(Texto leído de presentación en la puesta en circulación)
Es innegable que la buena literatura siempre provoca extrañeza, como bien lo refiere Harold Bloom en El canon occidental. Como arte, la literatura explora la condición humana y pone a prueba los signos y los símbolos de la época; por ello, el lenguaje literario se convierte en un abanico de posibilidades interpretativas que le permite al sujeto lector reencontrarse con su condición primordial: su libertad y sus condiciones diversas, análogas y contradictorias a la vez.
Leer un texto literario de incuestionable calidad artística, con un lenguaje novedoso e impactante, es como tener en las manos un trofeo: su valor se triplica en la medida en que, de forma natural, el texto nos trae a la memoria otras creaciones consagradas como textos permanentes a través del tiempo, cuya novedad sigue siendo nueva, parafraseando a Ezra Pound.
El texto literario de valor subyuga al lector, le escarba el pensamiento, le despierta su condición humana. En la lectura, su ser se vuelve un hervidero y un viajero perpetuo de sí mismo: viaja a su centro, al mismo centro de sus tragedias y de sus triunfos como ser humano, para en esa búsqueda encontrarse y reencontrarse, a cada instante, con lo que es y no es a la vez. Es ahí cuando cada instante se torna una eternidad: nos creemos eternos porque sentimos la plenitud de lo creado, para luego sabernos mortales en medio de angustias y sueños truncos.
La buena literatura nos recrea y nos hace ser el otro que soñamos, a la vez que nos reconstruye el mundo a partir de ese otro que llevamos por dentro. Esa provocación, ese arrebato, esa arremetida que le hacemos al lenguaje, no es más que la respuesta que le damos a él mismo al desnudarnos de arriba abajo para sentirnos atiborrados de infinitas posibilidades de intuir el mundo y sus cosas, los fenómenos y a nosotros mismos, cuando nos percibimos como se sienten los dioses: plenos de poderes y lúcidos de horizontes.
Todo lo anterior se ha expresado para poder abordar el texto que hoy nos reúne aquí: La muerte en cuatro —otra vez la muerte— (Premio único de poesía, Funglode, 2018), de la joven autora Natacha Batlle. Lo primero que hay que decir es que estamos ante un texto valor, quizás el poemario más importante escrito en los últimos tiempos en nuestro país. Por ello, debo hacer algunas confesiones antes de emitir otros juicios.
La primera es que, antes de ponerme en contacto con los otros dos jurados, sentí la necesidad de leerlo y releerlo varias veces. La segunda es que, cuando de forma individual hice el cruce de los poemarios seleccionados, La muerte en cuatro —otra vez la muerte— aparecía en la elección de los tres, y dos lo teníamos en primer lugar; lo que quiere decir que ponernos de acuerdo fue, en ese sentido, relativamente fácil. Y la tercera es que el poemario permaneció varias semanas en mi cabecera, porque lo fui releyendo muy lentamente, poema por poema, y hasta de madrugada tenía que volver a tomarlo.
Impacta desde el principio. Expresé antes que todo texto de calidad incuestionable nos trae a la memoria otros textos canónicos. Pues desde el comienzo me ocurrió eso. Los siguientes versos, después de leérselos, les diré qué poemario vino a mi memoria. Cito:
“Yo nací un lunes
el mundo resacado
a la hora más recia
todos eran sombra
de vísceras adornando
la acera…
Nací un día
en que las mujeres pintaban
sus labios por deporte
mi madre cruzó medio oeste
y parió un punto negro
en el océano.
Así nací
como un arcoíris trillado
en el ocaso.
Ella cuenta que mis cabellos eran tan largos
que las olas se perdían entre mis bucles
fui tormenta de arenas…”
(Fragmento del poema “Biografía”).

Si continuamos leyendo este poema que da inicio al libro, y lo hacemos a lo largo de todo el poemario, inevitablemente nos remite a Yelidá, de Tomás Hernández Franco. El poema concluye con estos cinco versos:
“…nací un día en que Piyiya
recibía más pan
que yo palabras.
La verdad es que se siente extraño salir de mí
y arrojar lo que queda en la llovizna”.
Esa epicidad con la que la autora inaugura el poemario se configura a través de un lenguaje que presenta características especiales y comunes a los grandes poemas de la historia literaria universal.
Enumeremos esas características, comunes —repito— a los grandes poemas universales:
1-Cohesión semántica.
2-Vuelo lírico invariable a lo largo del texto.
3-Densidad poética.
4-Intuición certera.
5-Sensación de cierre o completud en cada parte
y en el conjunto del poemario.
6-Imágenes novedosas.
7-Sintaxis innovadora que denota un lenguaje inusual.
El siguiente poema breve es una muestra fehaciente de lo anterior:
“Con la mano llena de pájaros
la piel es el borde del vaso
que se rompe
desde la rueda que nos rueda
hasta el abismo que es tu ojo cargado de mares
desde la roca que muere
el vientre
hasta los fantasmas que pueblan los labios
desde la hoja que habita la gota
hasta la nariz que inunda
las nubes
con la magia calcinada.
Con la mano llena de pájaros
vuela la mirada revuelta
en los muertos
que no se han ido”.
A lo largo de todo el poemario encontramos poemas y versos que producen una extrañeza aguda, un nivel de artisticidad sorprendente y una imaginería de gran belleza. Escuchemos algunos:
“Se me ha metido un adiós
en el ojo
y mi párpado agita sus entrañas
para hacer ondear el mar”.
“…la vida cabe en un puño
y se estrella tras la puerta
cuando la vida se vuelve puñal
y se adentra en la piel
a liberar a la muerte”.
“Se me ha metido un adiós
en el ojo,
un adiós que solo sabe de ruinas
y deja su voz estridente
dibujar surcos de penas
que van a humedecerte los labios”.
Además de ser un desamparo ontológico, todo el poemario es un grito de impotencia, una imprecación contra un orden de circunstancias o instantes abrasadores. Ese barullo de sensaciones desemboca en una crisis del ser en el mismo centro de una fuerte e impostergable voluntad de ser.
La autora declara insuficientes las palabras. Su voz se doblega ante los enigmas del entorno. Este mundo, su hábitat, es un hervidero de incógnitas, y ante la desarmonía entre sus sueños y la cruda realidad —a veces indomable— la autora grita; grita desde un silencio elocuente, una mudez poética que estalla en exploraciones intuitivas que hablan con la mirada y rompen, con la voz, las barreras de lo arcano. Se abren caminos en las sombras para proclamar la luz: configuración de su universo, expresión ineludible de su ser inconforme con el mundo objetivo y, a la vez, con sus múltiples valencias y contradicciones. Los siguientes versos lo sintetizan:
“Creo que he errado
con las anteriores palabras
porque debo subrayar
que todo un mundo se me ha metido en el ojo
y para ello
sobran las palabras”.
(Final del poema “Abarrotado”).
Podemos afirmar, además, que el poemario es un dolor de ser en la impotencia de no ser lo deseado. Sugiere un regreso al origen, a un dolor primigenio: el no ser, la vacuidad del Todo y el anhelo de volver al Uno para no seguir deambulando hasta perder los colores. “Una vida que vuelva vientre…”, “Luego de ser pisada por el mundo”, como dice la propia autora. Y lo reafirma en estos versos contundentes:
“Búscate una vida,
una amarillenta,
que juegue al sacrificio
y abandone tus ramas en otoño,
que deambule en el viento
hasta perder sus colores”.
En su persistente extrañeza, la autora continúa su búsqueda de respuestas a su calvario intuitivo con un lenguaje que provoca escozor en el pensamiento, al reflexionar entre la intuición y el arcano. También propone una alternativa, se convoca a sí misma y exclama:
“Búscate una vida.
Dibuja sus bordes en un charco de lluvia.
Piensa sus cabellos de yegua viajera”.
Todo el poemario presenta una densidad poética de dimensión erótica.
De ahí que el misterio del título (La muerte en cuatro —otra vez la muerte—) se explique desde esa condición erótica que atraviesa todo el texto. Los poemas “Taciturno” y “Las sombras se han bebido mis palabras” nos dan la clave. “Taciturno” es uno de los poemas más hermosos del libro; lo he leído en numerosas ocasiones y no me canso de volver a él. Es, sin duda, uno de los textos poéticos más logrados —en lo artístico y en lo lingüístico— que he leído en las últimas décadas.
Si alguien me preguntara por las razones que me llevaron a seleccionar La muerte en cuatro —otra vez la muerte—, respondería sin vacilaciones: se trata de un poemario con un lenguaje visiblemente innovador, que estructura un universo poético compacto mediante un ritmo sólido, dulce y sugerente, sostenido por imágenes novedosas que exorcizan la intuición y conducen al lector a una extrañeza singular.
De principio a fin mantiene un vuelo poético que no decae, produciendo una sensación de placer, plenitud y singularidad lingüística que invita a sucesivas relecturas. Su densidad poética, unida a la pericia en el uso de la lengua, posibilita una multivocidad en permanente y delirante contradicción del sentido, generando una dialéctica lectural intensa que termina por conmocionar la lengua y la cultura del sujeto lector.
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