Vitelio Mejía es conocido por la gestión deportiva, la profesión del derecho y la administración pública. Es una figura visible, asociada al mundo institucional y a la toma de decisiones. Sin embargo, quienes hemos seguido su trayectoria cultural sabemos que existe otra dimensión, más íntima pero no menos activa: una pasión sostenida por la literatura, especialmente por la poesía. En ese territorio menos expuesto, especie de privacidad pública, ha ido construyendo una relación profunda con Pablo Neruda y con la actualidad cultural local.
Esa relación no es abstracta. En Baní, junto al mar, Vitelio ha levantado un espacio que funciona como hábitat simbólico nerudiano: botellas, caracolas, faroles, libros, fragmentos de memoria material y verbal que remiten a Isla Negra, La Chascona, La Sebastiana. No se trata de un decorado, sino de una manera de vivir la poesía como experiencia cotidiana. Desde ahí nace Poemas del mar y otros amores (2025), una obra que no pretende ocultar sus filiaciones estéticas, sino ponerlas a dialogar con el presente. El libro está integrado por 66 poemas, todos numerados, a la manera del Neruda de Veinte poemas de amor y una canción desesperada, y a la vez titulados, siguiendo la preferencia del autor, los cuales aparecen organizados en cinco secciones: “Poemas de juventud”, “Poemas de la madurez”, “Poemas a Neruda”, “Poemas del mar” y “Poemas del otoño”.
Para abordar una de las aristas de este poemario, nos detendremos particularmente en las secciones “Poemas a Neruda”, que constituye una declaración de conciencia intertextual, y “Poemas del mar”, en que se recrea desde la plasticidad y las particularidades del yo poético el universo nerudiano.
Cuando los textos se buscan
Este diálogo entre obra y época se sostiene en el puente de la intertextualidad. Más allá de la teoría, los libros se hablan entre sí, se llaman, se responde, ya que un poema no surge de la nada: siempre escribe con palabras que vienen de antes. Eso ocurre aquí en esta ocasión entre Neruda y Vitelio. Veinte poemas de amor y una canción desesperada (1924) y Los versos del capitán (1952) constituyen el sustrato emocional y estético desde el que este poeta dominicano construye su propio libro. Pero no hay aquí copia ni mimetismo. Hay filiación.
La sección “Poemas a Neruda”, a manera de declaración, lo deja claro. En el poema “Como Neruda”, confiesa tener “un bote en la tierra y una casa en la arena”. Estos versos declaran una manera de habitar poéticamente el mundo. Neruda no aparece como estatua ni como peso, sino como un ancestro que legitima una voz caribeña contemporánea.
Ese gesto alcanza su plenitud en la sección “Poemas del mar”, donde tres grandes ejes nerudianos -el erotismo cósmico, la metáfora oceánica del amor y el yo desgarrado- reaparecen transformados por una sensibilidad del siglo XXI dentro de la geografía insular dominicana.
1 El erotismo: del cuerpo al agua
En Neruda, el cuerpo femenino es paisaje: colinas, ríos, espigas, fuego. Es una geografía erótica. En Vitelio Mejía, ese mismo principio se desplaza hacia el mar.
En “Mar amante”, el océano se viste, se entrega, ama. No es un fondo, es un sujeto erótico. La sexualidad se proyecta sobre la naturaleza, como en Neruda, pero con una diferencia decisiva: mientras el chileno erotiza la tierra, Vitelio erotiza el flujo, la marea, lo móvil.
El deseo, además, aparece contenido. En lugar de una apropiación del cuerpo, se impone una forma de respeto. El hablante prefiere cubrir a la mujer con deseo antes que tocarla. Se trata de una actualización ética del erotismo nerudiano: la pasión sigue siendo intensa, pero ya no es posesiva; es contemplativa, de acuerdo con una sensibilidad amorosa contemporánea.
2 Amar como deriva
En Neruda, amar es naufragar. En Vitelio, amar es navegar sin puerto.
Desde “Marinero (poema de la huida)”, se adopta la figura del navegante herido que debe arrojar al mar cartas y recuerdos. La amada es una costa que queda atrás. El amor no es refugio, es lastre.
Ese motivo se profundiza en “Perdida”, donde el sujeto ante la mujer, que deviene rescatada del naufragio, resulta incapaz de quedarse. Como en Neruda, el amor es una historia de salvación fallida. Sin embargo, aquí no hay estallido trágico; hay desgaste, disolución, deriva. El poema “Naufragio” condensa esa visión. Desde el yo poético se acepta el hundimiento. El naufragio ya no es derrota, sino transformación: convertirse en casa de peces, en espacio donde la vida continúa de otro modo. Es una manera más serena, más madura quizás, de asumir la pérdida.

3 El yo herido
El horizonte que se articula como resultado del ejercicio de intertextualidad permite visitar actitudes. Así, el yo nerudiano es pasional, contradictorio, desgarramiento entre deseo y ausencia. El yo de Vitelio hereda esa herida, pero la convierte en melancolía reflexiva. En “Hábitat”, la identidad se define como algo habitado por el mar, por la memoria, por la poesía. No hay un yo fijo, sino una conciencia líquida. En “Refugio”, el mar aparece como espacio donde se intenta olvidar y, al mismo tiempo, se vuelve a encontrar lo perdido. El gesto es profundamente nerudiano: huir del amor para descubrir que ya forma parte de la propia sustancia.
Una herencia que respira
El libro “Poemas del mar y otros amores”, de Vitelio Mejía, no reproduce a Neruda: lo prolonga. Como sucede con las influencias, sobre todo con aquellas bien calibradas, el hablante inicial pasa al contenido del hablante influido, en una posición de lenguaje elevada en tanto adquiere extensión temporal e intensidad de contenido. Por su lado, el influido se enriquece con la intromisión del sujeto atraído mediante la acción del lenguaje. Por esta razón, allí donde el poeta chileno cantó el cuerpo como tierra y el amor como catástrofe, Vitelio canta el mar caribeño como espacio erótico, memorial y existencial. Fiel al homenaje, sus versos presentan una decantada estructura verbal. En este territorio, la intertextualidad no funciona aquí como simple nostalgia, sino como filiación viva. Un siglo después, el eros, la pérdida y el océano siguen siendo los grandes escenarios del amor humano, pero en esta ocasión escritos desde una voz dominicana, madura, melancólica y plenamente contemporánea.
Neruda dijo que el amor es corto y el olvido largo.
Vitelio responde desde su faro imaginario: el amor no termina, naufraga y continúa.
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