En los primeros años del cine, a finales del siglo XIX y comienzos del XX, el montaje no era considerado un arte, sino una tarea mecánica como el cortar y pegar fragmentos de celuloide para dar continuidad a las imágenes.

En este contexto, no resulta casual que muchas de las primeras personas en ejercer este oficio fueran mujeres. La industria naciente, atravesada por prejuicios de género, asociaba esta labor con la “costura” o el trabajo doméstico, áreas tradicionalmente feminizadas.

Diversos estudios sobre historia del montaje destacan que esta asignación no respondía a una valoración estética, sino a una jerarquización del trabajo dentro de los estudios.

Gabriella Oldham en su libro First Cut: Conversations with Film Editors señala que mientras los hombres ocupaban roles visibles y prestigiosos como la dirección, fotografía, producción, las mujeres encontraban en la sala de edición uno de los pocos espacios disponibles dentro de la cadena productiva.

No obstante, lejos de limitarse a una función técnica, muchas de estas pioneras comenzaron a experimentar con el ritmo, la estructura narrativa y la construcción emocional del relato cinematográfico.

Como señala Walter Murch en In the Blink of an Eye: A Perspective on Film Editing, el montaje no solo organiza imágenes, sino que articula pensamiento y emoción en el espectador. En ese tránsito silencioso, el montaje pasó de ser un procedimiento utilitario a convertirse en uno de los pilares del lenguaje cinematográfico.

El editor o montajista de cine es, en esencia, quien reescribe la película en la sala de edición. A partir del material filmado, decide qué se ve, en qué orden y durante cuánto tiempo. Su trabajo define el ritmo, la tensión dramática, la coherencia narrativa e incluso el sentido emocional de una obra.

Por esta razón, el montaje ha sido descrito como el espacio donde la película “realmente se hace”, una idea ampliamente discutida en la teoría y práctica cinematográfica como lo han señalado autores como el propio Murch y Declan McGrath, que no es raro que se le llame al editor “el tercer director”, después del guionista y el realizador.

A pesar de esta centralidad, el oficio ha permanecido históricamente invisibilizado, especialmente cuando ha sido ejercido por mujeres. Investigaciones y testimonios recogidos en el libro ya citado de Oldham evidencian cómo muchas editoras influyeron decisivamente en películas canónicas sin recibir reconocimiento proporcional.

Esto hace que mientras directores y actores acumulan reconocimiento público, muchas montajistas han trabajado en la sombra, moldeando algunas de las películas más influyentes del siglo XX.

Pioneras del montaje clásico

Entre las primeras grandes figuras del montaje en Hollywood se destaca Margaret Booth (1898-2002), quien trabajó durante décadas en los estudios de la Metro-Goldwyn-Mayer (MGM). Booth fue clave en la consolidación del llamado “montaje clásico”, caracterizado por su fluidez narrativa y su invisibilidad formal donde el corte debía ser imperceptible para el espectador.

Sus reconocidos trabajos en producciones como “The Mysterious Lady” (1928), “Camille” (1936) y “Romeo and Juliet” (1936), moldeó el estilo de múltiples producciones del estudio, en línea con los principios de continuidad que definieron el sistema clásico.

Por su parte, Anne Bauchens (1882-1967) fue nominada cuatro veces al Oscar y se convirtió en la primera mujer galardonada en la categoría de Mejor Montaje por su trabajo en “Northwest Mounted Police” (1940). Su estrecha colaboración con Cecil B. DeMille la convirtió en una figura fundamental en la construcción del cine épico hollywoodense.

Películas como “The Ten Commandments” (1956) evidencian su capacidad para articular grandes espectáculos visuales con claridad narrativa, un aspecto señalado en estudios sobre montaje clásico y narración cinematográfica. Su logro marcó un precedente para las mujeres en la posproducción cinematográfica, un campo dominado hasta entonces por hombres.

Ritmo, ruptura y modernidad

La llegada del cine moderno en las décadas de 1960 y 1970 trajo consigo una transformación radical del lenguaje cinematográfico, y las montajistas estuvieron en el centro de este cambio.

Dede Allen (1923-2010) fue una de las figuras más influyentes de este período. Su trabajo en “Bonnie and Clyde” (1967) rompió con las convenciones del montaje clásico, introduciendo cortes abruptos, saltos temporales y un ritmo más fragmentado que reflejaba la violencia y la psicología de los personajes.

Al igual en “Serpico” (1973), “Dog Day Afternoon” (1975) y “Reds” (1981) cuyo estilo contribuyó a construir una narrativa más íntima y subjetiva, anticipando formas contemporáneas de montaje.

Por otro lado, Verna Fields (1918-1982), apodada “Mother Cutter”, dejó una huella indeleble con su trabajo en “Jaws” (1974) de Steven Spielberg. Su manejo del suspenso, sugiriendo más de lo que mostraba, fue clave para el impacto del filme.

El documental The Cutting Edge: The Magic of Movie Editing (Apple, 2004) destaca precisamente cómo decisiones de montaje como las de Fields redefinieron la experiencia del espectador.

Hablar del montaje contemporáneo sin mencionar a Thelma Schoonmaker (Algeria, 1940) sería omitir una de sus figuras más influyentes. Colaboradora habitual de Martin Scorsese, Schoonmaker ha sido responsable del ritmo y la energía de algunas de las películas más icónicas del cine estadounidense.

Su trabajo en “Raging Bull” (1980), “Goodfellas” (1990) y “The Departed” (2006) le ha valido múltiples premios Óscar, consolidando una carrera marcada por la precisión, la intensidad y una profunda comprensión del lenguaje cinematográfico.

Su enfoque del montaje como una construcción emocional ha sido consistentemente destacado en entrevistas y estudios recogidos por instituciones como American Cinema Editors (ACE).

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Félix Manuel Lora

Profesor de cine

Periodista, crítico de cine, catedrático e investigador. https://cinemadominicano.com/author/fmlora/

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