Desde la eclosión de las redes sociales, el ciberespacio y las comunidades virtuales, intelectuales y filósofos expresaron su preocupación por la hipertrofia de unos procesos comunicativos triviales y la progresiva caída de comunidades reflexivas y espacios de debate. La pornografía de la información, el hedonismo virtual han pasado a ser productos de consumo que generan ganancias materiales y daños a la “consciencia reflexiva” (Husserl).
Humberto Eco llamó a este tiempo la era de los imbéciles, y tenía razón si observamos cómo cualquier oligofrénico ostenta liderazgo, tiene voz e influye en las tomas de decisiones de otros que suponíamos normales; y paulatinamente, esos otros renuncian a pensar para cerrar filas con el usurpador. El débil mental liderando la manada. Idiotas en curules, retrasados en podios de cátedra, desiertos poblados por peces.
Byung-Chul Han, criticando a Michel Foucault y su sociedad panóptica, propone la idea de un grupo de individuos que ya no necesita vigilancia, puesto que asume sobre sus hombros la culpa de sus fracasos e incompetencias, y le llama la sociedad del cansancio. El hallazgo del filósofo surcoreano es provocador: ¿Nos hemos convertido en nuestro propio cancerbero? ¿El rendimiento es la nueva esclavitud?
Bajo el nuevo modelo de sociedad propuesto, el esclavo se impone sus grilletes, elige a su amo en una deforme democracia, destruye la otredad sin notar que es el soporte de su mismidad. Detrás de todo eso acecha una pérdida aún más peligrosa: el paulatino proceso de dejar de pensar. Ser productivo y alcanzar metas es inversamente proporcional a pensar críticamente.
Siempre se había sabido que el pensamiento era peligroso para el poder. Por ello, la dominación se buscaba en el desestímulo a los centros de saber, la manipulación de la información y la inoculación de trivialidades a través de los medios. Hoy, el individuo compra su propio dispositivo de control y subordinación; se hace innecesaria la aguja hipodérmica de Lasswell: el individuo ha encontrado gozo en la banalización del mundo.
“La voluntad de vivir” se ha convertido, más allá de la sociedad del consumo, en un ambiguo deseo de moverse entre lo voyeur y el exhibicionismo. En ningún caso hace falta pensar para exponerse y fisgonear. Entonces el pertenecer –que está en el centro de esa voluntad de vivir –reclama hoy día acriticidad. No harás preguntas en medio de la estupidez triunfante so pena de persecución y exclusión.
La represión: el policía y el psiquiatra criticados por Foucault, han sido sustituido por una persecución informe pero perniciosa a toda reflexión e incluso producción estética que ponga en cuestionamiento el cómodo orden del no-pensar.
Antes de que los filósofos teorizaran la cuestión de lo banal, ya el dominicano nos enrostraba el debilitamiento de la mirada analítica y crítica de realidades políticas, sociales, incluso domésticas. Cualquier cosa que signifique un esfuerzo topa con expresiones como: “no dar mente”, “tranquilo y quieto”, “déjalo así”… Eso se traduce en: deja de pensar, no actúes, no promuevas cambios, abandona el problema…
Aceptamos de manera pasiva neologismos que no sirven para pensar sino para repetir la información irrelevante. Una de esas inutilidades es la posverdad. No hay posverdad pero si performática del desconocimiento utilizado para generar una especie de sordera epistemológica evidenciada en la repetición de palabras sin preguntarnos qué queremos decir. Después de la verdad no hay nada. Esa nada solo se sostiene por unos reforzadores sociales.
Un individuo abre un canal para hablar tonterías que rápidamente se hace rentable. Por otro lado, cuestionar, dudar como herramientas del pensar es castigado, rechazado, porque la elite sabe que pensar no es productivo en una sociedad de consumo y superficialidad. En la “libertad controlada” recibimos palabras huecas, imágenes de entretenimiento como si fueran pensamientos acabados.
Lo peor es cuando el estúpido levanta su voz para denunciar aquello de lo cual es el artífice. Solo unos cuantos quedan perplejos en este vacío del conocimiento. Los imbéciles no solo pueden hablar sino que producen los efectos que la elite necesita para preservar su dominación. Entonces la última mercancía del gran mercado es la voz del ignorante, elevándose tanto que deja sin sonido las voces que todavía se resisten en una batalla renovada.
Gayatri Spivak se preocupaba por la voz de los subalternos, pero hoy los subalternos chacharean, se ríen de sus propias desgracias, celebran las invasiones, los genocidios, el robo, el asesinato y la pedofilia. Lo hacen porque las redes sociales trivializan el mal: convierten la guerra en un videojuego y le aseguran falsamente al hedonista, disfrutador de la tragedia, que a él no le tocará.
Sin embargo, en los confines de lo inconsciente este mecanismo fracasa y el individuo “no quiere saber que sabe” que es vulnerable. Esta vulnerabilidad es la causa de las enfermedades de Chul Han señala como presentes en la sociedad del cansancio. Aun cuando apostamos a una individualidad blindada, estamos sujetos a los avatares de toda la inestabilidad aposentada muy cerca, en los patios contiguos.
Esta es una crisis para la que no estamos preparados: el no-pensar es un éxito, y todas las manipulaciones discursivas (incluso las pulsiones básicas) nos impelen hacia la supervivencia sin más.
Reflexionar en estos tiempos es un riesgo. ¿Debemos asumirlo o unirnos a la caravana de estulticia?
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