Creo en las coincidencias que, con el tiempo, terminan revelándose como una conversación entre los acontecimientos.
¿Hay lago más enigmático que un libro prohibido? Ya un libro, por sí solo, genera una invitación a conocer las palabras e historias que guardan, imagínense un libro que está prohibido.
En junio del año pasado me encontraba en Madrid participando de una intensa agenda cultural que tuvo como eje la Feria del Libro de Madrid. Uno de los momentos más memorables de aquella estancia fue mi visita a la Biblioteca Nacional de España, donde, junto a la poeta dominicana Josanny Moní, hice entrega de varias de mis publicaciones al director de la institución.
Aquella visita incluyó un recorrido por una exposición dedicada a los libros que, a lo largo de la historia, han sido prohibidos, censurados o retirados de circulación por razones políticas, religiosas, morales o ideológicas. Me sorprendió encontrar allí títulos que forman parte del imaginario universal y de la literatura para niños y jóvenes. Ver El Principito entre esos libros censurados resultaba casi impensable. ¿Cómo podía una obra que invita a mirar el mundo con sensibilidad y humanidad haber sido considerada peligrosa?
La respuesta es sencilla y, al mismo tiempo, inquietante: los libros nunca son peligrosos por sí mismos; lo que suele inquietar es la posibilidad de que inviten a pensar.
Aquella experiencia dialogaba con una vivencia personal. Antes de publicar mi libro Un viaje inmemorial, surgieron voces que consideraban que algunos de los temas abordados podían resultar incómodos para la infancia. Había, en cierta medida, una invitación a la autocensura. Sin embargo, entendí que un escritor no puede escribir condicionado por el miedo. Decidí publicar el libro respetando la integridad de la historia.
La literatura infantil no existe para moralizar ni para proteger a los niños de la realidad. Existe para el disfrute, para acompañarlos en la construcción de preguntas, para ampliar su imaginación, para ofrecerles otras maneras de comprender el mundo y de comprenderse a sí mismos.
Con el paso del tiempo he tenido la oportunidad de leer Un viaje inmemorial junto a niños. Nunca he encontrado en ellos los prejuicios que algunos adultos anticipaban. Por el contrario, los lectores infantiles dialogan con la obra desde la curiosidad, la imaginación y la capacidad de hacerse preguntas. Una vez más confirmé que, muchas veces, los prejuicios no habitan en la infancia, sino en la mirada adulta con la que intentamos interpretar lo que los niños pueden o no pueden leer.
Quizás por eso viví con especial entusiasmo la invitación que recibí para participar en el Festival Mar de Palabras 2026. Celebro profundamente la visión de sus creadoras, Minerva del Risco y Yulissa Álvarez, por haber incorporado dentro de la programación un espacio dedicado a la literatura infantil y juvenil, un ámbito que con frecuencia queda relegado en muchos festivales literarios, pese a ser el lugar donde nacen los futuros lectores.
Tuve el privilegio de compartir el conversatorio “Libros peligrosos: infancia, juventud y formación crítica” junto a la escritora argentina Dolores Reyes y la autora dominicana Geraldine de Santis, bajo la cuidadosa moderación de Ernesto Díaz, director ejecutivo del Instituto 512.
La conversación fue mucho más que un debate sobre censura. Reflexionamos sobre las razones históricas que han llevado a prohibir libros, sobre los criterios con los que los adultos deciden qué puede o no leer un niño, sobre el papel de la literatura en la formación del pensamiento crítico y sobre las consecuencias que tiene privar a la infancia de obras que precisamente invitan a dialogar con la complejidad de la condición humana.
La literatura infantil no existe para moralizar ni para proteger a los niños de la realidad. Existe para el disfrute, para acompañarlos en la construcción de preguntas, para ampliar su imaginación, para ofrecerles otras maneras de comprender el mundo y de comprenderse a sí mismos. Cuando un libro genera conversación, incomoda o invita a pensar, probablemente está cumpliendo una de las funciones más nobles de la literatura.
Por eso celebro que Mar de Palabras haya abierto este espacio. Porque reconocer la literatura infantil y juvenil dentro de un festival literario es reconocer que la formación de lectores comienza desde las primeras edades y que el futuro de la lectura depende, en gran medida, de cómo acompañemos hoy a nuestros niños y jóvenes en ese descubrimiento.
Terminé el festival con nuevas amistades, valiosos intercambios académicos y literarios, y la satisfacción de comprobar que cada vez existen más espacios donde la literatura infantil ocupa el lugar que merece dentro de la conversación cultural.
Al final, sigo convencido de que los libros verdaderamente peligrosos no son aquellos que hablan de temas difíciles. Los verdaderamente peligrosos son los que nunca permitimos que nuestros niños lleguen a leer.
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