío,
estalla en bendiciones mi terneza
y digo al porvenir: ¡Te lo confío![14]

Pocas veces un escritor o una escritora atina con tal certidumbre en sus premoniciones, como ocurrió con las conjeturas de Salomé Ureña con respecto a su segundo vástago, Pedro Henríquez Ureña, cuando aseveró: “…busca la luz, como el insecto alado, y en sus fulgores a inundarse acude” y “…todo lo grande le merece culto; entre el ruido del mundo irá sereno, que lleva de virtud germen oculto”.

Un año antes del fallecimiento de Salomé Ureña de Henríquez, hacia el año 1896, fue que Pedro Henríquez Ureña descubrió que su madre era una poeta afamada y a partir de entonces se dedicó a leer su poesía, la que le marcó muy profundamente, pasando ella a constituirse en su modelo. A partir de entonces se dedicó a escribir poesías en prosas y en versos y a elaborar varias antologías de poetas y escritores/as dominicanos/as, con la colaboración de su hermano Max.

Es preciso que los detalles de estas informaciones autobiográficas los exprese el propio Henríquez Ureña, quien refiere que fue en una velada literaria organizada por la Sociedad “Amigos del País” en el año 1896, de la que su padre Francisco Henríquez y Carvajal era miembro fundador y en la que participaron con discursos y la lectura de algunas de sus obras intelectuales de la talla del poeta José Joaquín Pérez, del narrador costumbrista César Nicolás Penson, del autor del Himno Nacional Emilio Prud’homme y de las escritoras y educadoras Leonor Feltz y Luisa Ozema Pellerano, cuando descubrió su verdadera vocación por la literatura. Veamos lo que dice al respecto Henríquez Ureña en sus Memorias:

Había ignorado yo hasta entonces el poder de la palabra y la magia del verso. Pero a partir de ese momento, la literatura, sobre todo la poética, fue mi afición favorita. Descubrí que mi madre era poetisa afamada y principié por formar dos pequeñas antologías de poetisas dominicanas y de poetisas cubanas (mi madre me habló mucho de éstas). En seguida nos lanzamos Max y yo a formar sendas antologías de poetas dominicanos: Max recorrió y devastó las grandes colecciones de periódicos de la casa, recortando cuantas poesías llevaran las firmas de poetas dominicanos aceptables (nuestra madre nos señalaba los nombres de ellos); yo preferí hacer una más selecta, clasificada, también bajo las indicaciones de mi madre, y con ayuda de la Reseña histórico-crítica de la poesía en Santo Domingo que la Comisión nombrada por el Gobierno (en ella había figurado precisamente mi madre) había presentado a la Academia española para el proyecto de Antología americana… Los versos me salían con toda facilidad, y no sé por qué no los tomaba en cuenta: hice unas estrofas describiendo las noches de Santo Domingo, otras a la muerte de la poetisa Perdomo, una breve silva a Colón y algunos otros a motivos fútiles, como por juego. Pero en donde ponía toda atención era en los articulitos en prosa poética, que me parecían un género perfecto.[15]

La madre de Pedro Henríquez Ureña, Salomé Ureña, falleció el día 6 de marzo de 1897. Los meses que siguieron fueron de dolor, angustia y estupor, ya que su espíritu lo abrazaba todo. Posteriormente, lo inscribieron en el Liceo Dominicano en Santo Domingo y en julio de ese mismo año emigró con su padre hacia Cabo Haitiano, Haití, donde permaneció hasta febrero de 1899. Entre los meses de diciembre de 1897 y enero de 1898, con apenas trece años, escribió una Introducción a la Historia de la Poesía Dominicana, leyó la Ilíada de Homero, las principales obras de William Shakespeare y varios libros de historia antigua, entre los que destacaban dos colecciones: La Historia de las Naciones de George Weber y Las Antiguas Civilizaciones de Gustave Lebon. Así lo cuenta el propio Henríquez Ureña en sus Memorias:

Quise obtener ideas generales sobre la poesía, y registré la biblioteca, dejando a un lado las Estéticas y decidiéndome por los trabajos de retórica de Hermosilla y del abate Marchena. No acertaba yo a explicarme por qué estos autores trataban tan mal a otros que yo solía oír citar con elogios; me abrumaba, sobre todo, ver que condenaran a Shakespeare, lo mismo que a Leandro de Moratín, cuya traducción de Hamlet leí entonces; pero decidí que en esto se equivocaban, y los acepté en sus clasificaciones y en los juicios sobre autores que yo ignoraba. Con tales armas comencé a escribir, entre diciembre de 1897 y enero de 1898, una Introducción a la historia de la poesía dominicana, considerando los aspectos que presentaba en los diversos géneros de la clasificación hermosillesca. De la tiranía de este dómine (cuya traducción de la Ilíada leí entonces con placer) solo me libertaban en parte, mi gusto por Shakespeare, al cual íntimamente prefería yo sobre todos los escritores que conocía, hasta el punto que en esos mismos días le hice una oda, y la lectura de algunos libros de historia antigua (el Dr. George Weber, la colección de Historia de las Naciones, en traducción castellana, Las antiguas civilizaciones de Gustave Lebon) en los cuales buscaba yo siempre la historia literaria, encontrándome ideas muy diversas de las sancionadas por los cánones seudo-clásicos.[16]

Conforme fue adquiriendo mayor madurez intelectual se adentró a leer con mayor conciencia y sistematicidad a escritores como Homero, Esquilo, Sófocles, Eurípides, Aristófanes, Virgilio, Plutarco, Juvenal, Dante Alighieri, Miguel de Cervantes y Saavedra, William Shakespeare, Jean Racine, Moliere, Víctor Hugo y Washington Irving, Ramón Menéndez Pelayo, Ramón Menéndez Pidal, entre otros. De igual manera, retomó la lectura de los poetas dominicanos que habían escrito poesías indigenistas, entre los que resaltan José Joaquín Pérez, Javier Angulo Guridi, Salomé Ureña y Gastón Fernando Deligne, ya que se había fijado como meta escribir obras poéticas de ese tipo, lo cual consiguió con muy buenos resultados.

Luego vinieron las lecturas de escritores hispanoamericanos como el puertorriqueño Eugenio María de Hostos, el nicaragüense Rubén Darío, el uruguayo José Enrique Rodó, los venezolanos Manuel Díaz Rodríguez, César Zumeta y Mariano Picón Salas, pero sin obviar a grandes escritores dominicanos como César Nicolás Penson, Manuel de Jesús Galván, Francisco Gregorio Billini, Américo Lugo, Federico García Godoy y Emiliano Tejera, entre otros. Posteriormente, concurren las lecturas de novelas de los escritores clásicos rusos León Tolstoi, Fiódor Dostoievski, Iván Turguénev y Máximo Gorki, las obras literarias del escritor italiano Gabriele D’Annunzio, las obras de los ingleses Rudyard Kipling, Oscar Wilde, Arthur Win Pinero, Herbert George Wells, Gilbert Keith Chesterton y Bernard Shaw, así como del poeta y dramaturgo noruego Henrik Johan Ibsen, con un aumento de su devoción por las representaciones teatrales, funciones de óperas y conciertos.

La actitud crítica de Pedro Henríquez Ureña en torno al estilo en la escritura se pone de manifiesto en una carta que le envió desde México a su hermano Max Henríquez Ureña en 1907, cuando le expresa que es necesario escribir despacio para trabajar tanto la forma como la idea o el pensamiento, razón por la cual le indica: “Ya te he dicho que mi procedimiento es pensar cada frase al escribirla, y escribirla lentamente; poco es lo que corrijo después de escrito ya un artículo”.[17]

Los hermanos Pedro y Max Henríquez Ureña siempre mantuvieron una muy buena
relación familiar e intelectual.

En relación con lo que es necesario hacer para expresar ideas incidentales adecuadas en sus artículos, Henríquez Ureña le manifiesta a su hermano Max lo siguiente:

Yo he leído libros enteros solo para saber a qué atenerme sobre ciertas ideas incidentales que he querido expresar en mis artículos. El mejor modo de expresar ideas es leer frecuentemente pensador y críticos serios; la mala crítica no sirve para el caso. Leyendo los pensadores y críticos sorprende encontrar tales convergencias, y expresiones tan precisas de todo y concepciones siempre elevadas que insensiblemente se adquiere precisión y unidad en el pensamiento propio, a la vez que estímulo para ideas nuevas. Así se llega a ver que sobre todas las cosas se puede decir algo nuevo: buen ejemplo, la conferencia de Caso, que tiene un gran sabor de obra personal, sin que por eso diga nada nuevo, en el sentido vulgar de la palabra.[18]

Henríquez Ureña refiere un conjunto de obras que les proporcionaban al escritor la adquisición de precisión y unidad de pensamiento, al tiempo que estimulaban el surgimiento de nuevas ideas. De igual modo, pone el ejemplo de otras obras que hacen daño, causan indecisión y disgusto. En ese orden expresa:

La lectura de Lessing, Goethe, Heine, Otfried Muller, Schopenhauer, Nietzsche; de Macaulay; Shelley, Carlyle, Emerson, Arnold, Ruskin, Pater, Wilde, Howells, Bernard Shaw, Andrew Lang, Huneker; de Brandes; de Edith Wharton; de D’Annunzio; de Saintre Beuve, Taine, Renan, Fouillée, Loliée, Mauclair, Gourmont, France, Maeterlinck; de Menéndez Pelayo, Brunetiére y Faguet, por su intransigencia, la de Lamaitre y toda la crítica menuda francesa de los últimos veinte años y la crítica más menuda todavía de España y de América, no hace sino daño, causa indecisión y hasta disgusto por tantas contradicciones.[19]

Estas lecturas, referencias autobiográficas, biográficas o referencias críticas de todo tipo se pueden observar en todos sus detalles en las Memorias, Diarios y Notas de Viajes de Pedro Henríquez Ureña y en sus obras Ensayos Críticos, Horas de Estudios, Seis ensayos en busca de nuestra expresión, Las Corrientes Literarias en la América Hispánicas e Historia de la Cultura en la América Hispánica, entre otras; de igual manera, en los textos de Max Henríquez Ureña Hermano y maestro (Recuerdo de infancia y de juventud) y Mi Padre. Perfil biográfico de Francisco Henríquez y Carvajal; asimismo, en textos tales como: Epistolario I y II de la Familia Henríquez Ureña; Pedro Henríquez Ureña. Errancia y creación, del escritor Andrés L. Mateo; Pedro Henríquez Ureña en la vida intelectual mexicana de Gabriella de Beer; Pedro Henríquez Ureña y la Argentina de Pedro Luis Barcia; Pedro Henríquez Ureña en los Estados Unidos de Alfredo A. Roggiano, Pedro Henríquez Ureña y los Estados Unidos de Enrique Zuleta Álvarez; La formación inicial de Pedro Henríquez Ureña en República Dominicana (1884-1901) y La formación literaria de Pedro Henríquez Ureña en Cuba, 1904-1906 de Daniel Mendoza Bolaños, entre otras.

Como se habrá podido observar, esta constituye la primera etapa formativa de Henríquez Ureña, quien con la orientación de su madre y su padre asumió un plan formativo muy apegado a la cultura clásica, procediendo a estudiar a los autores más representativos de la Grecia antigua, Roma, Inglaterra, Italia, España, Francia, Rusia, Escandinavia, Estados Unidos, Hispanoamérica y República Dominicana, enfilando sus intereses esencialmente hacia el ámbito de las letras, la filología, la lingüística, la filosofía y la historia de la cultura, pero siempre enmarcado en una perspectiva humanística y una filosofía de la cultura integral. 

  1. Transformación Intelectual de Pedro Henríquez Ureña

En el año 1905, con apenas 21 años, publica su primer libro intitulado Ensayos Críticos, en La Habana, Cuba, donde vivió entre 1904 e inicios de 1906. Esta obra contiene 13 ensayos, los cuales había publicado anteriormente en diferentes periódicos y revistas desde el 1903 hasta el año en que hizo esta publicación. Los trabajos incluidos reflejan sus trascendentes preocupaciones intelectuales: “D’Annunzio, el poeta”, “Tres escritores ingleses: Oscar Wilde, Arthur Win Pinero y Bernard Shaw”, “Rasgos de un Humorista: Bernard Shaw”, “El modernismo en la poesía cubana”, “Rubén Darío”, “José Joaquín Pérez”, “Reflorescencia: Gastón F. Deligne”, “Sobre la Antología de Américo Lugo”, “Ariel”, “Sociología: Eugenio María de Hostos y Enrique Lluria”, “La Música Nueva. Richard Strauss y sus poemas tonales”, “La Ópera Italiana” y “La profanación de Parsifal”.

Estos ensayos dan cuenta del elevado nivel intelectual que había adquirido el joven Pedro en los albores de su juventud, en los cuales manejó con gran maestría una diversidad temática que pocos de sus contemporáneos se atrevían a cultivar, desde aspectos de carácter científico como la sociología, pasando por la poesía, el teatro y la novela, hasta llegar a la música y la ópera.

Dos años después de la publicación de su primera obra, el universo intelectual de Henríquez Ureña habría de sufrir una profunda transformación. Fue el período en que conoció a los más grandes pensadores y creadores del período helénico, siendo Platón el que más vivamente influyó en su formación y en su nueva perspectiva del mundo. En este vuelco tuvo mucho que ver su decisión de mudarse desde Cuba hacia México, aún con la resistencia de su padre Francisco Henríquez y Carvajal.

Allí se relacionó con un conjunto de jóvenes intelectuales mexicanos que eran asiduos lectores de los distintos autores griegos, lo que, sin lugar a duda, se convirtió en el caldo de cultivo que le motivó a profundizar aún más en el helenismo del que ya venía bebiendo desde tiempos atrás.

Sobre el giro que adoptó su carrera intelectual a partir del año 1907, el propio Henríquez Ureña en sus Memorias expresa:

En 1907 tomaron nuevos rumbos mis gustos intelectuales. La literatura moderna era la que prefería; la antigua la leía por deber, y rara vez llegué a saborearla. Pero, por la época de las conferencias, mi padre había ido a Europa, como delegado de Santo Domingo a la conferencia de La Haya; y le pedí que me enviara una colección de obras clásicas fundamentales y algunas de críticas: los poemas homéricos, los hesiódicos, Esquilo, Sófocles, Eurípides, los poetas bucólicos, en las traducciones de Leconte de Lisle; Platón, en francés, la Historia de la literatura griega de Otfried Muller, los estudios de Walter Pater (en inglés), los pensadores griegos de Gomperz, la Historia de la filosofía europea de Alfred Weber, y algunas otras. La lectura de Platón y del libro de Walter Pater sobre la filosofía platónica me convirtió definitivamente al helenismo. Como mis amigos (Gómez Rabelo, Acevedo, Alfonso Reyes) eran ya lectores asiduos de los griegos, mi helenismo encontró ambiente, y pronto ideó Acevedo una serie de conferencias sobre temas griegos: serie que hasta ahora no se realiza, pero que nos dio ocasión de reunirnos con frecuencia a leer autores griegos y comentadores. Hice entonces una bibliografía extensa sobre Grecia para obtener los libros principales; y en pocos más de un año, comprando aquí mismo libros o encargándolos a Europa o a los Estados Unidos, he completado mi colección de autores griegos y aumentado los latinos, y he conseguido la Historia de Grecia de Curtius, la Historia de la literatura griega de los Croiset, el pour mieux connaitre Homérede Bréal, la historia de la filosofía de Windelband, La teoría platónica de las ciencias de Elie Halevy, y otras obras especiales, amén de las obras en que extensamente o de paso tratan de Grecia: Lessin, Goethe, Schiller, Hegel, Schopenhauer, Heine, Nietzsche, Matthew Arnold, Ruskin, Oscar Wilde, Renán, Taine, Fouillée. Mis amigos se han dedicado a reunir obras semejantes; Perrot y Chipiez, Collignon, Cox, Henri Weil, Jules y Paul Girard, Couat, Gilbert Murray, Andrew Lang y otros más. Hasta ahora, sólo hemos hecho con estos elementos una fiesta griega: el 25 de Diciembre celebramos el nacimiento de Dionisos, en la casa de Ignacio Reyes, con un ensayo de tragedia mío, al modo de Frínico, El nacimiento de Dionisos, y un coro de sátiro de Alfonso Reyes: hubo luego palabras improvisadas de Caso y Valenti. Agregaré que desde hace un año estoy traduciendo y publicando por entregas en la Revista Moderna el libro de Estudios Griegos de Walter Pater: primera traducción castellana de una obra suya.[20]

Hacia 1909, con apenas 25 años de edad, Pedro Henríquez Ureña se atrevió a refutar lo planteado por el ex rector y transformador de la Universidad de Harvard en una institución universitaria de investigación,  Dr. Charles Eliot Norton, a quien una editorial de los Estados Unidos le pidió hiciera una lista de las cincuenta obras maestras de la literatura universal, que a su juicio, fueran las más importantes para la formación de una verdadera educación intelectual. Si bien esa colección fue un éxito y generó sumas millonarias a la casa editorial, al mismo tiempo generó una lluvia de críticas de la prensa y de los intelectuales más destacados de la época, ya que se entendía que a esa selección le faltaba o le sobraba algo.

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El Dr. Charles Eliot Nortom, ex rector de la Universidad de Harvard, fue criticado por Pedro Henríquez Ureña cuando este apenas tenía 25 años.

La crítica de Henríquez Ureña a la lista sugerida, se encaminaba en el sentido siguiente:

"En realidad, el Dr. Eliot hizo una selección exclusivamente para lectores norteamericanos, con preferencia marcada por los clásicos ingleses. Declaró que no incluía la Biblia ni Shakespeare porque pensaba que nadie los desconocía. Entre los autores de su lista figuran Platón, Epicteto, Plutarco, Plinio, Cicerón, Virgilio, San Agustín, Dante, Goethe; ingleses: el poeta Chaucer, el filósofo Francis Bacon; los dramaturgos Marlowe, Ben Jonson, Middleton, Beaumont, Fletcher, John Webster, contemporáneos de Shakespeare, los prosistas Thomas Browne e Isaac Walton; Milton, Dryden, Bunyan; y ya de épocas más modernas, el economista Adam Smith, Darwin, y los poetas Burns, Shelley, Browning y Tennyson. Entre los autores norteamericanos figuran John Woolman, cuákero del siglo XVIII, Franklin y Emerson. No faltan las Mil y una noches ni la Imitación de Cristo"[21].

Posteriormente hace su propia selección de los cincuenta autores indispensables para adquirir una adecuada cultura intelectual, advirtiendo que no deben escogerse obras aisladas, sino autores, a los cuales se les debe dedicar un volumen con sus obras completas o escogidas. Así procede Henríquez Ureña a dar su opinión sobre los autores que no deben faltar en una biblioteca de toda persona que se plantee adquirir una verdadera formación intelectual universal:

"Allá van los cincuenta volúmenes que creo podrían formarse: 1, la Biblia; 2, Homero, considerado para fines editoriales, como verdadero y único autor de la Ilíada, de la Odisea, de la Batracomiomaquia y de los Himnos; 3, Esquilo; 4, Sófocles; 5, Eurípides; 6, Aristófanes (estos cuatro dramaturgos deben poseerse completos); 7, Platón (obras escogidas: la Apología de Sócrates, Protágoras, Gorgias, Eutidemo, Teeteto, Fedro, Fedón, el Banquete, Timeo, La República, y aunque, de autenticidad dudosa, Parménides, por su mérito); 8, Aristóteles (obras escogidas: Política, Ética a Nicómaco, Poética; capítulos fundamentales de la Metafísica, de la Lógica y de la Retórica); 9, Lucrecio, el poema De la naturaleza de las cosas; 10, Virgilio, completo; 11, Horacio, completo; 12, Cicerón, selección de discursos, de escritos filosóficos y de cartas; 13, Tácito, completo; 14, San Agustín, Confesiones, Meditaciones, y extractos de La Ciudad de Dios; 15, Santo Tomás de Aquino, extractos de Suma Teológica y de la Suma contra los gentiles; 16, la Imitación de Cristo; 17, Dante, la Divina Comedia, la Vida nueva, poesías y El elogio de la lengua vulgar; 18, Maquiavelo, El Príncipe, capítulos fundamentales de la Historia de Florencia y los Discursos sobre Tito Livio; 19, el poeta inglés Chaucer; 20, Shakespeare, completo; Bacon (obras escogidas: Nuevo órgano, los Ensayos, fragmentos de otras); 22, Rabelais, completo; 23, Montaigne, completo; 24, Descartes (Discurso sobre el método, Meditaciones, y fragmentos de los Principios de filosofía); 25, Moliere, completo; 26, La Celestina; 27, Cervantes, Don Quijote; 28, Quevedo, (selección de prosa y verso); 29, Santa Teresa de Jesús, obras escogidas; 30, Lope de Vega, selección de comedias, poesías y novelas cortas; 31, Calderón, obras dramáticas escogidas; 32, Camoens, Los Lusiadas y poesías escogidas; 33, Spinoza, Ética y Tratado teológico-político; 34, Leibniz, la Monadología y selección de Ensayos; 35, Kant, la Crítica de la razón pura y la Crítica de la razón práctica; 36, Goethe, Fausto, poesías selectas, fragmentos de dramas y poemas de asunto griego, Werther, fragmentos del Wilhelm Meister; 37, Hegel, capítulos fundamentales de la Lógica, de la Estética, y de la Filosofía del Derecho; 38, Schopenhauer, capítulos fundamentales de El mundo como voluntad y representación; 39, Coleridge, poesías selectas y prosas, Biografía literaria, Conferencias sobre Shakespeare; 40, Shelley, poesías completas, y fragmentos de prosa; 41, Byron, poesías completas; 42, Ruskin, Las sietes lámparas de la arquitectura, Piedras de Venecia, La Reina del aire y capítulos fundamentales de Pintores Modernos; 43, Darwin, El origen de las especies y El origen del hombre; 44, Víctor Hugo, poesías selectas, fragmentos de dramas y novelas; 45, Balzac, Madame Bovary, Salambó, selección de La educación sentimental, de La tentación de San Antonio y de Bouavard y Pécuchet; 47, Nietzsche, Así hablaba Zaratustra, El origen de la tragedia y pensamientos de todas sus demás obras; 48, Edgar Allan Poe, poesías completas y cuentos selectos; 49, Ibsen, dramas escogidos, Brand, Peer Gynt, Casa de Muñecas, Espectros, El Pato Salvaje, Rosmersholm, Hedda Gabler, Solness, Cuando despertemos…; 50, Tolstoi, Ana Karenina, Resurrección, fragmentos de otras novelas y de las obras morales".[22]

Pocos pensadores a los 25 años tienen tan bien definido, como los tuvo Henríquez Ureña, lo que era necesario leer para poder adquirir una formación intelectual integral, donde no faltaran los principales clásicos de las culturas hebrea, griega y romana; los literatos y pensadores de la época medieval, de la edad moderna y de la edad contemporánea, así como de pensadores de naciones que han influido tanto en la cultura occidental como Italia, Inglaterra, Francia, Alemania, Rusia, Dinamarca, Holanda y España, entre otros.

Pero a sabiendas de que cincuenta autores no son suficientes para dotarse de una formación intelectual holística, Henríquez Ureña agregó una lista adicional de otros cincuenta más, para elevar a un centenar los escritores que era necesario leer a principios del siglo XX para dotarse de una cultura literaria y filosófica sólida. Con esta nueva selección, Henríquez Ureña se planteaba saldar cualquier queja que algunos de sus lectores pudieran manifestar, al no incluir a otros autores importantes del mundo literario y filosófico universal:

"1, El Rig-Veda (único libro de la colección védica cuya importancia es capital); 2, El Zend-Avesta (libro sagrado de los Persas); 3, El Corán; 4, Las Mil y una noches; 5, los poemas que corren bajo el nombre de Hesíodo; 6, Píndaro; 7, Demóstenes; 8, Heródoto; 9, Tucídides; 10, Xenofonte; 11, Epicteto; 12, Plutarco; 13, Luciano; 14, Plauto; 15, Catulo; 16, Ovidio; 17, Tito Livio; 18, Marco Aurelio; 19, Plotino; 20, San Jerónimo; 21, Cartas de Abelardo y Eloísa; 22, La Canción de Rolando; 23, el poema de Los Nibelungos; 24, Erasmo de Rotterdam; 25, el Arcipreste de Hita; 26, Boccaccio; 27, Petrarca; 28, Ariosto; 29, Tasso; 30, Corneille; 31, Racine; 32, Pascal; 33, Milton; 34, Juan de Valdés; 35, Fray Luis de León; 36, Fray Luis de Granada; Tirso de Molina; 38, Voltaire; 39, Diderot; 40, Rousseau; 41, David Hume; 42, Dickens; 43, el poeta Keats; 44, Leopardi; 45, Dostoievski; 46, Eça de Queiroz; 47, Heine; 48, Emerson; 49, Carlyle; 50…que escoja cada uno un filósofo positivista, Comte, Spencer, o John Stuart Mill"…[23]

En esta nueva selección, Henríquez Ureña incluye obras clásicas de las culturas del cercano y el lejano oriente, relacionadas con las religiones y las perspectivas filosóficas de civilizaciones como la India, Persia y el mundo árabe, al tiempo que agrega nuevos pensadores de la antigua Grecia y Roma, del medioevo, del renacimiento, de España, Francia, Inglaterra, Portugal, Alemania, Estados Unidos, Rusia e Italia.

Si había alguna duda sobre la formación enciclopédica de Henríquez Ureña, esta queda totalmente despejada con la selección que sugiere el escritor dominicano en torno a los cien autores que era necesario leer a principios del siglo XX para apropiarse de una verdadera cultura intelectual.

Diecinueve años después se le presentaría la ocasión de ver cumplida su idea de publicar las Cien Obras Maestras, al constituirse en Argentina hacia el año 1938 la Editorial Losada, de la cual pasaría a ser accionista y al mismo tiempo encargado de esta colección. A la hora de su muerte en mayo de 1946, había publicado cuarenta títulos, de acuerdo a lo expresado por su hija Sonia Henríquez Ureña de Hlito, escogidos, ordenados y prologados por el propio Pedro Henríquez Ureña, entre los que caben mencionar a Homero, Esquilo, Plutarco, Cantar del Mio Cid (Anónimo), La Celestina (Fernando Rojas), Cervantes, Don Juan Manuel (El Conde Lucanor), Shakespeare, Calderón, Tirso de Molina, Góngora y Racine, la mayoría de los cuales habían sido sugeridos por Henríquez Ureña en el año 1909, al tiempo de agregar otros textos no menos importantes.

En 1938 Henríquez Ureña también procedió a crear otra importante colección: Grandes Escritores de América, con sus respectivos estudios introductorios, llegando a publicar dos volúmenes antes de su muerte, los cuales estuvieron dedicados a las obras de dos grandes pensadores caribeños: Nuestra América de José Martí y Moral Social de Eugenio María de Hostos.

Veintiún años después de haber criticado la selección hecha por el Dr. Charles Eliot Norton, cuando se había radicado en Argentina, a finales de 1940 ocurrió un hecho sin precedentes en la vida de Pedro Henríquez Ureña que le marcaría de forma definitiva, tal como lo relata su hija, Henríquez Ureña de Hlito:

La cultura literaria, filológica, filosófica e historiográfica de Pedro Henríquez Ureña

"Hacia fines de ese año ocurrió un hecho importante en su vida: fue invitado a ocupar una de las cátedras de mayor prestigio de la Universidad de Harvard: la cátedra Charles Eliot Norton, y fue, además, la primera persona de habla castellana en ocuparla. Hubo gran revuelo y alegría en la casa, que se hicieron extensivos a las amistades. Rafael Alberto Arrieta recogió en el artículo antes citado la anécdota de cómo él se enteró de la invitación: ´Una tarde, mientras tomábamos exámenes y él presidía, me deslizó un sobre a escondidas: el brillo que sorprendí en sus ojos confirmaba la sorpresa: era la invitación de Harvard a ocupar con un curso de su especialidad la cátedra Charles Eliot Norton, de prestigio mundial, que había contado en años anteriores con las presencias del helenista Gilbert Murray, del físico Albert Einstein, del músico Igor Stravinsky´".[24]

Henríquez Ureña permaneció en los Estados Unidos desde principios de octubre de 1940 hasta abril de 1941, para lo que solicitó sendas licencias en sus cátedras en la Universidad de Buenos Aires y en la Universidad de La Plata, Argentina, las cuales les fueron concedidas. Con las conferencias dictadas por el escritor dominicano, la Universidad de Harvard publicaría en 1945 un libro en inglés bajo el título Literary currents in Hispanic América, que Henríquez Ureña recibiría con júbilo y sería publicado en español tras su muerte bajo el título Las Corrientes Literarias en la América Hispánica, por el Fondo de Cultura Económica de México, en 1949, con la traducción de su amigo, el ex embajador de España en Argentina hasta el año 1936, Joaquín Diez-Canedo.

Es importante destacar que los clásicos españoles desde la Edad Media hasta principios del Siglo XX influyeron de forma determinante en la formación literaria e intelectual de Pedro Henríquez Ureña, entre los que destacan Alfonso X (El Sabio), Juan Ruiz (Arcipreste de Hita), Antonio de Nebrija, Juan de Alarcón, Diego Álvarez Chanca, Jorge Manrique, Juan de Torquemada, Fernando Rojas, Miguel de Cervantes y Saavedra, Lope de Vega, Diego Hurtado de Mendoza, Juan Luis Vives, San Juan de la Cruz, Sor Juana Inés de la Cruz, Fray Luis de León, Luis Góngora y Argote, Pedro Mártir de Anglería, Fray Bartolomé de las Casas, Luis Miranda de Villafañe, Inca Garcilaso de la Vega, Baltasar Gracián, Francisco de Quevedo, Tirso de Molina, Francisco de Avellaneda, Benito Jerónimo Feijoo y Montenegro, Gaspar Melchor de Jovellanos, Juan de Iriarte, Gustavo Adolfo Bécquer, José de Espronceda, Duque de Rivas, Benito Pérez Galdós, Marcelino Méndez Pelayo, Ramón Méndez y Pidal, Miguel de Unamuno, José Ortega y Gasset, Pio Baroja, Valle Inclán, Antonio Machado, José Martínez Ruiz (Azorín) y Juan Ramón Jiménez, entre otros, tal como se evidencia en sus propios escritos: ensayos, artículos, tesis y libros sobre diferentes facetas de la vida, la historia, la cultura intelectual, el pensamiento y la producción literaria de autores españoles.

Esta predilección de Henríquez Ureña por los autores españoles no es casual, ya que entre 1916 y 1917 dictó varios cursos en el Departamento de Lenguas Romances de la Universidad de Minnesota sobre temáticas tales como: Español y Literatura, Vida y Costumbres de España e Hispanoamérica, Literatura del Siglo XIX y La Civilización Española e Hispanoamérica, al tiempo que cursaba en esa misma universidad, primero un Máster en Letras y luego un Doctorado en Letras, obteniendo el título de doctor al presentar su tesis “La Versificación Irregular en la Poesía Castellana”.

La lectura asidua de los escritores españoles de diferentes períodos, los ensayos críticos sobre la mayor parte de las obras de los escritores del denominado siglo de oro español y las visitas frecuentes que realizó al Centro de Estudios Históricos de España que dirigía Ramón Menéndez Pidal, le permitieron a Henríquez Ureña conocer a profundidad la cultura Ibérica y develar en su esencia el alma o el espíritu de los españoles en todas sus manifestaciones y sentidos.

  1. Reorientación Filosófica de Pedro Henríquez Ureña

Algo similar ocurriría con Henríquez Ureña en el ámbito filosófico. Cambió su orientación filosófica a partir de 1907, que hasta ese momento había estado centrada en la corriente positivista de Augusto Comte, Herbert Spencer, John Stuart Mill, Ernst Heinrich Haeckel, Eugenio María de Hostos y José Martí. Escúchese en palabras del propio Henríquez Ureña cómo se produjo esa transformación en su perspectiva filosófica:

"En el orden filosófico, he ido modificando mis ideas, a partir, también, del mismo año 1907. Mi positivismo y mi optimismo se basaban en una lectura casi exclusiva de Spencer, Mill y Haeckel; las páginas que había leído de filósofos clásicos y de Schopenhauer y Nietzsche no me habían arrastrado hacia otras direcciones. Sobre todo, no trataba yo sino con gentes más o menos positivistas, o, de lo contrario, creyentes timoratos y anti-filosóficos. El positivismo me inculcó la errónea noción de no hacer metafísica (palabra cuyo significado se interpretó mal desde Comte), y a nadie conocía yo que hiciera otra metafísica que la positivista, la cual se daba ínfulas de no serlo. Por fortuna, siempre fui adicto a las discusiones; y después que los artículos de Andrés González-Blanco y Ricardo Gómez Robelo me criticaron duramente mi optimismo y mi positivismo (el del libro Ensayos críticos), tuve ocasión de discutir con Gómez Robelo y Valenti esas mismas ideas; las discusiones fueron minando en mi espíritu las teorías que había aceptado".[25]

A partir de entonces asume como suyas las críticas que se les formulaban al positivismo desde diversos ámbitos y desplaza su interés intelectual hacia los filósofos contemporáneos William James, Henri Bergson, Emile Boutroux, Benedetto Croce, Jules de Gaultier y otros. Al mismo tiempo se interesa por los grandes maestros universales de la filosofía moderna y contemporánea, como son: Francis Bacon, René Descartes, Blaise Pascal, Gottfried Wilhelm Leibniz, Baruch Benedicto Spinoza, Immanuel Kant, Georg Wilhelm Friedrich Hegel, Johann Glottieb Fichte, Friedrich Wilhelm Joseph von Schelling, Arthur Schopenhauer y Friedrich Wilhelm Nietzsche.

Otro tanto ocurre con pensadores americanos, hispanoamericanos y caribeños de altos vuelos, como George Santayana, Faustino Sarmiento, Andrés Bello, José de la Luz Caballero, José Martí, Eugenio María de Hostos, Enrique José Varona, José Enrique Rodó, José Ingenieros, José Carlos Mariátegui, Antonio Caso, Alfonso Reyes, José Vasconcelos y Alejandro Korn, entre otros, de los cuales bebe las aguas del lar nativo que le permitieron ir configurando su propia filosofía de la perfección espiritual con sabor hispanoamericano y caribeño. Veamos lo que expresa Henríquez Ureña al respecto:

"Por fin, una noche a mediados de 1907 (cuando ya el platonismo me había conquistado, literaria y moralmente), discutíamos Caso y yo con Valenti: afirmábamos los dos primeros que era imposible destruir ciertas afirmaciones del positivismo: Valenti alegó que aún la ciencia estaba ya en discusión: y con su lectura de revistas italianas nos hizo citas de Boutroux, de Bergson, de Poincaré, de William James, de Papini…Su argumentación fue tan enérgica, que desde el día siguiente nos lanzamos Caso y yo en busca de libros sobre el anti-intelectualismo y el pragmatismo. Precisamente entonces iba a comenzar el auge de éste, y la tarea fue fácil. En poco tiempo, hicimos para nosotros la crítica del positivismo; compramos James, Bergson, Boutroux, Jules de Gaultier y una multitud de expositores menos importantes, de los que pululaban en la biblioteca Alcan; volvimos a leer los maestros: Caso poseía desde entonces una biblioteca bastante completa de filósofos; yo me dediqué a obtener, en Europa, en los Estados Unidos, en México, y hasta pidiendo algunos libros de la biblioteca de mi padre, las obras maestras de la filosofía moderna. Bacon, Descartes, Pascal, Leibniz, Spinoza, Kant, Hegel, Fichte, Schelling, Schopenhauer, hasta Comte. Pero hasta ahora tampoco he producido con estos elementos sino uno que otro trabajo, como el de Nietzsche y el pragmatismo".[26]

Es bastante clara la buena orientación formativa que tenía Henríquez Ureña para entonces. Supo combinar sabiamente la lectura de los clásicos grecolatinos con la de los grandes pensadores de la modernidad y los más destacados pensadores de la época en que le tocó vivir. Esto demuestra cuán fino fue su tacto intelectivo para escoger exactamente aquello que iría a darle una formación integral y equilibrada. 

De todos los filósofos que estudió en esa época, los que más fuertemente influyeron en Henríquez Ureña fueron Platón, Baruch Spinoza, Immanuel Kant, Frederick Nietzsche, William James, Augusto Comte, Herbert Spencer, John Stuart Mill, Andrés Bello, Eugenio María de Hostos, José Enrique Rodó y Antonio Caso, a los que leyó y ponderó con un elevado sentido crítico. Tanto así, que en torno a varios de ellos escribió ensayos de crítica filosófica que aún hoy día muestran inequívocamente su bien asimilada cultura filosófica, a pesar de su evidente juventud, cuya edad oscilaba entre los veintitrés y los veintisiete años. Varios de esos ensayos los recoge en su segundo libro “Horas de estudios”, publicado en París hacia el año 1910.

Facsímil de la obra Horas de Estudio, segundo texto de Pedro Henríquez Ureña,
publicado en París en 1910.

Los trabajos filosóficos contenidos en ese texto son: “El positivismo de Comte”, “El positivismo independiente” y “La sociología de Hostos”. Este último lo había publicado en su primer libro bajo el título “Concepción ideológica de Hostos”. Otros textos filosóficos que produjo en ese período, que habían sido publicados en diferentes revistas y periódicos, fueron: “El espíritu platónico” en 1907, “Nietzsche y el pragmatismo” en 1908, “Profesores de idealismo” en 1909, “La obra de José Enrique Rodó” en 1910, “Las ideas sociales de Spinoza” en 1911, “Filosofía de la América Española” en 1915, “Seis Ensayos en Busca de Nuestra Expresión” en 1928, así como también “Filosofía y originalidad” en 1935.

Todo lo anterior revela que la amplia formación literaria, filológica, filosófica, cultural e historiográfica del gran humanista dominicano e hispanoamericano Pedro Henríquez Ureña, se erigió sobre bases sumamente sólidas y bien orientadas, la que puso de manifiesto de forma reiterada en sus escritos y en las múltiples conferencias magistrales que tuvo a bien dictar en diferentes países de los continentes americano y europeo.

[1] Escolano Giménez, Luis Alfonso. Labor de Pedro Henríquez Ureña en la articulación del ámbito cultural hispanoamericano (1904-1924). Tzintzun. Revista de estudios históricos  No.75. Michoacán enero/junio 2022, pp. 122-123.

[2] De Nolasco, Flérida. Pedro Henríquez Ureña: Síntesis de su pensamiento. Santo Domingo: Editora del Caribe, C. por A., 1996, p. 7.

[3] Galindo Ulloa, Javier. La cultura clásica en la formación intelectual de Pedro Henríquez Ureña. Madrid: Universidad Autónoma de Madrid, 2002, pp.13-14.

[4] Henríquez Ureña, Max. Hermano y Maestro (Recuerdos de infancia y juventud). Ciudad Trujillo: Librería Dominicana, 1950, p. 12.

[5] Galindo Ulloa, Javier. El proyecto cultural de Pedro Henríquez Ureña en México. Universidad Autónoma Metropolitana: Fuentes Humanísticas, Año 30,  No. 57, II, 2018, p. 122.

[6] Escolano Giménez, Luis Alfonso. Labor de Pedro Henríquez Ureña en la articulación del ámbito cultural hispanoamericano (1904-1924). Tzintzun. Revista de estudios históricos  No.75 Michoacán enero/junio 2022, pp.125-126.

[7] Miranda Cancela, Elina. Pedro Henríquez Ureña y el mundo griego, Revista Aula, Santo Domingo: UNPHU, 1995, p. 107..

[8] Escolano Giménez, Luis Alfonso. Labor de Pedro Henríquez Ureña en la articulación del ámbito cultural hispanoamericano (1904-1924). Tzintzun. Revista de estudios históricos  No.75 Michoacán enero/junio 2022, p. 126. .

[9] Inoa, Orlando. Alrededor de Pedro Henríquez Ureña. Santo Domingo: Letras Gráficas, 2022.

[10] Henríquez Ureña de Hlito, Sonia. Pedro Henríquez Ureña: Apuntes para una Biografía. México: Siglo Veintiuno Editores, 1993, p. 140.

[11] Henríquez Ureña, Max. Hermano y Maestro (Recuerdos de infancia y juventud). Ciudad Trujillo: Librería Dominicana, 1950, p. 49.

[12] Ibidem.

[13] Ibidem, pp. 16-17.

[14] Ureña de Henríquez, Salomé. Poesías Completas. Santo Domingo: Comisión Permanente de la Feria del Libro, 1997, p. 129-130.

[15] Henríquez Ureña, Pedro. Memorias * Diario * Notas de Viajes. México: Fondo de Cultura Económica, 2000, pp. 39-40.

[16] Ibidem, pp. 48-49.

[17]Henríquez Ureña, Familia. Epistolario, Tomo I. Santo Domingo: Secretaría de Educación, Bellas Artes y Cultos, 1996, p. 397.

[18] Ibidem, p. 398.

[19] Ibidem.

[20] Henríquez Ureña, Pedro. Memorias * Diario * Notas de Viajes. México: Fondo de Cultura Económica, 2000, pp. 122-124.

[21] Henríquez Ureña, Pedro. Obras Completas, 3: 1899-1910, Vol. II. (Miguel D. Mena, Compilador y Editor). Santo Domingo: Ministerio de Cultura de la República Dominicana, 2013, p. 311.

[22] Ibidem, pp. 312-313.

[23] Ibidem, pp. 313-314.

[24] Henríquez Ureña de Hlito, Sonia. Pedro Henríquez Ureña: Apuntes para una Biografía. México: Siglo Veintiuno Editores, 1993, p. 140.

[25] Henríquez Ureña, Pedro. Memorias * Diario * Notas de Viajes. México: Fondo de Cultura Económica, 2000, p. 124.

[26] Ibidem, pp. 125-126.

Juan De la Cruz

Historiador y profesor universitario

Juan de la Cruz. Doctor en Historia Contemporánea y Máster Universitario en Filosofía en el Mundo Global, Universidad del País Vasco, España. Doctorado en Ciencias de la Educación, Universidad de Ciencias Pedagógicas “Enrique José Varona” de Cuba y Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD). Maestría en Educación Superior, Universidad Iberoamericana (UNIBE). Licenciado en Historia, Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD). Docente de la Escuela de Historia y Antropología de la UASD. Comunicador Social. Premio Anual de Historia 2017 “José Gabriel García”, Ministerio de Cultura de la República Dominicana. Miembro de Número de la Academia de Ciencias de la República Dominicana. Autor de más de una docena obras de Historia, Ciencias Sociales y Filosofía. delacruzjuan508@gmail.com

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