A lo largo del año que acaba de pasar, me entregué a la escritura de ensayos de respiración larga.

Eran necesarios: me permitían abarcar el país, nombrar sus tensiones y sostener una mirada amplia sobre su tiempo.

Este inicio de 2026 me pide otra forma de escribir.

No porque la realidad sea más simple, sino porque el cansancio colectivo exige palabras más concentradas, más directas, más silenciosas.

A partir de hoy, estos textos dominicales serán breves.

Una sola idea.

Un solo tono.

Un solo remate.

No buscan convencer ni explicarlo todo.

Aspiran apenas a acompañar al lector en un instante de lucidez: de esos que no hacen ruido, pero dejan eco.

Serán, simplemente, ejercicios de conciencia escrita.

El cansancio se ha vuelto una palabra recurrente.

Se escucha en la calle, en la casa, en el trabajo, como si nombrarlo bastara para explicarlo todo.

“Estamos cansados”, se dice; y a veces se dice “jarto”, así, con jota y sin hache, con la aspereza con que habla un pueblo que ya no pide permiso para nombrar su hastío.

Y la frase cae como un punto final, como si cerrara toda discusión.

Pero no todo cansancio es inocente.

Existe uno legítimo: el de quien madruga, trabaja y regresa a casa con el cuerpo vencido y la dignidad intacta.

Ese cansancio merece respeto.

Pero hay otro, más peligroso, que se disfraza de fatiga y opera como coartada:

el cansancio que justifica, que excusa, que deja pasar.

Ese cansancio no es nuevo.

Atraviesa nuestra historia como una sombra persistente.

Cuando Juan Pablo Duarte insistía en fundar una nación libre, muchos ya estaban cansados de creer que fuera posible.

Cuando los expedicionarios desembarcaron por Maimón y Estero Hondo, el país estaba cansado del miedo.

Cuando las Hermanas Mirabal fueron asesinadas, demasiados ya estaban cansados de indignarse.

No fue cobardía individual.

Fue agotamiento social.

Un cansancio que no gritó, no respondió, no acompañó.

Ese cansancio no mata de golpe, pero mata despacio: apaga la memoria, enfría la indignación y deja sola a la historia cuando más nos necesita.

Un cansancio que no gritó, no respondió, no acompañó.

El cansancio explica.

Pero no absuelve.

No absuelve porque, aunque comprensible, tiene consecuencias.

Cuando una sociedad se cansa de reaccionar, el abuso aprende que puede avanzar un poco más.

Cuando se cansa de exigir, el poder entiende que el costo es bajo.

Cuando se cansa de creer, la injusticia se vuelve rutina.

Ese cansancio dice: “no vale la pena”, “yo no me voy a meter”, “eso no cambia nada”.

No es un grito.

Es un susurro repetido hasta volverse costumbre.

Así, lo incorrecto deja de doler.

El atajo se normaliza.

La trampa se admira en silencio.

Cumplir parece ingenuo; exigir, una pérdida de energía.

Un país no se degrada de golpe.

Se va cansando.

Se cansa de esperar justicia y termina tolerando la corrupción.

Se cansa de indignarse y acepta la repetición de los mismos vicios.

Se cansa de recordar y confunde la vulgarización con entretenimiento.

Se cansa de pensar y deja que otros decidan por él qué sentir, a quién señalar y qué olvidar.

El problema no es estar cansados.

El problema es qué hacemos con ese cansancio.

Porque hay cansancios que despiertan lucidez y otros que adormecen la conciencia.

El primero puede ser fértil.

El segundo es peligroso.

El cansancio explica muchas cosas.

Pero no absuelve al que calla por comodidad.

No absuelve al que se adapta para sobrevivir mejor.

No absuelve a quien confunde resignación con realismo.

Tal vez el cansancio más grave no sea el del cuerpo, sino el de la conciencia.

Y ese, paradójicamente, no se cura descansando, sino decidiendo no seguir mirando hacia otro lado.

Porque cuando el cansancio se vuelve costumbre, ya no estamos solo agotados.

Estamos empezando a renunciar.

Danilo Ginebra

Publicista y director de teatro

Danilo Ginebra. Director de teatro, publicista y gestor cultural, reconocido por su innovación y compromiso con los valores patrióticos y sociales. Su dedicación al arte, la publicidad y la política refleja su incansable esfuerzo por el bienestar colectivo. Se distingue por su trato afable y su solidaridad.

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