Hace tiempo vive en Connecticut, en un lugar rodeado de silencios y en medio “del encanto de las estaciones”, pero siempre regresa a su tierra a recuperar las lunas que un dia dejo atrás. Aunque ha vivido la mitad de su vida lejos de su tierra, Marianela Medrano no se siente una desterrada, ni una exiliada del alma, ni una habitante de la nada. Simplemente una mujer que se fue a sembrar sus sueños al otro lado del mar. “Me gusta pensar que soy peregrina -dice-, y que mi peregrinar es parte de lo que me mantiene vive, inspirada, curiosa”.
A Marianela se le encienden las luces del alma cuando habla de la poética de la identidad y cuando cuenta todo aquello que le concedió la vida.
“Una vez decidí quedarme en los Estados Unidos -observa-, decidí que me iba a adentrar en la cultura para enriquecerla y enriquecerme, porque estaba segura de que no vine con las manos vacías, que tenía mucho para dar y esto me afirmaba, me daba valentía y una voz más clara”.
¿Qué circunstancias había en su vida cuando se fue de su tierra y qué significó ese cambio de mundo?
Me fui simplemente porque me cansé de luchar con la injusticia social, el maltrato a la mujer, la discriminación y las faltas de oportunidades. Esto me ha puesto en una situación que a veces se siente insostenible, como que no soy ni de aquí ni de allá.
Las cosas que antes me resultaban intolerables son ahora imposibles de conciliar. No tengo paciencia con la condescendencia con que se nos trata a las mujeres en la isla. La equidad entre géneros en nuestra isla se mueve a paso de tortuga y yo no tengo la paciencia para sentarme a esperar.
¿Al partir, qué historias se llevó consigo?
Como señalé, las historias que escuchaba en mi niñez enriquecieron mi imaginario; la ciguapa, el galipote; historias fantásticas de seres que vivían en comunión con la tierra me han servido de guía y se entremezclan con mi escritura y las concepciones psicológicas, políticas y filosóficas que dirigen mi trabajo. Me las llevé y también un amor arraigado por la isla, una idea clara de quien era/soy.
¿Qué es lo que más extraña de todo cuanto dejó atrás?
Lo que más extraño es la naturaleza, los montes, el océano, las aguas dulces y saladas. También extraño mucho la forma fácil en que los dominicanos nos conectamos. Es muy complejo, porque con el tiempo me he acostumbrado a vivir sola, a disfrutar de la soledad y me sobresalta si alguien llega de repente, pero a la vez extraño esa facilidad con que la gente se congrega en nuestra isla.
Creo que eso ha creado una dualidad en mí; no soy la misma en los dos lugares. Soy más callada, reservada en Connecticut. Cuando regreso a la isla me vuelvo más extrovertida, quiero absorberlo todo, desde la gente hasta el entorno, la naturaleza.
Por otro lado, en Connecticut, donde he vivido más de la mitad de mi vida, está el encanto de las estaciones, todas muy claramente definidas. Por ejemplo, a medida que nos acercamos a los primeros días de la temporada de invierno aquí en el hemisferio norte, veo esta época del año como un momento sagrado para reducir la velocidad, reflexionar y renovarnos a través del descanso y el silencio. Aprecio mucho eso. A la vez, mis huesos se resienten con el frío y mi corazón añora el calor tropical. Un verdadero caos que solo se mengua con meditación e introspección.

¿Usted se considera una desterrada, una exiliada o una peregrina?
Me gusta pensar que soy peregrina, y que mi peregrinar es parte de lo que me mantiene vive, inspirada, curiosa. La peregrinación tiene algo de sagrado, de búsqueda espiritual. Sin embargo, también soy una exiliada forzada; me forzaron las causas que señalé y esto me enerva, porque hubiera preferido quedarme en mi isla, pero con derechos humanos protegidos.
¿Qué es un escritor que deja su tierra atrás, que deja su viento y su mar, que deja a las abuelas y a las tías y que deja sus historias? ¿Un exiliado, un desterrado, un exiliado del alma o un habitante de la nada?
No, ni uno ni lo otro. Es un ser enriquecido por las experiencias, un ser con muchas vetas de las cuales sacar riquezas. Cuando logramos integrar todas estas partes nuestras se da un crecimiento y enriquecimiento. Una experiencia engorda la otra. Sí, duele dejar lo amado, pero el amor no merma, al contrario, se refuerza. La persona que emigra se queda en vela, siempre expiando lo que se queda atrás, cuidando desde la distancia.
¿La nostalgia de los creadores de la diáspora es un mito o una realidad? ¿Es decir, la nostalgia es una premisa de la literatura del destierro?
La nostalgia es auténtica y puede dar expansión de espíritu. Si es que ponemos atención a lo que ocurre en el interior mientras luchamos con los sentimientos encontrados, la culpabilidad, los desvelos.
Pienso a través de la experiencia de mis primeros años. En otras palabras, el ser dominicana, esa conciencia de mi origen, invariablemente se inserta en mi percepción de lo recién encontrado y lo asimilado.
Otro modo de expandir esta idea es decir que la distancia puede aclarar la visión y la percepción del lugar dejado y el lugar adquirido. Puedo decir que miro la isla con la distancia suficiente para ver los recodos, la geografía, las formaciones políticas con cierta objetividad que quizá no tendría si estuviera metida en la vorágine política que nos ha tocado. Miro a los Estados Unidos con cierta distancia también porque no me siento estadounidense, a pesar de que este es el lugar en el que he vivido por más tiempo, y aunque tengo ciudadanía americana, esencialmente me percibo dominicana, o sea que miro desde afuera también.

¿Luchar por la identidad es un instinto para los escritores de la diáspora?
MM: Bueno, es una forma de afianzarnos. Te mencionaba antes que el hermano africano Malidoma Somé insistía en la importancia de no olvidar el origen, e invitaba a crear rituales de conexión con ese origen como un modo de nutrirnos y mantenernos vivos. No sé si es obsesión o una estrategia de sobrevivencia el mantenerme pegada a la raíz. Quiero pensar que es estrategia de sobrevivencia y una manifestación de amor incondicional por ese origen que considero sagrado.
¿Hay una poética de la identidad?
Sin lugar a duda. Y, como dirían mis amigos boricuas, eso se cae de la mata. Es que al alejarnos de nuestra tierra por fuerza nos vemos compelidos a examinar nuestro sentido de ser; en esa búsqueda es que se fragua esa poética de la identidad. Buscamos asidero, buscamos referentes en el imaginario inicial, pero también buscamos un punto de apoyo en la novedad de lo foráneo. Te puedo comparar esto con el enriquecimiento que ocurre en un texto bien traducido; esto si la traducción se hace con consciencia. Un texto traducido es un texto enriquecido.
La persona que emigra y está dispuesta a dejarse expandir por lo encontrado, se enriquece. Si nos quedamos perdidos, obsesionados con la nostalgia por lo dejado, corremos el riesgo de estancarnos. Se puede amar y cuidar el punto de origen y dejarnos enriquecer por otras influencias. El peligro está cuando nos vamos al extremo. Como enseñaba el Buda, el camino medio es ideal.
Dicen que una persona que se echa a andar está hecha de alas y de raíces. ¿De qué están hechas las alas y las raíces de un poeta que se va de su tierra?
Las mías, ambas las alas y las raíces, están hechas de amor, de lealtad, de agradecimiento y de apertura, de curiosidad. Si nos apegamos al concepto o la noción de que todo está interconectado, nos damos cuenta de que pertenecemos en todos lados. Aunque claro, siempre está la fuerza del origen para recordamos de donde viene lo que damos en el encuentro intercultural.
Usted vive en un lugar que no le pertenece. ¿Para qué lado del mar escribe usted, y para quién? ¿Para sí misma, para que el viento la oiga, para el presente, para la posteridad?
Esta pregunta me la han hecho muchas veces, y la respuesta varía muy poco; escribo para entenderme y entender mi conexión con el pluriverso. Cuando escribo no pienso en quién me va a leer sino en cómo, por qué, y qué voy a exponer. Escribo para examinar, para voltear mis emociones, mis percepciones de derecho al revés y ver lo que se esconde dentro.
Cuando escribo, me preocupa mucho la autenticidad de lo que estoy escribiendo. La audiencia la adquieren los libros cuando salen. Esto claro, no es un pensamiento popular entre las casas publicadoras que te exigen tener una audiencia en mente; lo que a mi juicio le corta las alas a la imaginación.
Dice Mario Benedetti que hay un insilio, que es como un exilio interior. ¿Hay un exilio del alma?
Me encanta el concepto de insilio y creo no hay poesía sin él, le doy crédito a Benedetti y a ti por traerlo a colación en este contexto. Diría que el insilio tiene mucho que ver con el alma. Esto si entendemos alma como esa referencia que nos hace únicos(as); el alma es el principal componente espiritual nuestro y cuando emigramos, lo cual de por sí es desestabilizador, claro que la búsqueda se vuelve hacia el insilio, hacia el alma.
¿Adónde debe mira la poesía de los desterrados? ¿Hacia atrás o hacia delante?
No me gustan las imposiciones, ni las limitantes, pero por lo que dije antes, pienso que los que vivimos en el destierro debemos mirar atrás, hacia adentro y luego hacia afuera. Es un modo de entender el contexto de lo que ocurre internamente y de dar claridad a por qué, de qué y para qué escribimos.
¿Qué desafíos debe enfrentar un escritor o una escritora que se debate entre dos idiomas y de qué peligros debe cuidarse?
Pues el peligro mayor es que el vocabulario se expanda, lo cual es un peligro beneficioso. Por otro lado, a veces una corre el riesgo de sentirse inadecuado en dos idiomas. Lo digo medio de chiste, pero es verdad. Muchas veces me quedo en blanco, y no puedo pensar ni en un idioma ni en el otro.
Por otro lado, pienso que desde que comencé a escribir en inglés, mi escritura creció, quizá porque siempre traduzco al otro idioma, casi simultaneo, lo que tiende a enriquecer el texto. Por ejemplo, al encontrar una palabra que no se traduje fácil al otro idioma, me obliga a repensar; es una forma de editar y expandir.
¿Teniendo tan aferrado su sentido de la identidad, por qué decidió escribir en el idioma del imperio?
Decidí escribir en inglés para que no me matara el aislamiento. Soy un ser social, me nutro de la conexión con otros seres y con el medio ambiente. Ten en cuenta de que mi educación universitaria pasó en los Estados Unidos, estudié apenas dos años en la PUCMM y el resto fue en los Estados Unidos, y eso naturalmente me obligó a pensar en inglés, a formular mis reacciones en ese idioma.
Naturalmente que fui formando una voz que naturalmente quiso crear. De modo que fue una transición orgánica. Sin embargo, siempre digo, escribo en híbrido porque todo lo traduzco al otro idioma. Una vez decidí quedarme en los Estados Unidos, decidí que me iba a adentrar en la cultura para enriquecerla y enriquecerme, porque estaba segura de que no vine con las manos vacías, que tenía mucho para dar y esto me afirmaba, me daba valentía y una voz más clara.
De no haber adoptado el idioma, me hubiera privado de las experiencias que he vivido en la academia, las amistades entrañables que he hecho.
El ser bilingüe ha enriquecido mi vida, mi trabajo intelectual y poético. Por otro lado, en Nueva Inglaterra, en Connecticut, donde he vivido siempre en los suburbios, era menester saber el inglés si quería ser parte de la ecología donde mi hijo crecía. Además, compartir ese sentido de identidad en otro idioma me parecía desafiante y me encantan los desafíos. Escribo en inglés, pero mi corazón siente en español.
Lo complejo es que nuestro español es el idioma de los conquistadores, o sea que es también el resultado de una violación y de un imperio opresivo. Eso tiene mucho peso si lo ponemos en el contexto del trauma histórico y su efecto en nosotros.
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