“Donde se siembra lectura, las ideas florecen”
Rita Díaz Blanco, en su nuevo libro infantil ‘’Cuando sea grande… la historia de Dante el elefante’’, nos ofrece un cuento que invita a compartir un momento mágico, acompañado de imágenes tiernas y evocadoras. La obra estimula la imaginación, favorece la adquisición de nuevo vocabulario y fortalece la atención en los niños. Asimismo, potencia la inteligencia y la creatividad de los pequeños lectores.
La autora va relacionando, de manera progresiva, las figuras con las letras y las palabras, logrando que los niños perciban el cuento como un juguete con el que pueden aprender, crecer, descubrir el mundo, volar con la fantasía y extraer del propio relato aquello que les resulta significativo y encantador. Se trata de una historia atractiva y accesible, que facilita la implicación emocional de los niños en la trama. El relato despierta sentimientos, sensaciones, reacciones y diversas formas de expresión.
Desde una lectura psicológica, el cuento de Dante puede comprenderse como una narración sobre el desarrollo del yo, la construcción de la identidad y la regulación emocional en la infancia, presentadas de forma simbólica y saludable. El nacimiento de Dante ocurre en un contexto de cuidado colectivo (la manada) y de presencia materna constante, lo cual sugiere un apego seguro, fundamental para el desarrollo psicológico. La madre se muestra disponible, responde con serenidad y no invalida las preguntas de su hijo. Gracias a ello, Dante explora el mundo sin un miedo excesivo, lo que en psicología del desarrollo se reconoce como una base segura.

Surgen así la curiosidad y la diferenciación del yo. Las preguntas reiteradas “¿puedo ser… cuando sea grande?” reflejan un proceso normal de exploración identitaria. Dante ensaya los límites del yo: ¿qué soy?, ¿qué no soy?, ¿qué puedo llegar a ser? No se trata de una confusión patológica, sino de un ejercicio simbólico propio de la infancia temprana.
La respuesta constante de la madre “ya eres un elefante, cariño; puedes ser amigo” cumple una función psicológica clave: valida la curiosidad, establece límites claros y preserva la autoestima. No ridiculiza ni frustra; contiene. Esto favorece la construcción de una identidad integrada, sin ansiedad ni vergüenza por el deseo de ser otro.
En este proceso de integración de la diferencia ‘’yo/otro’’, Dante aprende que no necesita convertirse en los demás para relacionarse con ellos. Psicológicamente, esto representa una adecuada diferenciación yo-objeto: reconoce la alteridad sin perder el sentido de sí mismo. Este aprendizaje reduce futuros riesgos de dependencia emocional o confusión identitaria.

La fantasía saludable y el pensamiento simbólico aparecen representados a través del sueño, la luna y las imágenes poéticas. Estas simbolizan el uso de la imaginación como un recurso adaptativo, no como una vía de escape. Dante “sueña despierto”, pero mantiene contacto con la realidad, lo que indica un desarrollo cognitivo y emocional equilibrado: la fantasía amplía el mundo interno sin sustituirlo.
La figura paterna introduce la proyección hacia el futuro y modelos de responsabilidad: guardián, guía y protector. Psicológicamente, esta escena marca el paso de la identidad básica “soy” a la identidad proyectiva “¿qué haré con lo que soy?”. No se trata de una imposición, sino de una ampliación de posibilidades que fortalece el sentido de competencia y propósito.
En cuanto a la autoeficacia y la autoestima, la “gran lección” final puede llegar a hacer lo que quiera en la vida no nace de una fantasía grandiosa, sino de experiencias previas de aceptación, límites claros y apoyo emocional. Esto favorece una autoestima sana, basada en la confianza, en las propias capacidades y no en la negación de la realidad.

El cuento muestra, en conjunto, un desarrollo psicológico saludable: Dante es validado sin ser sobreprotegido; la identidad se construye con afecto y límites claros; la curiosidad se canaliza sin ser reprimida, y el deseo de “ser otro” se transforma en la capacidad de ser uno mismo en relación con los demás. En términos clínicos, Dante representa un yo en formación, integrado, flexible y emocionalmente seguro, resultado de vínculos primarios sensibles y coherentes.
Yo voy a hacer lo que yo quiera cuando sea grande:
un boxeador, aunque los golpes me asustan.
Tal vez sea bailarín, pero me canso dando vueltas
y la cola se me enrosca.
¡Oh, ya sé! Seré un cocodrilo o un gran jabalí,
aunque las escamas no son lo mío
ni los cuernos en la cabeza.
Mejor aún: seré un elefante grande y apuesto,
como yo mismo.
¡Yupi! ¡Sí! Eso seré.
El nacimiento aparece aquí como la llegada del alma. La larga espera de veintidós meses no es solo biológica: simboliza el tiempo sagrado de la gestación del espíritu. Nada verdadero nace apresuradamente. Dante llega cuando el ritmo de la vida, la manada, la luna, la noche se encuentra en armonía. Su sonrisa inicial es la señal de un alma que reconoce el mundo como hogar.
La luna, como presencia espiritual, no es solo un elemento paisajístico: representa una conciencia protectora, una energía maternal, un símbolo de lo divino que acompaña sin imponerse. Dante sueña con ella porque el alma recuerda su origen. La luna lo mece, lo guía al agua y lo acompaña en su tránsito. Es una espiritualidad que no dogmatiza, sino que acaricia y orienta.
¿Puedo ser? Cada pregunta de Dante es, en el fondo, una pregunta del alma: ‘’¿puedo ser otra cosa?’’, ‘’¿puedo disolverme en lo distinto?’’, ‘’¿puedo escapar de mí?’’ La respuesta espiritual de la madre es siempre la misma: “Ya eres”. Esta frase encierra una verdad esencial presente en muchas tradiciones espirituales: no hay que convertirse en algo para ser valioso; ya se es. El camino no consiste en huir del ser, sino en recordarlo.
Dante no puede ser mariposa, jirafa o sapo, pero puede amar, respetar y convivir con ellos. Espiritualmente, esto enseña que la unidad no se alcanza por fusión, sino por comunión. Cada ser conserva su forma, pero participa de la misma vida. Es una espiritualidad de la interconexión: todo es distinto, pero nada está separado.
La madre actúa como la voz del alma sabia: una conciencia amorosa que no juzga ni reprime. No corta la imaginación, la ordena. No dice “no sueñes”, sino “sueña desde lo que eres”. Esta es la verdadera guía espiritual: no imponer destinos, sino revelar el centro.
El padre, en su misión, introduce la dimensión del servicio: ser guardián, guía y protector. No se trata de roles de poder, sino de responsabilidad. Desde una mirada espiritual, el sentido no está en “ser especial”, sino en cuidar la vida. La vocación nace cuando el yo se pone al servicio del nosotros.
Dante se duerme soñando despierto. No huye del mundo: lo integra. Soñar aquí es entrar en sintonía con el propósito. El alma descansa cuando comprende que no necesita forzarse a ser otra cosa, sino desplegar lo que ya es.
Soy un elefantito con pretensiones.
Quiero viajar por los continentes,
por eso deseo ser capitán de un avión.
Quiero ver la luna de cerca
y por eso me imagino astronauta elegante.
Perseguiré mariposas como un detective curioso,
saltaré de charco en charco hasta llegar al mar
como el mejor paracaidista.
¿Será que puedo con tantas pretensiones?
Ufff…
Por ahora, mejor seré Dante,
un elefantito corriendo libre y feliz
en la inmensa sabana.
Este cuento no propone una libertad absoluta “puedes ser cualquier cosa”, sino una libertad situada. No puedes ser mariposa, jirafa o sapo, pero sí puedes ser amigo de todos ellos. Filosóficamente, esta idea resulta poderosa: la libertad no consiste en negar lo que somos, sino en desplegarlo creativamente. Aquí resuena una ética existencial moderada: no somos pura elección, pero tampoco pura determinación; somos libertad encarnada.

La amistad aparece como una forma de trascendencia. Al no poder “ser” los otros animales, Dante aprende a relacionarse con ellos. La alteridad no es una amenaza, sino un vínculo. Esto introduce una ética del cuidado y la convivencia: no necesito apropiarme del otro ni convertirme en él; basta con reconocerlo y acompañarlo. La identidad no se construye en aislamiento, sino en relación.
El cuento afirma que no necesitamos dejar de ser quienes somos para realizar nuestros sueños. La identidad no es una jaula, sino un punto de partida. La verdadera libertad consiste en descubrir lo que podemos llegar a ser sin traicionarnos. Crecer no es convertirse en otros, sino habitar plenamente lo que ya somos.
Dante, elefante juguetón, soñador y bonachón,
por los prados va y viene sin parar,
jugando con el sol, soñando con la luna,
conversando con duendes de magia y diversión.
Dante, elefante juguetón,
ríe con las rosas de toda la pradera,
sueña con estrellitas que titilan en la Vía Láctea
y charla sin cesar con las hadas de la primavera.
Dante, elefante soñador, juguetón y bonachón,
pasa los días riendo feliz en su bosque tupido
y siente en su corazón
que solo eso basta para hacerlo feliz.
Esta historia enseña que el alma ya viene completa. La vida no es una transformación forzada, sino una revelación gradual. No se trata de imitar otras formas de existencia, sino de honrar la propia. El verdadero crecimiento espiritual ocurre cuando aceptamos quiénes somos y ofrecemos eso mismo al mundo con amor.
Dante aprende su primera gran lección espiritual: no necesita buscar afuera lo que ya habita dentro de él.
Te invito a que te lances a la aventura de leer la historia de Dante.

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