«Toda lengua es un templo, en el cual está encerrada, como en un relicario, el alma del que habla». — Oliver Wendell Holmes

Publicado por Editora Búho en 2022 e ilustrado por Indhira Tineo, ‘’La lengua es otro animal’’, de Jennet Tineo, se erige como una de esas obras que no buscan ofrecer certezas ni respuestas definitivas, sino abrir senderos hacia las zonas más profundas y ambiguas de la experiencia humana. Su escritura se desplaza entre la memoria, el cuerpo, el lenguaje y la conciencia, explorando territorios donde la realidad deja de ser una estructura fija para convertirse en una materia inestable y en permanente transformación.

La poesía auténtica no nace para explicar el mundo, sino para habitar sus grietas. Allí donde el pensamiento racional encuentra sus límites, surge la palabra poética como una forma distinta de conocimiento: no un conocimiento que acumula respuestas, sino uno que aprende a convivir con la incertidumbre. En ‘’La lengua es otro animal’’, Jennet Tineo construye precisamente ese territorio: un espacio donde la identidad se desarma, el cuerpo se convierte en lenguaje y la existencia aparece como un proceso continuo de destrucción y reconstrucción.

Desde sus primeros versos, la autora propone una renuncia radical a las certezas. El sujeto poético no busca afirmarse mediante definiciones estables, sino liberarse de ellas. La imagen del río donde las certezas son arrojadas constituye una poderosa metáfora psicológica del proceso de individuación. Carl Gustav Jung afirmaba que el crecimiento psíquico exige abandonar las máscaras con las que solemos identificarnos para encontrarnos con aquello que permanece cuando todo lo demás desaparece. La voz de Jennet parece emprender precisamente ese viaje hacia el núcleo desnudo del ser.

La libertad que emerge en estos poemas no es una conquista política ni social; es una experiencia ontológica. Ser libre significa dejar caer las estructuras que sostienen la ilusión de permanencia. El yo se descubre como una construcción transitoria, siempre susceptible de transformarse.

Memoria, cuerpo y lenguaje en ‘’La lengua es otro animal’’

Yo fui todas las casas que abandoné,
todos los nombres que dejaron de nombrarme.

Fui la sombra del puente
antes de que el río aprendiera mi rostro.

Ahora camino desnuda
por la frontera del espejo,
recogiendo los fragmentos
de las mujeres que ya no soy.

Y descubro que la libertad
no era llegar a ninguna parte,

sino aceptar
que el viento también tiene derecho
a desmontar mis raíces.

La dimensión psicológica de la obra se revela igualmente en su tratamiento del silencio. Este aparece como una forma de resistencia frente al exceso de palabras que caracteriza la vida contemporánea. En una cultura obsesionada con la producción constante de discursos, la poeta reivindica el vacío como una posibilidad de encuentro interior.

Desde una perspectiva existencial, este silencio recuerda la reflexión de Martin Heidegger sobre la autenticidad. El ser humano suele perderse en el ruido colectivo, en aquello que «todos dicen» y «todos piensan». Sin embargo, el silencio permite escuchar algo más profundo: la propia existencia. En los poemas de Jennet Tineo, el silencio no representa ausencia, sino revelación.

La ciudad, la lluvia, el tránsito y los espacios urbanos aparecen entonces como escenarios donde el individuo experimenta simultáneamente cercanía y extrañamiento. Santo Domingo deja de ser únicamente una geografía física para convertirse en una geografía del alma.

Uno de los aspectos más significativos del libro es la relación entre identidad y territorio. La autora afirma su condición de mujer caribeña e insular mediante una poética que trasciende cualquier esencialismo. No se trata de una identidad fija, sino de una identidad líquida, semejante al mar que habita los versos.

Jennet Tineo.

El mar no está delante de mí.

El mar respira en mis costillas.

Cada ola recuerda
lo que mi memoria ha olvidado.

Por eso, cuando nombro la isla,
no describo una tierra,

describo una herida luminosa.

Y cuando digo agua
también digo madre,
origen,
tormenta,
regreso.

Porque hay geografías
que no pueden dibujarse en los mapas:

viven escondidas
dentro de la sangre.

Desde la psicología profunda, el mar representa uno de los símbolos universales del inconsciente. En él convergen la memoria, el deseo, el miedo y la transformación. La identificación de la voz poética con el mar sugiere una integración entre el sujeto y las fuerzas inconscientes que lo constituyen.

El cuerpo ocupa asimismo un lugar central en la obra. Lejos de ser un simple objeto biológico, aparece como un territorio de significados, un espacio donde se inscriben las emociones, los deseos y las ausencias. El amor se manifiesta como una experiencia corporal que desestabiliza todas las categorías racionales.

Sin embargo, el amor que encontramos en estos poemas no corresponde a una idealización romántica. Es una fuerza contradictoria que simultáneamente construye y destruye. La poeta comprende que amar implica exponerse a la vulnerabilidad radical de la existencia.

Esta comprensión conecta con la filosofía de Emmanuel Levinas, para quien el encuentro con el otro transforma inevitablemente nuestra identidad. Nadie sale intacto de la experiencia profunda del amor. Toda relación auténtica exige una forma de desposesión.

Amar fue abrir una ventana

y descubrir que el horizonte
también sabe entrar.

Fue dejar las puertas sin cerrojos,
permitir que la lluvia
reorganizara los muebles del alma.

Nada permaneció en su lugar.

Ni siquiera yo.

Y, sin embargo,
entre los escombros del deseo,

algo semejante a una estrella
aprendió a respirar.

Jennet Tineo.

Otro elemento fundamental es la presencia constante del tiempo. Los poemas están organizados como días, fragmentos de una experiencia temporal que avanza sin detenerse. Cada día constituye una tentativa de comprensión, un intento de fijar aquello que inevitablemente se escapa.

La memoria ocupa aquí un lugar esencial. No aparece como un archivo fiel de acontecimientos, sino como una materia viva, mutable y vulnerable al desgaste. Los recuerdos envejecen, se transforman y, en ocasiones, terminan descomponiéndose. La poeta comprende que recordar no es recuperar el pasado, sino reconstruirlo continuamente desde el presente. En este sentido, la memoria se convierte en un acto de creación más que de conservación.

Esta visión dialoga con la filosofía de Henri Bergson, quien entendía el tiempo no como una sucesión mecánica de instantes, sino como una duración interior donde pasado y presente se interpenetran constantemente. Los poemas de Jennet Tineo parecen habitar precisamente esa temporalidad fluida, donde cada experiencia contiene ecos de otras experiencias y donde toda identidad permanece abierta al cambio.

Pero quizá la mayor virtud de La lengua es otro animal resida en su capacidad para convertir la fragilidad en una forma de sabiduría. El libro no busca imponer verdades ni construir sistemas cerrados de pensamiento. Por el contrario, invita a aceptar la incertidumbre como condición fundamental de la existencia. Su poesía nos recuerda que somos seres incompletos, atravesados por la memoria, el deseo, el lenguaje y el tiempo; criaturas que intentan comprenderse mientras cambian.

Jennet Tineo ha escrito una obra profundamente humana, donde la exploración poética se convierte también en exploración filosófica y psicológica. Sus versos nos enfrentan a preguntas esenciales sobre quiénes somos, qué recordamos, qué olvidamos y qué permanece de nosotros cuando las certezas desaparecen. En una época marcada por la velocidad, el ruido y la superficialidad, La lengua es otro animal reivindica el valor de la introspección, del silencio y de la duda.

La estructura misma del libro nos recuerda que la existencia es proceso. Heráclito afirmaba que nadie puede bañarse dos veces en el mismo río porque tanto el río como la persona cambian continuamente. Jennet Tineo parece asumir esta intuición como principio poético: la identidad no es una sustancia inmóvil, sino un movimiento perpetuo.

Por eso el libro insiste en la demolición de las estructuras previas. La autora comprende que crecer implica perder. Cada nueva versión de nosotros mismos surge sobre las ruinas de una identidad anterior. Vivir significa despedirse incesantemente de aquello que fuimos para acercarnos, aunque sea por un instante, a aquello que todavía estamos llamados a ser.

La nostalgia, presente en muchos de los fragmentos finales, no aparece como una simple melancolía, sino como una conciencia profunda de la fugacidad. Todo aquello que amamos está condenado a transformarse. Sin embargo, lejos de provocar desesperación, esta verdad produce una forma singular de belleza. Lo efímero adquiere valor precisamente porque no puede permanecer.

Jennet Tineo.

Somos apenas un instante

sosteniendo otro instante.

Una lámpara encendida

contra la inmensidad de la noche.

Pasamos.

Los nombres pasan.

Los cuerpos pasan.

Las ciudades pasan.

Incluso el dolor

aprende a marcharse.

Pero hay algo que permanece:

la huella invisible

de haber existido.

El temblor.

La pequeña música

que dejamos flotando

en la memoria del mundo.

Hay libros que se leen con los ojos y otros que parecen leernos a nosotros. ‘’La lengua es otro animal’’ pertenece a esta segunda categoría. Sus fragmentos, dispersos como pequeñas revelaciones, no constituyen únicamente una colección de poemas o reflexiones; forman una cartografía de la conciencia humana, una exploración de aquello que somos cuando recordamos, amamos, nombramos y soñamos. En sus páginas, Jennet Tineo convierte la memoria, el lenguaje, el deseo y la poesía en territorios filosóficos donde el ser humano se descubre simultáneamente creador y criatura de sus propias palabras.

Uno de los temas más profundos de la obra es la naturaleza de la memoria. Jennet Tineo imagina los recuerdos como organismos vivos capaces de pudrirse, de perder color, de deformarse con el paso del tiempo. Esta visión resulta extraordinariamente cercana a la filosofía contemporánea de la conciencia. Solemos pensar que recordar consiste en conservar intacto un acontecimiento, pero la memoria no es un archivo: es una reconstrucción constante. Cada vez que recordamos, modificamos el recuerdo. Cada evocación altera aquello mismo que pretende rescatar.

‘’Hay recuerdos que se destiñen más rápidamente que otros, sin importar que sean más próximos en el tiempo.’’ (página 61)

Por eso la autora sugiere que los recuerdos deberían tener fecha de caducidad. La imagen es inquietante porque desafía una de las ilusiones más persistentes del ser humano: la permanencia. Queremos creer que el pasado permanece intacto en algún lugar, pero el tiempo ejerce una erosión silenciosa sobre todo lo que existe. Incluso aquello que amamos termina transformándose. La memoria no conserva el mundo; conserva apenas las huellas de nuestra relación con él.

Sin embargo, algunos recuerdos resisten esa disolución. No permanecen como imágenes, sino como puertas. Son accesos secretos a dimensiones emocionales donde el tiempo deja de obedecer las leyes ordinarias. La psicología ha demostrado que ciertos acontecimientos significativos poseen una extraordinaria capacidad para reactivarse con intensidad. Un aroma, una palabra o una canción pueden devolvernos instantáneamente a un instante remoto. En ese sentido, el recuerdo deja de ser pasado para convertirse en presencia.

Hay recuerdos

que no envejecen.

Duermen.

Permanecen ocultos

como brasas bajo la ceniza.

Y basta una palabra,

una canción,

el perfume olvidado de una tarde,

para que regresen

con la fuerza de una tormenta.

Entonces comprendemos

que el tiempo no destruye todo.

Algunas cosas sobreviven

escondidas en la sombra,

esperando ser pronunciadas.

La obra también aborda una de las tragedias más silenciosas de la existencia humana: el desconocimiento progresivo. “Dejamos de conocernos”, afirma la autora. La frase parece sencilla, pero encierra una verdad devastadora. El conocimiento del otro depende de una convivencia constante. Las personas no son entidades fijas; cambian a cada momento. Cuando la distancia interrumpe el intercambio cotidiano, comenzamos a relacionarnos con una versión antigua de quien alguna vez conocimos.

‘’Dejamos de conocernos

es así como funciona esto

en la urdimbre difusa de hilos

uno sólo conoce al otro de cerquita

siendo parte del mismo tejido diario

de lo contrario

se comienza el camino ancho del desconocimiento….’’ (Página 65)

Más perturbadora aún es la idea de que podemos llegar a desconocernos a nosotros mismos. El texto señala que quien deja de verse al espejo inicia el irremediable olvido de sí. Filosóficamente, esta afirmación recuerda la antigua máxima socrática: “Conócete a ti mismo”. La identidad no es un objeto estable que poseemos de una vez y para siempre. Es una construcción continua. Nos convertimos en extraños cuando dejamos de examinarnos, cuando abandonamos el diálogo interior que mantiene viva nuestra conciencia.

La mirada ocupa otro lugar central en esta obra. Los ojos aparecen como espacios infinitos, como universos capaces de generar realidades. Mirar no es únicamente percibir; es interpretar. Cada mirada transforma aquello que contempla. Desde la fenomenología de Maurice Merleau-Ponty hasta las reflexiones existenciales de Sartre, la filosofía ha insistido en que la mirada participa activamente en la construcción del mundo. Jennet Tineo parece comprender esta dimensión cuando convierte los ojos en territorios donde habitan mundos enteros.

‘’¿Quién soy yo para mirarlos?

Creo en la mirada lo mismo que en las flores

lo mismo que al mediodía el sol es un disparo

y me refugio en los mundos que crean ojos

esos que crecen infinitos

poderosos y lejanos’’ (Página 69)

La mirada deja de ser una función biológica para convertirse en una experiencia metafísica. Miramos para existir y existimos porque somos mirados. En esa reciprocidad se construye gran parte de nuestra identidad.

Pero es el lenguaje el verdadero protagonista del libro. La autora insiste en que la lengua es “otro animal”. Esta metáfora encierra una intuición filosófica extraordinaria. El lenguaje no es una simple herramienta creada por el ser humano; también es una fuerza que nos modela. Habitamos las palabras al mismo tiempo que ellas nos habitan.

Cuando nombramos algo, creemos dominarlo. Sin embargo, el acto de nombrar también limita. Las palabras iluminan ciertos aspectos de la realidad mientras oscurecen otros. De ahí surge la nostalgia por un Edén anterior a las etiquetas, un lugar donde las cosas podían existir sin ser capturadas por definiciones.

Esta preocupación conecta con pensadores como Heidegger y Wittgenstein, quienes comprendieron que los límites del lenguaje son también los límites de nuestro mundo. No vemos la realidad directamente; la vemos a través de los sistemas simbólicos que utilizamos para comprenderla. Cada palabra es una ventana y una prisión al mismo tiempo.

La autora lleva esta reflexión hasta el territorio de la poesía. El lenguaje cotidiano busca informar; la poesía busca revelar. Mientras el discurso ordinario reduce el mundo a significados prácticos, el poema intenta devolverle su misterio. Por eso la poesía aparece en estos textos como una forma de salvación. No porque elimine el sufrimiento, sino porque permite contemplarlo desde una perspectiva distinta.

La poesía salva porque crea sentido allí donde parece haber únicamente caos. Frente al miedo, la ira o la incertidumbre, el poema construye una forma. Convierte el dolor en palabra y la palabra en posibilidad de comprensión. Es una alquimia espiritual mediante la cual la experiencia humana se vuelve habitable.

La obra también explora el amor desde una perspectiva radicalmente ambigua. El amor aparece como narcótico, incendio, refugio y manicomio. Esta multiplicidad de imágenes revela una comprensión profunda de la naturaleza contradictoria del vínculo humano. Amar implica simultáneamente construir y destruir, acercarse y perderse, encontrar refugio y exponerse al peligro.

Psicológicamente, el amor representa una de las experiencias más transformadoras de la existencia porque confronta al individuo con sus propios límites. El otro se convierte en espejo, herida y posibilidad. Por eso la autora describe el encuentro amoroso mediante metáforas volcánicas, huracanes y cataclismos emocionales. El amor no es estabilidad; es movimiento.

Finalmente, la obra desemboca en una reflexión sobre la propia creación poética. La autora confiesa desconocer el origen de la poesía. No sabe de dónde viene ni por cuál grieta aparece. Esta ignorancia no constituye una carencia, sino una forma de sabiduría. Hay experiencias que exceden toda explicación racional.

La creatividad pertenece a esa región misteriosa donde la conciencia dialoga con fuerzas que parecen provenir de lugares desconocidos. El poeta se convierte entonces en un intermediario entre lo visible y lo invisible, entre aquello que puede decirse y aquello que apenas puede insinuarse.

En última instancia, La lengua es otro animal nos recuerda que la existencia humana está hecha de recuerdos que se transforman, palabras que nos crean, ausencias que nos modifican y deseos que nos empujan hacia territorios desconocidos. Somos criaturas del lenguaje intentando nombrar un mundo que siempre será más vasto que nuestras definiciones. Y quizás por eso la poesía sigue siendo necesaria: porque allí donde la filosofía busca comprender y la ciencia busca explicar, la poesía se atreve a habitar el misterio.

La obra de Jennet Tineo nos invita precisamente a aceptar que somos seres inacabados, tejidos de memoria, silencio y lenguaje, caminando entre las sombras y la luz de aquello que todavía no sabemos nombrar. Pero también nos recuerda algo más profundo: que toda palabra es una tentativa de vencer el olvido, que todo poema es una rebelión contra la desaparición y que toda conciencia es una llama levantada contra la oscuridad.

Leemos estas páginas creyendo que observamos un libro, cuando en realidad nos encontramos frente a un espejo. Y al cerrar la última página comprendemos que la lengua, efectivamente, es otro animal: una criatura indómita que nos sueña mientras intentamos nombrarla, una fuerza antigua que atraviesa nuestra memoria y nuestro destino. Porque al final no somos dueños de las palabras; somos el breve instante en que las palabras aprenden a convertirse en vida.

Evelyn Ramos Miranda

Poeta y narradora

Evelyn Ramos Miranda. Nació en Santo Domingo un 9 de febrero. Obtuvo una licenciatura en Educación Inicial y una maestría en Administración y Supervisión de Programas de Educación Inicial en la Universidad Autónoma de Santo Domingo. Catedrática de Educación en varias universidades. Ha sido funcionaria en diversas instituciones públicas como coordinadora de Educación en (MINERD, CONANI, IDSS y subdirectora de la Estancia Infantil de la UASD). Es Gestora Cultural. Labora como Coordinadora en la Casa de la Rectoría de la Universidad Autónoma de Santo Domingo. -Miembro del Ateneo insular Interiorista. -Libros: 1, 2, 3 lindas poesías para ti ( 2024), Odette y las mariquitas de papel (2025), El Charamico Mágico de la Navidad( 2025), y Voces de mi patria(2026). Sus poemas han sido publicados en revistas culturales y periódicos e incluidos en varias antologías, destacando Al filo del Agua, del Taller Literario César Vallejo de la UASD; Sororidad, Poesía y Narrativa (2020). Y Antología: Colección Poética Lacuhe (2022), Antología (poesía y narrativa) Detrás de las máscaras (2023). Tiene dos libros publicados: Al filo del vuelo (2023) y El País de los Dulces (2023). Ha participado en diversas Ferias Internacionales del Libro en Santo Domingo, New York, Colombia y Venezuela, como conferencista y poeta. También en diferentes tertulias y recitales del país y Puerto Rico. Es miembro del grupo poético Mujeres de Roca y Tinta. Egresada del Taller Literario César Vallejo de la UASD.

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