A Fraylin Esteban Pérez

La verdad poética es la revelación instantánea del ser de las cosas, fruto del vínculo interno que guarda la conciencia despierta con todo cuanto le apela, y de la activación de mecanismos para nosotros velados, no racionales, que la empalman en amor a una frecuencia en la que la realidad está desnuda en su naturaleza esencial. No es algo que se deba a procesos de acumulación de pruebas o a la verificación empírica: se revela; siendo verdad que no se muestra, sino que se deja ver, gracias a un instante de desnudez en el que el mundo coincide con uno mismo.

Esta irrumpe como un relámpago silencioso, a manera de atajo inmediato; por lo que ya esta resulta como lo natural. Mientras la verdad científica aspira a la repetición, a la universalidad mensurable, al acuerdo intersubjetivo o convención de la mayoría, la verdad poética acontece una sola vez y, sin embargo, es eterna. No describe el mundo: lo muestra. La ciencia pregunta cómo funcionan las cosas; la poesía pregunta qué son cuando nadie las mira. Ambas buscan la verdad, pero por caminos radicalmente distintos: una mide; la otra reconoce, recuerda. Una opera desde la distancia objetiva; la otra desde una cercanía ontológica en la que el sujeto y el objeto dejan de estar separados.

La verdad poética no rodea la realidad: la atraviesa sin quebrarla; por ello no es una trama conceptual, sino una imagen que se dice sola, una textura sonora en correspondencia con la vivencia, un aroma de aguas antiguas que asoma desde su pozo, la impresión del estremecimiento de una certeza inapelable. Y es por esto que entendemos la intuición como mayor que la suma de las razones.

La verdad poética no nace del razonamiento discursivo ni de los entramados argumentativos, sino de un mecanismo sensitivo anterior al pensamiento: una inteligencia del cuerpo, de la intuición, del temblor. No es el ojo aislado ni el oído por separado lo que accede a ella, sino un sentido mayor, un despertar que integra y transfigura todos los sentidos conocidos. Ese sentido unifica y es mayor que la suma de todos. Es una forma de percepción total, la redondez en el ser y el estar, una conciencia expandida que no fragmenta la realidad en datos, sino que la recibe como presencia. Allí, la realidad no se ofrece como fenómeno externo, sino como ser en conexión: no lo que parece, sino lo que es en su fondo irreductible.

Ese mecanismo sensitivo opera cuando el yo se aquieta. Mientras el ego clasifica, compara y defiende, la verdad poética exige una rendición: hay que estar despierto, pero sin vigilancia; atento, pero sin cálculo. En ese estado, la realidad se deja atravesar para ser en comunión. El poeta —y todo aquel que entra en esa disposición— no impone sentido: lo escucha. La verdad poética no se construye; se recibe como una confidencia del mundo. Por eso tiene la forma de una imagen, de un ritmo, de una metáfora: porque el ser no habla en conceptos, sino en símbolos, por resonancia, respiración de lo que es, sin agotarse en la esencialidad de su ser.

Desde una visión ontológica, la verdad poética es el momento en que el ente deja de ser cosa y se revela como acontecimiento del ser. Se trata, pues, de una develación. Pero, a diferencia del discurso filosófico, la poesía no explica ese desocultamiento: lo encarna. La palabra poética no representa al ser: lo hospeda. Por eso, cuando una verdad poética acontece, no añade información al mundo: lo vuelve más real. Algo que siempre estuvo allí se hace visible, no porque antes no existiera, sino porque no había quien lo mirara desde ese lugar.

De la verdad poética

En ese sentido, la verdad poética es también ontológica porque transforma a quien la recibe. No es un objeto de conocimiento, sino una modificación del ser. Quien accede a ella no “sabe” algo nuevo: es de otro modo. La poesía no ilumina desde fuera; enciende desde dentro. Y esa combustión interior es lo que permite decir que la verdad poética no pertenece al lenguaje, sino que el lenguaje le pertenece a ella.

Si ampliamos esta visión hacia lo cuántico, no como metáfora superficial, sino como intuición profunda, la verdad poética se asemeja al colapso de la función de onda: múltiples posibilidades de sentido existen en la realidad, pero solo se actualizan cuando una conciencia sensible las observa. La verdad poética no está en las cosas como un dato fijo; emerge en la interacción entre el mundo y una conciencia despierta. No es localizable ni reproducible: es relacional. Acontece en el entre. Así como en la física cuántica el observador participa del fenómeno observado, en la poesía el lector o el poeta co-crean la verdad que se revela. No hay verdad poética sin presencia.

Ese sentido mayor, ese órgano de percepción total, atraviesa la realidad como una resonancia de frecuencias equilibradas. No mira las cosas desde fuera, sino que vibra con ellas. Por eso la verdad poética no se impone: se reconoce. Produce una extraña certeza que no necesita demostración. Algo en nosotros dice: “es así”, no porque lo hayamos pensado, sino porque lo hemos sentido como verdadero. Esa certeza es anterior a la lógica y posterior al lenguaje. Es una verdad que se sabe con todo el ser.

Veamos el siguiente pasaje:

“En cada lágrima
hay un egoísmo
creciendo hacia su miedo”.

(Raj, Paisaje freudiano, La presencia del miedo, p. 27)*

De la verdad poética

En esta parte se enuncia una verdad poética con una economía brutal. La lágrima, asociada al dolor, al amor o a la pérdida, es revelada en su reverso oculto: no como pura entrega, sino como una forma de egoísmo. No un egoísmo moral, sino ontológico. Desde una visión freudiana, el poema nos dice que incluso en el acto más aparentemente altruista del sufrimiento hay una pulsión del yo que busca preservarse, afirmarse, realizarse. La lágrima no es solo duelo por el otro: es también miedo por uno mismo, miedo a la pérdida, al abandono, a la disolución del yo.

El verso “creciendo hacia su miedo” intensifica esa verdad. El miedo se duplica, se repliega sobre sí mismo, como una pulsión que se alimenta de su propio objeto. Freud hablaría aquí de la economía libidinal: amamos, sufrimos y lloramos no solo por el objeto amado, sino por lo que ese objeto garantiza para nuestra identidad. La verdad poética del poema no acusa ni juzga; simplemente revela. Nos muestra que buscamos realizarnos incluso —y sobre todo— en aquello que decimos amar. El amor, atravesado por el inconsciente, nunca es del todo desinteresado.

Pero la potencia del poema no está en su lectura psicológica, sino en su verdad poética: en cómo, en tres versos, logra que el lector se reconozca. Algo en nosotros asiente, no porque estemos de acuerdo, sino porque hemos sido tocados. Esa es la diferencia esencial: la verdad científica convence; la verdad poética despierta. Nos devuelve a una región de nosotros mismos que sabíamos, pero que habíamos olvidado.

Así, la verdad poética no compite con la ciencia ni con la filosofía: las completa desde otro plano. Donde la ciencia mide, la poesía mide al medidor. Donde la filosofía pregunta por el ser, la poesía lo deja hablar. Y cuando ambas se encuentran, en una conciencia abierta, sensible y despierta, la verdad deja de ser una respuesta y se convierte en una forma de estar en el mundo. Allí, en ese silencio vibrante, la realidad se revela no como suma de partes, sino como sentido. Y eso, precisamente eso, es la verdad poética.

Ramón Antonio Jiménez

Poeta

Ramón Antonio Jiménez, natural de Valparaíso, San Francisco de (RD). Creador del ideario estético taocuántico cofundador y director de La Comunidad Literaria Taocuántica.

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