«La toga no es una venganza. El martillo no es un hacha.»

Mario Mendoza.

Hay decisiones que no se escriben con tinta, sino con sangre. Sangre vieja… sangre que aún no seca. Martha… ¿Quién diría que el destino nos devolvería este ajedrez, con las piezas heridas?, con las reglas rotas, y los ojos de Laura convertidos en puñales. Fuimos jóvenes en la Facultad de Ciencias Jurídicas de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD), cuando creíamos que la justicia era una mujer ciega y no una dama coqueta, vendiendo su balanza por un beso en la mejilla. Ahí aprendimos que el desconocimiento de la ley puede costar caro, que la pena no es venganza, sino acto de fe… un pacto con la confianza social rota.

Pero ¿quién reconstruye el alma del que la ley desangra? Martha…Yo conocí tu infierno. Fuiste un mapa de cicatrices que todos quisieron leer para encontrar el tesoro más sagrado en la zanja de tus placeres. Mientras otros te deseaban, yo te entendía. Mientras otros compraban tu cuerpo, yo veía al alma que no sabía cómo vestirse de dignidad. Tu dolor era un idioma sin traductores. Tu cuerpo, un escudo y una cárcel, tu ambición, un hambre heredada… de un padre que huyó, de un hogar partido en siete fragmentos. Querías poder, no por vanidad, sino por no volver a ser presa.

Capítulo VIII: Lo que aprendí con Martha en la UASD

Hoy eres abogada del Estado. Hoy llevas toga como armadura. Y frente a ti, está Laura… la fiscal, la enemiga, la otra mujer que cree que la justicia se cobra o se paga, que la venganza también tiene toga y nombre. Y aquí estoy yo… Mario Mendoza, juez titular, juez amigo, juez traicionado por la historia. Escribiendo esta desgracia para dejarla plasmada en papel, con el anhelo de que la historia me absuelva. Porque debo juzgar a quien amé sin tocar, a quien cuidé sin tener, a quien protegí cuando aún no era delito, sino deseo contenido.

El dilema me arde en las entrañas. ¿Juzgarte con la severidad del deber? ¿O permitir que el amor antiguo me nuble el juicio? Porque en los tribunales, nos dijeron, al amigo se le interpreta… al enemigo, se le aplica. Pero ¿y si el enemigo también fue víctima? ¿Y si el castigo solo perpetúa el dolor que la ley no alcanza? No. La toga no es una venganza. El martillo no es un hacha. Y el derecho, aunque ciego, debe oír los ecos del alma humana.

A veces me pregunto si la justicia es una balanza… o un péndulo que nos castiga por haber amado lo que el mundo despreciaba. Con Martha aprendí más que con todos los códigos juntos. Aprendí, por ejemplo, que la ley no es sorda… pero sí selectiva. Y que el derecho no siempre es justo, como no siempre es culpable el que parece sucio, ni inocente el que reza limpio. En la Facultad de Ciencias Jurídicas de la UASD nos enseñaron que el desconocimiento de la ley no exime de su cumplimiento. Pero a Martha la ley le era tan ajena como un padre que nunca volvió. Y aún así, la estudiaba… la manipulaba… la vivía… como si entenderla fuera la única forma de no sucumbir ante ella. Aprendimos juntos que la pena se impone para recuperar la confianza social en la ley, pero ¿qué confianza puede recuperar una niña que nunca la tuvo? ¿Con qué fe puede actuar quien nació en guerra?

El principio de legalidad nos lo tatuaron con fuego; todos deben someterse a la ley. Y aun así vi a Martha someterse a hombres, a favores, a acuerdos no escritos, porque la ley, para ella, no era un manto de protección, sino una red de trampas. Presunción de inocencia… ¡Dios mío, ¿cuántas veces se la negaron antes de pisar un tribunal? ¿O no es culpable la mujer hermosa, la que seduce, la que cobra, la que sobrevive con la piel?

Igualdad ante la ley… una utopía que reprobamos en silencio. La ley es ciega, sí, pero huele el perfume caro, reconoce el apellido largo, y distingue entre el cliente que paga y el que suplica. Martha, en su dolor, fue una revolucionaria cínica. No buscaba justicia… buscaba sobrevivencia. Y en esa lucha me arrastró. Porque mientras los demás le veían las piernas, yo le vi el alma… rota, filosa, punzante como el filo de una verdad que nadie quiere aceptar.

Nunca olvidaré las lecciones del maestro Giuseppe Gonzales: No se viene al tribunal a buscar a Dios, para eso están las iglesias, se viene a buscar dinero. Frase brutal… pero real como el sudor y sangre que chorrean entre expedientes, real como los gritos de madres que lloran a hijos presos, real como el miedo que uno carga cuando firma una sentencia. Y sin embargo, Martha y yo sabíamos que las palabras eran armas. Que con un discurso bien dicho se podía torcer la historia, que el verbo es una daga que atraviesa el silencio. Ella lo usaba para convencer… yo para resistir.

Capítulo VIII: Lo que aprendí con Martha en la UASD

Dicen que en los tribunales el diablo habita. Que allí se gana con astucia, se vence con teatro. Que la ley al enemigo se le aplica y al amigo… se le interpreta. Pero, ¿quién era Martha para mí?

¿Una amiga? ¿Una enemiga? ¿Una herida que no sana? Aprendí con ella que no todo se resuelve con leyes. Que hay verdades que no caben en una norma, que hay sentencias que no hacen justicia, y que el castigo, a veces, es solo un eco de lo que el alma no pudo gritar.

Ella fue mi espejo oscuro. Mientras yo creía en el orden, ella creía en el caos. Mientras yo aspiraba a la toga limpia, ella vestía su piel de trampas… pero cada uno, a su manera, intentaba salvarse. Y aquí estoy, años después, juez titular… y aún no sé si soy justo o simplemente funcional. Pero sé que Martha fue mi maestra más dura, mi caso más humano, mi litigio más íntimo. Porque más allá de los códigos, más allá de la doctrina y los tratados, aprendí con ella que hay llamas que sólo se apagan… dejándolas arder. No es lo mismo vencer… que convencer. Y quien lo es todo… acaba siendo nada.

Hoy decido algo más que una sentencia. Hoy me juzgo a mí mismo. Hoy decido que la justicia no puede ser otra forma de olvido. Martha será juzgada, sí. Pero no por ser quien fue, no por su historia, no por su piel. Será juzgada por el hecho concreto, por lo que hizo, no por lo que vivió. Y si la ley encuentra la culpa entre sus piernas, entre gemidos fingidos, que la pena sea justa, no vengativa, oportuna, no hoguera. Que no olvide que incluso en la oscuridad… algunos corazones aún intentan arder con dignidad.

En los tribunales, se muere un poco cada día. Pero también, a veces, si se escucha con el alma… la justicia resucita. Aquí estoy, escribiendo este diario, con la firme convicción de que hay llamas que sólo se apagan, dejándolas arder.

EN ESTA NOTA

Esteban Tiburcio Gómez

Investigador y educador

El Dr. Esteban Tiburcio Gómez es miembro de la Academia de Ciencias de la República Dominicana. Licenciado en Educación Mención Ciencias Sociales, con maestría en educación superior. Fue rector del Instituto Tecnológico del Cibao Oriental (ITECO), Doctor en Psicopedagogía en la Universidad del País Vasco (UPV), España. Doctor en Historia del Caribe en la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra (PUCMM), entre otras especializaciones académicas.

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