A Pedro Francisco Bonó le sorprendía que un país varias veces invadido, ocupado, anexado y dividido, mantuviera vigencia como Estado. Le asombraba que el pueblo dominicano existiera “a pesar de sus gobiernos”. Con su aguda inteligencia y fecunda intuición capta en él un intangible, pues “a pesar de tanta contrariedad, o mejor dicho por la misma contrariedad, el que lo estudia en todas sus fases nota un fondo imperturbable de querer ser él, el solo dueño de sus destinos al través de los obstáculos que embarazan la ruta que a ello lleva; querer que se ha manifestado y probado en los momentos solemnes de su historia […]” (Papeles de Pedro F. Bonó , Emilio Rodríguez Demorizi, p. 339, 2ª Ed., 1980, Barcelona, Gráficas M. Pareja).
Fueron muchos los temas y situaciones problemáticas contemplados por Bonó dentro de un entorno sociocultural que le despertaron curiosidad y sospecha. Para descifrarlos con hondura y honestidad intelectual cultivó el ensayo, textos dialogados, escritos de ficción (escribe la primera novela dominicana: El montero), ejerció de publicista (creó un semanario para publicar las actas del Congreso Extraparlamentario, imaginario congreso que contrapuso al real, al congreso títere del tirano Heureaux), y fue columnista en varios periódicos.
Como toda persona que asume funciones públicas e intelectuales con convicciones éticas firmes, se ganó el rechazo de individuos y sectores que no comulgaban con sus ideas y posturas (muchas de ellas disidentes); pero, al mismo tiempo fue elogiado por figuras que valoraron sus contribuciones por una sociedad más justa y participativa. Dentro de estas últimas se tiene a Luperón, Hostos y Jimenes Grullón.
Bonó y Gregorio Luperón
Gregorio Luperón fue uno de sus principales amigos, desde que se conocieron en los trajines de la lucha política y militar frente a España. Es la persona con quien intercambió más misivas, casi todas destinadas a tratar cuestiones de índole político-social.
Luperón se mantuvo muy atento a sus planeamientos y sugerencias. Estaba en condiciones de escribir su perfil: “Ciudadano respetable, muy instruido y de meritorios antecedentes, implacable enemigo del mal proceder, sinceramente apasionado por la justicia, la libertad y la democracia” (“Elogios de Bonó”, Papeles de Pedro F. Bonó, p. 59).
Así inicia Luperón la semblanza del pensador cibaeño. Era consciente de la cantidad de individuos que adversaron y calumniaron a Bonó: “Han querido varios destruir su reputación de hombre progresista, condenándolo como si inapelablemente rechazara los modernos progresos, sin duda porque no se han penetrado del espíritu de sus escritos ni de los propósitos de su mente” (Ob. cit., p. 61).
En sus diálogos íntimos y en eventuales debates en que debieron enfrascarse, el denominado “Espada de la Restauración” pudo apreciar las condiciones especiales de intelectual presentes en su amigo, por lo que le reconoció dotes de “filósofo profundo, capaz de leer hasta en el fondo de las humanas intenciones y de abrazar en su fecunda mente las diversas ramas del saber humano” (p. 62).
Bonó y Eugenio María de Hostos
La relación entre el padre de la sociología dominicana (Bonó) y el padre de la educación dominicana (Hostos), es muy diferente a las vistas anteriormente. No solo no fueron amigos íntimos, sino que nunca se conocieron personalmente.
La vinculación fue a través de sendas cartas que tuvo que ver con una iniciativa de Bonó: le envía una tarjeta de felicitación al iniciarse el año 1884; ante tal gesto, Hostos reacciona dirigiéndole una epístola el 24 de marzo de 1884, dándole el usual saludo de: “Estimado Señor”. Fue muy breve y formal, con expresiones como: “Recibí su ingeniosa visita de tarjeta con el placer que ya no tengo para otras”; “Sólo por venir de un hombre, tan recomendado por su noble actitud moral y el recto alcance de su entendimiento”; “Para mí tiene el mérito de haberme relacionado con uno de los hombres de bien que deseo tratar”; “Como … personas que se corresponden moral e intelectualmente; “reciba como de un amigo viejo, las franquezas de su nuevo amigo y afmo. S. Eugenio María de Hostos (Papeles … p. 47).
Bonó fue diligente en su respuesta a la persona que acaba de manifestarle sentimientos de afecto y admiración, pues a las tres semanas le escribe a Hostos, también en forma lacónica, una misiva que inicia así: “Amigo: Tan oportuna como buena fue la correspondencia de mi visita de tarjeta y más buena aun cuando por ella de un salto hemos entrado en amistad”. Luego le pregunta: ¿No recorremos el mismo camino (…), indicando nuevos derroteros, señalando los escollos y no tendremos quizás el alma lacerada (…) viendo nuestra raza tan rezada (…) dirigida por tantos locos”? (Ib.)
Bonó y Hostos no volvieron a comunicarse; pero mostró agradecimiento por la contribución realizada por el maestro boricua en suelo dominicano. En carta a Manuel de Jesús García, el mismo año del intercambio epistolar, Bonó expresa: “No he sido presentado al señor Hostos ni le conozco, pero le da brillo a la Patria y esto excusa el envío de mi tarjeta” (Ob. cit., p. 46).
Hostos y Bonó tuvieron notables diferencias de tipo filosófico, sociológico, económico, pedagógico; en política defendieron el sistema republicano democrático, y se preocuparon como pocos por el bienestar y prosperidad del pueblo dominicano.
Cuatro años después de intercambiar misivas, Hostos se vio precisado a abandonar el país (1888), debido a las presiones ejercidas por Ulises Heureaux apoyadas por el arzobispo Fernando Arturo de Meriño: el mismo que hacia 1880 había respaldado el proyecto y accionar de la Escuela Normal fundada por el insigne filósofo y pedagogo puertorriqueño.
Bonó y Juan Isidro Jimenes Grullón
Contrario a Luperón y Hostos, Jimenes Grullón no fue contemporáneo de Bonó: nace en 1903 y Bonó fallece tres años más tarde. En varias ocasiones, mientras se adentraba en los escritos del pensador, Jimenes Grullón se sorprende de la enorme capacidad mostrada por el padre de la sociología dominicana.
Considera a Bonó y a Hostos como dos figuras cimeras en lo que atañe a la producción teórica en el periodo. Pero a Bonó, a quien califica de “sociólogo intuitivo”, lo considera el mayor analista de los fenómenos sociales de la segunda mitad del siglo XIX en la República Dominicana (Jimenes Grullón, Sociología política dominicana 1844-1966, Tomo I, (1844-1898), pág. 332, Editora Taller, Santo Domingo).
Acerca del opúsculo de Bonó titulado Apuntes sobre las clases trabajadoras dominicanas (1881), donde efectúa una descripción razonada de la producción nacional (haciendo hincapié en los aspectos positivos del tabaco dentro de la formación social dominicana, calificándolo de “demócrata”, frente al cacao que es “oligarca”), y de otros tópicos como el transporte, la propiedad, las clases y sectores sociales involucrados, el abandono de los gobiernos frente a las clases laboriosas, entre otros aspectos, Jimenes Grullón declara que se trata de “algo indudablemente excepcional, máxime cuando nada revela que él tenía conocimiento de las obras de Marx”, pues se está ante el trabajo más importante de todos los que se produjeron en el periodo decimonono (Ib.).
Pero las reacciones más efusivas las emite Jimenes Grullón cuando aquilata el ensayo Opiniones de un dominicano, escrito entre 1883-1884, donde Bonó hace galas de su condición de pensador ético-crítico. Jimenes escoge un breve trozo del texto, tras haber leído cómo el analista social describe las condiciones paupérrimas y de ruinas provocadas en el Este del país por la irrupción del capital monopólico; el fragmento dice así: “Cuando el capital entra por la brecha del monopolio y está en posesión de los derechos de todos, no le es dable ilustrarse hasta el punto de entrar en la concurrencia libre de los servicios mutuos. Este es un esfuerzo que pide una abnegación que no tiene el capital”. Estos planteamientos de Bonó lo seducen y lo llevan a exclamar:
“! ¡Qué diferencia entre esta visión del problema y la sostenida por Hostos! Este creía en la bondad del capitalismo y, por tanto, en la posibilidad de poner coto, mediante la ley, a los males que podía acarrear su desarrollo. La lucha de clases apenas asoma en su Tratado de Sociología o en sus análisis sobre la economía de nuestro país. Bonó, en cambio, pone todo ello al desnudo, y cuanto escribió sobre nuestra realidad socioeconómica acusa una penetración que excepcionalmente se encuentra en las páginas que Hostos dedicó al tópico. Forzoso es, pues, llegar a la conclusión de que había en el primero mayor vocación y hondura sociológica que en el otro” (Ob. cit., p. 333).
Por supuesto, contrario a Hostos, Bonó nace en la República Dominicana y, aquí vive a lo largo de toda su vida; Hostos solo permaneció alrededor de doce años; es comprensible que el pensador dominicano estaba en condiciones mucho más favorables que Hostos para el conocimiento de los más finos intersticios del tejido social dominicano.
Con toda probabilidad, la decisión o actitud que más se le ha reprochado a Bonó es haber rechazado de manera resuelta y reiterada la nominación como candidato a la presidencia por el Partido Azul; una propuesta insistentemente formulada por Luperón y otras influyentes personalidades; especialmente hacia 1884, cuando se buscaba cerrarle el paso a las aspiraciones presidenciales de Ulises Heureaux, quien se movía por todo el país auto promocionándose, visitando inclusive al mismo Bonó en su casa de San Francisco de Macorís. En carta al general Gregorio Luperón, que luego dio a conocer a través del periódico El porvenir, el 8 de marzo de 1884, con el título: “A mis conciudadanos”, el precursor de la emancipación cultural dominicana aclara y argumento lo siguiente:
“En primer lugar, no amo el Poder, y el Poder para ser bien ejercido es preciso amarlo. Después de este punto esencialísimo y principal, vienen un sin número de accesorios también muy importantes. Hace cuatro años que he vuelto a escribir en los periódicos del país (antes no podía hacerlo porque hubiera ido derecho a la cárcel), y he escrito contra un tropel de errores que se han enseñoreado de la dirección de mi patria. Nadie o muy pocos veían estos errores, pero apenas los indiqué, todo el mundo los vio. ¿De dónde nace eso? ¿Sabré yo más que mis demás compatriotas? En ninguna manera. No sé más, tal vez sepa menos que ellos, pero estoy colocado en un medio tan excelente para observar, que no lo cambiaré por todo el oro del mundo; porque creo que él solo es quien me inspira:
Libre de amor, de celo,
De odio, de esperanza, de recelo!
él solo me permitirá observar bien y decir a mis compatriotas mis observaciones, siéndoles, por tanto, más útil que en el solio
Ahí ¿qué me espera? Por dos años: mucho dinero, lisonjas, la primera posición social de la República, cañonazos, repiques de campanas y festejos oficiales
Y esto ¿qué es?” (Papeles de Pedro F. Bonó, pp. 325-326).
Según Juan Isidro Jimenes Grullón, es casi seguro que la convicción de Bonó de que una democracia pura era imposible en el país influyó en su decisión de rechazar la Presidencia de la República. Además, Bonó conocía bien las prácticas electorales de la época: los caciques políticos locales movilizaban a las masas hacia las urnas, en un contexto que propiciaba el fraude electoral (Sociología política dominicana, pp. 337-338).
Coincido con Jimenes Grullón en el sentido de que la vocación fundamental de Bonó era la de “un intelectual puro, inadaptado a las terribles incidencias de la lucha política” (Ob. cit., p. 335). Pero, sobre todo, estaba viva en su memoria la montonera que había depuesto al presidente Ulises Fco. Espaillat, ocho años antes. Gran amigo del pensador, Espaillat tuvo a bien nombrar en las funciones del Ministerio de Guerra y Marina al general Gregorio Luperón, quien no pudo evitar el golpe de Estado a seis meses de haberse instalado el gobierno liberal del político santiaguero.
En adición a lo anterior, Bonó tenía acumulada suficiente experiencia dentro de la administración pública, conforme había sido ministro de Relaciones Exteriores, ministro de Justicia e Instrucción pública, ministro de Guerra y Marina, senador, diputado, Procurador Fiscal, para conocer la psicología del militar dominicano y el precario funcionamiento de las instituciones en el país. Debió tener, pues, el convencimiento de que una gestión de gobierno dirigida por él, correría idéntica suerte que la de Espaillat.
Dentro de dos años, el 18 de octubre de 2028 se cumplirán 200 años del nacimiento de Pedro Fco. Bonó, en Santiago de los Caballeros. La mayor parte de su vida residió en San Francisco de Macorís, su pueblo adoptivo. La República Dominicana tendrá la oportunidad de celebrar este bicentenario de la forma que corresponde a un dominicano con sus credenciales.
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