En este momento me detengo a escribir sobre un gran pintor martiniqueño, con motivo de la inauguración de la exposición La fragilidad de un corazón de cristal, dedicada al maestro Ernest Breleur, una de las voces más singulares y profundas del arte contemporáneo del Caribe y con la colaboración de la Fondation Clément, por hacer posible este encuentro, que fortalece los lazos culturales entre la República Dominicana y Martinica, y que reafirma el Caribe como un territorio de pensamiento, memoria y creación y que contó por igual con la decidida colaboración de la Embajadora de la Francofonía, Delia Blanco quien coordinó este proyecto.
En nuestra visión de las cosas, el Caribe integra todos los elementos, por lo que las exclusiones y absolutismos resultan improcedentes. Mosaico de culturas, la realidad regional está conformada sobre la base de las convergencias y divergencias. La heterogeneidad de su identidad implica concebirlo como un universo múltiple en lo cultural, social y económico, cuyos elementos se superponen, conjugan y sincretizan a través de procesos sociales e históricos marcados por la violencia y la fragmentación y que el arte es una de sus narrativas.
El Caribe es un retrato de la humanidad en la medida en que ella es una especie de conservatorio de todos los grupos étnicos, y que conjugados en el Caribe sintetizan la experiencia humana, al mismo tiempo que han sido capaces de apropiarse todos esos rasgos culturales y sobre esos cimientos crear nuevos entes culturales que nos hacen hablar de una identidad caribeña.

Desde esa perspectiva, el Caribe es una realidad geográfica, definida por la presencia del Mar Caribe y las costas que éste toca; una realidad histórica, a partir de la hegemonía del modelo de plantación cañero y del hato ganadero que imprimió un sello característico a sus sociedades, implicó al mismo tiempo el exterminio de la población aborigen y la importación de mano de obra esclavizada procedente de África, pero también es una realidad cultural, marcada por los planos de convergencias en la música, la espiritualidad, el arte y otras manifestaciones de la cultura. En ese tenor decimos que África nos une, las metrópolis nos separan.
La obra de Ernest Breleur se nos presenta como una experiencia intensa, casi física. Sus instalaciones, esculturas y composiciones no buscan complacer la mirada, sino interpelarla. En ellas, el material —a menudo frágil, intervenido, fragmentado— se convierte en metáfora de la condición humana, de la historia compartida del Caribe, de sus heridas, resistencias y resiliencias. Breleur trabaja con la luz, el color y la materia como si fueran memoria viva, recordándonos que la fragilidad no es debilidad, sino una forma profunda de verdad.
Esta exposición, titulada La fragilidad de un corazón de cristal, nos invita a reflexionar sobre lo vulnerable y lo esencial: el cuerpo, la identidad, la historia y el tiempo.
En un mundo marcado por la velocidad y la incertidumbre, la obra de Breleur nos obliga a detenernos, a observar con atención y a escuchar lo que la materia nos dice. Su lenguaje plástico, de gran fuerza simbólica, dialoga con las herencias africanas, europeas y americanas que conforman nuestra región, situando al Caribe en el centro del pensamiento. Pero también, la construcción de un discurso acerca de la identidad caribeña nos hizo navegar en el Caribe por distintos puertos: la negritud, el rastafari, el criollismo, la hispanidad, el indigenismo, la africanidad, el eurocentrismo en sentido general.
Lejos de ser simples, los problemas de la definición de la identidad y de los retos del Caribe ante el siglo XXI, sobre todo en el plano cultural, demandan crecientes cuotas de reflexión teórica que integren los nuevos desafíos producto de un mundo globalizado, realidad, que nos obliga a entender los procesos culturales sin la pasión y el romanticismo con que muchas veces se asumen y la inspiración del arte es un medio idóneo para estos encuentros.

Los pueblos caribeños se insertarán en la ruta de la modernización, la integración económica y la globalización, readecuando sus patrones culturales madres, que le permitan, al mismo tiempo, la reafirmación de su ser cultural y la apertura necesaria para los cambios que hagan posible la continuidad del grupo ante los retos del porvenir.
Con este tipo de intercambio cultural, deberían abrirse puertas y escenarios para un grandilocuente diálogo cultural, en que el arte sea uno de los canales expedito de su ejecución, siendo esta exposición un mensaje positivo y un reto para continuar la iniciativa y reafirmar nuestro compromiso con una programación que permitan espacios al diálogo cultural caribeño y que reconozca a los grandes creadores de nuestra región. Hoy celebramos, no solo la trayectoria de Ernest Breleur, sino también el valor del arte como puente entre pueblos, como herramienta de reflexión y como acto de sensibilidad compartida.

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