"La razón como esperanza. Pero a costa de cuánta renuncia. Y quién le consolará al poeta del minuto que pasa, quién le persuadirá para que acepte la muerte de la rosa, de la frágil belleza de la tarde".
— Maria Zambrano
Hay textos que se leen y textos que nos leen. Genoma del lenguaje, del poeta Ramón Antonio Jiménez, pertenece a esa rara estirpe de obras que despiertan una memoria anterior al pensamiento, como si el lenguaje no naciera de la inteligencia, sino de un antiguo asombro que aún permanece intacto en el corazón y el alma del ser humano. Su lectura no invita únicamente a comprender, sino a recordar aquello que la conciencia moderna parece haber olvidado: que el lenguaje fue, antes que instrumento de comunicación, una forma de comunión con el misterio.
En su ensayo, Ramón Antonio Jiménez, creador del ideal estético taocuántico (del cual también se puede decir que es un estilo o ideal de vida, una y mirada sobre el universo, como lo enfatiza en el manifiesto de su poética), nos hace comprender que antes de que el lenguaje aprendiera a nombrar el mundo, el mundo ya pronunciaba su propio silencio. El Tao no necesitó alfabeto para manifestarse: fluía en el río antes de llamarse río, respiraba en la montaña antes de ser montaña y habitaba el vacío mucho antes de que el ser humano descubriera que el vacío también es una forma de plenitud. El lenguaje nació cuando la conciencia dejó de contemplar las cosas como objetos separados y comenzó a reconocer en ellas el mismo aliento que la sostenía. La primera palabra no fue una definición, sino un acto de comunión.
Desde la mirada taoísta, la metáfora no es un recurso del pensamiento; es la huella del origen. Todo cuanto existe remite a otra cosa porque todo participa de la misma corriente invisible. El agua habla del tiempo y la perseverancia; el árbol, de la paciencia y el arraigo; el viento, de la libertad y la fuga; y el fuego, de la transformación. El universo no se expresa mediante conceptos, sino mediante correspondencias. Quien escucha el Tao comprende que cada forma es un espejo y que toda imagen revela la unidad oculta bajo la multiplicidad de los nombres.
Por eso, y como dijera Ramón Antonio Jiménez, el verdadero genoma del lenguaje no está compuesto por palabras, sino por el asombro, la contemplación y el silencio. Allí donde la mente deja de clasificar, y el alma, el espíritu y el corazón vuelven a contemplar, el lenguaje recupera su naturaleza primordial. La poesía no solo embellece y profundiza la realidad: la recuerda y la hace memoria. Nos devuelve al instante en que el ser humano aún no había olvidado que la montaña, el río y las estrellas eran sílabas de una misma respiración cósmica. Esto dice a su modo el poeta Jiménez.
Y en efecto, si el lenguaje posee un genoma, este no puede reducirse a la gramática, la sintaxis o la semántica. Su origen se hunde en estratos mucho más profundos de la conciencia. Sigmund Freud comprendió que la palabra nunca es inocente: cada expresión humana deja escapar los rastros del inconsciente, donde habitan los deseos, los miedos, la memoria y las heridas que escapan al dominio de la razón. Hablamos con la conciencia, pero también con aquello que desconocemos de nosotros mismos. El lenguaje, desde esta perspectiva, es la arqueología del alma.
Sin embargo, Carl Jung, a quien de un modo didáctico y, por qué no, también poético, evocó en su referido ensayo el poeta Jiménez (al referirse a la incidencia de los arquetipos en lo que pensamos, decimos y hacemos), abrió una dimensión aún más amplia. El inconsciente no pertenece únicamente al individuo; existe un inconsciente colectivo donde permanecen vivos los arquetipos que han acompañado a la humanidad desde el inicio de su historia: la Madre, el Anciano Sabio, la Sombra, el Héroe, el Árbol de la Vida, el Agua, la Luz y el Vacío. La poesía, el mito, la religión, el arte y los sueños hablan el mismo idioma simbólico porque nacen de esa fuente común. El lenguaje es, entonces, la memoria espiritual de la especie.
Desde la mirada del Tao, esta comprensión adquiere otra profundidad. El Tao enseña que la realidad precede a toda palabra y que el lenguaje es apenas el reflejo de una unidad que ninguna definición puede contener plenamente. El silencio no es ausencia de sentido; es la matriz de donde emergen todas las palabras. Cuando el lenguaje se reconcilia con ese origen, deja de ser un instrumento de representación para convertirse en una fuerza creadora, una energía vibratoria que armoniza la conciencia, el espíritu y el universo.
Por ello, al decir del poeta Ramón Antonio Jiménez, el genoma del lenguaje no debe entenderse como una estructura biológica, sino como la arquitectura invisible donde convergen el inconsciente descrito por Freud, los arquetipos universales de Jung, la intuición filosófica del Tao y la capacidad humana de crear significado. Cada palabra pronunciada lleva la huella de millones de años de evolución, de la memoria colectiva de la humanidad y del misterio que precede a la conciencia. Hablar, escribir y poetizar son, en el fondo, actos de creación mediante los cuales el ser humano participa del orden profundo del cosmos.
Por todo ello, Genoma del lenguaje, del poeta taocuántico Ramón Antonio Jiménez, reactivó en mí el genoma sobre el que se sostiene mi identidad más íntima. Desde entonces, la búsqueda de mí misma se ha convertido en sed: sed de belleza, de verdad y de ese fluir sereno que, sin imponerse ni forzarse, conduce al encuentro con el silencio interior. En esa travesía he ido profundizando en la belleza, en su íntima relación con la transformación del Ser y con el encuentro de una conciencia reconciliada con su origen. Comprendí, entonces, que, desde la perspectiva del Tao, la belleza no es una cualidad que el ser humano cree o posea, sino la expresión natural de esa reconciliación: el instante en que la palabra, el Ser y el silencio vuelven a su unidad primordial.
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