[Texto leído durante el acto de reconocimiento organizado por el Taller Literario Virgilio Díaz Grullón de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD), Recinto Santiago, el 8 de septiembre de 2023.]
Constituye para mí un gran honor haber sido seleccionado por el Taller Literario Virgilio Díaz Grullón de la Universidad Autónoma de Santo Domingo, Recinto Santiago, junto a las demás personas e instituciones que esta noche han sido reconocidas en las distintas categorías de este importante galardón.
Como han podido notar, este reconocimiento lleva el nombre del prestigioso escritor dominicano don Virgilio Díaz Grullón, una de las figuras fundamentales del cuento dominicano y caribeño. No solo se le considera uno de nuestros más grandes narradores, sino que también se le atribuye el mérito de haber iniciado la literatura urbana en la República Dominicana, tal como lo señala el profesor Juan Bosch en el prólogo que escribió para la edición de 1981 de su libro De niños, hombres y fantasmas.
Esa sola circunstancia constituye una razón adicional para expresar, en mi nombre y en el de todos los galardonados, nuestro más sincero agradecimiento a quienes han hecho posible este reconocimiento. Me refiero a la Universidad Autónoma de Santo Domingo, Recinto Santiago, en la persona de su director, el maestro Juan Arias, y al Taller Literario Virgilio Díaz Grullón, representado por su mentor y guía, el poeta y gestor cultural Enegildo Peña.
Como todos sabemos, la identidad del pasado y la del presente forman parte de una misma continuidad. Somos, en gran medida, la suma de nuestras experiencias, de nuestras lecturas y de aquellos encuentros que terminan moldeando nuestro destino. Por eso me viene a la memoria una reflexión del crítico Harold Bloom, quien en La angustia de las influencias afirma:
«Predecir, verdaderamente presagiar, es todavía un fin de aquellos que poseen el futuro en el sentido total y no restringido de esa palabra; el sentido de lo que está viniendo hacia nosotros y no simplemente de lo que resulta del pasado».
Y a propósito de presagios, designios y otras cuestiones del más allá, recuerdo ahora cómo, a finales de los años ochenta y principios de los noventa, un grupo de muchachos aspirantes a escritores —la mayoría estudiantes universitarios o recién graduados, desempleados y sin un centavo en el bolsillo, pero con inmensas ansias de eternidad— nos desplazábamos con enorme esfuerzo desde distintos puntos del país hacia el lugar que alguno de nosotros había propuesto previamente para el encuentro.
Debe de ser porque conservamos el pálpito —o acaso la terrible certidumbre— de que toda forma auténtica de arte, ya se llame literatura, pintura, música o poesía, constituye una forma de resistencia frente a los egoísmos del presente.
Aquellas reuniones iban rotando de ciudad en ciudad. Unas veces tenían lugar aquí, en Santiago de los Caballeros, donde nos esperaban anfitriones como Enegildo Peña, Puro Tejada, Manuel Libre, Andrés Acevedo, Ramón Peralta y el inolvidable Jim Ferdinand Durand, poeta de los extrañamientos, lector apasionado de Pessoa y pensador singular cuya reciente partida aún lamentamos.
Otras veces el encuentro se realizaba en San Francisco de Macorís, donde solían recibirnos los poetas Noé Zayas y Juan Gelabert. En ocasiones nos reuníamos en La Vega, en el patio de la casa del poeta Pastor de Moya, convocados previamente por quien dirigía entonces La Matrácala y es hoy uno de nuestros escritores más reconocidos: Pedro Antonio Valdez.
Una vez allí, sentados en círculo bajo la sombra de un frondoso tamarindo del que colgaban varios sonajeros, compartíamos de mano en mano una botella de ron Brugal y nos entregábamos a largas conversaciones que parecían no tener fin. Mientras la voz desgarradora de La Lupe se abría paso desde algún rincón de la noche, discutíamos con fervor sobre literatura, filosofía, arte y cualquier asunto que nos permitiera poner a prueba nuestras ideas o llevarle la contraria al expositor de turno.
Existía entre nosotros una fraternidad difícil de explicar. Era algo que iba más allá de las diferencias personales, una suerte de hermandad contemplativa y poética que nos hacía sentir profundamente humanos, como si todos formáramos parte de un mismo linaje espiritual.
Después pasó el tiempo.
La vida, con sus exigencias inevitables, comenzó a reclamarnos. Algunos formamos familia; otros partieron al extranjero en busca de mejores oportunidades; varios permanecimos aquí, en nuestro querido terruño. Y aquel ritual que parecía destinado a durar para siempre terminó por fragmentarse.
Así, con el transcurrir de los años, cada quien tuvo que asumir su propia purgación. Más adelante, ya con una situación económica algo más estable y después de obtener algunos reconocimientos literarios, comenzamos a publicar nuestras obras y a recorrer nuestros respectivos caminos.
Sin embargo, como nos recuerda Mario Vargas Llosa en La verdad de las mentiras: «El regreso a la realidad es siempre un empobrecimiento brutal: la comprobación de que somos menos de lo que soñamos».
¿Conocen ustedes aquel célebre cuento brevísimo de Augusto Monterroso titulado El dinosaurio? Dice simplemente: «Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí».
Siempre me ha parecido que esa pequeña obra maestra nos habla de la persistencia del sueño en la realidad, de cómo aquello que imaginamos puede atravesar los límites de lo cotidiano y, mediante la fuerza del lenguaje, fundirse con el mundo real.
¿Y por qué traigo este cuento a colación?
Porque hoy, más que nunca, necesitamos de la imaginación y de la poesía. Necesitamos fomentar y difundir la poesía, el cuento, el teatro y las demás manifestaciones artísticas entre nuestros niños y jóvenes. Necesitamos recuperar la conciencia de lo que Nuccio Ordine llamó «la utilidad de lo inútil». Necesitamos oponernos a la lógica de lo excesivo, a la tiranía de lo superfluo, a todo aquello que termina empobreciendo nuestra capacidad de asombro en una época en la que todo parece reducirse a información, ruido e inmediatez.
«¿Para qué poetas en tiempos de penuria?», se preguntaba Friedrich Hölderlin.
La pregunta sigue siendo pertinente.
¿Para qué la poesía en una época en que el mercado parece haber convertido todo en mercancía? ¿Para qué la poesía cuando tantas veces el lenguaje público se degrada, se banaliza o se vacía de sentido? ¿Para qué la poesía cuando la prisa y el espectáculo amenazan con desplazar la reflexión y la memoria?
Y, sin embargo, la pregunta decisiva sigue siendo otra: ¿por qué debemos salvar la poesía?
Me parece que Nuccio Ordine nos ofrece una respuesta luminosa en La utilidad de lo inútil cuando afirma:
«Entre tantas incertidumbres, con todo, una cosa es cierta: si renunciamos a la fuerza generadora de lo inútil, si escuchamos únicamente el mortífero canto de sirena que nos impele a perseguir el beneficio, solo seremos capaces de producir una colectividad enferma y sin memoria que, extraviada, acabará por perder el sentido de sí misma y de la vida».
Yo soy de los que sostienen que todo aquel que, en estos tiempos, se dedica a cultivar un arte, en cualquiera de sus formas y manifestaciones, pertenece al último reducto de los ángeles caídos: «un violín que nadie oye; criaturas meditando ante un espejo vacío».
Y creo también que nos corresponde a nosotros —poetas, narradores, artistas y seres espiritualmente conscientes— la ardua tarea de hacer más humana la humanidad; de tocar la llaga; de enriquecer la imaginación de los pueblos; de oxigenar el espíritu de hombres y mujeres; de vigorizar nuestra lengua y nuestra sensibilidad a través de los mundos posibles que vamos creando y recreando a lo largo de nuestras vidas.
Si aún persistimos en estos menesteres del espíritu, con sus fiebres y sus trances, a pesar de las dificultades y de las incertidumbres de nuestro tiempo, debe de ser porque nos mueve la fuerza de una voluntad inquebrantable y la convicción profunda de una rebeldía necesaria.
Debe de ser porque conservamos el pálpito —o acaso la terrible certidumbre— de que toda forma auténtica de arte, ya se llame literatura, pintura, música o poesía, constituye una forma de resistencia frente a los egoísmos del presente.
Y esta sola razón nos parece suficiente para seguir dando la batalla, para alzar el vuelo sobre los escombros y para no desmayar.
Muchas gracias.
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