"Pero estar en conversación significa salir de sí mismo, pensar con el otro y volver sobre sí mismo como otro".
Esta frase, incluida en el libro del que hablaremos, pertenece a Hans-Georg Gadamer, filósofo y hermeneuta alemán. En ella se condensan algunas de las claves esenciales del poemario de Orlando Muñoz, titulado “Santo Domingo, año cero y en curso”.
Toda gran literatura es, en el fondo, una conversación en el tiempo. Muñoz, educador, poeta y agudo lector de su circunstancia, ha insistido siempre en esta idea. En las interminables jornadas del Taller Literario César Vallejo y del Círculo Literario «El Aleph» nos mostró, una y otra vez, que la poesía es diálogo, memoria y conciencia. Este libro confirma esa vocación: aquí el autor sale de sí mismo, piensa con los otros y regresa transformado. No se trata de una simple evocación de voces tutelares, sino de una conversación viva y necesaria.
Para este diálogo ha elegido lo mejor de la tradición poética dominicana. Su recorrido va desde Salomé Ureña de Henríquez hasta René del Risco Bermúdez, pasando por la estatura lírica y civil de Pedro Mir. Son los poetas de su media isla quienes le ofrecen razones para el grito y la denuncia, pero también para la memoria y la esperanza.
Porque, como siempre, seguimos buscando el amor por la tarde y en los ojos de un ángel alguna ilusión.

Desde sus primeras páginas, el poemario instala la imagen de una república en su año cero permanente: una nación que parece recomenzar sin haber cerrado nunca sus heridas. La ciudad es escenario y metáfora. En ella deambulan no solo los cuerpos, sino también las voces del pasado:
Allí donde hoy la luz
no puede conjugarnos
deambulan por el aire
las almas en pena.
En el turno de conversar con nuestra poeta nacional, el poeta exclama:
¡Pobre de ti
y pobre de nuestra patria,
Salomé!
¡Ni esplendor
ni memorias venerandas
ni soberbios monumentos…!
La ciudad parece la misma. Las ruinas a las que aludía Salomé persisten bajo nuevas formas. No han bastado los tímidos verdores que, de vez en cuando, asoman en el paisaje urbano y moral. Somos, parece decir Muñoz, una idea inconclusa, un proyecto siempre aplazado.
Cuando el diálogo se desplaza hacia Pedro Mir, la nación adquiere resonancias fluviales y dolientes:
fluvial y triste y liviana
como ala de murciélago en la brisa.
Y en esa intertextualidad cuidadosamente construida, el poeta pregunta:
¿Quién la busca, Pedro?
¿Quién pregunta por ella?
La pregunta no es retórica. Es un llamado ético. La patria deja de ser una categoría lírica para convertirse en una responsabilidad compartida.
El encuentro con René del Risco Bermúdez intensifica el tono existencial. René, que parece no haberse marchado nunca del todo, camina todavía la ciudad, nos mira desde sus cafés, desde esa «inexorable soledad de café, de implacables ojeras, de ceniza». El viento frío sigue acercando su hocico hasta nosotros: es el viento del desencanto, del miedo, del presagio.
Pero sería un error leer este libro como un ejercicio de pesimismo. Lo que vibra en sus páginas es una melancolía activa, una conciencia herida que no renuncia. Hay en estos poemas una resonancia afectiva profunda: una intimidad que se libera al rozar con la palabra los objetos cotidianos, los símbolos urbanos, los nombres propios. La fuerza del libro radica en la imagen y en la emoción contenida que la sostiene. Cada imagen revela, en silencio, una manera de mirar la ciudad y el país.
Leer “Santo Domingo, año cero y en curso” es acercarse a un creador plenamente consciente de su oficio y de su llamado. Sé lo que digo. Conozco a Orlando Muñoz desde finales de 1999, cuando coincidimos en los espacios de formación literaria que marcaron a nuestra generación. Desde entonces he sido testigo de su disciplina, de su rigor como lector y de su generosidad como maestro silencioso. Su presencia en mi vida intelectual fue decisiva: me ayudó a comprender que la literatura no es un adorno del espíritu, sino una forma de conciencia. Gracias a ese diálogo fraterno, dejé definitivamente el camino de la administración de empresas, mi primera carrera, para abrazar, sin reservas, el estudio de la literatura. No exagero al decir que en ese gesto se cifró también una amistad fundada en la palabra, en la lectura compartida y en la convicción de que la poesía puede orientar la vida.
Hacia el final de este intenso poemario, el poeta invita a formar otra nación, aun sabiendo que «los dueños del tiempo son crueles: prometen, olvidan, se lavan las manos que depredan, sonríen y traman espantos». Hay lucidez, pero también deseo. A pesar de todo, seguimos añorando participar del milagro alguna vez.
Este poemario confirma a Orlando Muñoz como una de las voces más coherentes y vigilantes de su generación. Como ha señalado Miguel Antonio Jiménez, «Muñoz es la conciencia cultural y literaria de la actual generación», y en este libro esa conciencia se manifiesta no como discurso altisonante, sino como diálogo persistente, como conversación pendiente que la ciudad, y nosotros, aún debemos completar.
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