“A mi casa llegó un hombre y me dijo Pablo Escobar mandó un sicario a que te matara. Le dije y porqué me va a matar, me dijo porque tú delatas un poco de gente en un artículo. Le mandé a decir que yo no le iba a rogar que no me mate, pero que ese artículo no lo escribí yo, que yo respondo por uno que yo firmé, pero que ese segundo artículo no tenía nada que ver conmigo. Me dijo, bueno, voy a mandarle la razón. Como a los dos días volvió y me dijo ya hablé con Pablo y me dice que entiende que ese artículo no sea tuyo, pero que él ya mandó la moto y no tiene radioteléfono para comunicarse con él. O sea, el sicario ya se fue y no tiene manera de darle la contraorden”.

Laura Restrepo viene de una nostalgia llamada Colombia, un lugar donde la guerra nunca acaba. Mientras Bogotá, su ciudad natal, se muere, “delirante de mañanas heladas” y de historias terribles, ella anda por el mundo contándole a los otros el dolor de su nación, entre ellos el que le ocasionó el desaparecido zar de la droga.

“Pablo Escobar dejó una lección que el pueblo colombiano aprendió y es una lección sangrienta. Viniendo de un barrio muy popular y creciendo como un muchacho que tiene todas las alternativas negadas, el estudio, el trabajo, la posibilidad de probar una familia en paz, es un tipo que opta desde muy joven por los caminos de la guerra y se vuelve uno de los tipos más ricos del universo y más reconocidos ante una población invisible, desdeñada. Entonces, la historia de Colombia se divide en antes y después de Pablo Escobar”.

Cuando Escobar decidía quién vivía y quién moría, Colombia estaba esperando tiempos mejores pero los dueños del poder y del dinero se los negaron. Y hoy Colombia, con sus guerras y sus miserias, es lo que hicieron de ella sus propietarios.

Es trotskista a pesar de los tiempos que corren y tiene en los ojos los primeros colores del alba. Militante de la paz, piensa que lo único que puede salvar su nación del abismo de violencia en que se encuentra, es la negociación. Un día la llamaron para que participara de la Comisión de Paz formada por el gobierno de Belisario Betancourt para poner freno a la guerra, y terminó militando en las filas del M-19.

Todo, desde su infancia viajera de la mano de un padre andariego, hasta sus días de reportera, cuando andaba por las comunas y por las callejuelas buscando historias para la eternidad, pasando por su tiempo de militancia revolucionaria en uno y otro lado, ha sido para ella una escuela, según confiesa.

Cada historia que escribe es un reencuentro consigo misma, una manera de desandar algunos de los viejos caminos. “Muchas de mis novelas están ubicadas en los sitios de la investigación, pero hay ciertos lugares recurrentes, que aunque son lugares de ficción en la novela, corresponden a la memoria que llevo dentro, a los lugares de la añoranza”.

Delirio, su última aventura literaria, ganó el premio Alfaguara de novela de este año. Es un libro escrito contra la hipocresía y la doble moral, habitado por una gama de personajes víctimas de las circunstancias en una nación que, al otro lado del miedo, aprendió a deletrear la palabra esperanza y a defenderla palmo a palmo.

Era martes y estaba lloviendo con el sol, al estilo de los días en que se casan las brujas, cuando Laura Restrepo, con una voz que se parece a sus libros, empezó a tejer un manto de palabras y se decidió a contar los dolores de su patria y a soñar en voz alta algunas de sus más sentidas esperanzas.

Laura Restrepo.

La Colombia que está en sus libros ha enloquecido o se está muriendo de dolor ¿Cómo llegó Colombia a ese punto?

Yo pienso que por razones buenas y malas. Por un lado, porque Colombia es un país que está en mora de hacer reformas democráticas. Uno ve a simple vista que toda nación, digamos pacífica, o relativamente pacífica, hoy en día tiene una reforma democrática, tiene una reforma agraria, tiene una redistribución del ingreso, hay unos procesos de democratización indispensables en el mundo contemporáneo para lograr algún nivel de paz.

Colombia se los ha saltado olímpicamente y pretende hacer la paz por la vía militar, lo cual no hace sino exacerbar las situaciones y generar máximas violencias.

En Colombia no va a haber paz mientras no se negocie, mientras no haya una concertación en torno a las reformas democráticas básicas. Otra cosa sería un contrasentido histórico. Lo que pasa es que eso ni siquiera se plantea. ¡Es que queremos sacar tan baratas las reformas! Hoy en día en las grandes discusiones sobre la paz nadie dice nada. ¡Cómo vas a hacer un pueblo pacífico sin siquiera crear las bases mínimas para construir una verdadera democracia! Esta es una sociedad sentada en unos niveles de injusticias muy grandes.

Tenemos una clase dominante tremenda. Échale ojo cómo vive un rico en Bogotá. Yo pienso que tiene una existencia infeliz. Vive en una especie de lugar medieval, totalmente custodiado de guardaespaldas, no puede asomarse porque le pegan un tiro, no puede andar por la calle porque lo secuestran, está siempre sometido a la inseguridad de los hijos.

Yo pienso que no hay castigo en este mundo como el peligro de los hijos, la inseguridad de los hijos. Cuando los hijos tienen que ir a la universidad tienen que ir con cuatro y cinco guardaespaldas, pues si no lo secuestran, y muchas veces aun así lo secuestran.

El rico colombiano es tan tremendo que sacrifica aun el bienestar por mantener las ganancias. Qué haces contra esas personas, cómo la derrotas. El rico colombiano ha llegado a un punto en que tiene plata y no puede vivir bien y renuncia a vivir bien con tal de no ceder, con tal de no negociar, con tal de no tener en cuenta al resto de la sociedad. Es una clase social tremenda, aguerrida, dispuesta a mantener su nivel de ganancia al precio que sea, incluso al de la propia felicidad.

Estamos en una situación tan convulsionada también a partir de ciertos rasgos que son positivos. El pueblo colombiano no es un pueblo conforme ni pasivo.

Pablo Escobar.

¿La historia de Colombia se divide en antes y después de Pablo Escobar?

Si, Pablo Escobar dejó una lección, una lección que el pueblo colombiano aprendió y es una lección sangrienta. Viniendo de lo que se llama allá las comunas, de un barrio muy popular, y creciendo como un muchacho que tiene todas las alternativas negadas, el estudio, el trabajo, la posibilidad de probar una familia en paz, es un tipo que opta desde muy joven por los caminos de la guerra, es decir, se arma, roba.

Tú sabes que él era “jalador” de automóviles, organiza bandas, se mete luego en el tráfico de cigarrillos, después en el tráfico de marihuana, después en el tráfico de la coca y se vuelve uno de los tipos más ricos del universo y más reconocido, para mal, desde luego, pero más reconocido, digamos más visibles, ante una población invisible, desdeñada.

Pablo Escobar se convierte en un personaje, se convierte en un multimillonario y le abre los ojos a millones de personas en el país, que, a partir de Pablo, optan por su escuela, que es una escuela de muerte.

Entonces, sí, la historia de Colombia se divide en antes y después de Pablo Escobar. La suya es una escuela que quedó grabada con sangre.

¿Usted conoció a Pablo Escobar, sea como periodista, como escritora o como colombiana?

No. Muchas veces tuve la oportunidad y nunca quise. Inclusive, como periodista tuve una gran tentación de conocer este personaje que estaba poniendo semejante impronta en la vida del país, pero a mí nunca se me escapó que, de alguna manera, implicaba algún grado de compromiso. Yo nunca quise tener ninguno. Nunca fui a verlo, no quise.

Digamos que como periodista uno se podía perder un gran reportaje, pero yo sabía que el contacto implicaba compromiso.

A mí me amenazó de muerte él personalmente. Yo escribí un artículo que le dieron carátula en la revista Semana, que se llamó La cultura de la muerte.

Después de una investigación en esas barriadas populares donde yo me puse a ver todo esto que estamos hablando y las repercusiones que la presencia de Pablo Escobar tenía en los jóvenes.

En ese artículo estaba dicho por primera vez quiénes eran los sicarios. En Colombia había un montón de magnicidios y de crímenes y nadie sabía quiénes estaban asesinando. Y en ese artículo yo dije son muchachos de doce, trece, dieciséis años los que están asesinando y, de alguna manera, son pequeños satélites alrededor de la organización de Escobar. Esa era la primera vez que se decía eso.

Lo que pasa es que mi artículo no mencionaba nombres. Yo no soy policía, yo no tenía interés de delatar a nadie. Como ese artículo se tradujo como a treinta y pico de idiomas, en el país causó mucha polémica. La revista mandó otro periodista después para hacer otro reportaje similar. Ese periodista, en vez de meterse a las comunas, se fue a una estación de policía y ahí le dieron datos.

Como continuación, digamos, de ese artículo publicaron uno ya no firmado, como el primero que iba firmado por mí, este iba sin firmar, pero traía datos sacados de la estación de policía. Entonces a mi casa un día llegó un hombre, un amigo mío vinculado a los derechos humanos. Se ve que por alguna vía tenía contacto con Pablo y me dijo Pablo Escobar mandó un sicario a que te matara. Le dije y porqué me va a matar, me dijo porque tú delatas un poco de gente en el artículo. Le mandé a decir que yo no le voy a rogar que no me mate, pero que ese artículo no lo escribí yo, que yo respondo por el que yo firmé, pero que ese segundo no tenía nada que ver conmigo. Me dijo, bueno, voy a mandarle la razón.

Como a los dos días volvió y me dijo ya hablé con Pablo y me dice que entiende que ese artículo no sea tuyo, pero que él ya mandó la moto y no tiene radio teléfono. O sea, el sicario ya se fue y no tiene manera de darle la contraorden.

El día que Pablo Escobar mandó a matar a Laura Restrepo

¿Pablo Escobar decidía quién vivía y quién moría en Colombia?

Así es. Es más, su gran negocio no era la droga, era la muerte. A Pablo le entraba plata por la droga, pero la gran plata le entraba por la muerte. Lo que él montó fue una máquina de muerte. A mí me lo dijo un muchacho que se especializó en estudiarlo a él. Él se llama Alonzo Salazar y es un conocedor como nadie de todo ese mundo de la mafia, con la aclaración de que es un tipo absolutamente honesto.

Una noche, conversando, me dijo eso, que el gran negocio de Pablo era la muerte porque Pablo lo que montó fue una maquina de muerte y su negocio era quitar del medio a cualquiera que estorbara. Un narcotraficante quería pasar un contrabando de droga y había unos policías que lo estorbaban, Pablo le mataba los policías; otro narcotraficante tenía un proceso pendiente con la justicia, Pablo le eliminaba al juez que lo estaba enjuiciando; había una fracción que le tenía tirria a un dirigente sindical, le pagaba a Pablo y Pablo lo mataba.

Y eso era a nivel nacional e internacional. Es decir, que Pablo no sólo narcotraficaba, Pablo traficaba con la muerte. Esa era la base de su fortuna.

¿La situación de violencia y el desgarramiento que vive Colombia ha cambiado a los colombianos?

Si, los ha cambiado para bien y para mal. Antes hablamos de la felicidad. Te voy a citar un obispo de Barranca Bermeja, en la zona de Santander, que es uno de los corazones de la guerra porque hay petróleo, que siempre es uno de los objetivos de la guerra.

Hablando con este hombre le preguntaba si tenía alguna fórmula para sacar a este pueblo para adelante. Y él me decía ya todo colapsó, las marxistas colapsaron, las liberales ni se diga. O sea, a estas alturas del partido yo sólo creo en una cosa, que el que haya conocido la felicidad, el que haya tenido la suerte de conocer la felicidad porque tuvo una madre que lo quiso, porque leyó un libro que le gustó, porque juega fútbol y lo disfruta, el que sepa qué es la felicidad, que se lo cuente a alguien más porque vamos a llegar a un momento en que los colombianos nos vamos a olvidar qué es la felicidad. Si usted sabe lo que es, si usted alguna vez la vio, cuénteselo a alguien, encárguese, no se nos puede olvidar. Mientras tengamos presente que se puede ser feliz, vamos a seguir peleando. El día que se nos olvide la felicidad, ese día estamos derrotados.

¿Dónde se juntan los poderes en pugna?

Es pavoroso porque se juntan en la legalidad y en la ilegalidad, en lo institucional y en lo clandestino. Hay una caterva de poderes armados allá en Colombia. Yo le tengo mucha bronca a las armas, no les tengo ni el menor afecto, ni estima ni admiración y yo pienso que en Colombia, si alguna línea divisoria hay en la guerra, es entre la gente que está armada y en la que no lo está. Yo creo en una resistencia pacífica contra los armados, los armados de izquierda, los armados de derecha, los armados institucionales y los armados ilegales.

Lo que uno aprende en un país que lleva tantas décadas de guerra es que, finalmente, las armas se entienden entre ellas y se encuentran por los lados del poder y se encuentran también por los lados del tráfico clandestino y se encuentran también por el tráfico de armas, por el tráfico de mujeres y se encuentran también en los grandes negocios que tienen que ver también con timar al Estado.

Laura Restrepo.

¿El narcotráfico en Colombia creció al amparo del poder?

Por lo menos con su complicidad. De eso no te quepa duda. Delirio de alguna manera trata ese tema. A mí me molesta siempre ese montón de hipocresía que hay alrededor del narcotráfico. Al narcotráfico no lo derrota nadie porque detrás hay tal cantidad de hipocresía por parte de la sociedad que dice combatirlo, que eso mismo lo hace invulnerable, eso mismo lo protege.

Primero, está la prohibición. El problema que genera el sobreprecio de la droga es la prohibición. Entonces ahí tienes un problema del tamaño de una montaña que se genera a partir de una prohibición. El día que la legalicen, eso se te viene abajo.

Después de eso tiene la otra gran mentira, que es que los narcotraficantes son los colombianos, el problema del narcotráfico proviene de Colombia. ¡Mentira! Todo colombiano te dice lo que sale de Colombia entra al primer mundo. Entonces, dónde están las imágenes del primer mundo, porque las únicas visibles son las colombianas.

Eso es parte de esa satanización que viene como anillo al dedo para las potencias. Nosotros somos los buenos, los malos son los colombianos que narcotrafican, allá está el eje del mal de la droga. Otra gran mentira.

Y luego en la propia sociedad colombiana también nos comen las mentiras, los mafiosos son los de los carteles, esos tipos con cadenas de oro, esos tipos gordos de mala pinta, cuando resulta que todo el mundo sabe que ha habido una complicidad enorme por parte del poder.

En Colombia ha habido narco-senado, se habla de la narco-guerrilla, pero además hay una narco-iglesia, hay un narco-gobierno. Todo el mundo está tocado, ya ha habido una complicidad muy grande. En Delirio yo hablo de que eso no es así, de que eso es una de las grandes hipocresías. Resulta fácil decir eso corre por cuenta de los carteles, y desde luego, los carteles son de una criminalidad inaceptable, son unos criminales pavorosos.

Pero hay ese otro delito de cuello blanco que pretende que no se ensucian las manos con sangre pero que sí reciben ganancias. Y eso, desde luego, tampoco es colombiano porque para nadie es un secreto que buena parte del capital financiero internacional está atravesado por el lavado de dólares, que buena parte de esas bonanzas que vemos de golpe, el boom de la construcción, florecimiento de los centros comerciales, etc. En todas partes del mundo tiene por detrás el lavado de dólares.

¿Cómo llegó usted al M-19?

Por una vía curiosa porque políticamente yo siempre he estado en contra de las armas y de la vía armada. Yo era periodista de la revista Semana, que a los periodistas nos volvió como figuritas. Se abrió la negociación en el ochenta. El presidente Betancourt empieza a negociar con el M-19 y se necesita como quien dice los correveidiles.

La guerrilla estaba en la selva, el presidente en su palacio, nunca se habían visto, no se encontraban, había un abismo entre uno y otro, y se necesitaba gente que fuera de un lado a otro y que fuera negociando la paz. Entonces, se conformó lo que se llamó la Comisión de Paz.

Íbamos y traíamos razones y tratábamos de encontrar un acuerdo entre las partes. Y para eso se necesitaba gente que fuera aprobada tanto por el gobierno, como por la guerrilla, entonces a mí me nombraron. Yo me fui metiendo de lleno, los medios de acompañaban, cubrían todo lo que yo decía, pero lo que yo empecé a presenciar fue un baño de sangre. A la guerrilla la fueron exterminando.

Cada vez que había un encuentro, íbamos, caminábamos días, pero como había información oficial de adonde se dirigía la comisión, entonces allá caían los militares, bombardeaban, mataban. Todo encuentro fue un episodio sangriento. No hubo uno solo que pudiera transcurrir en paz. Después, cuando el M-19 entrega las armas y se atiene a la amnistía, todo guerrillero que va entrando a la vida legal lo van asesinando.

Como comisionada yo tenía que ir a todos estos sitios, levantar testimonios. Presencié bombardeos, asesinatos y fui levantando actas.

Al principio, los medios me publicaban eso, a partir de cierto momento, cuando el gobierno se empezó a quedar sólo y empezó a sentir que se estaban echando encima a todo el estamento militar y a las clases dirigentes, empezaron a no publicarme nada y empecé yo a tener muchas amenazas porque yo me volví muy incómoda. Se trataba ya de acabar con el proceso de paz, de acabar aquello con un baño de sangre y con los testigos.

Ya a estas alturas yo había conocido bien al M-19 y había sido testigo de su voluntad de paz. En general, yo sentí que el país, siguiendo los pasos del M-19, podía llegar realmente a ese sueño para el colombiano. Así como los bolivianos sueñan con el mar, los colombianos sueñan con la paz.

A mí se me acabó mi espacio legal, como que en mi casa me iban a matar, problemas en el trabajo, mi mundo se había cerrado. Entonces yo pensé yo voy a estar con esta gente, sin armas porque yo no quise ni que me enseñaran a disparar, nunca toqué un arma, pero yo sí pienso que voy a estar aquí porque pienso que desde esta trinchera se puede pelear por la paz. Y pienso que, de hecho, eso sucedió años después, pero sucedió. El M-19 se legalizó, todo ese gran proceso de paz, no sólo dio lugar a la legalización de esos grupos, sino que además eso después se convirtió en el gran clamor popular por asamblea constituyente, eso desembocó en la elección popular de los constituyentes y en un cambio de constitución en el 91.

Hoy tenemos una constitución que los colombianos amamos porque la sentimos como propia y que, sin dudas, es más democrática que la anterior. Entonces, así fue como acabé yo metida en el M-19.

Laura Restrepo.EFE

¿El presidente Betancourt le puso una trampa al M-19?

Yo no creo, yo creo que él entró en eso de muy buena fe.

¿Y por qué los mataban cuando iban al lugar de la negociación?

Los militares nunca estuvieron a favor. Había todo un sector de los militares que no quería la negociación. Mencionar la sola posibilidad de la negociación, era como mencionar al diablo. Entonces, ellos empezaron a funcionar a espaldas del presidente. Luego ya vino la gran reacción terrateniente, industrial y empezaron a decir que el presidente estaba entregando el país.

Es que el presidente nunca contó con que la guerrilla se hiciera tan popular. Él siempre pensó que, si abría un proceso de paz, el popular iba a ser él, y el proceso de paz lo que hizo fue poner en contacto a una guerrilla que había estado aislada del pueblo, entonces eso creció como leche hervida, y ahí vinieron las reacciones feroces.

Empezó a señalarse al presidente como el responsable de que la guerrilla se estuviera tomando al país. Les dio pánico de una guerrilla que armada le tenían mucho menos miedo porque finalmente estaba confinada en el monte y enormemente popular. Les entró pánico.

Señalaron al presidente, empezaron a dejarlo solo y entonces el dio el timonazo hacia el otro lado.

El día que Pablo Escobar mandó a matar a Laura Restrepo

Dicen que el libro Delirio usted puso en el paredón a la hipocresía de la sociedad colombiana. ¿Dónde encontró esos personajes tan extraños?

Te hablo de ellos uno por uno. Agustina es una muchachita desclasada. Digamos que pertenece a la alta burguesía, pero esa es una clase curiosa, no sólo discrimina a las otras clases, sino que muchas veces selecciona miembros de su propia clase y los hace a un lado, como la gallina que hace a un lado a los pollitos que nacen débiles. Y Agustina es eso, como un pollito que nació débil y la hicieron a un lado.

Entonces, ella transita caminos no convencionales, se mete de hippie, termina casándose con este hombre de izquierda que la familia no aprueba. Yo la necesitaba porque quería un personaje que me encarnara ese fenómeno que me apasionaba, que me aterraba, que es la locura.

Cuando me puse a investigar sobre lo que era la locura me encontré con un abismo tan oscuro, tan pavoroso de incomunicación y de soledad tan cruel, que pensé que la única manera de hablar de eso era a través de una historia de amor, porque si no le iba a estar entregando un material de una crudeza al lector difícil de digerir. Entonces dije esto tiene que ser a través de una historia de amor. Yo quiero aquí un marido, un tipo bueno que la ayude a recomponer las piezas de su vida y la ayude a salir de la locura.

Ahí viene Aguilar, que fue el personaje más complicado de todos los de la novela porque por algún motivo resultaba muy difícil retratar un hombre bueno, no porque no los haya –yo tengo la convicción de que los hay, por eso quería escribir sobre uno de ellos, pienso que hay hombres buenos, bien intencionados, que ven con muy buenos ojos este proceso de liberación y despertar de la mujer-.

Pero no hay en la literatura como el lenguaje para hablar de la bondad. Entonces ese personaje me daba lata, porque como que tendía a volvérseme bobo con mucha facilidad, un tipo tan enamorado, tan incondicional, tan bondadoso que te envía a deslizarte por el camino de la tontería. Tuve que escribirlo y reescribirlo muchas veces para hacerlo verosímil. No era fácil pintar un personaje enamorado de una mujer tan loca, porque ella está loca. Tuve que darle muchas vueltas.

De ahí surgen nuevos personajes, como la primera mujer de Aguilar, como la Anita, porque me di cuenta de que no basta repetir una y otra vez que el personaje la amaba. A medida que vas diciendo y diciendo es como surge el efecto contrario. La reiteración no convence al lector, sino que como que lo convence más bien de lo contrario. La amaba, la amaba muchísimo, la adoraba. A medida en que lo dices, el efecto es el contrario. Entonces, Aguilar necesitaba tener tentaciones, y tentaciones grandes, y el amor por su mujer Agustina se iba a ver en la medida en que fuera capaz de dejarla de lado.

Así surge Anita, esta muchacha que a mí me encanta y que cada vez que aparecía a mí me alegraba la vida, esta muchacha popular, muy de los pies sobre la tierra, que sabe lo que quiere, que no da vueltas, que no tiene rodeos.

La propia mujer de Aguilar, que en un momento dado se le presenta como una tentación, la tentación de volver a una vida tranquila, con su mujer, con sus hijos, en una casa que funciona, racional, era una contraposición seductora a esta vida loca, sin pies ni cabeza que se vivía al lado de Agustina.

La tía Sophy, que es un personaje ajeno al mundo de la locura. Aguilar está tan encaramado en la sala de la misma locura. De pronto, por estar compaginado con su mujer, por estar tan cercano a ella, muchas veces el que delira es él. Lo hace celoso, entonces tiende a interpretar las cosas por el lado de los celos, lo cual no ayuda para nada el proceso de ella.

El Midas, el trepador, es un personaje que a mí me encanta y que yo disfruté mucho porque además lo conozco. Y es cínico. Ahí sí que la literatura contemporánea está llena de palabras para nombrarlo. El que no cree en nada, el que pasa de todo, como dicen los españoles, sólo cree en cómo enriquecerse, en vestirse bien, en tener automóvil, en tener motocicletas, en jacuzzi.

Ese es un personaje muy prototípico y, al mismo tiempo, simpático. En la capacidad que tenía de burlarse de sí mismo y de los demás, había una cosa refrescante que pienso que le faltaba a Aguilar. Aguilar es un personaje sin sentido del humor y el Midas podía armar burleteo. En todo lo que para Aguilar era sagrado, era motivo de creencia, de confianza, para el Midas es motivo de burleteo y de cinismo.

El Midas me lo inventé a partir de una anécdota que me contaron por ahí de un muchachito de clase muy humilde que lo metieron en un colegio de niños bien de Bogotá. Ese muchachito que vivía muy apoquinado porque su ropa no era la que era y tal, y los otros se le burlaban, encontró una vieja camisa de su padre marca Lacoste, recortó con las tijeritas el lagartito y se lo cosía cada día a la camiseta que se iba a poner.

Eso me lo contaron y me pareció emblemático de lo que podía ser el personaje. Entonces, el Midas lo hace. De chiquito el Midas le cose el lagartito a la camiseta de cada día y, a partir de ahí, eso me dio la clave del personaje.

Y luego está el cuarto narrador central, que es Portulinos, el abuelo. En la medida en que la novela trata de esta locura a la cual se llega en buena medida a través de la trama de mentiras familiares, yo tenía que mostrar cómo eso venía de atrás. Incluso, Agustina no se lo inventa. Agustina es el producto de una madre que miente, y la madre es a la vez producto de una abuela que mentía, y mentía como en el mismo sentido.

Las mentiras familiares en América Latina se expresan más o menos de la misma manera. Se miente sobre el origen de las fortunas y se miente sobre el origen de la gente. Quién es el padre siempre es un gran misterio y objeto de un montón de mentiras sobre qué hace la gente en la cama. Nosotros no somos una civilización que haya aprendido a respetar lo que cada quien quiera hacer en la cama. Tendemos a ser muy intolerantes con eso y nos revestimos de mentiras.

¿Usted ha tenido que sacrificar algo para tener que escribir?

Si, de pronto esto implica soledad. Escribir es un oficio solitario. 

*Entrevista realizada en septiembre de 2004