Hay entrevistas que nacen de la curiosidad periodística. Otras nacen de la admiración. Esta conversación pertenece a una tercera categoría: la de los diálogos que surgen del reconocimiento intelectual y del profundo respeto por una obra.

Mi acercamiento a César Sánchez Beras comenzó a través de sus libros, de sus ensayos y de esa escritura donde la poesía, la memoria y el pensamiento dialogan con extraordinaria naturalidad. Más tarde, una entrañable amiga común, Yanela Hernández, conocedora de nuestras afinidades culturales y humanas, insistió en que debíamos conocernos. Tenía razón. Bastaron las primeras conversaciones para descubrir no solo al escritor de sólida formación filosófica y literaria, sino también al hombre generoso, sencillo y profundamente comprometido con la cultura dominicana.

Desde entonces comprendí que conversar con César Sánchez Beras no significaba únicamente entrevistar a uno de los escritores fundamentales de la literatura dominicana contemporánea. Significaba adentrarse en la obra de un creador que ha hecho de la palabra una forma de conocimiento, de la memoria un acto de justicia y de la literatura un ejercicio permanente de dignidad humana.

Hay hombres que escriben libros. Otros terminan siendo escritos por ellos

César Sánchez Beras: El escritor que decidió salvar la memoria (I)

Después de varias horas conversando con César Sánchez Beras comprendí que pertenece a esta última estirpe. Su obra no parece el resultado de una carrera cuidadosamente planificada, sino la consecuencia natural de una vida vivida al lado de la palabra.

En él, escribir nunca fue una profesión ni un simple ejercicio intelectual. Ha sido una manera de respirar, de comprender el mundo y de resistir al olvido.

Cada respuesta prolonga una conversación iniciada hace muchas décadas entre la memoria, la poesía y la conciencia humana. Escucharlo es descubrir que, para algunos escritores, la literatura no comienza cuando se publica el primer libro. Comienza mucho antes, cuando un niño descubre que la realidad necesita otro lenguaje para poder ser comprendida.

Mientras avanzaba nuestro diálogo advertí otra certeza.

Sería un error presentar a César Sánchez Beras únicamente como poeta, narrador, dramaturgo, decimero, ensayista o uno de los más importantes autores dominicanos de literatura infantil.

Todas esas definiciones son ciertas.

Pero ninguna consigue abarcar la totalidad de su obra.

Porque, en el fondo, César Sánchez Beras ha dedicado su vida a una tarea mucho más amplia y silenciosa: construir memoria.

La memoria de San Pedro de Macorís.

La memoria de la infancia.

La memoria de la democracia.

La memoria de la educación.

La memoria de quienes la historia oficial suele dejar en los márgenes.

Toda su literatura parece responder a una misma convicción: escribir para que aquello que merece permanecer no desaparezca.

Quizá por eso sus respuestas nunca parecen improvisadas. Son el resultado de una vida pensando el país, la literatura y la condición humana desde una ética profundamente arraigada en la compasión, la belleza y la responsabilidad.

Hablar con César Sánchez Beras es conversar con un hombre que todavía cree en el poder civilizador de la palabra.

Y eso, en estos tiempos dominados por la velocidad, el ruido y la inmediatez, constituye casi un acto de resistencia.

Cuando la escritura se convierte en una forma de existir

César Sánchez Beras.

Quise comenzar por el origen.

Le pregunté cuándo comprendió que escribir dejaría de ser simplemente una vocación para convertirse en la manera esencial de vivir.

Su respuesta llegó sin dramatismos, con la serenidad de quien ha convivido durante muchos años con esa misma pregunta.

"Nunca hubo un instante único ni una revelación. Primero la lectura y luego la escritura fueron entrando en mi vida como entra la luz por una ventana al amanecer: poco a poco, hasta que un día comprendí que ya iluminaba toda la casa. Primero fue la necesidad de nombrar el mundo. Las cosas de la infancia, los primeros amores; luego, tratar de comprender la realidad; finalmente, la certeza de que escribir era la manera más honesta que tenía de existir. Desde entonces no concibo la vida separada de la palabra."

Mientras lo escuchaba comprendí que, para algunos escritores, la literatura no nace de una decisión intelectual.

Nace de una necesidad.

Hay quienes escriben para publicar.

Otros, para expresar emociones.

En César ocurre algo distinto.

Escribe porque únicamente mediante la palabra consigue ordenar el universo que habita.

La escritura aparece entonces como una forma de conocimiento.

Como una respiración.

Como una segunda naturaleza.

Quizá por eso su obra transmite esa rara sensación de autenticidad que poseen únicamente los autores cuya literatura nunca fue una estrategia para alcanzar prestigio, sino una consecuencia inevitable de vivir intensamente.

San Pedro de Macorís: la ciudad que nunca abandonó al escritor

Catedral San Pedro, en San Pedro de Macorís.

Hay ciudades que uno abandona físicamente, pero que jamás dejan de habitarlo. Permanecen intactas en la memoria, respirando debajo de cada recuerdo, de cada palabra y de cada página escrita. En algunos escritores esa ciudad termina convirtiéndose en una geografía interior desde donde nace toda la obra.

Le pregunté qué continúa viviendo de San Pedro de Macorís en su imaginación literaria.

No respondió evocando calles o edificios. Habló de una manera de mirar el mundo.

"San Pedro de Macorís permanece en mí como una geografía íntima, como una ciudad interior. No es solamente la ciudad donde crecí. Es un modo de mirar el mundo desigual e injusto que me tocó y que aún quiero cambiar. Esos paisajes son mi raíz y por eso siguen respirando dentro de mis libros."

Había en sus palabras una emoción serena, desprovista de nostalgia. No hablaba del pasado como quien contempla una fotografía amarillenta, sino como quien sigue conversando diariamente con él.

Entonces añadió una reflexión que, a mi juicio, resume una de las claves de toda su obra.

"La ciudad me recuerda que la identidad no es un museo, ni las estructuras ni los muros. La ciudad es una conversación permanente entre el pasado y el porvenir."

Difícilmente podría encontrarse una definición más precisa de identidad.

No como una pieza inmóvil para ser contemplada.

No como un refugio donde esconderse del presente.

Sino como un diálogo continuo entre la memoria y el futuro.

Enseguida comenzaron a desfilar los nombres y las imágenes que todavía pueblan su universo interior.

"Aunque gran parte del San Pedro que conocí se ha desdibujado con el paso del tiempo, aún están los raíles, alguna chimenea y un litoral de gramíneas que se abre frente a la mocha de un emigrante exprimido igual que la caña que corta. La ciudad me sigue diciendo que nada podrá borrar en mi interior la danza de los Guloyas, las pinturas de Nadal Walcot, ni el pito del ingenio Quisqueya llamando a los braceros a morir lentamente entre los engranajes de los trapiches. También me recuerda que en mi pasado conviven ingleses, haitianos, cocolos, turcos, árabes, libaneses y criollos, hermanados dando lo mejor de sus vidas."

Mientras lo escuchaba comprendía que esa diversidad explica buena parte de su literatura.

Quien nace en una ciudad donde convergen tantas culturas aprende muy temprano que la identidad nunca es uniforme.

Siempre está hecha de encuentros.

De mezclas.

De memorias compartidas.

Y quizá por eso César Sánchez Beras ha escrito durante toda su vida con una mirada profundamente humanista: porque descubrió desde niño que toda identidad auténtica se construye acogiendo al otro y no excluyéndolo.

La universidad donde también se aprendía ciudadanía

César Sánchez Beras, Rafael Peralta Romero y Avelino Stanley.

Antes del Premio Nacional de Literatura Infantil.

Antes de los reconocimientos internacionales.

Antes de la amplia bibliografía que hoy lo convierte en una referencia indispensable de nuestras letras.

Existió un joven universitario que recorría pueblos y barrios llevando poesía al encuentro de la gente.

Quise saber cuánto había significado para él aquella experiencia dentro del Movimiento Cultural Universitario de la Universidad Autónoma de Santo Domingo.

Su rostro pareció iluminarse con un recuerdo que el tiempo no ha conseguido desgastar.

"El Movimiento Cultural Universitario de la UASD fue una verdadera escuela de ciudadanía. Formé parte de una generación posterior a Mateo Morrison y otros grandes autores nuestros. Allí entendí que la literatura no vive encerrada en los libros, sino en diálogo con la historia, la sociedad y las personas."

Pero inmediatamente la evocación adquirió un tono mucho más íntimo.

"Llevar poesía coreada de Pedro Mir, Manuel del Cabral, Federico Jovine Bermúdez y René del Risco a los rincones más lejanos del país fue una experiencia de crecimiento espiritual. No había comida, no había viáticos, no teníamos paga; solo amor por lo nuestro. Éramos una familia de actores sociales que compartíamos el mismo camerino, mujeres y hombres, unidos por un sentimiento filial que se acercaba a la virtud."

Confieso que esa frase me acompañó durante largo rato.

"No había paga; solo amor por lo nuestro."

En ella cabe toda una generación de jóvenes que entendió la cultura como una forma de servicio.

No viajaban buscando reconocimiento.

No perseguían notoriedad.

No esperaban beneficios materiales.

Llevaban la poesía porque estaban convencidos de que también podía educar, despertar conciencias y sembrar dignidad.

Hoy, cuando con frecuencia el éxito parece medirse por la inmediatez y la visibilidad, escuchar ese testimonio produce una mezcla de admiración y gratitud.

Allí, en aquellos viajes, en aquellas plazas, en aquellas voces compartidas con el pueblo, comenzó a formarse el escritor que años más tarde convertiría la memoria en uno de los grandes territorios de la literatura dominicana contemporánea.

(Continuará)

En la segunda parte entraremos en el corazón del universo creativo de César Sánchez Beras: la poesía como música del pensamiento, la literatura infantil como un compromiso con el futuro, la memoria como acto de justicia y la convicción de que la palabra sigue siendo uno de los instrumentos más poderosos para defender la libertad, la democracia y la dignidad humana.

Como afirma el propio autor:

"La literatura no educa porque explique, juzgue u ordene, sino porque conmueve."

Mañana: Segunda parte. Allí descubriremos al escritor que hizo de la infancia una misión, de la memoria un acto de justicia y de la palabra un puente entre las personas, la esperanza y el porvenir.

Danilo Ginebra

Publicista y director de teatro

Danilo Ginebra. Director de teatro, publicista y gestor cultural, reconocido por su innovación y compromiso con los valores patrióticos y sociales. Su dedicación al arte, la publicidad y la política refleja su incansable esfuerzo por el bienestar colectivo. Se distingue por su trato afable y su solidaridad.

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