A Isidoro le llamaban loco de remate porque pasaba la mayor parte de su tiempo con un acordeón enganchado en los hombros. En Guayabal, que era un conjunto de casas situado entre montes secos y senderos olvidados por el progreso, nadie entendía por qué un muchacho de dieciocho años, flaco como un tallo de caña y con las manos curtidas por el cultivo del café, se empeñaba en tocar un acordeón tan oxidado que, al pulsar las teclas, sonaba como el muuu de una vaca dolida.
Su madre, con la preocupación colgada en el pecho como un suvenir en momentos de incertidumbre, no sabía si temer por su futuro o por su cordura:
—Mi hijo, ¿y tú crees que alguien se pare a bailarte eso en el 2042? —le decía, mientras limpiaba el colador de tela con agua del tinaco solar antes de colar café, cuyo aroma olía siempre a flores y chocolate—. Mira, hijo, aquí la juventud lo que está es en dembow y reguetón. Para mí, el merengue está agonizando, y lo peor es que no habrá nadie para darle cristiana sepultura. Isidoro nunca respondía. Y después de tomarse su taza, se iba bajo la mata de mango, porque el acordeón era lo único que lo ataba a este mundo. Allí, competía con los sonidos monótonos de una orquesta de chicharras. Y es que su abuelo, don Bartolo, quien fue el último merenguero típico del pueblo, le heredó dicho acordeón:
—Este instrumento es una promesa, Isidorito. El día que nadie lo toque, se termina el merengue. Prométeme, mi Isi, que siempre lo tocarás.
El muchacho había crecido en medio de los bailes en las enramadas de su pueblo natal, escuchando los cuentos de borrachos bailando en chancleta hasta las cinco de la mañana en Guatapanal, y viendo a su abuelo participar en los concursos de perico ripiao en las lomas de San José de las Matas. No podía defraudarlo ni permitir que todo eso muriera por culpa de TikTok y una música fabricada en computadora, hecha a máquina, sin monte ni tambor.
Pero la realidad, en verdad, era otra. En el pueblo ya casi no se escuchaba ni la güira ni la tambora. La pulpería de doña Ercilia —que era el único lugar con una bocina guindando del techo de zinc— solo sonaba el dembow. Un ritmo cuyo único mérito era ser pegajoso, con letras indecorosas que hacían sonrojar no solo a doña Zaida, sino también a los santos de cualquier altar.
Sin embargo, Isidoro seguía tocando. Y cada mañana, después de tirarle maíz a las gallinas y de subir agua del pozo, volvía y se sentaba bajo la mata de mango y sacaba contagiosas notas del acordeón. De las teclas de marfil desgastado brotaba un gua-gua-guaaa salir del fuelle como el bostezo de un burro desperezándose.
Y un día, para sorpresa de todos, llegó al pueblo un joven montado en una motoneta eléctrica, con una carta mojada por el calor del mediodía. Su madre se acercó apresurada a la puerta y, al tomar el sobre color amarillo, casi le desprende la mano al mensajero. Rasgó la cubierta y, cuando logró leer lo que decía la carta, dio un salto con las manos en la cabeza.
—¡Ay, Dios santo!
Era una invitación oficial al último Festival Nacional del Merengue–Santo Domingo 2042. Tenía el timbrado gubernamental y estaba firmada por el ministro de Cultura. Según el comunicado, más que un festival para reunir a las grandes estrellas que aún persisten sobre la tarima con sus conciertos, se trataba de un certamen para estimular —como último esfuerzo oficial— un relevo generacional.
Isidoro se quedó callado. Tenía dudas. El festival ya no era lo que había sido. Miró a su madre que aún lucía sobresaltada, y esta, con los nervios de punta, dijo:
—¿Y tú piensas ir a eso, muchacho? ¿Con qué cuarto?—frunció el ceño—. Yo estoy segura que eso lo organizan más por compromiso que por amor al merengue. Tú no eres de ese mundo. Allá lo que van a hacer es reírse de ti.
La intuición de la madre parecía ser certera. Porque todo el mundo sabía que aquello no era un festival. Era el novenario del merengue, con orquesta y todo. Un evento más simbólico que sonoro, más político que cultural.
No obstante, lo cierto es que allí iban solo los románticos, los viejos de corazón y oído, que aún añoraban el merengue de los años dorados.
El coro desafinado de las chicharras y su orquesta no se escuchó esa noche. Y, mientras todos dormían, Isidoro sacó el acordeón y lo acarició amargamente, como a un peluche de hojalata. El fuelle, caliente por el calor acumulado del día, parecía respirar despacio entre sus manos, como lo haría —pienso yo— un buey viejo y cansado, que va dando el paso al compás del latigazo. Entonces, Isidoro, sin pedirle siquiera una nota, recordó aquel día en que su abuelo lo miró a los ojos.
—Esto no es para que te aplaudan, Isi —dijo, señalando el instrumento—. La música debe ser tocada para que el pueblo no te olvide.
Y quedó dormido.
El tacataca-tacatán, tacataca-tacatán de un tambor lejano le retumbaba en la cabeza como retumba el martillo del carpintero golpeando el caco de un clavo, tan insistente y molestoso que no lo dejaba dormir. Y justo cuando por fin había logrado conciliar el sueño, los golpes sobre la puerta de la habitación y los gritos alterados de su madre lo despertaron.
—¡Isidoro, mi hijo, levántate! Mira, que hay que alimentar a las gallinas y recoger los víveres que la lluvia tumbó anoche. Tú sabes que si no se hace rápido, alguien viene y se los lleva todo.
—¡Ay, mamá! Precisamente por eso es que tengo que ir al festival. Estoy cansado de las gallinas, del pozo, de los víveres… Además, es una promesa al abuelo.
Fue después de cumplir con la petición de su madre que Isidoro tomó el camino hacia la Capital. Salió con el saco lleno de víveres —para tratar de venderlo durante el viaje y cubrir parte de sus gastos—, el acordeón envuelto en una pequeña funda de almohada y el sombrero viejo del abuelo sembrado hasta las cejas, como quien carga en la cabeza un juramento. Iba en una guagua que parecía toser cada vez que subía la cuesta. Las dudas se adueñaron de él. La ansiedad, el miedo, la emoción de estar fuera de su bohío por vez primera. Allí no lo conocía siquiera una mosca artificial, pero llevaba con orgullo el ritmo de su tierra campestre.
La guagua se detuvo frente al parque Eugenio María de Hostos, que a esa hora de la mañana estaba casi desolado. Un grupo de trabajadores montaba las tarimas con una parsimonia tal que aquello parecía más bien los preparativos de un cortejo fúnebre.
Isidoro bajó con cuidado y caminó a través del parque con el acordeón al hombro, el saco con los víveres y la carta doblada en el bolsillo trasero. Se aproximó a la oficina de inscripción, que consistía en una carpa, una mesa de plástico y un cartel de papel sujeto con cinta roja que decía: “Festival Nacional del Merengue 2042–Regístrese aquí.” Sacó la carta arrugada con cuidado y la pasó a la joven detrás de la mesa:
—Vine por esta invitación —dijo.
Ella, que tenía las uñas de gel y un moño amarrado como una piña, agarró el sobre y lo leyó sin mirar al muchacho.
—¿Isidoro Tejada de Guayabal? Eso fue que se envió automático —murmuró.
—¿Automático? —repitió él—. Pero si fue un mensajero el que me la entregó personalmente.
Entonces, un joven—de metiche— que organizaba cables cerca de ellos, con una camiseta que decía Identidad Afro-Digital 2042, soltó una risa burlona y, sin mirar a nadie, sopló:
—¿Y ese es el del acordeón? ¡Ay, bendito!
Isidoro no respondió. Solo lo miró de reojo. La joven le entregó un formulario y él se limitó a llenarlo con una letra apretada y torcida, y al final firmó con el orgullo y la valentía de quien sella un compromiso. Luego, volvió a ponerse el sombrero, sembrado hasta las cejas.
¿Y quién iba a notar que allí había llegado alguien con una promesa a cuestas?
La muchacha le asignó un número, una hora para presentarse y una esquina del parque donde podía esperar o ensayar si así lo deseaba. Allí, bajo la sombra de un árbol casi sin hojas, Isidoro se sentó en el borde de un banco. A un lado puso el saco con los víveres —que aún no había podido vender—, y en las piernas, el acordeón. Una paloma, coja, picoteaba entre unas ramas secas, y él recordó el maíz y las gallinas, a su madre recordándole los quehaceres y el pozo de agua. El bullicio del montaje, que llegaba como un murmullo lejano de un conjunto de grillos, lo sacó de aquel recuerdo.
Abrió el fuelle lentamente, como si no quisiera despertarlo de una larga siesta, y una nota grave y solitaria salió por accidente.
—Échale, viejo. Vamos a darle a esto—susurró.
Y empezó a calentar los dedos, halando y comprimiendo el fuelle al compás de un:
Fufufú- Fufufufú, Pícalo-Pícalo-Pícalopí-Fufufú-Fufufufú-Picalo-Picalo–Picalopí…
—Que si la música es pa’que no te olviden —volvió a susurrar—, voy a tocar hasta que me abandone el miedo.
El sol se ocultó y pronto el cielo quedó adornado con un centenar de estrellas, algunas nubes dispersas y una luna menguante que parecía ocultarse para no ser testigo de lo que estaba a punto de suceder. En el momento en que el fuelle comenzaba a acomodarse a los dedos de Isidoro, la voz de una figura femenina, amplificada por las bocinas del parque, le interrumpió la concentración:
—A continuación, el concursante número veintiséis: Isidoro Tejada, de Guayabal. Favor de subir a la tarima número dos.
Se ajustó el instrumento al pecho y, con pasos firmes, caminó a través de las carpas, donde técnicos distraídos enredaban cables y unos pocos asistentes —con gorras del festival y abanicos del Ministerio de Cultura— buscaban un buen ángulo frente a la tarima. Entre ellos estaban el cojo Pachulí, el ciego Titotí y un joven larguirucho al que llamaban el Hueso, porque parecía un esqueleto con ropa. Todos ellos, inconfundiblemente, eran de Guayabal, y a esa hora ya se disputaban una silla en la parte de atrás.
Al subir a la plataforma, lo recibió el maestro de ceremonias, vestido con una chaqueta morada y gafas oscuras. Lo escaneó de arriba abajo, como evaluando si aquel sombrero campesino encaja- ba con la estética del espectáculo.
—¿Eres tú Isidoro, el del acordeón? —preguntó, incrédulo. Luego encogió los hombros—Bueno, suerte, compai.
Pero Isidoro, concentrado en su instrumento, no respondió.
Se dirigió hacia el centro del escenario, y una luz tenue, proveniente de un reflector, lo iluminó de pies a cabeza como si el mismo sol del mediodía hubiera descendido para escucharlo tocar. Se limpió la garganta con un profundo carraspeo. Ajustó la correa del acordeón y miró al público. Creyó ver entre ellos, envuelto en una especie de aureola alegre, a su abuelo con el pulgar levantado.
Fue entonces cuando el muchacho cerró los ojos. Y de repente, sucedió un apagón.
El presentador de la chaqueta morada, desorientado, gritó:
—¡Deben ser los inversores solares! ¡Alguien que revise el inversor, por favor! —como si eso bastara para que la electricidad regresara.
El público murmuró y maldijo a las autoridades responsables, porque a estas alturas del siglo XXI no se había resuelto ese bendito problema. Isidoro, sin embargo, no se movió. Estaba clavado en aquel escenario como una estatua esculpida en honor a Tatico Henríquez. Volvió a mirar hacia el público y lo único que vio fue una fila de abanicos moviéndose como alas de murciélago. Fue en ese momento que las luces regresaron de golpe, como una ráfaga de viento seco. Y hubo algarabía.
De inmediato, Isidoro abrió el fuelle con un jadeo largo, y el primer sonido que salió del acordeón fue un Ti-to-ti-to-tí, Ti-to-ti-tí como el canto ronco de un gallo viejo que ya no madrugaba. Luego vino el Gua-gua-guaa, Guaguá-gua-guaaa y más tarde el Pícalo-Pícalo-Pícalopí.
Una paloma —quizás la misma que picoteaba entre las ramas secas durante el ensayo— voló desde el árbol y fue a posarse en la baranda del escenario, como si reconociera el llamado.
El público permanecía en silencio. Un silencio tan denso que solo se oía el batir de los abanicos, agitando el aire para espantar el sofocante calor.
Y fue cuando la tambora comenzó con su Ran-tataplán, Tantaratán y la güira respondió con su Ras-ras-trarrr, rascada con una cuchara doblada, que la gente empezó a mover los pies. Isidoro, con cada acorde, tocaba con más alma, y halaba el fuelle con tanta cadencia que la melodía comenzó a sonar a:
Vete conmigo, Marola/ antes de que suba el alba/ abajo de la amapola/ tengo la mula amarrada/ abajo de la amapooola…
Y allá, desde el fondo, una mujer de pañuelo blanco en la cabeza se puso de pie, se llevó las manos al pecho y murmuró:
—Ese merengue… ese era de Bartolo Tejada.
Y, sin saber cómo, unos viejos se pararon a bailar. Luego una doña con andador. Después otra con un bastón. Y como si hubiera sido un acto milagroso, el cojo se enderezó, el ciego miró y el Hueso se engordó.
—¡Ay, Dios mío, ese sí es el merengue de verdad! —exclamó un señor medio sordo, que no se perdía una.
Era un merengue muy viejo, de aquellos que se bailaban descalzos sobre la tierra mojada, que se aprendían de oído al ritmo de las décimas, con letras que hablaban de amor, de cosechas y de fiestas patronales.
Isidoro lo había tocado sin apuros. Solo con el corazón, y con el eco del monte metido en cada nota.
Mientras tanto, en Guayabal, después de la presentación de Isidoro, doña Ercilia —la del colmado— se olvidó del dembow, fue al baúl y desempolvó un long play de Johnny Ventura que contenía el tema Patacón Pisao. Al inicio, la bocina chilló con un ran-rataplán-rataplan-rán rayado, hasta que ella limpió el disco y la aguja bailó sobre el tocadiscos sin un solo sobresalto.
Con el acordeón aún colgado del pecho, seguía Isidoro sobre la tarima. Todavía inmóvil. Y fue desde allí, entre los pasos temblorosos del público, que lo volvió a ver: con su sombrero ladeado, su camisa blanca planchada con carbón y ese andar gallo fino. Estaba al fondo, bailando solo. Le sonrió, levantó la mano en señal de aprobación y, poco a poco, se desvaneció.
Isidoro bajó del escenario con los ojos aguados. La joven de las uñas de gel intentó decirle algo —quizás unas felicitaciones— pero se detuvo. El técnico de la camiseta Identidad Afro-Digital se quedó observándolo, esta vez sin risa. Solo con respeto.
Minutos después le informaron que no había ganado el concurso. Ni siquiera estaba entre los primeros lugares. Vaya usted a saber por qué, si fue el único que puso a la gente a bailar. Tal vez si la decisión la hubiera tenido el público y no un jurado escogido por Cultura, otro gallo habría cantado. Tal vez.
Ya eran las diez de la noche. Él caminó entre la gente, que aún bailaba con la música de un DJ, con los labios cenizos y sin decir palabra. Y salió del parque como había llegado: con su acordeón al pecho, el saco al hombro, y el sombrero sembrado hasta las cejas.
A esa hora no había transporte hacia Guayabal.
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